Os presentamos una lista de objetos de dudosa primera necesidad que desde hace unos años hemos ido coleccionando desde el estudio y que se han vuelto indispensables en nuestras vidas, ya sea en algunos casos por su belleza, por su significado o por su inutilidad.
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En 1982, el estreno de E.T. the Extra-Terrestrial marcó un antes y un después en la representación de criaturas de ciencia ficción. Diseñado por el artista de efectos especiales Carlo Rambaldi bajo la dirección de Steven Spielberg, el personaje fue concebido para ser profundamente expresivo y generar empatía, alejándose deliberadamente de la estética más oscura y distante que predominaba en los años setenta.
E.T. no solo conectó con el público: se convirtió en un icono cultural global. Su silueta, su mirada y la frase “E.T. phone home” trascendieron la película para instalarse en el imaginario colectivo, expandiéndose a libros, videojuegos y atracciones temáticas.
Su impacto también fue un caso paradigmático de coherencia entre diseño e industria. El universo visual del personaje permitió el desarrollo de uno de los ecosistemas de merchandising más amplios de su tiempo: juguetes, peluches y múltiples productos que reforzaban su identidad. E.T. demostró que un personaje con una construcción visual sólida puede convertirse en un símbolo cultural y comercial duradero.
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El mejillón pisapapeles toma como referencia el Mussel Shell Paper Clip, un objeto de escritorio fabricado en latón en Italia durante los años setenta. Su diseño reproduce la forma de una concha de mejillón, combinando funcionalidad —sujetar papeles o tarjetas— con una marcada presencia decorativa.
Los originales se inscriben en la tradición del diseño italiano de accesorios de escritorio de mediados del siglo XX, donde los metales trabajados y las formas inspiradas en la naturaleza eran habituales. El latón no solo aportaba el peso necesario para cumplir su función, sino también una cualidad táctil y una pátina que evolucionaba con el tiempo, reforzando su carácter objetual.
Sin adscribirse a un movimiento artístico concreto, este tipo de pieza refleja una manera de entender el diseño en la que función y ornamentación no se oponen, sino que conviven. Un recordatorio de que incluso los objetos más cotidianos pueden incorporar intención formal, materialidad y narrativa.
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En 1966 apareció por primera vez Emilio, el pequeño pájaro amarillo e inseparable compañero de Snoopy en Peanuts, creado por Charles M. Schulz. Con un diseño aparentemente simple —plumas desordenadas, cuerpo mínimo y un gesto siempre expresivo— el personaje conseguía transmitir emociones y personalidad sin apenas palabras, convirtiéndose en una figura entrañable y universalmente reconocible.
Schulz, referente del dibujo minimalista, realizó personalmente cada tira durante más de cincuenta años, sin asistentes. Su capacidad para construir profundidad y carácter con muy pocos trazos es una lección de síntesis visual: reducir sin perder identidad.
El estilo de Peanuts, sencillo pero lleno de intención, se convirtió en una referencia para ilustradores y diseñadores de personajes. Emilio demuestra que la economía formal no limita la expresividad; al contrario, puede intensificarla. Una prueba de que, cuando el diseño es claro y coherente, la conexión con el público es inmediata y duradera.
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A mediados de los años cincuenta apareció el teléfono Cobra —también conocido como Ericofon—, un objeto que rompió con casi medio siglo de diseño telefónico tradicional. Fabricado por Ericsson, fue uno de los primeros en integrar auricular, micrófono y dial en una sola pieza continua, replanteando por completo la tipología del teléfono doméstico.
Su silueta curvada respondía tanto a criterios ergonómicos como formales: estaba pensado para adaptarse de manera natural a la mano y al gesto del usuario. El uso de plástico moldeado permitió una producción más ligera y la incorporación de colores vivos, alejándose del pesado teléfono negro que hasta entonces dominaba los hogares. La tecnología dejaba de ocultarse para convertirse en objeto visible y cotidiano.
Más que un dispositivo técnico, el Cobra fue concebido como un objeto de diseño para el entorno doméstico. Hoy forma parte de la colección del Museum of Modern Art de Nueva York, consolidándose como un icono del diseño industrial del siglo XX y como ejemplo de cómo la innovación formal puede redefinir un arquetipo establecido.
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A mediados del siglo XX se popularizó el caniche de porcelana como objeto decorativo doméstico. En su contexto original representaba elegancia y aspiración: una pieza ornamental que evocaba refinamiento y cierto ideal de lujo accesible.
Formalmente, su estética remite a la tradición decorativa del Rococó, reinterpretada en clave historicista y adaptada a la producción en serie. Las distintas manufacturas que lo produjeron combinaron modelado figurativo y porcelana esmaltada blanca para acentuar brillo, volumen y textura, reforzando su carácter escultórico y su presencia en el interior del hogar.
Especialmente difundido en las décadas de 1950 y 1960, tanto en Europa como en Estados Unidos, el caniche de porcelana ofrecía a muchas familias la posibilidad de incorporar un objeto “de lujo” a un precio relativamente asequible. Leído hoy desde la distancia, se asocia a lo kitsch: exceso, artificio y nostalgia doméstica.
Sin embargo, más allá de esa etiqueta, la pieza revela cómo el diseño y la producción industrial reinterpretan códigos históricos para adaptarlos al consumo contemporáneo. Un recordatorio de que el gusto también es un fenómeno cultural en constante transformación.
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Aunque no fue el primer reproductor MP3, el iPod se convirtió en un símbolo de la revolución de la música digital, gracias a su diseño intuitivo, su capacidad de almacenamiento y la integración con iTunes, que transformó cómo se accedía y gestionaba la música a principios de los 2000.
