Sam y sus cosas

Me daba pereza volver a un Wordpress alojado en servido propio así que aquí estamos. La vida.

Dicen que en la vida hay tres cosas que hacer para trascender, o algo parecido. Quizá sea para que tu vida sea plena. No tengo ni idea, no suelo prestar mucha atención a esas cosas. Pero sí que sé que una de las cosas a hacer es tener un hijo, otra de las cosas va de plantar un árbol y la última es la de escribir un libro.

Tener un hijo no va a ser posible. Lo siento. Ventanilla equivocada. Vuelva más tarde. No ha traído el impreso correcto. Hace mucho que se decidió en esta casa que lo de los hijos no iba con nosotros así que mi vida se va a quedar coja en una de esas tres patas.

La pata de los árboles la tengo ya más que cubierta, lo siento. Tuve mi fase plantar, como la fascitis, hace muchos años y crié un montonazo de cosas que luego liberé por los campos de aquella manera. Otras se murieron, no he venido aquí a mentiros. Pero si vais por mi pueblo y veis un Drago canario (que no recuerdo dónde está), lo planté yo.

En lo del libro aún estoy a tiempo, aunque he escrito relatos desde que recuerdo (que nunca liberaré, porque no los encuentro) y me dedico a escribir. Ahora menos, pero bueno, debería contar. Lo que no he hecho nunca es escribir una novela como tal, y creo que tengo ganas. En mi mente armo un argumento desde hace años que no pongo en negro sobre blanco. Ni el esqueleto, nunca he apuntado nada. Tal vez porque si lo apunto se vuelve real, no lo sé. Soy una persona extraña.

El hecho es que antes decía que no escribía el libro porque acaba el día con más de 3.000 palabras escritas a causa de mi trabajo, y que seguir escribiendo en mis ratos libres me iba a secar la almendra. Bien, esto ya no es así. Ahora mi trabajo es mucho más de gestión que de producción y podría escribir. ¿Por qué no lo hago? Pues ni idea. Pero no lo hago. Aunque he de reconocer que últimamente me pasa por la cabeza la idea de dedicar cada día hora y media (o dos horas) a escribir una vez acabe de trabajar. Acabo relativamente temprano, podría hacerlo. Lo que no sé si le llegaría es la constancia. Pero bueno, la idea está ahí. Quizá algún día lo haga, quizá no. Pero al menos aquí plasmo la realidad: que la idea me seduce. Aunque quizá no muy fuerte.

Gracias por leer mis mierdas.

Rescatado de mi antiguo blog

No es que no me gustase, aunque es cierto que con el café nos movemos en esa zona gris de los gustos adquiridos. Porque no está dulce, que es lo que el cuerpo quiere a toda costa. Y sí, tardas en acostumbrarte. Pero bueno, que a mí ni fu ni fa. El café estaba ahí, con cierto estigma de ‘eso que beben los mayores’ y yo me centraba en mi Nesquik. Costumbre que hoy en día mantengo, aunque con una frecuencia mucho más pobre.

La frecuencia de Nesquiks ha bajado porque, entre otras cosas, hace unos años decidí que ya estaba bien de ser un señor gordo y me propuse cambiar ciertos hábitos. Algunos deportivos, otros de alimentación. Y acabé en el café, primero como “qué remedio, vamos a ello” y ahora ya, confieso, con un poco de regocijo. Porque el café, señoras y señores, me ha empezado a gustar mucho. Y ya lo bebo hasta en la calle QUERIENDO, que es algo que ni yo vi venir.

Me sorprendo a mí mismo hace algo más de un año pasando de la cafetera de cápsulas a una espresso de andar por casa. Me sorprendo en el supermercado leyendo qué cafés componen cada paquete de café molido, buscando el arábica, esquivando el torrefacto. Me sorprendo valorando comprar algunos cafés más ‘premium’, y durante una época he estado dándole fuerte al Lavazza intenso en busca del capuccino perfecto.

El capuccino me ha gustado siempre. Ahí no hay novedad. Seguimos.

Pero seguimos poco. Porque el hecho es que me gusta el café. Ahora, como de repente, aunque no haya sido de repente. Incluso empiezan a hacerme ojitos los molinillos caseros para pasarme al café en grano. En fin. Cosas. COSAS. La vejez.

Rescatado de mi antiguo blog

Confieso que hay determinadas expresiones populares que no acabo de entender bien. Quizá sea porque no se usan debidamente, como lo de la palada de cal y la palada de arena. No es bueno y malo, señores, es que las dos cosas son complementarias y necesarias para que todo funcione. Pero en fin, esto no lo lee nadie y no me enrollo más. Pero eso, que lo de “una de cal y una de arena” lo usáis mal.

