Mi padre me traía folios y lápices bicolores del despacho.Yo aún no sabía escribir pero pintaba filas de hormigas y las salpicaba de puntos. Así empezó todo. Desde entonces no he dejado de rayar cualquier cosa: desde los folios del juzgado hasta el cartón de las medias. Esto no se cura, así que lo mejor es vivir rodeada de letras.
Llevo unas cuantas semanas saliendo del despacho demasiado tarde y encontrándome, al mirarme en el espejo del ascensor, que los ojos los tengo enrojecidos, agotados, como si se hubieran vuelto de plástico. Lo de los ojos es lo de menos, lo peor es el ánimo con el que salgo a la calle después de lo que se cuece en los tribunales. Hoy no hablo de su acierto o desacierto, sino de la gente en sí, de los problemas que surgen todos los días y que a menudo te rompen el corazón. Ultimamente- para qué mentir- los divorcios están destrozando mi "confianza en la bondad de los desconocidos" y sin embargo me siento más Blanche Du Bois que nunca. Espero que pase algo "mágico"- cómo odio el abuso de esta palabra gracias al tándem Coelho-Buccay y por el contrario, cuánto me gusta en la voz de Vivien leigh en "Un tranvía llamado deseo"- que cambie el escenario o transforme el carácter de algunos personajes; sueño con entretenerme decorando bombillas o embarcada en un proyecto bonito que atenúe la aspereza de la realidad.
A veces me imagino en ese rincón de Lolina's de la fotografía pasando las mañanas entre mis libretas y café (o té mejor) con leche.
Otro día hablamos del síndrome de las libretas que con tanto acierto me diagnosticó Magenta el sábado.
De varices. Esta mañana han operado a mi madre de varices, o de una variz gigante que tenía el mismo grosor que su femoral. Todo ha ido muy bien y ya está en casa, pero nos hemos pasado el día en el hospital. El aire de esos sitios es mucho más denso. Al salir a la calle hemos comentado las dos lo bien que se respira fuera y lo barato que sale. Pero ese no es el tema, centrémonos. A la hora de comer nos hemos quedado solas. Ella parecía una compinche de peterpan, con el camisón de papel verde oscuro y mal recortado que le han puesto. Cabeceaba entre los restos de anestesia. Yo me he sentado junto a la cama y he sacado el programa de The life and death of Marina Abramovic que Belu- mi amiga Belu- me regaló el viernes y me lo he leído todo para llenar las horas. Hasta los patrocinadores particulares del Teatro Real. Pregúntenme, me sé los logos de los mecenas. Al llegar al rodilludio (kneeplay)III ("La lista de madre") he encontrado estas estrofas que, bajo el epígrafe genérico de "Cocina del espíritu" me han reconciliado con el sitio y con mi herencia de la Venus de Willendorf.
Que las disfruten. Hoy no doy pá más.
"Receta 1
Con un cuchillo afilado
hacer un corte profundo
en el dedo medio
de la mano izquierda;
Comer el dolor.
Receta 2
En momentos de duda
deja una pequeña
piedra de meteorito
en tu boca.
Receta 3
De rodillas,
limpia el suelo.
Con tu respiración
inhala el polvo.
Receta 4
Coge trece hojas enteras
de col verde.
Con trece mil gramos
De puros celos
Pon a cocer durante mucho tiempo
En una cacerola honda de hierro
Hasta que se evapore toda el agua.
Cómelo justo antes del ataque
Receta 5
Mezcla leche de pecho fresca
Con leche de esperma fresca;
Bebe en noches de terremoto.
Receta 6
De cara a la pared
Come ocho pimientos rojos picantes
Receta 7
Orina matutina fresca
verterla sobre
sueños de pesadilla
Receta 8
Mezclar una gota de vergüenza con una gota de agua
Tomar una pequeña cantidad antes de llorar.
Receta 9
Dar vueltas hasta perder la consciencia
Intentar comer todas las preguntas del día."
ps. Cuando sea rica y famosa me voy a comprar las piernas de Cyd Charisse, o las de Charlize Theron, que lo mismo me dá. No me pienso apear de la minifalda. Prepárense.
