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sábado, 26 de diciembre de 2015

Un Cuento en Familia

Este año en el cole se está llevando a cabo un proyecto muy bonito. Se trata de escribir un cuento en familia para posteriormente editar un libro con todos los participantes. Nos encantó la idea así es que nos pusimos manos a la obra y este es el resultado:

Espíritu Artesano

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Una tarde de navidad, mientras paseaban por el bosque, el pequeño Gael le preguntó a su hermano:

- Adrián, por qué en el pueblo nos llaman los jugueteros ?

- Ven hermanito, - respondió Adrián- siéntate aquí conmigo y escucha con atención la historia que voy a contarte.

“ Érase una vez, un carpintero llamado Klaus , al que todos en el pueblo llamaban “ El Juguetero “. Ese era nuestro abuelo, un hombre muy sabio, que pasaba horas y horas en su taller, trabajando la madera hasta convertirla en un hermoso juguete.

Un día, el abuelo, se puso muy enfermo y pidió que llamaran a su hija que vivía en la ciudad. Mamá, al conocer la noticia, corrió al pueblo. Al llegar a casa, se sentó en la cama y cogiéndole la mano le dijo: 

- Ya estoy aquí papá.

El abuelo, sonrió y le dijo: 

- Necesito que sigas llenando de magia los corazones de los niños. 

- Pero papá, yo no soy carpintera, no puedo hacerlo.

- No hace falta ser carpintero para crear un juguete, - respondió el abuelo- simplemente necesitas imaginación, amor y alegría  para convertir un trozo de madera en la ilusión de un niño.

Desconcertada por la petición del abuelo, mamá, salió al jardín. Caminó sin rumbo, adentrándose en el bosque, sin darse cuenta de que había anochecido. Agotada y desorientada se sentó, apoyando su espalda contra un árbol y se quedó dormida. De repente, unas voces en la oscuridad la despertaron. Un destello a lo lejos le llamó la atención y, acercándose sigilosamente, pudo ver a unos seres muy extraños. Uno tenía  aspecto de árbol, otro tenía alas y el más anciano sujetaba un bastón en el cual se podían ver talladas figuras de animales. Todos estaban sentados  alrededor de un fuego que no quemaba la madera. Eran los espíritus del bosque. Los protectores de la naturaleza!

Intentó acercarse más para escuchar lo que decían, pero al moverse, pisó unas ramas secas y los espíritus percibieron su presencia. El más anciano , levantó su bastón diciendo:

- ¡ Sal de ahí y presentate ante nosotros !

Mamá, salió de entre los arbustos y dijo: 

- Soy Jasmin,  la hija del juguetero

- ¿Qué quieres de nosotros ?- preguntó el que tenía aspecto de árbol

- Necesito saber cómo convertir un trozo de madera en un juguete que llene de magia el corazón de  los niños-  respondió nuestra madre

El Anciano , que había estado observando atentamente, dijo:

- Conocemos a tu padre, “ El juguetero “. Es alguien muy especial que consigue que en cada juguete renazca el alma del bosque.

-  ¡ Necesito que me ayudéis, por favor !-  interrumpió mamá. 

   De pronto, el ser alado, levantó el brazo e hizo que nuestra madre quedara suspendida en el aire. El que tenía forma de árbol hizo que se quedara dormida y el Anciano, levantó su bastón y lo posó sobre su cabeza . Entonces, mamá , comenzó a recordar cuando era niña y se pasaba horas en el taller del abuelo , viendo cómo trabajaba  la madera. Recordó también, el día en que le preguntó cómo podía hacer juguetes tan bonitos. El abuelo, cogió un trozo de madera y le dijo:

- ¿ Qué ves aquí ?

- Un trozo de madera, - respondió mamá

- Míralo desde el corazón - dijo el abuelo sonriendo - Sólo amando y valorando las pequeñas cosas de la vida, puedes llegar a construir grandes cosas.

Al despertar, mamá, estaba de nuevo en el Jardín del abuelo. Aturdida, corrió hacia la habitación, gritando:

- ¡Papá, por fin lo he entendido. Voy a construir preciosos juguetes! .  

El Abuelo, sentado en la cama sonriendo, le dijo:

- Lo sé, siempre lo supe….  “

-Y ese , Gael, es el motivo por el que, en el pueblo,  nos llaman los jugueteros - concluyó Adrián.

