“Santa Bárbara bendita,/que en el cielo estás escrita/con papel y agua bendita./En el ara de la Cruz,/Pater noste(r), amén Jesús”
Santa Bárbara es una de las santas más populares del canon católico, al menos en el ámbito hispánico. Claro que el top ten de los santos no se mide por los discos que venden ni por ninguna otro medio cuantificable, diréis. De acuerdo, pero nos podemos basar en la frecuencia en la que se la cita en dichos populares, en las veces que aparece en la toponimia o en que forma parte del pateón de la santería...
Santa Bárbara vivió allá por el siglo III y era hija de un rey sátrapa. Este parece ser el único dato sobre el que todas las versiones se ponen de acuerdo, habiendo incluso quien duda de su existencia. A partir de aquí leyenda e historia convergen y divergen.
El hecho es que Bárbara fue encerrada en una torre por su padre, dice la versión religiosa que para evitar que el cristianismo incipiente entrase en ella; según la versión pagana, mucho más romántica, para que su belleza no pudiese ser mancillada por ningún hombre. En una ausencia de su padre, la muchacha se convierte al cristianismo y manda hacer en su torre tres ventanas que simbolizan la Santísima Trinidad.
Cuando el padre se enteró del significado de las ventanas, mandó matar a Bárbara, pero esta logró escapar y refugiarse en una roca que, milagrosamente, se abrió para que ella pudiera guarecerse. Con esto y con todo, la joven finalmente fue capturada y, tras sufrir crueles torturas, es llevada ante el juez por su padre, que también se encarga de aplicarle la pena de decapitación con sus propias manos. No bien hubo ejecutado la sentencia, un rayo lo fulminó, de ahí que a la buena santa y mártir desde entonces se le encomienden los fieles para alejar las tormentas.
Últimamente, me siento como Santa Bárbara... sólo se acuerdan de mí cuando truena.