He vuelto de Madrid con la sensación de no haber estado. De haber cogido un tren, haberme despertado en la Mancha con el libro de Philipp Roth a medias y haberme vuelto a dormir, hasta que un móvil con sonidos de agua- los mensajes parecían monedas que caían en un vaso- de la chica que estaba sentada frente a mí me devolvió a la realidad y era domingo, ya de tarde y volvíamos a atravesar ese agujero espacio-tiempo que es la Mancha.
Creo que fuimos al teatro María Guerrero el viernes a ver "La loba" con Núria Espert y dirección de Gerardo Malla y fue como si no la hubiéramos visto. Durante toda la obra el fantasma de Bette Davis se colocó al lado de la catalana y era imposible despegarse de su sombra. Si la Espert aullaba la Davis abría mucho los ojos y la desesperación se le colaba dentro. A cada paso, a cada gesto el fantasma de la Davis engullía al de nuestra actriz de teatro y era imposible dejar de relacionarlas. El propio título, las imágenes proyectadas sobre el telón y la construcción cinematográfica de algunos personajes (¿todas las negras del sur fueron Mami, la criada de Escarlata O' Hara?) tampoco nos dejaban alejarnos de la versión en blanco y negro.
Al día siguiente, según me cuentan, paseé por Malasaña, tomé el aperitivo en Condeduque, comí frente a la SGAE y fue como si nunca hubiera dejado de hacerlo. No miré el reloj ni dividí el tiempo en celdillas y citas, me dejé llevar por las risas pensando que me regalaban otra vida para pasarla allí, entre la gente a la que quiero y me espera con los balcones de su casa abiertos. No pensé en obligaciones, me dejé llevar. Habíamos programado una guía sentimental de nuestros rincones favoritos de Madrid (el Parque del Capricho- automátas incluídos- ciudad Pegaso para jugar a la petanca, el Iberia, el cartel de las Misioneras Clarisas donde se anuncia sobre la puerta "Un cachito de cielo", el salón japonés de L'hardy para desfajarnos como hizo Isabel II, la casa donde vivió el ratoncito Pérez, etc.) y llegado el momento no visitamos ninguno de esos sitios. Se nos hizo de noche, de día, de noche y otra vez de día entre palabras e historias, sin darnos cuenta.
Lo supe cuando desperté de la siesta ya en el tren. Tenía entre las manos "Doppelgänger" el libro de la editorial de zaragoza Jeky&Jill y doblados en el asiento, los dos primeros ejemplares de la revista Mongolia.Pensé que no era yo la que se había hecho con ellos, porque antes de dormirme estaba sufriendo con los enfermos de la polio en "Némesis" y de repente me despertaba sonriendo, con la risa floja. Entonces me dí cuenta de que cada vez que viajo a Madrid mis fines de semana se convierten en estaciones de paso hacia un sitio al que no llego nunca. O que tal vez este fin de semana fuera mi doble la que se perdiera en las glorietas de Bilbao y Quevedo y tardara mil minutos en alcanzar una de las mesas del Maracaná en la placita de Olavide.
ps:Siguen en mi casa las revistas y los libros. Mongolia regalaba en su primer número un retrato de Camps para colorear: dios quiera que no tengamos que usarlo.
Estábamos discutiendo. Llevamos treinta y siete años haciendo lo mismo a la hora de comer. Los cuatro, en la mesa de la cocina. Había naranjas de postre. Mi hermano no quería poner la televisión, mi madre dijo q por lo menos viéramos el principio del telediario.
Entonces aparecieron los ojos vidriosos de la vejez. Nos quedamos callados. Mi padre dejó la servilleta sobre la mesa y mi madre dió el último sorbo al vino. Fueron tres frases solo, pero, de golpe nos cayeron encima treinta años.
La primera vez que le escuché, el veintidós de noviembre de 1975, su gravedad me pilló en pijama. Mi hermano tenía meses y aún no podía decirnos- como ayer- que el discurso era una gran campaña publicitaria. Mis padres eran jóvenes y estaban ilusionados, compartían generación y (parecía que) proyectos con el matrimonio que llegaba al trono. Yo daba volteretas por la alfombra de la salita de estar mientras ellos escuchaban atentos su declaración de intenciones.
No sé si era sábado, pero en mi memoria, aquella mañana está llena de luz. Supongo que por el efecto kodakquemada que se produce al fijar las imágenes de la infancia. Ayer las frases del Rey me hicieron, de repente, mayor.