El iPod Classic ofrecía hasta 160 GB de disco duro interno, una cifra extraordinaria para un dispositivo portátil de su época, que incluso permitió a algunos usuarios emplearlo como unidad de almacenamiento externa. Apple cuidó cada detalle visual: los modelos con pantalla a color incorporaban una tipografía desarrollada ad hoc, distinta de la fuente corporativa Myriad, adaptada a la baja resolución de la pantalla, demostrando que la atención al diseño no se limitaba a la forma, sino también a la experiencia de uso.
Hoy, el iPod Classic despierta interés como tecnología “sin distracciones”: los modelos funcionales alcanzan precios elevados en reventa, y su demanda refleja la nostalgia por un diseño limpio, funcional y centrado en la música. Más que un reproductor, el iPod es un ejemplo de cómo un objeto industrial puede combinar innovación tecnológica, identidad visual y cultura popular.
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Petra fue creada por Javier Mariscal como la mascota de los Juegos Paralímpicos de Barcelona 1992, compartiendo la misma estética libre y cubista que definió a Cobi, la mascota olímpica inspirada en el gos d’atura catalán.
Su construcción a partir de formas simples, líneas irregulares y una expresividad deliberadamente imperfecta la alejaba de la concepción tradicional de mascota, proponiendo un personaje cercano, moderno y humano. Más que un elemento promocional, Petra se convirtió en un símbolo de inclusión y en una pieza fundamental del imaginario visual de Barcelona 92.
Su diseño demuestra cómo la síntesis formal, la imperfección controlada y la personalidad gráfica pueden transformar un objeto funcional en un icono cultural y social, capaz de trascender su propósito original.
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Durante el régimen franquista, el pasaporte español era verde y lucía el escudo del águila de San Juan, un símbolo del poder del Estado. Su diseño reflejaba no solo una identidad nacional, sino también un contexto político en el que el acceso a la movilidad estaba estrictamente regulado: obtener un pasaporte requería un certificado de antecedentes penales y, en algunos casos, de antecedentes políticos; además, las mujeres necesitaban la autorización de su padre o marido.
Con la transición democrática, el diseño del pasaporte evolucionó hasta adoptar el color granate que conocemos hoy, en línea con la entrada de España en la Unión Europea. Este cambio no solo implicó una actualización estética, sino también una transformación simbólica: el pasaporte dejó de ser un instrumento de control social para convertirse en un objeto que refleja libertad de circulación, pertenencia a una comunidad y modernidad institucional.
El pasaporte ilustra cómo un objeto cotidiano puede condensar historia, política y diseño en un formato reducido, recordándonos que incluso los elementos más funcionales cargan significado cultural.
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La faba, o haba seca, forma parte de la tradición del roscón de Reyes desde hace siglos. Su uso está documentado en celebraciones de la Antigüedad clásica, especialmente durante las Saturnales romanas, donde una haba se utilizaba para designar al “rey” de la fiesta de manera aleatoria. Esta costumbre fue adoptada posteriormente en celebraciones europeas vinculadas a la Epifanía y se integró en el roscón de Reyes.
A partir del siglo XVIII, principalmente en Francia, comenzó a incorporarse también una figurita que representaba al Rey, que pasó a convivir con el haba en el interior del pastel. En la tradición española, quien encuentra el haba asume simbólicamente el pago del roscón, mientras que quien descubre la figurita es coronado rey por un día.
Más allá de su función lúdica, estos pequeños objetos condensan historia, ritual y diseño popular: un ejemplo de cómo elementos cotidianos pueden transmitir tradición, simbolismo y memoria cultural generación tras generación.
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Los Bombones Riquer fueron creados por Ricardo Yáñez y Pau Albert como pequeñas pastillas destinadas a aliviar la tos, la ronquera y el asma. Su precio, entre 0,75 y 0,95 pesetas, las hacía accesibles para un público amplio, aunque su comercialización fue breve y se interrumpió antes de la Guerra Civil.
los Bombones Riquer representan un ejemplo temprano de innovación en productos farmacéuticos, combinando utilidad, diseño de envase y accesibilidad. Hoy se leen como un testimonio de cómo incluso los objetos cotidianos pueden reflejar avances técnicos y sensibilidad hacia las necesidades de las personas en su tiempo.
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Curro, la mascota de la Expo 92, fue diseñado por Heinz Edelmann, creador de Yellow Submarine. Este personaje, un pájaro con patas de elefante y cresta arcoíris punk, rompía con las convenciones de las mascotas tradicionales, mostrando una estética audaz y llena de personalidad.
Curro destacó en su papel público: llegó a portar la antorcha de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, consolidándose como uno de los personajes más carismáticos de la época. Hoy, curiosamente, en Alcalá de Guadaira existe un “cementerio” con más de 100 balancines de Curro, testimonio de cómo la memoria física de los objetos puede quedar fragmentada, incluso cuando su impacto cultural fue significativo.
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Gucci Zumi es un minilibro de 2019 creado para acompañar la colección de bolsos Zumi, combinando ilustraciones de Alex Merry con poemas de Alaska Lynch. Las ilustraciones de Merry dan vida a los bolsos, atribuyéndoles personalidad y situándolos en mundos poblados por animales y símbolos naturales. Su proceso creativo se sumergía en un estado de ensoñación, donde colores y composiciones surgían de manera espontánea, generando atmósferas mágicas y surrealistas.
