
Uno de los terrores atávicos del pegamita de bien es el de dejarse seducir por señoritas de aviesas intenciones, viéndose arrastrado por el descorche para acabar despertándose en un lugar desconocido travestido, con colillas en los orificios nasales y un pepino en el culo.
Algo así como lo que le ha pasado a la señorita de la foto...