Tan mayor. Yesterday I got so old I felt like I could die.
Juan Carlos I, rey de España, se excusaba ante las cámaras en las mismas puertas del hospital.
"Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir".
Las disculpas perfectas: pedir perdón, admitir el error y el propósito de enmienda.
Yo ya no comí postre. Se me había cortado la digestión.De repente estaba dividida. Por una parte he crecido con la monarquía, con esta monarquía, con la idea de su necesidad para apoyar la Transición y llegar a un estado de derecho donde las garantías de los ciudadanos y la constitución marquen los límites y eviten los conflictos, los abusos. Por otro lado creo que en la época en la que vivimos no tiene sentido la institución, no sentido como finalidad (que tampoco) sino sentido como base, fundamento o principio.Hubo un tiempo en el que pensé- tal vez era muy pequeña- pero creí firmemente que esto funcionaba. Después, con la edad y los desencantos (el primero el GAL, después el caciquismo del Pepé, por último las divisiones ante ETA, la guerra de Irak y los días del once eMe) perdí la confianza en los políticos, las instituciones y en la sociedad española. Así que, si tengo que elegir en estos momentos, entre monarquía y república, elegiría la segunda fórmula, pero sin mucha convicción. Creo que la monarquía es una institución obsoleta pero mi desencanto es tal, que tampoco considero que la tercera república vaya a solucionarnos nada. Con estos políticos, con estos escándalos de corrupción, con todos los entresijos de comisiones, pagos, redes de influencia, grupos de presión, secretismo, favores, subvenciones, caos...con todo esto dificilmente nadie me devuelva la ilusión que tenían mis padres la mañana del veintidós de noviembre.
Nostalgias aparte, a mí- sonará reaccionario, pero es lo que hay- el gesto de ayer del rey me impresionó. No es fácil pedir perdón así. No es nada común ni siquiera entre amigos. Yo no lo esperaba. Acababa de leer en El País y en el Mundo- en mi casa se compran los dos desde el principio de los tiempos- que la Casa Real no se planteaba ni de lejos pedir disculpas. Cusí, el falso hermano, la tarde anterior había acaparado todos los minutos de telecinco haciendo un alegato a favor de la bravuconería y lo opaco. Rubalcaba había contestado a la pregunta de Ana Pastor con un comentario que a mí me pareció ridículo, un "ya le diré yo al rey lo que le tenga que decir" poco más o menos. Los del gobierno se negaban a ver el fantasma del elefante en las ruedas de prensa y decían q no encontraban la razón para hablar de las actividades del rey. Qué poca coherencia por los dos lados. De izquierda unida ni hablo, Cayo Lara aprovecha cualquier suceso para irse al extremo y a veces parece que no mida las consecuencias de lo que sostiene. Todo me pareció una irresponsabilidad.
Hasta que llegó el Rey y me pilló en un día lábil. Uno de esos martes o miércoles que se desperezan torcidos y en los que te sientes un funambulista sobre el alambre. Días lábiles, como dice Saray, en los que te sientes tan vulnerable que todo te escuece, hasta quedarte sin agua en casa o que te salga mal la tortilla de patata para cenar.
(Deberían computarse como medio-día en los calendarios laborales: días lábiles, hábiles e inhábiles)
El rey tenía la mirada vidriosa de la edad y caminaba con torpeza.
Miré a mis padres que se hacen mayores.
Nos miré a nosotros. A mi hermano y a mí, con cuarenta años casi, en la misma cocina- o parecida- de la infancia con una vida muy distante de ser la que soñábamos para el futuro.
"Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir"
Glups.