Los poemas de Alaska Lynch, dramáticos y teatrales, dialogan con las imágenes, creando una experiencia sensorial que combina palabra e ilustración. Juntos, texto e imagen construyen un objeto artístico donde moda, narrativa visual y poesía convergen.
Gucci Zumi demuestra cómo un objeto pensado para acompañar un producto puede trascender su función comercial y convertirse en una obra de diseño y arte, capaz de evocar imaginación, emoción y fantasía.
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Las miniaturas de trenes de Aneste Datank son figuras cuidadosamente elaboradas para maquetas, representando escenas históricas, urbanas o militares en escalas como H0 y N. Cada pieza combina precisión, detalle y sensibilidad por la proporción, transformando el modelismo en un ejercicio de microdiseño.
La tienda Palau, que estaba ubicada en la calle Pelayo de Barcelona, se convirtió en un punto de encuentro para los aficionados al modelismo, ofreciendo estas figuras para proyectos históricos y ferroviarios. Aunque la tienda se trasladó, su reloj de escaparate permanece en la memoria de muchos como un símbolo icónico, evocando la esencia única del lugar y la nostalgia de quienes lo conocieron.
Más allá de su función recreativa, estas miniaturas muestran cómo la atención al detalle y la dedicación al oficio pueden convertir objetos pequeños en portadores de historia, memoria y experiencia estética.
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En 1949, George Lerner creó a Mr. Potato a partir de patatas y frutas del huerto de su madre, construyendo muñecos llamados “Funny-Faced Man” para que sus hermanas pequeñas pudieran jugar con ellos. En sus primeras versiones, Mr. Potato no incluía una patata de plástico: los niños tenían que usar una patata real o cualquier otra verdura para colocarle ojos, nariz y boca, lo que hacía del juego una experiencia interactiva y creativa.
Cuando Hasbro lanzó la versión comercial en 1952, Mr. Potato no solo se convirtió en un juguete emblemático, sino que también fue el primer juguete en tener su propio comercial de televisión, revolucionando la manera en que los juguetes se presentaban y se vendían.
Más allá de su función lúdica, Mr. Potato trasciende generaciones gracias a un diseño sencillo, participativo y abierto, consolidándose como icono cultural entre juego, innovación y nostalgia.
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Romancero Gitano es un canto poético de Federico García Lorca publicado en 1928, donde se entrelazan la cultura andaluza, el mundo gitano y un destino trágico. Esta primera edición, publicada por la Revista Occidente, incluye dibujos y una dedicatoria especial a Emilia Llanos, y marcó el éxito temprano del poeta. Su título sugiere que Lorca planeaba más romances, aunque nunca los publicó en vida.
El poemario se estructura a partir de formas musicales tradicionales como la saeta, la soleá o la seguiriya, que muestran una Andalucía marcada por el dolor y la muerte, como refleja el poema Después de pasar:
“Unas muchachas ciegas
preguntan a la luna,
y por el aire ascienden
espirales de llanto”
El color verde en Romancero Gitano se convierte en un símbolo cargado de significado y misterio, especialmente en el poema Romance sonámbulo, con el célebre verso “Verde que te quiero verde”. Este detalle demuestra cómo Lorca combinaba forma, ritmo y color para generar atmósferas poéticas que permanecen en la memoria del lector.
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El Rubik’s Twist fue diseñado por Ernő Rubik en 1981, poco después del éxito del cubo Rubik. A diferencia de su célebre predecesor, no presenta un patrón a resolver ni piezas fijas; su estructura de 24 triángulos conectados permite manipularlo libremente para crear figuras.
Más que un rompecabezas, el Twist se concibe como una escultura dinámica en constante cambio. Su diseño modular ofrece infinitas posibilidades de transformación, desde formas geométricas simples hasta estructuras complejas, invitando al usuario a explorar la relación entre forma, espacio y movimiento.
El Rubik’s Twist, un objeto de juego puede ser también un ejercicio de creatividad y diseño: un ejemplo de cómo la modularidad y la flexibilidad formal transforman un objeto cotidiano en un generador de experiencias visuales y táctiles.
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El iPhone 4, diseñado por Jonathan Ive y lanzado en 2010, representó el primer gran rediseño del iPhone: su estructura de vidrio y acero rompía con las formas curvas de sus predecesores. Su silueta plana y bordes metálicos lo convirtieron rápidamente en un referente del diseño industrial contemporáneo, combinando minimalismo, precisión y una estética sobria que definiría la identidad de Apple durante años.
Fue también el primer iPhone en incorporar cámara frontal, transformando para siempre la manera en que nos fotografiamos y nos relacionamos con la imagen digital. Sin embargo, su apuesta por el vidrio lo hizo especialmente frágil, ganándose la fama de ser uno de los modelos con la pantalla más delicada.
Hoy, pese a ser obsoleto y no poder ejecutar aplicaciones actuales como WhatsApp, Instagram o TikTok, el iPhone 4 reaparece como objeto simbólico y de estilo: en 2025, la cantante Bad Gyal fue vista usándolo durante la París Fashion Week, reafirmando su estatus como icono cultural más allá de la tecnología.
El iPhone 4 trasciende su función original y se instala como símbolo de diseño, estilo y memoria tecnológica, donde forma, materialidad y cultura convergen en un mismo gesto visual.
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El vinilo de Marilyn Monroe condensa en una imagen la construcción de un mito. Mucho más que un icono de belleza, Marilyn fue una mujer estratégica y culta: ávida lectora con una biblioteca de más de 400 libros, formada en el Actor’s Studio y fundadora de su propia productora, desafió las dinámicas del sistema de Hollywood desde dentro.
