Estoy en pie, firme, aguantando el tipo, sin mover un solo
músculo, sin siquiera parpadear. Estoy tan quieto que parezco el centro de
gravedad del entorno a mí alrededor. Algunos niños que corretean esquivando
mesas, dando vueltas a la circunferencia que forma el bar en el que estoy
metido. Nadie consume, ya he limpiado lo limpio y tengo prohibición expresa de
sentarme, de mirar el móvil, de apoyarme, de beber cerveza… por lo que lo tengo
el deber y la obligación de aguantar el tipo, dar buena presencia, incluso
cuando nadie me ve. Así que allí estoy, de pie, inamovible, como un guardia
real del palacio de Buckingham. No muevo ni un músculo, mientras las horas
pasan lentas, tan lentas que parece que no pasan. Mientras un niño camboyano pierde
una pierna al pisar una mina “made in USA”. Un finlandés muere ahorcado por la
soga que el mismo ha atado a las vigas de su linda casa de madera al no
encontrar sentido a la vida después de la jubilación. Un empresario español
muere al estrellar su nuevo deportivo en Zurich. Un espermatozoide penetra un
óvulo generando una nueva vida en el interior de Somya, la bella muchacha hindú
de quince años. Mientras, un terremoto quiebra un bloque de viviendas en Tokyo
y dos perros sin dueño están jodiendo en el parque. Pero yo permanezco inmóvil,
una hora, dos horas, tres horas… Al principio pensando en mis cosas, recordando
historias pasadas. Me acuerdo de mi primer amor en la ciudad condal, y de amor
platónico en Elche. Me acuerdo de la pasión turca, y de mi amor oriental. Y una
erección empieza a materializarse, por lo que cambio la pista del disco que
gira en el interior de mi cráneo. Y cuando me canso de pensar, dejo de hacerlo,
sé que puede parecer difícil, pero me da la impresión de conseguirlo, por un
pequeño instante no pienso en absolutamente nada… Tal vez alcance el nirvana…
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miércoles, 19 de junio de 2013
INMÓVIL
Estoy en pie, firme, aguantando el tipo, sin mover un solo
músculo, sin siquiera parpadear. Estoy tan quieto que parezco el centro de
gravedad del entorno a mí alrededor. Algunos niños que corretean esquivando
mesas, dando vueltas a la circunferencia que forma el bar en el que estoy
metido. Nadie consume, ya he limpiado lo limpio y tengo prohibición expresa de
sentarme, de mirar el móvil, de apoyarme, de beber cerveza… por lo que lo tengo
el deber y la obligación de aguantar el tipo, dar buena presencia, incluso
cuando nadie me ve. Así que allí estoy, de pie, inamovible, como un guardia
real del palacio de Buckingham. No muevo ni un músculo, mientras las horas
pasan lentas, tan lentas que parece que no pasan. Mientras un niño camboyano pierde
una pierna al pisar una mina “made in USA”. Un finlandés muere ahorcado por la
soga que el mismo ha atado a las vigas de su linda casa de madera al no
encontrar sentido a la vida después de la jubilación. Un empresario español
muere al estrellar su nuevo deportivo en Zurich. Un espermatozoide penetra un
óvulo generando una nueva vida en el interior de Somya, la bella muchacha hindú
de quince años. Mientras, un terremoto quiebra un bloque de viviendas en Tokyo
y dos perros sin dueño están jodiendo en el parque. Pero yo permanezco inmóvil,
una hora, dos horas, tres horas… Al principio pensando en mis cosas, recordando
historias pasadas. Me acuerdo de mi primer amor en la ciudad condal, y de amor
platónico en Elche. Me acuerdo de la pasión turca, y de mi amor oriental. Y una
erección empieza a materializarse, por lo que cambio la pista del disco que
gira en el interior de mi cráneo. Y cuando me canso de pensar, dejo de hacerlo,
sé que puede parecer difícil, pero me da la impresión de conseguirlo, por un
pequeño instante no pienso en absolutamente nada… Tal vez alcance el nirvana…
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miércoles, 12 de septiembre de 2012
LOS VENGARANGERS 1: PODEROSA ESCARLATA
Mothman
City vuelve a estar amenazada. Ésta vez un monstruo gigante con un cuerpo
peludo, parecido al de un koala, pero con la boca donde iría el ojo izquierdo,
una enorme trompa de elefante donde la nariz y un solo ojo en el lado derecho
de su cara, es la amenaza. Aplasta a cualquier cosa o persona que se le ponga
por delante, y las autoridades, tanto locales como nacionales, se ven
totalmente impotentes ante un ataque de tal magnitud. Una vez mas. La ciudad
recibe mas o menos un ataque de tal calibre cada quince, o veinte días. Pero ni
su cuerpo de protección civil, ni su ejército, están preparados. Falta
presupuesto en I+D. El alcalde de la ciudad vive en una mansión con piscina,
quince sirvientes y la mayor colección de Rols Royces del planeta. Pero nunca
hay presupuesto para mejorar el armamento antimonstruosgigantesdestructores.
Entonces, las autoridades locales se ven forzadas a pedir ayuda a una
organización ilegal de enmascarados misteriosos que arriesgan sus vidas con motivación
desconocida. Dicha organización son los VengaRangers.
Así, el jefe del departamento de Policía de Mothman City da la orden y
el gran foco se enciende proyectando en el cielo, como si de una gran luna se
tratase, un gran círculo blanco con una V y una R en el centro. Es la
Vengaseñal. Se necesita urgentemente su ayuda, se reclama a los VengaRangers, y
los VengaRangers acuden. Bueno, no todos. El único que ve la señal es el
VengaRanger rojo, conocido como Poderosa Escarlata. Está en pelotas viendo la
tele en su casa y observa la señal por la ventana. Entonces decide llamar al
móvil de sus compañeros para ver si acuden a ella.
Superforzudo está tumbado en la acera al borde del coma etílico, sin
fuerzas siquiera para volar hasta el lugar de los hechos. La chica
EstrellaPoderosa está ahora mismo ocupada manteniendo relaciones sexuales a
cambio de dinero con un admirador obsesivo. No es que suela hacerlo, pero al
ser un personaje tan popular entre los jóvenes adictos a los cómics, cuya
diminuta capacidad social les dificulta perder la virginidad, ha llegado a
recibir ofertas de sumas demasiado grandes como para rechazarlas. Por último,
Moscaman, que adquirió las habilidades proporcionales de una mosca, fuerza,
habilidad de volar, y gusto por la mierda, no puede evitar darse paseos por las
alcantarillas por donde fluyen las aguas fecales de la ciudad, es dónde se
encuentra ahora mismo y, por supuesto, allí no hay cobertura.