Si dios existe tiene que estar llamando ahora mismo al Director de comunicación de la Zarzuela para que le organice el discurso del Juicio Final. Si dios nos hubiera pedido ayer disculpas por las injusticias que creemos haber vivido- o que hemos vivido- yo creo que hubiera empezado con los ojos clavados en un punto más alto que la cámara que lo enfocaba. El esquema era correcto: uno, pedir perdón; dos, reconocer el error;tres, propósito de enmienda. Sin embargo, visto así, en el rey, a mediodía el gesto me pareció excesivamente cruel. Daba la impresión de que era un anciano al que el alzheimer le había llevado a transgredir las normas mínimas de la convivencia y al que todos estuviéramos regañando. Parecía frágil, solo, desbordado. Yo sé que estaba en un día lábil pero no me gustó la situación. Me siento incómoda cuando la gente pide perdón, aunque en ocasiones pueda ser necesario. Prefiero que no volverme a ver en la tesitura del daño. Pedir perdón sin tino a veces es una respuesta cómoda ante los errores: se piden disculpas y adelante, a volver a empezar, libreta nueva, bolis nuevos. Y no es así. Antes debe haber un ejercicio de responsabilidad, de compromiso. No sé hasta qué punto existirá este en el caso del rey ni qué habrá motivado su gesto. Ayer parecía q le empujaba el miedo. Ese miedo me incomodó: fue un paso hacia la madurez. Las referencias de la infancia se desdibujan. Los esquemas se tambalean. Y hay que decidir lo que nos gustaría ser, sin miedos, sin violencia. Pero yo soy una lábil a la que le desbordan los enfrentamientos. Y pese a la rabia que sentía estos días, hubiera preferido no ver las imágenes del rey. Como Batlerby. Preferiría no hacerlo, aunque me tuviera que enterar por Peñafiel. (No, no es eso: pero había otros momentos y otras formas. Ay, las formas.) Con todo, las declaraciones de Cayo Lara- tonto, no tonto- volvieron a parecerme ridículas y fuera de lugar. Ahora cierro la emisión. Espero no caer en otro día lábil en mucho, mucho tiempo.
En 1998 Marina Abramovic decidió emprender un último viaje junto a Ulay, su pareja. Habían trabajado juntos desde 1976 y decían que su historia nació de un flechazo. Casualmente su primera performance juntos se llamó "Relation in space" y tal vez, obedeciendo a esa primera piedra sobre la que construyeron su vida en común, el 30 de marzo de 1998 emprendieron cada uno el mismo recorrido desde los extremos opuestos de la Gran Muralla China. Jugando con los símbolos de masculino y femenino (se dice que la Gran Muralla tiene dos partes, una masculina y otra femenina, Abramovic salió de la primera- en el desierto de Gobi- mientras que Ulay comenzaba su viaje desde el lado femenino, en el Mar Amarillo) caminaron hasta que se encontraron el 3 de junio de 1998, dos mil kilómetros más tarde, para abrazarse y decirse adiós. Y algo tan sencillo como: "Lo nuestro ha terminado."
Noventa días trazados en su mapa sentimental para llegar a pronunciar esa frase de "Hasta aquí hemos llegado". Ulay y Marina se abrazaron, bajaron juntos de la muralla y se separaron para siempre jamás. No podía ser de otra forma: lo que con performance empezó, en performance debía acabar.
Su círculo se había cerrado. ...................................................
Desde que leí acerca del estreno de "Vida y muerte de Marina Abramovic" en el Real veo performance en todo lo que me rodea. Performance en algunos recuerdos propios, por ejemplo en desafortunadas rupturas. Performance en los pasajeros del Balmoral que, cien años después de la tragedia, partieron el pasado martes de Southampton para repetir la travesía del Titanic y comieron los mismos menús, se adornaron con sombreros y plumas, tocaron noventa veces al piano la canción de la película de Leonardo di Caprio y debieron hacer cola para emular a Kate Winslet en plan Victoria Alada de Samotracia en la proa del trasatlántico. Performance también en los últimos juegos de la familia real. Lo del rey no tiene explicación alguna. En mi opinión el subconsciente le ha tendido una trampa y ha dejado que materializara con su viaje a Botswuana su deseo escondido de abdicar (debe estar cansado el hombre, de tanto presidir entregas de premios, correr cortinillas de inauguraciones y viajes oficiales) Los elefantes han sido un símbolo. Una metáfora lorquiana. El rey se ha escapado en el momento en el que, como ejemplo de su cercanía con los españoles, más se valoraba su austeridad y se ha calzado la corona para ir de safari. Si él nos representaba- si ese es que era el valor de la corona- el viernes pasado en Botswuana, en viaje privado, con las zapatillas de estar por casa, se desnudó de todos sus atributos y se puso a hacer el vaina. En el fondo, una performance de lo que todos ya sabíamos. Aún así tiene su mérito, el rey ha conseguido poner a los españoles de acuerdo en algo que hasta hoy nos dividía. Majestad, tendremos que revisitar (palabreja cursi como bien señala JoseGC) "Amanece que no es poco" para responderle- con algunos cambios- aquello de : "Alcalde, todos somos contingentes, pero tú ya no eres necesario". Performance, por último, en las declaraciones de Kirchner anoche abriendo el telediario: "Esta Presidenta no va a contestar a ninguna amenaza, no va a responder a ningún exabrupto, no se va a hcer eco de la falta de respeto ni de frases insolentes, porque represento a los argentinos, soy una jefa de estado, no una patotera." A mí me gustó.Hay que ser valiente para defender ese papel. Performance y vida pública, todo en la misma caja. Vida privada y body art. (Neruda en el Balmoral: "Todo en ti fue naufragio") Me quedaré con las ganas de ver a William Dafoe en el Real, le darán el alta al Rey en un par de días y tendrá la cadera lista para nuevos saltos, se sabrá de las conversaciones entre Kirchner y Obama. Joanna Halloway seguirá siendo la mujer más deslumbrante de Mad Men. Llegará el Balmoral a la bahía de Nueva York y sus pasajeros comprarán llaveros con formas de iceberg. Elegiremos nuestra frase favorita de "Amanece que no es poco" en cualquier sobremesa y la película, como nuestro nacional Rocky Horror, ganará al ser contada. Y de fondo, en las verbenas de los pueblos, seguirá cantando Celiz Cruz:
El hermano de Waldemar me quita el sueño. Waldemar tenía un don: hacía raíces cuadradas de cinco cifras sin mover las pestañas. Con seis años, un pantalón de pana y diez dedos gordezuelos como morcillas de arroz, Waldemar se convertía en el ministro de economía y hacienda todas las tardes, a eso de las siete y media. El hermano de Waldemar- dos días intentando recordar su nombre sin éxito- era mayor y por eso llevaba la voz cantante. Pero se equivocaba un poco. Cuando Jesús Vázquez, vestido con un peto vaquero y camiseta ceñida blanca, les acercaba el micro, a Waldemar le subía la fiebre y se le ponían los ojos vidriosos, mientras que a su hermano le entraba la incontinencia discursiva. El mayor hablaba, el pequeño fijaba su manita con los dedos doblados hacia dentro, clavándolos en los surcos de la pana y esperaba que le pusieran a prueba. Eran los mejores de "Hablando se entiende la basca". Ni Rayito, con su guitarra flamenca, los podía destronar. Pero sobresalían gracias a Waldemar, que no decía ni una palabra pero tenía su cabeza hecha de fichas de cálculos matemáticos y unos dedos más fiables que cualquier unidad informática. Cada vez que le ponían una operación (un combo de suma, resta, enésima potencia y raíz cuadrada sazonada con integrales) Waldemar se mordía el labio inferior- sabía que la cámara le enfocaba- se destrozaba las pupas que le salían del subidón de fiebre y bailaba con los dedos. Sus mejillas se volvían pequeñas manzanas de las de hacer pasteles, el resto de los invitados al programa suspiraba, su hermano ponía los ojos en blanco y de repente él, con voz de villancico daba el resultado exacto. El teatro se desbordaba.No cabían más aplausos. Contaba el hermano de Waldemar que a su padre le gustaban mucho las matemáticas. Yo me los imaginaba volviendo de la escuela a casa, en un pueblo rodeado de trigo cerca de Albacete- no sé por qué los situaba allí, en un lugar del que tampoco sé, cómo voy a saber, el nombre- con sus carteras de cuero gastado y cierre de pastilla en la espalda, sin hablar demasiado. Les veía haciendo los deberes en una mesa de la cocina a la que le faltan azulejos, y con una madre gordita y risueña, como Waldemar cuando acertaba. Creía que apenas veían la tele y que después de cenar el padre jugaba con ellos a las matemáticas de los piñones y las castañas en la mesa de un brasero. Llevo tres días preguntándome qué habrá sido de Waldemar y cómo se llamaba su hermano. Si no hubiera crisis tal vez Waldemar hubiera llegado a ser un teórico de las matemáticas, de esos que asesoran a los mercados y sus deditos gordezuelos estarían llevando las riendas de nuestra economía. Pero como están las cosas, y con las pocas posibilidades que existen ahora para despegar, puede que Waldemar sea administrativo en una bodega de la zona de Utiel Requena,con suerte. Puede que siga llegando a casa pronto, que haya cambiado los cuadernos rubio por los sudokus y que se le pongan brillantes los ojos cuando haga economías con el sueldo para llegar a fin de mes. Que tenga un bote de canicas de colores guardado de aquella época y las cintas en vhs de los programas a los que fueron él y su hermano. También puede que conserve una fotografía presidiendo el comedor con su hermano y Jesús Vázquez delante de la propaganda de Cheiw. O que cada veinte días se pregunte si no hubiera sido mejor marcharse del pueblo -con su hermano, cómo no-y estar trabajando ahora en Madrid, en una sucursal de Bankia en Manoteras. No lo sé. Pero hay carreteras y tardes de trabajo con fiebre que hacen que eche de menos las meriendas con Waldemar.