La portada se articula a partir de un primer plano que concentra toda la atención en su rostro: labios rojos, mirada directa y una iluminación que acentúa su magnetismo. El recurso del close-up en portadas musicales ha sido históricamente una herramienta eficaz para generar conexión inmediata con el público, convirtiendo el rostro en marca. La tipografía, una variante de ITC Avant Garde Gothic, refuerza esa modernidad con su geometría limpia y reconocible, muy asociada a la cultura visual de los años setenta y ochenta.
La inclusión del tema I’m Gonna File My Claim, perteneciente a la película River of No Return (1954), subraya la hibridación entre cine y música, consolidando a Marilyn como figura transversal dentro de la industria cultural. La edición, a cargo de Fascículos Planeta S.A., división del Grupo Planeta, inscribe el objeto en una tradición editorial que entiende el vinilo no solo como soporte sonoro, sino como pieza gráfica y de colección.
Este vinilo articula diseño, tipografía e imagen para construir y perpetuar un imaginario. Más que un soporte musical, funciona como artefacto visual que mantiene activa la narrativa de una figura siempre contemporánea.
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Perteneciente a la serie Juguetes Instructivos Mickey, fue publicado en 1936 por la Editorial Saturnino Calleja, consolidándose como una de las colecciones infantiles más representativas de su época. Con más de 100 tomos organizados en cinco series, cada librito ofrecía relatos ilustrados protagonizados por Mickey Mouse, acompañado de personajes como Minnie, Pluto, Horacio, Donald, Morty y Ferdie, Rumplewatt o el Capitán Doberman, ampliando así su universo narrativo.
La impresión mediante litografía offset —un sistema que transfiere la tinta de una plancha a un rodillo y posteriormente al papel— permitió obtener imágenes nítidas y colores vibrantes, reforzando el atractivo visual de la colección. Este cuidado técnico evidenciaba la importancia del componente gráfico en una publicación dirigida al público infantil, donde ilustración y narrativa funcionaban de manera inseparable.
Más allá de su función lúdica y educativa, estos libros reflejan la evolución de Mickey desde su creación hasta su consolidación como icono cultural global. Un ejemplo temprano de cómo la industria editorial entendió el potencial de los personajes ilustrados para expandirse en múltiples formatos, construyendo identidad, imaginario y permanencia en el tiempo.
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Big Bird es uno de los personajes más emblemáticos y queridos de Sesame Street. Aunque en España muchos lo recuerdan como “la gallina Caponata”, en realidad Caponata era otro personaje del programa —de plumaje azul y violeta— que apareció entre 1979 y 1980. El nombre de Big Bird en España fue Paco Pico, una adaptación que acompañó su popularidad televisiva.
Los primeros bocetos creados por Jim Henson datan de 1963 y, en 1969, se desarrolló un diseño más cercano al que hoy conocemos: una figura amarilla de gran tamaño, con proporciones exageradas y rasgos amables que equilibraban extrañeza y ternura. Esa combinación de escala, color y gesto convirtió al personaje en una presencia inolvidable dentro del imaginario infantil.
Durante casi cincuenta años, Big Bird fue interpretado por el titiritero Caroll Spinney (1933–2019), cuya labor fue esencial para dotarlo de voz, movimiento y personalidad. Más allá del vestuario y la construcción física del muñeco, fue la interpretación la que consolidó su identidad.
Big Bird confirma que el diseño de personaje va más allá de la forma: concepto, construcción material e interpretación se combinan para convertir una figura en icono cultural y referente generacional.
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El envoltorio menciona «Catalunya Teatral», una plataforma dedicada a la difusión de obras escénicas que reflejaba la vitalidad cultural de la Cataluña de principios del siglo XX. Este contexto sitúa la pieza dentro de un momento de intensa actividad artística y editorial, donde imagen y comunicación iban de la mano.
Los sellos ilustrados grabados en relieve fueron una técnica fundamental antes de la reproducción digital, permitiendo multiplicar imágenes de forma rápida y eficaz. A través de matrices talladas en madera o linóleo, la tinta se aplicaba sobre las superficies en relieve para transferirse al papel, generando composiciones de fuerte contraste y carácter gráfico.
Artistas, impresores e incluso movimientos políticos recurrieron a este procedimiento como herramienta de difusión. Figuras como Käthe Kollwitz o Alberto Durero utilizaron la impresión en relieve para democratizar el arte, haciéndolo reproducible y accesible a un público más amplio, ampliando así su impacto cultural y social.
Estos sellos ilustrados evidencian cómo la técnica condiciona el lenguaje visual: la limitación formal del relieve genera una estética directa y contundente, donde reproducir imágenes implica también difundir ideas.
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La palabra chincheta proviene del diminutivo de chinche, aludiendo tanto a su forma punzante como a su carácter persistente: pequeña, discreta y capaz de fijar lo efímero en su lugar. Es un objeto mínimo que sostiene ideas sin comprenderlas, pero con la firmeza suficiente para que permanezcan visibles.
Durante la Segunda Guerra Mundial, incluso las fábricas de chinchetas dejaron de lado la producción cotidiana para centrarse en herramientas vinculadas al esfuerzo bélico. El packaging de la época reflejaba esa mentalidad práctica: comunicaba solo lo esencial, prescindía del protagonismo de marca y adoptaba líneas limpias y funcionales, influido por una estética donde la eficiencia prevalecía sobre la ornamentación.
La chincheta nos recuerda que lo mínimo también construye relato. Una cabeza, una punta, un gesto preciso: suficiente para sostener ideas, imágenes y memoria.