-¿ Y tú crees que nosotros algún día podremos hacer cosas tan bonitas como las que hacían mamá o el abuelo ? -preguntó Gael

-Claro que sí, hermanito - dijo Adrián.- Todos podemos crear cosas hermosas, solo tenemos que perder el miedo y dejar volar la imaginación.

Familia Peralta Bunzendahl

martes, 18 de febrero de 2014

La pequeña Luciérnaga ( Cuento Tailandés )

Un cuento para recordar que, independientemente de lo que brillen los demás, cada uno de nosotros posee una maravillosa luz propia.

La pequeña Luciérnaga 

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Había una vez una comunidad de luciérnagas que vivía en el interior del tronco de un altísimo lampati, uno de los árboles más majestuosos y viejos de Tailandia. Cada anochecer, cuando todo se quedaba a oscuras y en silencio y sólo se oía el murmullo del cercano río, todas las luciérnagas abandonaban el árbol pan llenar el cielo de destellos. Jugaban a hacer figuras con sus luces bailando en el aire para crear un sinfín de centelleos luminosos más brillantes y espectaculares que los de un castillo de fuegos artificiales.
Pero entre todas las luciérnagas que habitaban en el lampati, había una muy pequeñita a la que no le gustaba salir a volar.
—No, no, hoy tampoco quiero salir a volar —decía todos los días la pequeña luciérnaga—. Id vosotros que yo estoy muy bien en casita.
Tanto sus abuelos, como sus padres, hermanos y amigos, esperaban con ansiedad a que llegara la noche para salir de casa y brillar en la oscuridad. Se lo pasaban tan bien que no comprendían cómo la pequeña luciérnaga no les acompañaba nunca. Le insistían una y otra vez para que fuera con ellas a volar, pero no había manera de convencerla. La pequeña luciérnaga siempre se negaba.
— ¡Qué no quiero salir a volar! —Repetía la pequeña luciérnaga—. ¡Mira que sois pesados, eh!
Toda la comunidad de luciérnagas estaba muy preocupada por la actitud de la pequeña.
—Hemos de hacer algo con esta hija —decía su madre angustiada—. No puede ser que la pequeña no quiera salir nunca de casa.
—No te preocupes, mujer —añadía su padre intentando calmarla—. Ya verás como todo se arregla y cualquier día de éstos sale a volar con nosotros:
Pero pasaban los días y la pequeña luciérnaga seguía encerrada sin salir de casa.
Un anochecer, cuando todas las luciérnagas habían salido a volar, la abuela luciérnaga se acercó a la pequeña y le preguntó con toda la delicadeza del mundo:
— ¿Qué te sucede, mi pequeña niña? ¿Por qué nunca quieres salir de casa? ¿Cuál es la razón por la que nunca quieres venir a volar e iluminar la noche con nosotros?
— No me gusta volar —respondió la pequeña luciérnaga.
—Pero ¿por qué no te gusta volar ni mostrar tu luz? —insistió la abuela.
—Pues. —Explicó por fin la pequeña luciérnaga—, para qué he de salir si con la luz que tengo nunca podré brillar como la luna. La luna es grande y brillante y yo a su lado no soy nada. Soy tan pequeñita que a su lado no soy más que una ridícula chispita. Por eso nunca quiero salir de casa y volar, porque nunca brillaré como la luna.
La abuela escuchó con atención las razones que le dio la pequeña l ciénaga.
—¡Ay, mi niña! —Dijo con una sonrisa—. Hay una cosa de la luna que has de saber y que, por lo visto, desconoces. Y lo sabrías si al menos salieras de casa de vez en cuando. Pero como no es así, pues, claro, no lo sabes.
— ¿Qué es lo que debo saber de la luna y que no sé? —preguntó la pequeña luciérnaga presa de la curiosidad.
—Has de saber que la luna no tiene la misma luz todas las noches —Respondió la abuela—. La luna es tan variable que cambia todos los días. Hay noches en que está radiante, redonda como una pelota brillando desde lo más alto del cielo. Pero, en cambio, hay otros días en que se esconde, su brillo desaparece y deja al mundo sumido en la más profunda oscuridad.
— ¿De veras que hay noches en que se esconde la luna? —se sorprendió la pequeña.
— ¡Que sí, mi niña! —continuó explicando la abuela—. La luna cambia constantemente. Hay veces que crece y otras que se hace pequeña. Hay noches en que es enorme, de un color rojo, y otros días en que se hace invisible y desaparece entre las sombras o detrás de las nubes. La luna cambia constantemente y no siempre brilla con la misma intensidad. En cambio tú, pequeña luciérnaga, siempre brillarás con la misma fuerza y siempre lo harás con tu propia luz.
La pequeña luciérnaga se quedó asombrada ante las explicaciones de la abuela. Nunca se habría podido imaginar que la luna fuera tan variable que brillaba o que se apagaba según los días. Ya partir de entonces, la pequeña luciérnaga salió cada noche del interior del gran lampati para salir a volar con su familia y sus amigos. Y así fue cómo la pequeña luciérnaga aprendió que cada uno ha de brillar con su propia luz.