ps: No he encontrado ninguna imagen ni vídeo en youtube de Waldemar. Si alguien sabe algo, por favor, que me envíe el enlace. Gracias.
Volvemos a la rutina. Se han acabado las procesiones, las meriendas en el paddle, los concursos de paellas y los anuncios de ofertas última hora en las agencias de viaje. Ya no nos importunan con sus contradictorios pronósticos los trabajadores del tiempo: qué más dá la lluvia y el sol si ahora empezamos el régimen y nuestros hoteles ya han dicho adiós a los madrileños.
En levante los madrileños llegan hechizados por el último bloque de noticias de los teldiarios y se marchan confusos y con los náuticos empapados, aburridos de pasarse el viernes santo detrás de una cristalera, jugando a las cartas o contando las horas que les quedan para volver a rebozarse en la M-30. Pobre gente. En cuanto pagan la cuenta y dejan la bici en el maletero se abren hueco entre las nubes los primeros rayos de sol, y como escondidos debajo del asfalto salimos de paseo los provincianos: camisetas, chanclas y bañador.
Así despedimos la Semana Santa, a golpe de huevo duro (el de la mona), el lunes de Pascua.
Y así volvemos en mitad de un martes a la mediocridad de una ciudad que se va despertando. Ha sido un mes intenso. El tiempo nos ha acompañado: comenzó la primavera con el primer cohete y esta mañana en la que todo se acaba ha amanecido nublado.
Y qué.
Se ha quedado en el aire la sensación de estreno, de haber heredado de nuestra hermana mayor su vestido de verano favorito: uno azul, con escote de pico, ceñido en la cintura, con vuelo.
Empieza una nueva etapa.
Vinieron The New Raemon, Ricardo Vicente y Francisco Nixon a presentar su último disco en el Four Seasons. Casi cierran la gira aquí, pero después se marcharon a poner el mapa político bocabajo y terminaron en Sevilla. Fue un viernes distinto, tal vez el mejor del año. Hubo canciones nuevas y muchas sonrisas. Galeras en el Terra Milles y ganas de que vuelvan cuando quieran que están entre amigos.
Va llegando gente nueva a nuestras vidas, personas que tal vez estuviéramos buscando toda la vida y que de repente son la chica de la puerta de al lado y tienen la frescura en la risa de los zumos de naranja.
Se nos pasan los días sentados cerquita de ellos, disfrutando.
Murió Mingote y a mí me quedó la certeza de que el paraíso no tiene que ver con un hotel de Tanzania, de cinco estrellas, donde esperes que denys Finch-hutton sienta morriña por los cuentos de la granja debajo de las colinas de Ngong, sino q es algo más sencillo.
Tal vez solo bastan las ganas de quedarse.
De seguir cerca.
Entre ciudades dormitorio, postales del extranjero, comidas con familia, quintas temporadas, actualidad informativa, gintonics de los Panero y cuentos de Scott Fitzgerald.
Buscar un pisito.
Esperar a que se muera la vieja. Montar un picnic entre los andamios. Planear una guía sentimental de Madrid. Reencontrarnos al cabo de diez años. Pensar que perdimos más con la tristeza.
No sé.
A veces bajo de Playetas, con el coche y al vislumbrar la bahía de Benicàssim, con el Voramar a la izquierda- tal y como sale en la foto, parada en el semáforo- pienso que todo está por empezar y que aquello con lo que soñaba (el vestido de verano, azul con escote de pico y vuelo) no está lejos.