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En 1768, Fredrik Henrik af Chapman publicó *Architectura Navalis Mercatoria*, una obra fundamental para la ingeniería naval del siglo XVIII. El libro reúne 62 láminas realizadas mediante grabado en cobre, una técnica de incisión que, tras el entintado y el prensado, permite reproducir imágenes con un nivel excepcional de detalle y precisión.
Cada plancha refleja la belleza de la perfección técnica: perfiles de embarcaciones, secciones y proporciones donde la ingeniería se aproxima al dibujo artístico. Las líneas no solo describen estructuras, sino que sostienen el delicado equilibrio entre forma, función y flotabilidad.
En una época sin sistema métrico universal, Chapman incluyó medidas en pies suecos, franceses e ingleses, evidenciando una voluntad de rigor y una clara vocación internacional. Esa decisión convirtió la obra en un referente técnico más allá de su contexto local, ampliando su impacto en la construcción naval europea.
*Architectura Navalis Mercatoria* demuestra cómo el libro puede ser, al mismo tiempo, herramienta científica y objeto de diseño: un soporte donde precisión, estética y conocimiento conviven en perfecta armonía.
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En 1964, ADG-FAD organizó la primera edición de los premios Laus, iniciando una tradición que se ha consolidado como referente del diseño gráfico y la comunicación visual en España. Desde su origen, los Laus no solo reconocen proyectos, sino que trazan una fotografía anual del estado del diseño y sus transformaciones.
El trofeo original, diseñado en 1970 por Tomàs Vellvé, miembro fundador de ADG-FAD, estaba realizado en aluminio y presentaba una textura ranurada que delimitaba sus partes, otorgándole una identidad formal clara y un carácter marcadamente industrial. Su materialidad y lenguaje respondían a una época en la que el diseño abrazaba la precisión técnica y la honestidad constructiva.
Con el paso del tiempo, el galardón ha evolucionado en paralelo al propio sector. En 2020, Okio Design Office reconceptualizó el trofeo en clave ecológica, reinterpretando el símbolo histórico desde una mirada contemporánea y alineándolo con nuevas sensibilidades medioambientales.
Un galardón que evoluciona con el propio diseño, convirtiéndose en espejo material de sus cambios y sensibilidades.
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St Raphaël no es solo un aperitivo, sino la celebración de un ritual: la pausa previa a la comida convertida en gesto elegante. Nacido en Francia en 1830, transformó lo cotidiano en una experiencia con estilo, entendiendo que el consumo también es puesta en escena.
Su botella, concebida para ser vista y recordada, combina relieve, proporción y funcionalidad en una forma reconocible y distintiva. El logotipo, una firma libre diseñada por Charles Loupot, no actúa como mero adorno, sino como afirmación gráfica de identidad. Desde muy pronto, la marca comprendió el poder de la imagen: carteles de colores planos, composiciones directas y tipografías memorables —firmados por Loupot, Cassandre y Savignac— vendían una atmósfera, una actitud, más que el propio producto.
En el centro de su imaginario aparecen los gemelos —uno de blanco y otro de negro, uno de día y otro de noche— como metáfora visual del equilibrio entre luz y sombra, sobriedad y placer.
Un ejemplo de cómo la estrategia gráfica puede expandir una marca hasta convertirla en símbolo cultural.
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La bandera arcoíris fue creada en 1978 por Gilbert Baker con ocho colores, cada uno asociado a un significado específico: rosa (sexo), rojo (vida), naranja (curación), amarillo (luz del sol), verde (naturaleza), turquesa (magia), índigo (serenidad) y violeta (espíritu). Concebida como un símbolo positivo y luminoso, la bandera proponía una identidad construida desde la diversidad y la celebración.
Un año después, las franjas rosa y turquesa fueron eliminadas por la escasez de tela y problemas de legibilidad, dando lugar a la versión de seis colores que se popularizó internacionalmente. Con el tiempo, el diseño evolucionó para visibilizar otras realidades: en 2017 Filadelfia añadió negro y marrón para señalar la discriminación racial; en 2018 Seattle incorporó rosa, azul claro y blanco en referencia a la comunidad trans y de género diverso.
Daniel Quasar reorganizó estos nuevos colores en forma de flecha para mejorar la lectura y simbolizar el progreso pendiente, y en 2021 Valentino Vecchietti añadió el triángulo amarillo con círculo morado en representación de la comunidad intersexual.
La bandera arcoíris demuestra cómo un símbolo gráfico puede mantenerse vivo a través de la adaptación. Lejos de ser un diseño cerrado, es una identidad en construcción: un sistema visual capaz de ampliarse para incluir más voces, reflejando que el diseño también puede ser herramienta de visibilidad, memoria y cambio social.
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Miju Lee, artista nacida en Seúl y residente durante algunos años en Barcelona, construye un puente entre sus raíces y su experiencia contemporánea a través de una obra que combina tradición pictórica y vanguardia conceptual. Su lenguaje visual oscila entre lo íntimo y lo simbólico, articulando identidad y desplazamiento en un mismo plano.
En sus piezas aparece una figura recurrente que encarna su lado más vulnerable: un personaje que ha evolucionado junto a ella y que presentó en la exposición *Gigantes con pies de barro*. Inspirada en la cultura asiática —donde el Yeti representa la introspección y el miedo al exterior—, esta figura funciona como metáfora de la tensión entre lo que se muestra y lo que se guarda.
“Desde fuera, los coreanos parecemos menos enérgicos. Tenemos mucha pasión interior, pero la expresamos de formas más sutiles”, afirma la artista. Esa dualidad atraviesa su trabajo, donde lo contenido y lo emocional conviven en equilibrio.