Fuente: http://cantardebardo.wordpress.com/

domingo, 8 de diciembre de 2013

La Flor más Grande Del Mundo ( José Saramago )

Hoy me gustaría compartir con vosotros este precioso cuento que en casa no encanta por valorar lo sencillo, la humildad y la grandeza de las cosas más pequeñas.

Espero que os guste

¡ Feliz Domingo !


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¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde hace tanto tiempo, venimos enseñando?

Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, 
porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las 
quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, 
pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena. 
Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener 
habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y 
una paciencia muy grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, 
por lo que pido perdón.

Si yo tuviera esas cualidades, podría contar con todo detalle una historia preciosa que un día me inventé, y que, así como vais a leerla, no es más que un resumen que se dice en dos palabras… Se me tendrá que perdonar la vanidad de haber pensado que mi historia era la más bonita de todas las que se han escrito desde los tiempos de los cuentos de hadas y princesas encantadas…


i yo tuviera esas cualidades, podría contar con todo detalle una historia preciosa que un día me inventé, y que, así como vais a leerla, no es más que un resumen que se dice en dos palabras… Se me tendrá que perdonar la vanidad de haber pensado que mi historia era la más bonita de todas las que se han escrito desde los tiempos de los cuentos de hadas y princesas encantadas…
¡Hace ya tanto tiempo de eso!
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En el cuento que quise escribir, pero que no escribí, hay una aldea. (Ahora comienzan a aparecer algunas palabras difíciles, pero quien no las sepa, que consulte en un diccionario o que le pregunte al profesor.)
Que no se preocupen los que no conciben historias fuera de las ciudades, ni siquiera las infantiles: a mi niño héroe sus aventuras le esperan fuera del tranquilo lugar donde viven los padres, supongo que también una hermana, tal vez algún abuelo, y una parentela confusa de la que no hay noticia.
Nada más empezar la primera página, sale el niño por el fondo del huerto y, de árbol en árbol, como un jilguero, baja hasta el río y luego sigue su curso, entretenido en aquel perezoso juego que el tiempo alto, ancho y profundo de la infancia a todos nos ha permitido…
Hasta que de pronto llegó al límite del campo que se atrevía a recorrer solo. Desde allí en adelante comenzaba el planeta Marte, efecto literario del que el niño no tiene responsabilidad, pero que la libertad del autor considera conveniente para redondear la frase. Desde allí en adelante, para nuestro niño, hay sólo una pregunta sin literatura: “¿Voy o no voy?” Y fue.
El río se desviaba mucho, se apartaba, y del río ya estaba un poco harto porque desde que nació siempre lo estaba viendo. Decidió entonces cortar campo a través, entre extensos olivares, unas veces caminando junto a misteriosos setos vivos cubiertos de campanillas blancas, y otras adentrándose en bosques de altos frenos donde había claros tranquilos sin rastro de personas o animales, y alrededor un silencio que zumbaba, y también un calor vegetal, un olor de tallo fresco sangrado como una vena blanca y verde.
¡Oh, qué feliz iba el niño! Anduvo, anduvo, hasta que los árboles empezaron a escasear y era ya un erial, una tierra de rastrojos bajos y secos, y en medio una inhóspita colina redonda como una taza boca abajo.
Se tomó el niño el trabajo de subir la ladera, y cuando llegó a la cima, ¿qué vio? Ni la suerte ni la muerte, ni las tablas del destino… Era sólo una flor. Pero tan decaída, tan marchita, que el niño se le acercó, pese al cansancio.
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Y como este niño es especial, como es un niño de cuento, pensó que tenía que salvar la flor. Pero ¿qué hacemos con el agua? Allí, en lo alto, ni una gota. Abajo, sólo en el río, y ¡estaba tan lejos!…
No importa.
Baja el niño la montaña,
Atraviesa el mundo todo,
Llega al gran río Nilo,
En el hueco de las manos recoge
Cuanta agua le cabía.
Vuelve a atravesar el mundo
Por la pendiente se arrastra,
Tres gotas que llegaron,
Se las bebió la flor sedienta.
Veinte veces de aquí allí,
Cien mil viajes a la Luna,
La sangre en los pies descalzos,
Pero la flor erguida
Ya daba perfume al aire,
Y como si fuese un roble
Ponía sombra en el suelo.
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El niño se durmió debajo de la flor. Pasaron horas, y los padres, como suele suceder en estos casos, comenzaron a sentirse muy angustiados. Salió toda la familia y los vecinos a la búsqueda del niño perdido. Y no lo encontraron.

