Entonces aparecieron los ojos vidriosos de la vejez. Nos quedamos callados. Mi padre dejó la servilleta sobre la mesa y mi madre dió el último sorbo al vino. Fueron tres frases solo, pero, de golpe nos cayeron encima treinta años.
La primera vez que le escuché, el veintidós de noviembre de 1975, su gravedad me pilló en pijama. Mi hermano tenía meses y aún no podía decirnos- como ayer- que el discurso era una gran campaña publicitaria. Mis padres eran jóvenes y estaban ilusionados, compartían generación y (parecía que) proyectos con el matrimonio que llegaba al trono. Yo daba volteretas por la alfombra de la salita de estar mientras ellos escuchaban atentos su declaración de intenciones.
No sé si era sábado, pero en mi memoria, aquella mañana está llena de luz. Supongo que por el efecto kodakquemada que se produce al fijar las imágenes de la infancia. Ayer las frases del Rey me hicieron, de repente, mayor.
Tan mayor.
Yesterday I got so old
I felt like I could die.
Yesterday I got so old
I felt like I could die.
Juan Carlos I, rey de España, se excusaba ante las cámaras en las mismas puertas del hospital.
"Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir".
Las disculpas perfectas: pedir perdón, admitir el error y el propósito de enmienda.
Yo ya no comí postre. Se me había cortado la digestión.De repente estaba dividida. Por una parte he crecido con la monarquía, con esta monarquía, con la idea de su necesidad para apoyar la Transición y llegar a un estado de derecho donde las garantías de los ciudadanos y la constitución marquen los límites y eviten los conflictos, los abusos. Por otro lado creo que en la época en la que vivimos no tiene sentido la institución, no sentido como finalidad (que tampoco) sino sentido como base, fundamento o principio.Hubo un tiempo en el que pensé- tal vez era muy pequeña- pero creí firmemente que esto funcionaba. Después, con la edad y los desencantos (el primero el GAL, después el caciquismo del Pepé, por último las divisiones ante ETA, la guerra de Irak y los días del once eMe) perdí la confianza en los políticos, las instituciones y en la sociedad española. Así que, si tengo que elegir en estos momentos, entre monarquía y república, elegiría la segunda fórmula, pero sin mucha convicción. Creo que la monarquía es una institución obsoleta pero mi desencanto es tal, que tampoco considero que la tercera república vaya a solucionarnos nada. Con estos políticos, con estos escándalos de corrupción, con todos los entresijos de comisiones, pagos, redes de influencia, grupos de presión, secretismo, favores, subvenciones, caos...con todo esto dificilmente nadie me devuelva la ilusión que tenían mis padres la mañana del veintidós de noviembre.
Nostalgias aparte, a mí- sonará reaccionario, pero es lo que hay- el gesto de ayer del rey me impresionó. No es fácil pedir perdón así. No es nada común ni siquiera entre amigos. Yo no lo esperaba. Acababa de leer en El País y en el Mundo- en mi casa se compran los dos desde el principio de los tiempos- que la Casa Real no se planteaba ni de lejos pedir disculpas. Cusí, el falso hermano, la tarde anterior había acaparado todos los minutos de telecinco haciendo un alegato a favor de la bravuconería y lo opaco. Rubalcaba había contestado a la pregunta de Ana Pastor con un comentario que a mí me pareció ridículo, un "ya le diré yo al rey lo que le tenga que decir" poco más o menos. Los del gobierno se negaban a ver el fantasma del elefante en las ruedas de prensa y decían q no encontraban la razón para hablar de las actividades del rey. Qué poca coherencia por los dos lados. De izquierda unida ni hablo, Cayo Lara aprovecha cualquier suceso para irse al extremo y a veces parece que no mida las consecuencias de lo que sostiene. Todo me pareció una irresponsabilidad.
Hasta que llegó el Rey y me pilló en un día lábil. Uno de esos martes o miércoles que se desperezan torcidos y en los que te sientes un funambulista sobre el alambre. Días lábiles, como dice Saray, en los que te sientes tan vulnerable que todo te escuece, hasta quedarte sin agua en casa o que te salga mal la tortilla de patata para cenar.
(Deberían computarse como medio-día en los calendarios laborales: días lábiles, hábiles e inhábiles)
El rey tenía la mirada vidriosa de la edad y caminaba con torpeza.
Miré a mis padres que se hacen mayores.
Nos miré a nosotros. A mi hermano y a mí, con cuarenta años casi, en la misma cocina- o parecida- de la infancia con una vida muy distante de ser la que soñábamos para el futuro.
"Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir"
Glups.
Si dios existe tiene que estar llamando ahora mismo al Director de comunicación de la Zarzuela para que le organice el discurso del Juicio Final. Si dios nos hubiera pedido ayer disculpas por las injusticias que creemos haber vivido- o que hemos vivido- yo creo que hubiera empezado con los ojos clavados en un punto más alto que la cámara que lo enfocaba.
El esquema era correcto: uno, pedir perdón; dos, reconocer el error;tres, propósito de enmienda.
Sin embargo, visto así, en el rey, a mediodía el gesto me pareció excesivamente cruel. Daba la impresión de que era un anciano al que el alzheimer le había llevado a transgredir las normas mínimas de la convivencia y al que todos estuviéramos regañando.
Parecía frágil, solo, desbordado.
Yo sé que estaba en un día lábil pero no me gustó la situación. Me siento incómoda cuando la gente pide perdón, aunque en ocasiones pueda ser necesario. Prefiero que no volverme a ver en la tesitura del daño. Pedir perdón sin tino a veces es una respuesta cómoda ante los errores: se piden disculpas y adelante, a volver a empezar, libreta nueva, bolis nuevos. Y no es así.
Antes debe haber un ejercicio de responsabilidad, de compromiso. No sé hasta qué punto existirá este en el caso del rey ni qué habrá motivado su gesto. Ayer parecía q le empujaba el miedo.
Ese miedo me incomodó: fue un paso hacia la madurez. Las referencias de la infancia se desdibujan. Los esquemas se tambalean. Y hay que decidir lo que nos gustaría ser, sin miedos, sin violencia.
Pero yo soy una lábil a la que le desbordan los enfrentamientos.
Y pese a la rabia que sentía estos días, hubiera preferido no ver las imágenes del rey. Como Batlerby. Preferiría no hacerlo, aunque me tuviera que enterar por Peñafiel.
(No, no es eso: pero había otros momentos y otras formas. Ay, las formas.)
Con todo, las declaraciones de Cayo Lara- tonto, no tonto- volvieron a parecerme ridículas y fuera de lugar.
Ahora cierro la emisión. Espero no caer en otro día lábil en mucho, mucho tiempo.
El esquema era correcto: uno, pedir perdón; dos, reconocer el error;tres, propósito de enmienda.Sin embargo, visto así, en el rey, a mediodía el gesto me pareció excesivamente cruel. Daba la impresión de que era un anciano al que el alzheimer le había llevado a transgredir las normas mínimas de la convivencia y al que todos estuviéramos regañando.
Parecía frágil, solo, desbordado.
Yo sé que estaba en un día lábil pero no me gustó la situación. Me siento incómoda cuando la gente pide perdón, aunque en ocasiones pueda ser necesario. Prefiero que no volverme a ver en la tesitura del daño. Pedir perdón sin tino a veces es una respuesta cómoda ante los errores: se piden disculpas y adelante, a volver a empezar, libreta nueva, bolis nuevos. Y no es así.
Antes debe haber un ejercicio de responsabilidad, de compromiso. No sé hasta qué punto existirá este en el caso del rey ni qué habrá motivado su gesto. Ayer parecía q le empujaba el miedo.
Ese miedo me incomodó: fue un paso hacia la madurez. Las referencias de la infancia se desdibujan. Los esquemas se tambalean. Y hay que decidir lo que nos gustaría ser, sin miedos, sin violencia.
Pero yo soy una lábil a la que le desbordan los enfrentamientos.
Y pese a la rabia que sentía estos días, hubiera preferido no ver las imágenes del rey. Como Batlerby. Preferiría no hacerlo, aunque me tuviera que enterar por Peñafiel.
(No, no es eso: pero había otros momentos y otras formas. Ay, las formas.)
Con todo, las declaraciones de Cayo Lara- tonto, no tonto- volvieron a parecerme ridículas y fuera de lugar.
Ahora cierro la emisión. Espero no caer en otro día lábil en mucho, mucho tiempo.

2 comentarios:
Me gusta la incorporación léxica de Saray. Yo hoy tengo un día de esos en los que si ella no les hubiera denominado "días lábiles" no sé cómo les hubiera llamado.
Sigo sin poder escribir comentarios en tu post desde el PC de torre, menos mal que puedo desde el portátil.
Soony
Los días lábiles Pasan Soon Yi. No te agobies. Todo se soluciona. Verás.
Un abrazo
eva
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