La obra de Miju Lee se despliega como un territorio de traducción cultural, donde identidad, memoria y percepción toman forma en imágenes que hablan de origen y transformación.
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La memoria USB, cuya invención fue patentada en 1999 por la empresa israelí M-Systems —aunque disputada por compañías como Netac, Trek2000 o Phison— nació como un pequeño dispositivo de apenas 8 MB que revolucionó el almacenamiento portátil frente al disquete. Hoy puede alcanzar 1 TB o más en un formato del tamaño de un llavero, condensando una enorme capacidad en un objeto mínimo.
Su tecnología se basa en la memoria flash, desarrollada en los años ochenta por Fujio Masuoka en Toshiba, un nombre inspirado en el “destello” con el que se borra la información. Desde la aparición del estándar USB en 1996 hasta la llegada del USB-C, su evolución no solo ha sido técnica, sino también formal. El símbolo del tridente sugiere universalidad y ramificación, mientras que materiales, tipografías serigrafiadas, ranuras o pequeños LED convierten al dispositivo en un objeto reconocible dentro del paisaje tecnológico cotidiano.
La USB ha trascendido incluso su función utilitaria en proyectos como Dead Drops, donde se integra en el espacio público como interfaz social y gesto artístico.
La memoria USB demuestra cómo un objeto aparentemente neutro puede condensar innovación técnica, identidad gráfica y dimensión conceptual. Un pequeño artefacto que guarda datos, pero también la historia reciente de cómo compartimos información y nos conectamos.
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La kufiya (كوفية), tradicional pañuelo de algodón y lino de Oriente Medio, nació como prenda funcional de campesinos y beduinos en la Palestina histórica. Su versión blanco-negra identificaba un origen rural y humilde, protegiendo del sol y del polvo en el trabajo cotidiano.
Durante la Revuelta Árabe (1936–1939) se transformó en símbolo de unidad y resistencia, y más tarde Yasser Arafat la convirtió en emblema internacional de la identidad palestina. Lo que comenzó como objeto utilitario pasó a ocupar un lugar central en la construcción simbólica de un pueblo.
Su diseño geométrico, en negro o rojo sobre fondo blanco, encierra significados que han sido transmitidos culturalmente: los cuadros aluden a la resistencia; la red de pesca, a la colectividad; las hojas de olivo, a la paz y el arraigo; las espigas, a la fertilidad; y los flecos, a la tradición artesanal.
Un textil que opera como sistema gráfico y símbolo político, donde patrón e identidad se funden en una misma superficie.
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*En Patufet* no fue solo una revista, sino una auténtica escuela sentimental para generaciones de lectores. Nacida en Barcelona el 3 de enero de 1904, convirtió la lectura en catalán en un gesto cotidiano y compartido, consolidándose como un fenómeno cultural de gran alcance.
De formato modesto en sus inicios —apenas ocho páginas que pronto se ampliaron— la publicación creció en ambición y contenido: llegó a regalar 1175 cuentos, editó más de 70 novelas infantiles y juveniles y promovió libros de texto con los que aprendieron a leer y escribir miles de niños. Impulsada por Josep Baguñà y enriquecida por las historias seriadas de Josep Maria Folch i Torres y las ilustraciones de Junceda o Lola Anglada, entendió que educar también era entretener, y que la ilustración era tan importante como la palabra.
En los años veinte amplió su universo con suplementos como *Virolet* y, más tarde, *Esquitx*, que incorporó un lenguaje más visual y lúdico a través de tiras cómicas y páginas jugables. La publicación supo evolucionar formalmente, adaptándose a nuevas maneras de narrar y de captar la atención infantil.
Más que un simple semanario, En Patufet fue un proyecto cultural que articuló uno de los movimientos juveniles más importantes de Cataluña. Cada número era un dispositivo editorial donde diseño, narrativa y pedagogía se alineaban para construir identidad compartida.
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La Colmena no es solo una confitería, sino un testimonio vivo del comercio artesanal barcelonés desde el siglo XIX, cuando aún se llamaba *Ca l’Abella*. En 1927 pasó a la familia Roig, que ha preservado hasta hoy su continuidad y carácter, manteniendo intacto el imaginario de la abeja y la miel como símbolo de trabajo paciente y oficio.
Sus caramelos, elaborados de forma artesanal en sabores como miel, tomillo o eucalipto, llegaron a vender hasta 70 kilos diarios en los años cincuenta. Más que un producto, eran parte del paisaje cotidiano de la ciudad, integrándose incluso en rituales urbanos como el Corpus.
Entre archivos cuidadosamente guardados y un rótulo en catalán que resistió una multa durante el franquismo, la tienda ha sabido sostener su identidad más allá de los cambios políticos y sociales.
Un comercio que trasciende la venta para convertirse en patrimonio cultural, donde identidad gráfica, saber artesanal y memoria urbana se entrelazan.
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El *taquin* no es solo un juguete, sino la materialización lúdica del orden y el movimiento. Nacido en el siglo XIX y popularizado como el *15 Puzzle*, convirtió un simple hueco vacío en el motor del ingenio: el espacio ausente como condición necesaria para que todo lo demás pueda desplazarse.
Con el tiempo, aquel tablero numerado evolucionó hacia versiones temáticas como *Happy Face*, donde las cifras fueron sustituidas por un rostro femenino de estética pop —ojos azules, labios rojos, cejas marcadas— muy propio de los años setenta y ochenta. Fabricado en plástico y producido por distintas compañías en Estados Unidos y Asia, funcionó tanto como juguete doméstico como objeto promocional, integrando cultura visual y entretenimiento en una misma superficie.