Otra expresión que nunca había entendido hasta hace unos meses era la de “dormir como un bebé”. Es una expresión rara. Hoy he dormido como un bebé. O sea, mal, ¿no? Porque los niños duermen regular en un buen porcentaje de casos. Eso me han dicho, no soy padre ni ganas de serlo. Pero el caso es que quizá sea una expresión que se usa mal, o que yo entiendo mal. Porque “dormir como bebé” es quizá sinónimo de dormir sin preocupaciones. O de dormir muchas horas seguidas, que también puede ser.

Durante la fase dura de la pandemia dormía mal. Me acostumbré a dormir mal. También dormí mal el último año de mi anterior trabajo, cuando no dejaba de armarme de valor para conseguir irme, aunque fuese sin respaldo económico. Por suerte, “logré” que me echaran y un problema menos. Pero durante la pandemia he dormido mal y eso, por desgracia, parece que se ha quedado conmigo. Duermo mal no menos de una noche o dos por semana, se ha vuelto una costumbre. Despertarme de madrugada con los ojos como platos y con la sensación de que ya es hora de levantarse, hasta que miras el reloj y son las 2. Y como no soy el que pone las calles, no es hora de levantarme.

Deben ser las preocupaciones, aunque no siempre estén presentes. O quizá que conforme te vas haciendo mayor, duermes menos. Y mira que hago por cansarme. Ando. Hago pesas. Trato de no dormir nada de siesta. Pero nada, ya no soy capaz de dormir lo que dormía cuando era niño. Lo que dormía cuando iba al instituto. Todavía recuerdo que era capaz de meterme en la cama a las 10 de la noche y que me despertaba a las 10 de la mañana para bajar a comerme una pieza de pan seco y volverme a acostar hasta la 1 del mediodía. Eso se acabó.

A lo mejor lo de “dormir como un bebé” significa eso, dormir mucho. Y cuanto más te alejas de tu fase de bebé, menos duermes. O a lo mejor es todo junto, y se mezcla de una forma que hace que todos los factores sean indistinguibles. O quizá es que estoy haciéndome mayor a toda velocidad y no dejo de quejarme todo el tiempo. A saber.

No le peguéis a vuestros padres, que está feo.

Rescatado de mi antiguo blog

Es algo que salta a primera vista cuando se me conoce. Pero principalmente es porque se me conoce. Si fuera rico no estaría por aquí mezclado con los plebeyos, compartiendo sus redes y pisando sus calles. Los ricos no pisamos la calle, para que os vayáis enterando. No habéis visto en vuestra vida a un rico, ni uno. No se les ve. A los de verdad no. Yo tampoco he visto ninguno, también por eso sé que no soy rico.

Y como no soy rico, mi vida profesional me preocupa. Curiosamente, cada vez más. A pesar de que acabó la época de formación en la que cobrabas sueldos de formación. A pesar de que, con el paso de los años, he ido quitándome piedras de la mochila de la vida. Piedras económicas. La letra de haber comprado esto. La mensualidad de haber comprado lo otro. Aún no tengo la mochila vacía, pero todo se andará.

Y como no soy rico, me preocupa quedarme sin trabajo y meterme en un marrón importante. Por eso cuando llegan momentos en el trabajo, en el que me encuentro como no me he encontrado en mi vida (en el buen sentido), en que toca hablar de cambios de puesto, de ajustes salariales o de cualquier otra cosa que trastoca mi “qué bien estoy en el día a día”, un servidor deja de dormir bien. Porque algo se puede fastidiar. Tres días he estado esta vez. Cuatro días estuve en diciembre.

No cambio. No sé cómo hacerlo. Sé que muchas de mis preocupaciones se centran en cosas que probablemente nunca vayan a suceder. Eso es la ansiedad, el miedo por lo que aún no ha ocurrido y quizá no ocurra. Me explican qué me pasa y lo comprendo, pero no lo controlo. Seguro que los ricos no tienen estos problemas y que ellos duermen todas las noches a pierna suelta. Por eso sé que no soy rico.

Rescatado de mi antiguo blog

Creé mi cuenta en Facebook en el año 2008. Entonces, con la novedad y la excitación de estar probando mi primera red social, publicaba todo aquello que se me pasaba por la cabeza. Actualizaciones de estado absurdas, palabras sueltas, organizábamos batallas de comentarios y subía cada foto que encontraba por ahí. Los recuerdos de Facebook me (repetimos) recuerdan aquella época. También pedía amistad a todo el que se me cruzaba y jugaba a seguir todas las páginas.

Pero la verdad es que ya no soy esa persona. Mi Facebook ahora está casi abandonado y se limita a ser un espejo de las fotos que subo a Instagram.