Así, tras varios intentos de llamada, sin respuesta, el VengaRanger rojo
PoderosaEscarlata, decide pasar a la acción en solitario. Le da un poco de
miedo, pero desde que salieron a la luz por Internet unos vídeos antiguos en
los que se le podía apreciar practicando sexo con otros hombres, al mismo
tiempo, no quiere desaprovechar ni una ocasión para hacerse el héroe y lavar su
imagen. Mira el montón de ropa sucia del suelo, toda roja a excepción de la
ropa interior, agarra lo primero que encuentra y se lo pone. Un pijama rojo y
sus gafas de pasta de montura roja. Se dispone a saltar por la ventana al
edificio de al lado, pero se da cuenta de que en la entrepierna de su pantalón
hay un gran agujero, por lo que decide coger unos calzoncillos y ponérselos por
encima. No puede perder ni un segundo y volver a cambiarse. Nadie hubiera dicho
por aquel entonces que crearía tendencia en el mundo de los superhéroes y
acabaría enfrentado a un tal Clark en los tribunales por el tema de los
derechos de imagen. Pero esa ya es otra historia.
Finalmente se lanza, salta de edificio en edificio en dirección a los
estruendos provocados por el gran monstruo koala elefante diabólico.
Preguntándose quién estará detrás de él. Pues tiene toda la pinta de ser un
ataque del doctor Malvado, o tal vez sea del doctor Chiflado. Siempre son los
mismos. Lo que siempre se ha preguntado Escarlata es porque todos los villanos
de la ciudad son doctores. Ignora que la mayor academia de villanos del mundo
se encuentra en la ciudad, por lo que salen todos con el doctorado. Lo que es
incomprensible es que cada dos o tres semanas sean capturados y puestos entre
rejas y siempre se escapen. Será que no se hacen cárceles mas seguras por falta
de presupuesto, también.
Pero bueno, dejémonos de historias, lo importante ahora es derrotar al
monstruo que está aterrorizando la ciudad entera. De azotea en azotea, Poderosa
Escarlata no tarda en llegar a encontrarse cara a cara con el maléfico
monstruo. Y empieza el combate. Smack, thud, plas, POW. Una serie de golpes,
todos recibidos por PoderosaEscarlata. Es normal que esté en una clara
desventaja teniendo en cuenta que el bicharraco es diez veces mayor que él. De
no ser por su hiperresistencia, adquirida al exponerse a una radiación
cósmico-planetaria cuando era joven, hubiera muerto al segundo manotazo. Pero
como siempre, cuando todo está perdido, y Escarlata sumido en sus lágrimas, con
su vida pendiendo de un hilo, o la de su novia, o la de un niño que pasaba por
ahí, el caso es que haya alguna vida pendiente de un hilo, encuentra
milagrosamente el punto débil del bicho gigante. Ve una especie de aparato
enganchado a la nuca del monstruo, una especie de máquina con una luz
parpadeante roja, siempre luces rojas que parpadean, lo cual no puede ser otra
cosa sino un dispositivo de control. Por lo que, esquivando un golpe mortal en
el último momento, Escarlata salta y dispara uno de sus rayos destructores que
puede disparar con sus manos. Unos rayos con una amplia gama de lucecitas rosas
que contaminan la iluminación de todo el entorno. El artefacto es destruido y
el monstruo para de romper cosas sin piedad, y se dirige hacía el muelle de la
ciudad donde desaparece en las profundas y sucias aguas del Mothsea de Mothman
City.
A Escarlata solo le falta descubrir al doctor Chiflado, qué está
chiflado que se encuentra no lejos de allí, aporreando un mando con un enorme
joystick y un montón de botones. Exclamando:
- ¡ Por qué has dejado de
funcionar! ¡Maldita sea!- Agitando su brazo enfurecido.
En cuanto lo ve, Escarlata se
planta delante de él de un salto, y le pega una patada. Lo inmoviliza y lo
entrega a las autoridades por décima vez en lo que va de semestre. No lo mata,
aún sabiendo a ciencia cierta que se volverá a escapar y sus malévolos planes
volverán a destruir la ciudad, PoderosaEscarlata nunca mata. Aun sabiendo que
eso salvaría miles de vidas en un futuro cercano. Pero es que los superhéroes
son así de buenos, nunca matan, ni siquiera a un demonio. Hay que dar ejemplo a
los niños de la ciudad.
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jueves, 10 de febrero de 2011
EL CICLO DEL PODER
(Un relato de ciencia ficción distópica, antiguo, y publicado en la obra colectiva de Kit-book "10 relatos, 10 autores". Aunque allí me censuraron un par de frases.)
EL CICLO DEL PODER
- Todo el Estado vive amenazado. Un ser indefinido es su líder. Desde su palacio nos dicta las leyes, nos obliga a trabajar catorce horas diarias en pro de su enriquecimiento personal. Después obliga a todos los miembros de nuestra sociedad a tomarse la dosis diaria, para así, conseguir que no pensemos y controlarnos. – Pregonaba yo mi discurso desde lo alto de un improvisado escenario formado por un par de mesas de comedor.- Se que todos los que estáis aquí – eran cinco personas y yo. – os habéis dado cuenta de que la píldora que nos daban después de cada jornada era lo que os mantenía sumisos. Supongo que, como yo, habéis estado vomitando al llegar a casa para expulsar todos los ácidos que la componen antes de que vuestro estómago los filtrara hacia vuestra sangre. Por ello os felicito. Os felicito, a vosotros y a vuestros padres que os lo enseñaron desde pequeños. Os felicito porque, al contrario que el resto de ciudadanos del país, os habéis dado cuenta de que no vivimos en un Estado de auténtica felicidad. La gente lo cree porque las píldoras nos lo hacen creer. Pero no es así. El jefe supremo del Estado nos obliga comprar. Nos esclaviza y después nos da una paga que nos obliga a gastar en cosas que no necesitamos. Ésta es su manera de mantener la economía del país activa, generando una gran cantidad de beneficios que se lleva al bolsillo mientras nosotros trabajamos jornadas inhumanas y sufrimos. Ha destruido toda la cultura ajena al propio Estado, la única música permitida es el himno del Estado, todos los canales de televisión son su propaganda. El Estado, el Estado, el Estado. ¿Hasta cuando vamos a permitir que sus abusos continúen?