Su mecánica es sencilla y estratégica: deslizar una pieza hacia el espacio vacío, generar un nuevo hueco y repetir el gesto hasta recomponer la imagen completa. En ese vaivén constante entre desorden y reconstrucción, el puzzle no solo entretiene, sino que ensaya paciencia, lógica y memoria visual.
*Happy Face* demuestra cómo una estructura matemática puede transformarse en icono gráfico. Un juego mínimo donde el diseño convierte el movimiento en narrativa y el vacío en posibilidad.
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En Japón, desde la década de 1980, se popularizaron gomas de borrar con formas de comida y objetos cotidianos, concebidas más para atraer y coleccionar que para su uso estrictamente práctico. Estas piezas transformaron un utensilio escolar básico en un pequeño objeto de diseño, donde el detalle y la miniaturización se convierten en protagonistas.
Un ejemplo son las gomas de Iwako, conocidas por sus minuciosas reproducciones de sushi, ramen o dulces tradicionales. Algunas incorporan aromas asociados a los alimentos representados, reforzando su dimensión sensorial y lúdica. En los últimos años, muchas versiones se diseñan en varias piezas desmontables que se ensamblan como un pequeño puzle, ampliando su carácter interactivo.
Más allá de su función original —borrar el trazo— estas gomas revelan una sensibilidad propia del diseño de papelería japonesa contemporánea, donde precisión, juego y cultura visual conviven en formatos mínimos. Un recordatorio de que incluso el objeto más cotidiano puede convertirse en experiencia estética cuando el diseño entiende el detalle como valor.
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Chers Amis no es solo una publicación, sino un manifiesto visual sobre la artesanía de la imagen en plena era analógica. Editado en 1977, reúne fotomontajes realizados mucho antes de cualquier herramienta digital, cuando componer una escena implicaba imprimir fotografías por separado, recortarlas manualmente y reorganizarlas hasta alcanzar un nuevo equilibrio visual.
No había capas ni opción de deshacer: cada corte era definitivo, cada decisión, física. Una vez fijadas las piezas, los bordes se intervenían con pintura, aerógrafo o lápiz para unificar luces y sombras. Después, el collage completo se volvía a fotografiar, convirtiéndose en una imagen cerrada, coherente y lista para circular. El proceso no era solo técnico, sino profundamente material y consciente.
Esa construcción paciente e irreversible otorgaba a la ilusión visual un peso casi táctil, donde el oficio sustituía a la tecnología y el error formaba parte del riesgo creativo. Como escribe Janet Belden Beyda, gracias al ojo “infinitamente más objetivo” de la cámara podemos entrever las almas y, quizá, aceptarlas como amigas. Una frase que resume la confianza en la fotografía como puente entre técnica y humanidad.
Chers Amis nos recuerda que la imagen no siempre fue inmediata: hubo un tiempo en que se construía con manos, tiempo y convicción.
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El Tió, o Tió de Nadal, forma parte de la tradición navideña de Cataluña y algunas zonas de Aragón. Se trata de un tronco de madera al que se le dibuja un rostro, se le añaden patas y se cubre con una barretina y una manta, humanizando un elemento natural hasta convertirlo en personaje.
Según el folklorista Joan Amades, la ceremonia de “fer cagar el Tió” tiene su origen en antiguos ritos populares vinculados al solsticio de invierno, la naturaleza y la vida rural. En ese contexto, el tronco simbolizaba fertilidad y renovación, asociado al ciclo agrícola y al regreso de la luz tras la noche más larga del año. Con el tiempo, la tradición catalana transformó este rito en un acto festivo y familiar, donde el componente escatológico adquiere un sentido simbólico ligado a la abundancia y la prosperidad.
El Museu Etnològic i de Cultures del Món señala que el Tió podría considerarse uno de los últimos rituales paganos navideños vivos en Cataluña, manteniendo una conexión simbólica con el renacimiento de la naturaleza en pleno invierno.
En otras culturas europeas, especialmente en regiones nórdicas y alpinas, existieron prácticas similares relacionadas con el solsticio. El Yule log en Escandinavia e Inglaterra consistía en quemar un tronco para atraer fortuna, protección y abundancia en el nuevo año, compartiendo con el Tió esa relación entre madera, fuego y regeneración.
Durante la ceremonia, los niños cantan mientras golpean el tronco con bastones.
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Fundido en París en 1868, este medallón de bronce representa el busto de Juana de Arco con armadura. Las inscripciones “H. Chapu 1868” y “F. Barbedienne Fondeur” identifican al escultor Henri Chapu y al fundidor Barbedienne.
La obra se inscribe en el academicismo francés del siglo XIX. Con 25 cm de diámetro y pátina sobria, pertenece a una tipología muy difundida. Estos medallones, entre escultura y objeto decorativo, se destinaban a interiores burgueses o instituciones para homenajear figuras históricas.
La representación de perfil, heredera de la tradición numismática clásica, aporta solemnidad. Juana aparece como guerrera y mártir, síntesis visual de su papel en la Guerra de los Cien Años.
Juana de Arco fue una joven campesina que afirmó recibir visiones divinas y apoyó a Francia frente a Inglaterra. Con 17 años convenció al delfín Carlos VII y participó en la liberación de Orleans en 1429. Capturada en 1430 y ejecutada en 1431 con 19 años, fue canonizada en 1920 y proclamada patrona de Francia.