Lo recorrieron todo, desatados en lágrimas, y era casi la puesta de sol cuando levantaron los ojos y vieron a lo lejos una flor enorme que nadie recordaba que estuviera allí.
Fueron todos corriendo, subieron la colina y se encontraron con el niño que dormía. Sobre él, resguardándolo del fresco de la tarde, se extendía un gran pétalo perfumado, con todos los colores del arco iris.
A este niño lo llevaron a casa, rodeado de todo el respeto, como obra de milagro.Cuando luego pasaba por las calles, las personas decían que había salido de casa para hacer una cosa que era mucho mayor que su tamaño y que todos los tamaños.
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Y ésa es la moraleja de la historia.
Éste era el cuento que yo quería contar. Me da mucha pena no saber narrar historias para niños. Pero por lo menos ya conocéis cómo sería la historia, y podréis explicarla de otra manera, con palabras más sencillas que las mías, y tal vez más adelante acabéis sabiendo escribir historias para los niños…
¿Quién me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por tí que me lees, pero mucho más bonita?…

JOSÉ SARAMAGO

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Los Reyes Magos

En casa "creemos" en Papá Noel y Los Reyes Magos, aunque durante mucho tiempo dudamos sobre si contarle a nuestro hijo estas historias, ya que no nos gusta mentirle,  pero tampoco queriamos privarle de una tradicion que nos parece muy bonita, ni de la ilusión que generan estos personajes . Este cuento, que leimos el año pasado en el foro de Criar con el Corazón, nos ayudó a decidir el enfoque que queriamos darle al tema:


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Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el salón, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:- ¿Papá?- Sí hija, cuéntame- Oye quiero...que me digas la verdad- Claro hija. Siempre te la digo.- Respondió el padre un poco sorprendido- Es que..- titubeó Cristina- Dime hija, dime.-- Papá ¿existen los Reyes Magos?.-


El padre de Cristina se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.- Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?.-


La nueva pregunta de Cristina le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:- ¿Y tú qué crees, hija?- Yo no se, papá,.que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tu no me engañas, pero como las niñas dicen eso..- Mira hija efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero..- ¿Entonces es verdad?- , cortó la niña con los ojos humedecidos.- ¡Me habéis engañado!- No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen,- respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Cristina- Entonces no lo entiendo papá.-- Siéntate, cariño, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla.- dijo el padre mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.


Cristina se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:


Cuando el Niño Dios nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:


- ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño!. Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.-- ¡Oh, sí!.- exclamó Gaspar.- Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.-


Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría comentó:


- Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito.


Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo.


El Niño Jesús que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:


- Sois muy buenos, queridos Reyes, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?- ¡Oh, Señor!- dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas.


Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero..no podemos tener tantos pajes..no existen tantos.-


- No os preocupéis por eso - dijo Dios - yo os voy a dar , no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.-- ¡Sería fantástico! ¿pero cómo es posible? - dijeron a la vez los tres Reyes con cara de sorpresa y admiración.- Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben de querer mucho a los niños?- preguntó Dios.- Sí claro, eso es fundamental - asistieron los tres Reyes.- Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?-- Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje - respondieron cada vez más entusiasmados los tres.- Pues decidme, queridos Reyes, ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres? -


Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando cuando la voz de nuevo se volvió a oír:


- Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices.-


Cuando el padre de Cristina hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:


- Ahora sí que lo entiendo todo papá. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado.-


Y corriendo se dirigió a su cuarto regresando con su hucha en la mano mientras decía:


- No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero.-


Y todos se abrazaron mientras a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.

lunes, 7 de diciembre de 2009

La Leyenda del olentzero

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Siguiendo con mi recopilacion de cuentos, os traigo  una preciosa leyenda que nos cuenta Anais en su blog  " Mi viaje a Itaca "  y que es el origen de una antigua tradicion que aun se mantiene en euskadi.

" El Olentzero es un extraño hombre muy comilón que cada Nochebuena se cuela en las casas bajando por la chimenea. Su vestimenta y profesión depende de las regiones donde se le rinde culto. En algunos pueblos dicen que se trata de un carbonero que vive con su mujer y que va a la cocina de las casas cuando la familia se ido a dormir, para calentarse en el fuego. En otros es costumbre representar al Olentzero con un maniquí hecho a base de paja y trapos que los niños llevan por las casas para pedir el aguinaldo de Nochebuena. En otors lugares cuelgan en la chimenea la imagen del Olentzero con su boina en la cabeza y una hoz en la mano, hasta después de la Misa del gallo, como símbolo de prosperidad y buena suerte. En Pamplona (Navarra) ya es típico el desfile de los Olentzeros danzando al son de txistus y tamboriles en la tarde del día de Nochebuena. "

La Leyenda del Olentzero  ( del  Blog de Anais )

Hubo una vez, hace muchos muchos años, en los profundos bosques del País Vasco, un hada muy hermosa viviendo allí. Su cabellera era amarilla como el sol y sus ojos eran muy brillantes. Como todas las hadas, ella cuidaba de la gente y siempre estaba acompañada por unas criaturas pequeñitas y divertidas (llamadas Prakagorri o "pantalones rojos"), que la ayudaban en su trabajo.
 Un día, cuando ella iba viajando a través de las montañas, se detuvo para peinar sus cabellos junto a una fuente. De repente, los Prakagorris le dijeron que algo se estaba moviendo entre los helechos. El hada continuó peinando y peinando sus rizados cabellos y no se dió cuenta de nada hasta que los Prakagorris gritaron llamando su atención.


"ES UN BEBÉ HUMANO," dijo el más viejo de los duendes.


"¿Por qué lo dejaron aquí?" se preguntaron los Prakagorris.


"Yo no sé," dijo el hada, "es difícil de comprender como hay humanos que pueden ser tan desalmados algunas veces. Desde ahora," le dijo el hada al bebé, "tu nombre será Olentzero, porque haberte encontrado ha sido algo maravilloso. Además te daré tres regalos, la fuerza, el coraje y el amor, por todo el tiempo que vivas."
 Entonces el hada tomó al bebé y lo llevó a una vieja casa en el límite del bosque donde vivían un hombre y su mujer que no tenían niños.


"Ellos estarán muy felices de recibir este bebé y lo cuidarán muy bien, lo sé" dijo el hada, y dejó al niño allí en frente de la puerta de su vieja casa.


Muy temprano en la mañana, cuando el sol comenzaba a salir, el hombre salió de la casa para ordeñar a las vacas. Y sorprendido al ver allí a un bebé precioso le dijo a su mujer:


"Mi amor, ven aquí rápidamente! Ven a ver lo que he encontrado!"


Tal como el hada había predicho, Olentzero hizo muy felices a este hombre y a su mujer.


"Qué afortunados hemos sido!", dijo la mujer. E inmediatamente cubrieron al niño con una cálida manta, le dieron comida y lo tomaron como su hijo.


Y así fue como Olentzero llegó a crecer en aquellas maravillosas montañas, hasta que se convirtió en un fuerte, saludable y amable hombre. Sus padres estaban muy contentos y a Olentzero nunca le preocupó la extraña forma en la que sus padres le habían encontrado.


Olentzero trabajaba todos los días, de la mañana a la noche, haciendo carbón y ayudando a su anciano padre.