Los gritos y vítores de los asistentes a esa reunión me animaban a continuar con el discurso, realmente me hacían sentir un líder.
- ¿Dónde está la libertad? Esto no ha podido ser siempre así. Seguro que antes de la llegada del actual gobernador existía un mundo en el que la gente hacía lo que quería. Compraba si quería y se drogaba si quería. Existen pruebas de que antes la gente podía salir de las fronteras del Estado, ahí donde todo está envuelto por el misterio. Porque, a pesar de que ahora nos parece imposible, mas allá del Estado hay vida. Seguramente una vida salvaje y libre donde no llega la influencia de nuestro gobernador. Se que os parece ciencia ficción porque el Estado destruyó cualquier prueba o documento que lo demuestre. Libros quemados, formatos de vídeo destruidos, fotografías desaparecidas... Pero yo creo, y lo digo con mi mano izquierda en el corazón, que es factible. Hoy os quiero proponer que intentemos volver al pasado, que volvamos a la libertad de nuestro país durante tantas generaciones oprimido. ¡Y os propongo que lo hagamos hoy mismo!
Después de este discurso la sala estalló en una euforia incontrolada. Los gritos de seis personas parecían la fiesta de un centenar. Los seis habíamos decidido cambiar las cosas de una vez por todas.
Salimos de allí decididos. El gobernador era una persona, y nosotros éramos seis. Todos los guardias y policías, así como toda la gente de la ciudad, eran simples marionetas en sus manos. Sin titiritero los títeres no se moverían. Las personas que eran mas cercanas al gobernador eran las que estaban mas anuladas mentalmente. Estaban dispuestas a dar sus vidas por el gobernador, pero sí, y solo sí, el gobernador se lo ordenaba. Sino era así ya podía estar muriéndose delante de sus propios ojos que no harían nada para salvarle. No tenían autoconsciencia, o bien la tenían totalmente dominada por las píldoras del Estado, por ello era conocida como la droga gobernante. Tenía serias sospechas, que con el tiempo se me habían confirmado, de que las dosis de las personas que trabajaban en contacto directo con el gobernador eran dobles para asegurarse de que no actuaran sin permiso ni para ir al lavabo.
Nuestras armas eran bates de baseball, cuchillos, y, incluso, una guitarra eléctrica. La llevaba el Gerard. Cuando estaba contento nos abordaban acordes salvajes que nos llenaban de energía y nos preparaban para la lucha. Sin embargo cuando estaba triste, Gerard nos dedicaba unas melancólicas notas que sonaban como lágrimas chocando contra el suelo. Siempre la llevaba consigo. Siempre recordaré el día en que descubrí porque. No era para poder hacer música en cualquier momento. Gerard había sido de los primeros en actuar en contra del gobernador. Una vez lo vi asaltando el tren que lleva los alimentos a la ciudad. Después repartió el botín entre la gente que el gobernador deja morir a las afueras de la ciudad debido a su inutilidad en su sistema productivo. Si, es así, si alguien tiene un accidente que le deja incapacitado para realizar su tarea productiva se le abandona a las afueras de las ciudades por órdenes directas del gobernador. Una vez allí se le suministra la dosis diaria de droga gobernante para que se muera sin cuestionarse una manera de vivir. Esta maldita píldora elimina incluso los instintos mas básicos de las personas. Bueno, como os contaba, Gerard había estado asaltando los trenes de los alimentos para repartir la comida entre los exiliados, y la vez que lo vi, fue cuando comprendí porque siempre llevaba la guitarra con él. Su guitarra era una contundente herramienta rompecabezas. Literalmente. Cada vez que asestaba un golpe a los guardias que vigilaban el tren dejaba escapar un dulce acorde que, mezclado con los gritos de dolor de los derribados con cráneos fracturados, creaban una música angelical. Para los vigilantes del vehículo sin embargo, debía sonar como el tambor infernal que anunciaba su muerte. Era digno de ver la rabia con la que se desahogaba Gerard con sus oponentes, los convertía en residuos humanos inidentificables, todo, a golpes de guitarra. Es una pena que ya no esté entre nosotros.
Hammad y Juancho eran los especialistas en acercarse silenciosamente a su enemigo, y utilizar el cuchillo con un letal golpe de viento. La primera vez que los vi no caminaban por un jardín de rosas, pero en aquella calle sucia sus navajas eran lo único que relucía. Por aquél entonces no tenían la menor intención de iniciar la revolución, simplemente eran dos individuos que luchaban por su libre existencia al margen de la opresión del Estado. Creían que vivir escondidos era su única opción de vivir libres, libres entre comillas claro. Dormían debajo de las vías del tren donde parecía ser que no llegaban los rastreadores de personas del Estado. Vivían robando y asaltando trenes, establecimientos de comida, o cualquier cosa donde pudieran encontrar algo que les ayudara a subsistir. Eran realmente lo que yo llamaría dos tipos duros. El día que los conocí les hice saber que yo tampoco estaba controlado por el Estado, a pesar de que trabajaba y vivía como uno mas, había estado vomitando la píldora gobernante durante toda mi vida. Me costó un poco convencerles de que se podrían cambiar las cosas, eran realmente escépticos, pero una vez convencidos se mostraron completamente dispuestos a entrar en acción, pues a la acción era a lo que estaban acostumbrados.
Fu Lin se enfrentaba a quien se encontrara por el camino con las manos vacías, haciendo uso de no se cuantos tipos de artes marciales distintos. Me contó una vez que escapó de su casa cuando era una niña con una bolsa llena de libros que encontró debajo de una baldosa. Sus padres, sabios descendientes del oriente lejano habían guardado secretamente un saber prohibido por el gobernador. Eran libros con lecciones de artes marciales. Se refugió en las montañas, alejada de todo tipo de civilización y aprendió los libros de memoria. Después practicó las habilidades con animales salvajes, convirtiéndose en una perfecta máquina de matar. Era el ejemplo mas completo de liberación del control del gobernador.