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El gasificante y soda El Tigre es un producto en polvo tradicional de España, fabricado desde 1915 en Cheste por la empresa familiar Sodas y Gaseosas Alejandro Martínez S. L. Su fundador, Alejandro Martínez, empezó a elaborarlo mezclando bicarbonato y ácido cítrico para crear agua carbonatada al añadirlo al agua. Durante gran parte del siglo XX se popularizó en tiendas de barrio y gracias a la expansión familiar, llegando de pueblo en pueblo; hoy la empresa sigue siendo un negocio familiar de cuatro generaciones.
En sus inicios se consumía sobre todo como refresco casero, mezclando los sobres con agua fría, ya que era una forma económica de obtener agua con gas antes de que las bebidas embotelladas se generalizaran. Con el tiempo, el diseño ha evolucionado hacia formatos más modernos y sostenibles, manteniendo los sobres dobles originales. Actualmente su uso principal es la repostería, donde cerca del 80 % de los consumidores lo utiliza para esponjar bizcochos y magdalenas.
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El plátano de silicona se inscribe en la cultura de los desk toys, pequeños objetos sin una función práctica clara cuyo valor reside en la experiencia que generan: relajar, entretener o introducir una pausa en la rutina cotidiana.
Este tipo de objeto conecta con el universo de los squishy toys, juguetes blandos popularizados en Japón y Corea, diseñados para ser apretados y recuperar lentamente su forma. Transforman elementos cotidianos en objetos sensoriales, decorativos y emocionalmente atractivos.
La elección del plátano no es casual. Su forma simple, reconocible y universal lo convierte en un icono visual eficaz dentro de la cultura contemporánea. Andy Warhol lo consagró como símbolo pop en la portada de The Velvet Underground & Nico (1967), mientras que Maurizio Cattelan retomó esa misma lógica con Comedian (2019), el famoso plátano pegado a la pared, vendido por millones de dólares.
En el arte y el diseño contemporáneo, también aparece en las obras de Claes Oldenburg y en la fotografía de Martin Parr, donde la fruta funciona como símbolo de lo cotidiano, lo kitsch y lo banal. Así, el plátano antiestrés demuestra cómo una forma simple, combinada con interacción táctil, puede generar un vínculo emocional y cultural sorprendentemente potente.
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John Lennon Interview 80 (Limited Edition) no es un vinilo convencional. No contiene música, sino una conversación. Un registro que captura a John Lennon en un momento clave de su vida: su regreso mediático en 1980.
Más que un soporte físico, funciona como un objeto sonoro. Una pieza que transforma pensamientos en materia coleccionable, donde el valor no está en lo que suena, sino en lo que se dice.
Durante los años 70 y 80, el vinilo también era un medio para difundir entrevistas. En un contexto sin internet, estos formatos ofrecían acceso directo -y limitado- al lado más personal de los artistas.
La conversación fue realizada por Andy Peebles a John Lennon y Yoko Ono el 6 de diciembre en 1980 en Nueva York. Su relevancia aumenta al convertirse en una de las últimas entrevistas antes de la muerte de Lennon, dos días después.
La portada, fotografiada por Annie Leibovitz para Rolling Stone, sintetiza ese momento: una imagen íntima, simple y cargada de significado, que terminaría convirtiéndose en un icono cultural.
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En 1960 apareció Letraset, un sistema de tipografía transferible en seco que transformó la manera de trabajar con texto en diseño gráfico. A través de hojas de letras, números y símbolos listas para aplicar, bastaba con colocarlas sobre una superficie y frotar para transferir cada carácter con un acabado limpio, preciso y de apariencia profesional.
Su llegada simplificó un proceso que hasta entonces dependía de maquinaria especializada, técnicas complejas y recursos costosos. Carteles, cubiertas, maquetas o publicaciones podían componerse de forma manual, rápida y accesible, ampliando las posibilidades creativas más allá del entorno profesional.
Letraset se convirtió en una herramienta clave para diseñadores, ilustradores y creadores visuales. Su combinación de precisión y facilidad de uso marcó un cambio en la relación entre diseño y tecnología: acercó la composición tipográfica a más personas y democratizó una práctica hasta entonces limitada a ámbitos especializados. Una demostración de que, cuando una herramienta elimina barreras sin renunciar a la calidad, puede transformar no solo cómo se diseña, sino también quién tiene acceso a hacerlo.
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En 1984 apareció Mega-Star, un libro del artista e ilustrador Richard Bernstein que condensaba en imágenes una de las etapas más exuberantes de la cultura visual contemporánea. Con retratos de celebridades, modelos y músicos vinculados al universo nocturno de Nueva York, la publicación iba más allá del formato editorial para convertirse en un retrato gráfico de la era del glamour, la fama y la estética de los excesos.
Bernstein, reconocido por sus icónicas portadas para Interview durante los años setenta y ochenta, desarrolló un lenguaje visual propio basado en colores fluorescentes, contrastes extremos y acabados brillantes realizados con aerógrafo. Su capacidad para transformar fotografías reales en imágenes casi artificiales, intensificando rasgos, luces y maquillaje, construía personajes que parecían existir entre la realidad y la ficción.
El estilo de Mega-Star, a medio camino entre ilustración, fotografía y diseño gráfico, anticipó muchos códigos visuales que hoy siguen presentes en la moda, la publicidad y la cultura digital. El tratamiento de la luz, el color y el rostro convertía a cada figura en un espectáculo visual, reflejando una idea de la celebridad construida desde la imagen. Una muestra de cómo el diseño no solo representa una época: también puede definir la forma en que termina siendo recordada.