Después de muchos años los padres de Olentzero murieron y él se quedó muy triste y solo en la vieja casa del bosque. Los años vinieron y se fueron, y su cara comenzó a arrugarse y su cabello comenzó a ponerse blanco. El vivir solo lo entristeció aún más y se dió cuenta de que lo único que le haría más feliz sería ayudar a otras personas que lo necesitaban.
 Entonces recordó que en el pueblo había una casa en la cual vivían unos niños huérfanos que subsistían gracias a las cosas que la gente del pueblo les daba. Se dió cuenta de que aquellos niños eran muy solitarios, tanto como él, y de que él podría hacer algo para que fueran un poco más felices.


Olentzero era muy inteligente y muy bueno haciendo cosas con sus manos, así que hizo algunos juguetes de madera para aquellos niños (pequeños juguetes y muñecas, que el podría llevar a los niños cuando fuera al pueblo a vender su carbón). Cuando terminó los juquetes, los puso en una gran bolsa, puso la bolsa sobre su burro, y marchó hacia el pueblo, sintiendo una gran felicidad por dentro que hacía que sus ojos brillasen con mucha fuerza.


Le tomó toda la mañana caminar a través de las montañas hasta llegar al pueblo, pero le dió igual porque estaba muy feliz, sonreía como si estuviera en un sueño, porque sabía lo felices que harían esos regalos a los niños.


Cuando los más pequeños del pueblo le vieron aparecer con esa bolsa tan grande llena de juguetes tan bonitos se pusieron locos de alegría. Abrieron sus regalos y el Olentzero se pasó la tarde jugando con ellos y contándoles las historias que había aprendido de pequeño de boca de su padre.


Los niños y niñas del pueblo se lo pasaron muy bien aquella tarde con Olentzero y después de aquel día nunca sevolvieron a sentir tan solos como antes. Olentzero se volvió muy conocido en el pueblo, y cada vez que se acercaba, era rodeado por todos los niños.


Esto se repitió muchos hermosos y felices años, hasta que un día cuando el Olentzero se dirijía al pueblo comenzó una terrible tormenta. Los fríos y fuertes vientos, y el sonido de los truenos asustaron mucho a toda la gente, especialmente a los niños. Pero Olentzero no se detuvo, ni dió marcha atrás, sino que siguió caminando hacía el pueblo. Cuando derrepente vió como un rayo alcanzó una casa, desde la que empezó a salir fuego por el tejado. Mientras que por las ventanas se asomaron unos niños asustados, gritando y pidiendo ayuda. Sin pensarlo mucho, el Olentzero entró en la casa que estaba en llamas, cubrió a los niños con una manta para protegerlos del fuego y los sacó de la casa a través de una ventana del primer piso. Pero cuando el estaba a punto de salir una de las vigas de madera cayó sobre él. El corazón de Olentzero se detuvo. La gente del pueblo lloraba viendo como la casa se consumía por las llamas y Olentzero seguía dentro. Pero en ese momento fueron sorprendidos por una luz brillante que salía de la casa.


Nadie podía ver lo que estaba ocurriendo dentro. Pero en la casa, el hada que había encontrado a Olentzero en las montañas, apareció de nuevo junto a él y comenzó a llamarlo por su nombre con su dulce voz:


"Olentzero! Olentzero!" Y le dijo: "Olentzero, tú has sido un buen hombre, lleno de fe y de buen corazón. Has dedicado tu vida a hacer cosas para los demás, y has dado hasta tu propia vida para salvar a otras personas. Por lo tanto no quiero que te mueras. Quiero que vivas para siempre. De ahora en adelante tú harás juguetes y otros regalos para los niños en este pueblo y en todos los rincones del País Vasco."


"¡Y nosotros te ayudaremos!" dijeron todos los Prakagorris, volando alrededor de Olentzero.


Y así fue como vino a pasar que, en la mitad de cada invierno, al final de cada año, Olentzero va a todos los pueblos del País Vasco repartiendo juguetes y regalos a los niños que no tienen padres ni abuelos que les hagan regalos, y a los que si, también.


Desde entonces los niños de todos los pueblos celebran la llegada de Olentzero cantando canciones y esparciendo su mensaje de amor, fuerza y coraje.

Algunas personas no creen que Olentzero realmente exista. Pero entre los vascos hay un viejo dicho: Todas las cosas que tienen un nombre existen, si nosotros creemos en ellas.
 
 
Fuentes:
 
http://anaiseta.blogspot.com/2009/12/el-olentzero.html
http://casasyminiaturas.iespana.es/origen_olentzero.htm
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