Tshiminy, igual que yo, utilizaba un bate de baseball como arma, pero con una gran diferencia. Mientras que yo portaba un bate sencillo, el empuñaba uno en cada mano. A cada uno de ellos les había añadido clavos de manera que asestaba golpes brutalmente desgarradores. Yo prefería darle preferencia a la velocidad y a la comodidad. Sería muy incómodo tener que abandonar el arma en plena huída porque se te queda enganchada a la piel del contrincante y no te queda tiempo para estar estirando. Y yo tampoco intentaba matar a los soldados, en el fondo, todos ellos también eran víctimas.
Todos teníamos una cosa en común, éramos gente criada en los suburbios de la ciudad, y no era casualidad pues, el control del gobernador no era tan directo en las periferias de las ciudades. Demasiados intermediarios entre su palabra y nosotros. Gracias a ello habíamos encontrado diferentes vías de escape de su control.
Os preguntareis que prenderíamos hacer con este tipo de armas, pues, como ya he dicho, éramos todos gente de suburbios, era nuestra manera de hacer las cosas. Hay que añadir que hace ya muchos años que el gobernador había destruido todas las armas de fuego pensando que su control era absoluto. Hasta ese momento nos habíamos mantenido en la total oscuridad, ni un asalto al tren, ni un ataque, nada. Escondidos durante varias generaciones esperando este momento, el momento en el que el gobernador se confió.
Era un plan sencillo, tan sencillo que parecía mentira que fuera un plan, parecía más bien una revolución improvisada. Era un plan temerario, tan temerario que parecía imposible que pudiera funcionar. El plan era irrumpir en el palacio del gobernador por la entrada principal, llegar hasta él y matarlo, pasando por encima de cualquier persona que se interpusiera en nuestro camino. Una vez muerto, el gobernador dejaría de dar órdenes, o eso pensábamos, dejando a todo el país en libertad.
Una vez en palacio procedimos. El concierto empezó. Gerard ponía las cuerdas con los movimientos que estas experimentaban al golpear la guitarra con cada uno de los guardias de palacio. Juancho y el Hammad ponían los vientos, casi imperceptible pero presente y agradable sonido de las hojas al cortar. Fu Lin ponía la canción con cada uno de sus potentes gritos al golpear. Tshiminy y yo añadíamos la percusión, metálica en su caso, de madera en el mío. Los gritos de dolor de los guardias actuaban como perfectos coros para la canción. Canción de una siniestra orquesta que anunciaba dolor, pero también la llegada de una nueva esperanza de libertad.
Yo iba con un poco de ojo, no pretendía matar a ninguno de los guardias. Y me hubiera gustado que todos hiciéramos lo mismo. Pero mis compañeros no tenían eso en cuenta para nada. Demasiado tiempo reprimidos como para contener la rabia, entre golpes y sangre iban gritando - ¡Toma esta rata servil! ¡Esto por todo lo que nos has hecho pasar! – El Tshiminy seguía golpeando a los guardias, incluso cuando estos estaban en el suelo sin defenderse, tal vez ya muertos, totalmente enloquecido les asestaba un golpe tras otro, hablando entre gruñidos de venganza justa, y cosas por el estilo. Las púas de su bate desgarraban a sus víctimas. Digamos que las vidas de aquellos soldados era un precio que estaban dispuestos a pagar por conseguir su libertad. Y yo, al fin y al cabo, tampoco hice nada por evitarlo, así que no estaba tan desacuerdo con ellos, ni si quiera les comenté el tema. Hammad y Juancho no hablaban, eran silenciosos como felinos en la oscuridad, pero eso no significa que fueran menos letales, mas bien al contrario, posiblemente eran los mas mortales asesinos de los seis. Se acercaban por detrás a algún soldado que permanecía entretenido peleando con alguno de nosotros y le asestaban un navajazo directo al cuello de manera que moría desangrado en segundos. Fu Lin era la única que tenía un poco de consideración con el enemigo. Los dejaba sin dientes y con graves fracturas óseas, pero vivos. Seguramente era cosa de alguna filosofía oriental heredada de los libros de artes marciales que había devorado durante su infancia. O tal vez, simplemente, sensibilidad femenina.
- Atrapadlos, matadlos, protegedme a mí que os he traído la sociedad más pacífica y justa que os podáis imaginar.
Los guardias respondían a los avisos de megafonía, que sonaban serenos y tranquilos a pesar de la situación. No se debía imaginar el gobernador que aquello que lo había dado el poder, se lo acabaría quitando. Las doble dosis de los soldados del palacio les causaba un estado soporífero que limitaba su capacidad de lucha. No era demasiado difícil ir derribando soldado tras soldado, el único problema es que eran muy numerosos y nuestras fuerzas acabarían disminuyendo por el cansancio.
Cuando llegamos a la entrada del despacho del gobernador nos atacaron por ambos lados del pasillo. Fuerzas de seguridad de toda la ciudad debían haber llegado en furgones blindados y ahora estábamos acorralados.
- ¿Qué os parece si Gerard y yo nos vamos a por el gobernador mientras vosotros os quedáis aquí evitando que todos estos soldados vengan detrás nuestro? – Les pregunté yo, y al instante, todos asintieron.
Una vez tras la puerta mas grande del pasillos, Gerard y yo, la cerramos y atrancamos para que fuera mas difícil entrar y nos diera mas tiempo en el peor de los casos, si nuestros compañeros caían.
Cuando apreciamos lo que nos rodeaba en esa sala quedamos totalmente boquiabiertos. Era una sala gigante que contenía un gran jardín alimentado por un pequeño sol artificial que colgaba del techo. Eran plantas reales. En el centro había un estanque con peces y ranas rodeado de butacas reclinables para descansar. Todo un paraíso en miniatura. Bajamos unas escaleras que indicaban “Salón de noche”, que era la imitación de un pequeño claro en un bosque con una luz que imitaba a la perfección la luz de la luna llena. La sala inferior era el comedor, unas compuertas pequeñas comunicaban con el exterior por donde se le otorgaban platos distintos a cada hora de comer, y se retiraban en la siguiente comida. Los subordinados no se cuestionaban porque no comía o porque sí. Mas abajo había una sala con media docena de camas de matrimonio, en cada una de ellas descansando una hermosa mujer ligera de ropa. Nos acercamos a una de ellas prudentemente y le preguntamos:
- ¿Quién sóis?
- Las prostitutas del gobernador - Respondió totalmente ausente de emociones debido a los efectos de la droga gobernante.
- ¿Dónde está el gobernador? - Preguntó Gerard, que en paz descanse.