En el año 2009, me uní a Twitter. Las posibilidades se expandían, era todo mucho más interactivo. La comparación entre mi perfil cerrado de Facebook y el abierto de Twitter era ridícula en favor del último. Aparecían los tuitstars y durante un tiempo intenté jugar a que era uno de ellos. Comentaba de todo aquello que se me ocurría, me metía en mil jardines y durante un tiempo fui (cómo odio esta expresión) “políticamente incorrecto”.

Pero la verdad es que ya no soy esa persona. Empecé a autocensurarme y dejé de hablar de muchos temas que sólo me daban dolores de cabeza. Dejé de hablar de deportes, dejé de hablar de política. Me limité a ser un techie más durante mucho tiempo y vi reducidas mis interacciones casi al mínimo imprescindible. Ya he dejado de publicar allí.

En el año 2012, me uní a Instagram. En cuanto abrieron los registros a los usuarios de Android, ahí estaba yo. Publicaba cada fotografía que tomaba, aplicaba filtros por doquier e interactuaba con muchísima gente. Era bastante activo y la red me gustaba mucho en términos generales.

Pero la verdad es que ya no soy esa persona. Ahora subo memes y fotos propias a las historias, para que desaparezcan, y publicar fotografías en el perfil como tal tiene cada vez menos sentido.

Ahora estoy en Mastodon y Bluesky. Veremos qué pasa en el futuro aunque por ahora la cosa va bien. Vuelvo a tener ganas de hablar con otros, de publicar contenidos que antes me censuraba y de abrazar un poco el “tengo ya una edad para no poder hacer lo que quiera”. Pero quién sabe. Quizá no tarde en dejar de ser esa persona que soy ahora. Quizá en unos años.

Las veces que lo he hecho en el pasado han durado poco. O hace demasiado tiempo de ello y ya no lo recuerdo. Algo de eso ha debido ser. Lo que sé es que lo echo de menos de una forma extraña, con la añoranza de quien ha olvidado ya que también tiene su parte negativa. Como que obsesionarte con algo hace que tu tiempo para otras cosas se vea reducido a la mínima expresión. Que desaparezca.

Echo de menos obsesionarme porque veo a mucha gente que es experta en aspectos muy concretos de su día a día. Especialistas en deportes que lo saben todo sobre ellos y su entorno. Especialistas en música. En videojuegos. En cine. En series. En cocina. Yo no soy nada de eso, pese a que me gano la vida escribiendo sobre móviles, porque sencillamente me gustan demasiadas cosas para centrar mi tiempo libre en sólo una de ellas. ¿Acabo de descubrir que soy experto en móviles? Tampoco me llamaría así a mí mismo.

Echo de menos obsesionarme porque quizá así sería un mejor prescriptor. No tengo el peso suficiente como para sentar cátedra cuando te recomiendo un grupo, una serie, un libro o un videojuego. Quizá sea mejor así. Quién sabe. El hecho es que no lo soy. Leo cada día a muchas personas especialistas en lo suyo. Tal vez yo también lo sea en algo y mi poco abuso del proselitismo juegue en mi contra.

Hubo una época de mi vida en la que aprendí mucho sobre muy pocas cosas. Cosas que ya casi tengo olvidadas. Ahora sé un poco sobre mucho. Tal vez sea mejor así. Pero echo de menos obsesionarme.

Rescatado de mi antiguo blog

No tendríamos más de diez años. De once. Quizá de doce. Salíamos a la calle corriendo, mi vecino de enfrente y yo. Recogíamos a otros amigos en sus respectivas casas y nos íbamos a la plazoleta. Allí nos sentábamos en sus verdes, desconchados y oxidados bancos de listones metálicos y hacíamos un corrillo. Entonces sacábamos frases sueltas, guiones esbozados, anotaciones en cualquier superficie que aceptase tinta de bolígrafo, y a veces de lápiz, y hablábamos poniendo voces. También improvisábamos mucho, y nos reíamos.

A veces era comedia, a veces era ciencia ficción, a ratos, terror. Y siempre nos acompañaba nuestra grabadora y nuestra cinta regrabada una y mil veces.

Creo que fueron mis primeros podcasts.

Es un hecho. Lo reconozco. Llevo tiempo planteándome multitud de proyectos que no sé si llegaré a ejecutar, o siquiera a empezar. El cerebro me empieza a picar pero quizá no sea más que humedad. Señales de vejez. La simple idea de sentarme a hacer cosas más allá de lo estrictamente imprescindible se me antoja pesada al final de cada día, así que no sé lo que ocurrirá finalmente.

Pero algo sí ha ocurrido. He abierto esto. Ya existe. Una cosa menos. Si volveré a escribir aquí o no, nadie lo sabe. Ni siquiera yo. También ando cocinando un posible minipodcast personal pero, de nuevo, a saber qué pasa con él.

La edad pesa.