Los primeros rayos de sol se colaron por la ventana. A Grace no le hizo ninguna gracia, quería dormir un poco más. Se dio la vuelta, esperando encontrar una postura más cómoda, pero ahogó un chillido cuando se cayó. Un montón de cojines le dieron la bienvenida en el suelo. Se incorporó, examinando su entorno.
Así que no ha sido una pesadilla.
La noche anterior había tirado casi todos los cojines del sofá. A pesar de tener una cama en la habitación, optó por dejarse caer en él.
No hay que perder las viejas costumbres.
Tras recoger el desastre que había creado con los cojines, se dirigió hacia el pequeño baño de la cabaña. Sobre el lavabo encontró algunos productos básicos de higiene.
Aquella habitación era asfixiante, pero necesitaba darse una ducha. Ignoró las ojeras que adornaban sus ojos mientras se recogía el pelo en un moño.
El agua caía sobre su piel y acariciaba las cicatrices de su espalda. No pudo evitar pensar en su madre: en su sonrisa torcida, su mirada decepcionada. Grace se prometió que no volvería a fallarle. Escapó de aquel cubículo y se vistió con lo primero que sacó del armario. Necesitaba respuestas y estaba dispuesta a encontrarlas.
Dejó la cabaña tras ella cerrando de un portazo y se encontró con unas vistas muy distintas a las de la noche anterior. El camino estaba flanqueado por flores blancas y, más allá, un gran bosque de secuoyas se alzaba, imponente. Grace bajó los peldaños del porche y cerró los ojos. La tranquilidad del ambiente se fusionaba en perfecta armonía con el cantar de los pájaros.
—¡Hostia! —Una voz masculina la sobresaltó—. ¡Esto es una pasada!