- No se – Respondió ella – Las prostitutas no nos movemos de aquí mientras dura nuestro servicio al gobernador, cambia de prostitutas cada dos años para no aburrirse, pero si viene por aquí hacemos nuestro trabajo. Solo nos movemos para ir tres veces al día a comer y hacer nuestras necesidades, esas son las órdenes de nuestro gobernador.
- ¿Cuándo fue la última vez que vino? – Preguntaba ahora yo.
- No lo se, yo nunca lo he visto.
Misterioso, como poco, nos pareció esto. Pero debía ser verdad, una persona bajo el efecto de una gran cantidad de la droga gobernante no era capaz de mentir. Nos decía la verdad, o lo que creía que era la verdad, en ausencia de una verdad absoluta.
Continuamos nuestro camino en la única dirección posible, hacia abajo. Esta vez no había ningún indicador que nos informara de lo que nos encontraríamos abajo. Y lo que nos encontramos fue un paraíso de todo lo que se nos había prohibido. Una gran biblioteca con libros, películas en DVD, fotografías, arte. Todo dispuesto para el disfrute privado del gobernador, disfrute que a nosotros se nos había negado. Al fondo de aquella sala había un gran escritorio con un ordenador conectado a varios monitores y un micrófono. Era por donde se emitían las órdenes de megafonía. En la butaca que le acompañaba había sentado un esqueleto con un uniforme militar que aun conservaba la gorra y todo. Después de teclear el ordenador y curiosear llegamos a la conclusión de que todo estaba controlado por un sistema de seguridad inteligente. Cuando las cámaras detectaban alguna irregularidad en el edificio o alrededores, se activaba la inteligencia artificial del ordenador enviando un mensaje por megafonía. Había cientos de mensajes diferentes grabados en el ordenador para cualquier tipo de situación. Las órdenes, las cadenas de mando, la edad de sustitución de sus generales. Todo había estado planificado al milímetro para conseguir un poder perpetuo. La última modificación en el ordenador databa de unos treinta años atrás, que es el tiempo que debía llevar muerto el gobernador. Entonces pensé en que tal vez si era una sociedad perfecta, nunca antes una sociedad había aguantado tanto tiempo sin líder. Todo había seguido funcionando según sus órdenes. Como el títere que obtiene vida tras la muerte del titiritero. La sociedad estaba tan alineada a esa manera de vivir que lo transmitían generación tras generación. El gobernador lo había tenido todo en cuenta, las órdenes se enviaban periódica y automáticamente a los principales sustentadores de su sociedad. Los controladores de natalidad, los de seguridad y los jefes de las empresas, y ellos obedecían. Con el exceso de trabajo y consumismo al que había sometido a su sociedad había conseguido que su moneda fuera la más poderosa del mundo, podía tomar decisiones con repercusiones a escala mundial. Y todo ese poder estaba ahora en nuestras manos.
- ¡Vamos a destruirlo! – Exclamó Gerard dirigiendo un golpe de guitarra al ordenador central.
- ¡Ni de coña! – le detuve justo a tiempo con mi bate. – Piénsalo un poco, piensa en todo lo que hemos visto. Es un paraíso que se mantiene automáticamente. Un paraíso que nosotros podemos disfrutar a partir de ahora. Tenemos mujeres, comida, naturaleza, cultura... ¿qué mas quieres? Quedémonos a vivir aquí.
- Debes estar bromeando – Nunca había visto una expresión de tal sorpresa en la cara de Gerard.
- No. Podemos vivir aquí como dos reyes, eso sí, solo te pediría que no compartamos las mujeres, la mitad para cada uno, que yo soy un poco celoso - Le propuse yo.
- ¿Pero qué mierdas dices? Vamos a destruir todo esto, que es nuestro objetivo. Liberar a la población ¿Recuerdas?
- Realmente, si lo piensas, esto no está tan mal, incluso nosotros podría ser que seamos los malos en esta sociedad. Los que siendo solo seis queremos escoger el destino de todo el país, un país que, como sabes, acepta su estilo de vida.
- ¿Pero cómo puedes decir una cosa así? ¿Dónde están tus discursos de libertad? ¿En qué momento has perdido tu moral?...
- Piénsalo bien – Le interrumpí antes de que pudiera formular otra pregunta. – La criminalidad se ha reducido a cero...
- Claro- Me interrumpió ahora él. – No hay criminalidad porque todo el mundo vive encerrado en una prisión, y ¿Qué me dices de los heridos en accidentes laborales que son expulsados? ¿Qué me dices de mi hermano que perdió un brazo y fue abandonado a morir de hambre? - Me respondió ahora con lágrimas en los ojos.
- Pero nadie sufre - Le intentaba convencer, a él, y a mi mismo. – ¿Y si realmente es esto la sociedad perfecta? Nosotros podríamos ser los principales beneficiados.
- ¿Cómo puedes estar autoconvenciéndote de las mentiras contra las que tanto has luchado? Una sociedad perfecta debería ser libre. ¡Pero si son tus palabras, hostia! Nosotros podemos dar la libertad a nuestra sociedad...
- Pero...
- No pienso escuchar ni una palabra más.
Gerard levantó de nuevo su guitarra, y yo, de nuevo volví a detenerle justo antes de que destruyera el ordenador central.
- No pienso dejar que lo hagas – Le dije.
- Pues tenemos un problema, porque pienso hacerlo.
El siguiente golpe no iba dirigido al ordenador sino a mi cabeza. En ese momento empezó el dueto cuerda-percusión. Nos enfrascamos en un duelo, sin duda, el más duro que había tenido nunca. Sus golpes me caían encima como contundentes rocas, con una fuerza desmesurada. Las contusiones me aparecieron en la totalidad de la superficie de mi piel. El sabor a sangre en mi boca me daba ganas de vomitar y, mis huesos no aguantarían muchos golpes más antes de empezar a quebrarse. Así que me rendí.
- Me rindo, tu ganas, destruye lo que creas que tienes que destruir.
- Me alegro de que hayas recapacitado compañero. Tienes que ser fuerte contra la capacidad corruptiva del poder. – Me contestó sonriendo.
Acto seguido me dio la espalda, levantando la guitarra con las dos manos, dispuesto a destruir el ordenador central de una vez por todas. Con un esfuerzo inimaginable me levante del suelo, a pesar de mis heridas, y detuve una vez mas a Gerard justo antes de que destruyera el ordenador. Pero en este caso lo detuve otorgándole un fuerte golpe en la cabeza. Cayó al suelo y empezó a perder sangre por la brecha que le abrí. No tardó mucho en morir. De verdad que no quería llegar a este extremo, pero no me quedó otro remedio.
Ya empezaba a saborear el poder. Pero aun tenía que hacer alguna cosa. Cogí la ropa del gobernador y me la puse, la hice mía. Decoré los restos esqueléticos con mi ropa. Por el micrófono ordené “Qué dos soldados se dirijan a mi despacho” Sonó por megafonía. Tardaron un buen rato en aparecer y recordé que habíamos dejado la puerta de entrada al paraíso atascada. Pero llegaron demostrando que me serían leales, y que nadie se había percatado del cambio de voz.
- ¿Qué quiere señor? – A nivel visual también había funcionado. Tan anulados estaban los soldados de ese edificio que tampoco se dieron cuenta de que yo no era el gobernador.
- Me he deshecho de los dos intrusos, lleváoslos.
- ¡Si señor! – Me contestaron los dos a la vez. Y en seguida procedieron a cumplir mis órdenes, retirando el cadáver de Gerard y el esqueleto del anterior gobernador.
Por una de las pantallas de aquella sala vi como los guardias del pasillo neutralizaban al resto de mis compañeros. A los soldados les costó mucho, pero su grande, casi infinita, superioridad numérica, les acabó dando la ventaja definitiva en el momento en el que los revolucionarios empezaron a sentir menguar sus fuerzas debido al cansancio. Cuando cayeron rendidos, los guardias los esposaron y se los llevaron. Supongo que al campo de fusilamiento, o, tal vez, les administrarían suficiente droga como para convertirlos en una herramienta útil para el funcionamiento de nuestra sociedad. Realmente no se cual de las dos opciones sería un peor castigo para ellos, pero prefería no pensar en ello, ya que, en el fondo, me sabía mal por ellos y por Gerard. Eran grandes defensores de sus ideales y lo admiraba.
Pero todo esto forma parte del pasado. Ahora me toca disfrutar de la vida. Después de tantos años de sufrimiento, el destino me ha recompensado con comida, mujeres y bienestar absoluto hasta el día de mi muerte. Y no pienso desaprovechar este regalo.
(vamos, lo que pasa actualmente en la política actual, se corta una cabeza a base de malas críticas y difundir noticias, y después el depredador pasa a comportarse como su víctima)
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martes, 4 de enero de 2011
CIENTO UNA
Ciento una caras,
cien de ellas que no recordaré,
una de ellas que jamás olvidaré.
Ciento una historias,
ninguna de ellas conoceré,
una compartir por siempre desearé.
Ciento una vidas,
cien de ellas ni me interesan,
mas una deseos en mi despierta.
Ciento una caras,
cien de ellas completa indiferencia,
mas una, la tuya, absoluta belleza.
*Poesía escrita hace aproximadamente un año, la subo ahora para darle un poco de vida al blog que parece estar muerto, aunque no lo está.
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miércoles, 18 de agosto de 2010
El borracho inconsolable I
EL BORRACHO INCONSOLABLE
I
Estas sentado en la taza del váter, lo que sale de tu agujero negro es innombrable. El suelo se mueve y el cielo iluminado del otro lado de la ventana te indica que has estado demasiadas horas fuera de casa, bebiendo. Intentas mantenerte despierto pero tus ojos pesan, te estas durmiendo sentado en la taza del váter, con los pantalones bajados y el culo lleno de mierda de una masa semejante a la nocilla en verano. Cuando te dejas vencer y caen tus parpados, tu cerebro te traiciona desactivándose por un momento, lanzándote precipitadamente contra el suelo. Pero, bendita tu suerte, que el brusco movimiento ha sacudido tu castigada y deshidratada masa gris, y esto ha provocado una reacción simultanea en tu estómago, que se ha revuelto mas que unos huevos en un desayuno inglés. Te apresuras, pues notas la abundancia de líquidos que empieza a segregar tu boca por la necesidad de vomitar. Bajas el culo de la taza del váter, y pones la cara. El terrible olor de la diarrea te penetra las fosas nasales ayudándote a vomitar con más fuerza, y entonces, el olor se mezcla con la peste a bilis. Todo junto crea un ambiente en el que te da la impresión de que no podría vivir ni un cerdo, ni si quiera una cucaracha. Pero ahí estás, con la cara apoyada donde antes tenías el culo, agradeciendo haber apuntado bien al cagar. Sobreviviendo a una de tus mayores borracheras, una de tus tantas mayores borracheras, y preguntándote una vez más, de qué sirve beber. Abrazas el váter como si fuera tu novia, vuelves a vomitar, y acto seguido pierdes la conciencia en el retrete de tu casa, que, ahora mismo, por tu propia culpa, es el retrete más asqueroso que has visto en tu vida. Aún así te quedas allí, apoyado a pocos centímetros de una obra de arte formada por heces, licor semidigerido y bilis. Al menos por un par de horas, hasta que tengas fuerzas de ir a la cama.
Al despertar tardo unos segundos en recordar donde estoy. No recuerdo haberme separado de la taza del váter, pero ahí estoy, tumbado en el suelo. Con medio cuerpo dentro del aseo y el otro medio en el salón. Por suerte ha desaparecido esa voz que me sermonea a menudo. Son las ocho de la mañana, y mis clases empiezan a las ocho y cuarto. Llego tarde. Me duele la cabeza y me apetece tanto ir como pegarme martillazos en las pelotas. Pero me apetece aun menos verle el rostro al imbécil de mi padre recién levantado. Así que, tal como me despierto, me levanto y me voy en dirección al instituto. Ni tan siquiera me ducho, aunque se que me iría bien. No me queda tiempo, urge abrirse si no quiero encontrarme con él.
El trayecto en el autobús se hace especialmente duro. En mis auriculares suena "Megadeth", y suena "El reno renardo". Tengo un duelo con una señora al salir del autobús. Ella espera a que me disponga a bajar, para hacer lo mismo, entonces me empuja pretendiendo que la he empujado yo, y prosigue su coreografía con una sarta de insultos. Aunque no se que dice, su voz queda totalmente enmudecida por los brutales acordes oscuros de "Lamb of God" que ahora suenan en mi mp3.
Cuando consigo bajar del autobús y miro la hora, me doy cuenta de que llego más de una hora tarde. La resaca aun no ha cesado, y ni siquiera he desayunado. Mi próxima parada es el bar de la esquina. Allí le pido un bocadillo de sobrasada y una doble malta al camarero. El primer trago me sabe a gloria.
Piensas volver borracho, arrastrándote a casa, no te importa lo que piense la gente. Sabes que el mundo esta jodido y pretendes no verlo a base de tragos. Pero sabes que por mas que bebas el mundo seguirá así. No es el mundo el problema...
La voz de mi mente desaparece en el momento en el que llegan al bar un grupo de compañeros de clase. Esto me indica que ya son las once, la hora del descanso. Es un momento agradable del día. No es fácil encontrar compañeros de barra dispuestos a compartir hazañas y peripecias durante las horas matinales. La resaca ya va desapareciendo, o mas bien se esta reconvirtiendo en una nueva borrachera, pues ya llevo cuatro cervezas. A la llegada del camarero para coger comanda a mis compañeros aprovecho y pido otra.
Con quien me llevo mejor, y tengo mas confianza de ellos se llama David, compartimos aficiones, por la música, por los videojuegos, por el cine porno... Aunque a veces me da la impresión de que me desprecia por como soy. Él es lo opuesto a mi. Es puntual, responsable, respetuoso, saca buenas notas, tiene coche y una novia estable. A pesar de escuchar heavy metal, es lo que se llamaría un hombre de provecho, una persona políticamente correcta, un buen partido. Calificativos que jamás nadie diría de mí. Aún así me muero de ganas por contarle lo que hice el pasado viernes. - No sería así si no fueras borracho, pero siempre sobreexplotas el efecto desinhibidor del alcohol - Vale, pero voy borracho, así, sin mas preámbulos, le digo:
- El viernes participé en un bukkake.
- Muy bien, Hector - Se ríe un poco. Parece que ya nada de lo que le digo le sorprende.
Ya debe estar pensando que no tienes remedio. Que eres un hombre acabado sin provecho alguno, y que así no vas a llegar a ningún sitio, pero tu sigues bebiendo y bebiendo sin parar, aunque no tengas nada que celebrar. Beber y beber sin parar no te lleva a ningún lado, mientras, mírale a él, responsable, anteponiendo sus obligaciones a la fiesta. Sin duda su padre estará orgulloso de él. ¿Y que hay de su novia? Seguramente le recompensa por su dedicación y esfuerzo con la mejor de las ofrendas. En cambio tú, lejos de tener a alguien que se enorgullezca de ti, ni si quiera puedes estar orgulloso de ti mismo. Sin embargo aquí sigues, en pie, luchando por llegar al día siguiente. ¿Por qué lo haces?
Se hacen las once y media, se ha acabado el tiempo de descanso. Decido seguir la corriente de mis compañeros y abandonar el bar para hacer lo que se supone que debo hacer; asistir a clase. Aunque no es que consiga aprender mucho ni prestar mucha atención debido a mi particular estado ebrio. Aun así intento hacer los ejercicios prácticos con el ordenador y currar un poco, intentando disminuir el retraso que llevo.
A las dos y cuarto del mediodía el autobús está a reventar. Como todos los días. Debido a mi envergadura se me hace más difícil que a otros abrirme paso a través del cúmulo de estudiantes jóvenes de la periferia. Pero el conductor grita que nos movamos hacia el fondo, que no cabemos todos, así que avanzo, y avanzo. En frente de la puerta de salida he visto un pequeño hueco en el que a lo mejor puedo ponerme de pié sin sentir que me tocan un montón de desconocidos. Así me voy abriendo paso a través de los chavales, esquivando sus gorras planas, hasta que uno de ellos cree que lo empujo a conciencia:
- ¡De qué vas chavo! - Me grita
- ¡ Joder, déjame espacio para pasar! - Le contesto con el mismo tono.
El muy subnormal no entiende que el autobús está abarrotado, y, si apenas ha dejado espacio tras de si para que pase una persona normal, mucho menos para que pase yo con mi mochila, o sin ella, realmente tampoco viene de ahí.
- ¡Simplemente no me toques, gordo!
No tengo nada en contra de la gente de otros países, que quede claro, pero si me tocan los huevos de manera descerebrada yo respondo a la altura:
- ¡Vete a tu puto país, panchito de mierda!
- ¡¿Cómo?! Repite eso si tienes huevos, venga repítelo huevón, repítelo - me dice hablando a una velocidad de vértigo, mientras saca pecho. - Eres un puto racista, ¿no?, ¿Te crees muy fuerte? Repite eso que dijiste si los tienes bien puestos venga...
Me vuelve a doler la cabeza debido a una nueva resaca, y no estoy para aguantar a idiotas de tal magnitud. Así que le interrumpo su charla de gallito sin gallinero asestándole un izquierdazo en toda la cara con todas mis fuerzas. Lo hecho para atrás. Sin duda he aprovechado el factor sorpresa y he conseguido tumbar al chulo de un golpe. Por un solo instante me siento victorioso, parece que he hecho un "knock out". Un "perfect". Pero solo lo parece. Los dos amigos que le respaldan lo sujetan evitando que caiga al suelo, y lo empujan hacia mí. Como si estuviéramos en una pelea clandestina y hubieran apostado por él. Aprovecha el impulso recibido y añade la potencia de su brazo, que no es poca. Me hunde su puño en mi cara. Me caigo al suelo con el golpe que me quita el "perfect", pero... pero voy a... pero voy a recibir una tunda de hostias en pocos segundos que me va a quitar hasta la resaca. Mientras recibo palos, escucho al conductor gritando desde su asiento, grita que nos bajemos, que no quiere historias en su autobús. Ha parado y abierto la puerta expresamente para que nos bajemos. La gente que nos rodea simplemente mira, con los ojos muy abiertos, pero solo miran. Ninguno piensa ayudarme, ni intentar detener esto. La masa atónita ha formado un circulo alrededor nuestro que recuerda a una pelea de boxeo callejero, solo que sin dinero en las manos ni gestos de ánimo. Y yo me pregunto dónde coño estaba todo este espacio hace unos minutos. Entonces nadie se apartó para dejarme paso, y ahora estoy recibiendo una paliza de parte de un macarra al que no había visto antes, a pesar de que debe estudiar en el mismo centro que yo. Me cubro la cabeza con los brazos, y noto su puño hundirse en varias partes de mi cuerpo. En la franja de aire que queda entre mis dos antebrazos veo la puerta trasera del autobús, abierta. Estoy salvado. Me arrastro hasta el exterior, y allí, la lluvia de golpes cesa. El autobús arranca a mis espaldas mientras me levanto del suelo. No es la primera vez que pierdo una pelea. Estoy bastante acostumbrado al fracaso, en muchos aspectos, también al dolor.
La parada de metro que tengo que coger no me queda lejos, así que decido acercarme caminando en lugar de esperar a que pase el próximo autobús. A cada paso que doy noto como el temblor de mis carnes hace resurgir el dolor de los golpes recibidos. Dentro del metro otra vez lo mismo. Hora punta, cúmulos de gente que se apelotonan una tras otra para pasar por las puertas, por las escaleras mecánicas, por los pasillos... Me recuerdan a un hormiguero, donde cada miembro sigue su función de manera eficaz y automática. Como si su genética les obligara a hacer eso y no pudieran hacer ninguna otra cosa a parte de la que hacen. Se que suena típico, pero es así como lo veo, y me parece deprimente. Patético. Sobretodo porque formo parte de ello.
A pesar de lo lleno que está el metro toda la gente me mira con cara de desconfianza, y se apartan a mi paso. Ahora nadie me toca, ni tengo que tocar a nadie, sigo mi paso firme, recto hacía adelante, y no tengo que esquivar a nadie, la gente se preocupa de esquivarme a mí. Aprovecho el borde metálico del reloj del metro para observar mi reflejo, y me da hasta gracia ver que mis labios y encías están sangrando. La sangre ha llegado a mi barba donde se esta empezando a secar, formando así pequeñas rastas. Goterones se extienden a lo largo y ancho de mi jersey, tengo un ojo un poco morado e hinchado, que se me entrecierra debido a la hinchazón. Ahora entiendo porque todo el mundo se aparta de mi.
Irónico ¿no? Un gordo con una sudadera metalera, greñas y barbas inspira ser objeto de burla y engrandecimiento de un chulo reggetonero en el autobús. Sin embargo, ese mismo gordo con señales evidentes de haber perdido una pelea, impone respeto, e incluso miedo, ahora en el metro. Y eso, en el fondo, te gusta. Estas disfrutando viendo como las señoras te miran y se horrorizan. Te parece divertido ver como se aferran al bolso cuando pasas a su lado. Te sientes protegido por tu actual aspecto decrépito, y lo estas disfrutando. En caso contrario no habrías insultado a ese tipo. Es uno de esos días en los que te sientes tan mal contigo mismo que has tenido que liarla, y no te sirve de excusa pensar que empezó él. Porque sabes bien sabido que lo podrías haber evitado, que en el momento que te tocaba hablar dijiste lo que pensaste que mas le podía joder. Pero el hecho de que te otorguen una paliza te crea cierta sensación de alivio. Crees que es el castigo que mereces por llevar el tipo de vida que llevas. Por eso no desaprovechas nunca la oportunidad de provocar una pelea, aunque casi siempre pierdas. Porque eso te libera. Tu dolor real provocado por los golpes aminora la intensidad de tu dolor psicológico. Sigues teniendo los mismos problemas, y cuando se te haya pasado el subidón de adrenalina volverán a estar frente a ti. Mientras tanto disfrutas. Aprovechas el poco tiempo que te queda de disfrutar de ello, y del respeto que te tienen ahora mismo los pasajeros del metro.
Al llegar a casa no hay nadie. Estoy tan cansado que me tumbo directamente en la cama y, sin comer, ni desvestirme, me duermo al instante.
Me despierto sobresaltado por los gritos que está soltando el imbécil de mi padre mientras aporrea mi puerta:
- ¡Tú, eres un gordo inútil! ¡ Siempre emborrachándote! ¿¡ Es qué no piensas hacer nada de provecho con tu vida?
Joder, me sé de memoria todo lo que va a decir. Y la verdad es que no quiero escucharlo. Me viene a la mente mi obra de arte de heces y bilis. Recuerdo que no estiré de la cadena, y ver eso le habrá hecho rabiar un poco.
- ¡ A ver cuando te buscas un trabajo serio y te largas de esta casa de una puta vez!
Continúa su monserga, mientras continúa aporreando mi puerta, asegurándose de que me da por culo durante un buen rato. Intenta abrir, pero siempre echo el pestillo al entrar a mi habitación. Un instinto adquirido con los años.
- ¡Y deja de dormir, que no son horas!
Me envuelvo la cabeza con la almohada para escucharle un poco menos. Ya se cansará de gritar. Me quedo pensando en las palabras "trabajo" y "horas", Es lunes por la tarde y ya me debe haber llegado el material de la revista que tengo que maquetar y entregar cada jueves. Me cuesta trabajo, pero me levanto y enciendo el ordenador para empezar a currar. Tengo hambre, pero no quiero salir y toparme con mi padre. Por suerte encuentro un paquete de galletas de chocolate y, aunque está abierto y empiezan a estar un poco rancias, mas rancia es su cara recién levantado. Me las como mientras empiezo a trabajar en la maquetación de esos artículos del tarot tan interesantes como una película porno sin sexo.
Se hace de noche. Los padres duermen, los niños duermen, pero los hijos descarriados como yo, cansado de maquetar, se preparan para una larga noche llena de emociones. Mi madre siempre piensa en mi cuando hace la cena, aunque no cene con ellos por no aguantar al otro idiota. Así que, tras escuchar que el silencio absoluto reina en casa, ceso mi actividad y salgo a la cocina a comerme el potaje que me ha guardado mi madre. Lo acompaño con una cerveza bien fría, como debe hacerse una buena cena. Me ducho y salgo de casa. Soy consciente de que por la mañana tengo clase, y soy consciente también, de que no llegaré puntual. Podría no salir, irme a dormir, y hacer lo que se supone que se debe hacer, pero estaría desaprovechando mi juventud.
La noche es fresca y las calles están llenas de vida. No importa que sea un lunes por la noche, el casco antiguo de la ciudad condal esta rebosante de vida las veinticuatro horas del día, siete días a la semana. Recorro las estrechas calles del Raval. Cuando encuentro un tugurio sucio, descuidado y con decoración de mal gusto, allí me meto en busca de la jarra mas barata. Entre tugurio y tugurio los pakistaníes me abastecen de cerveza barata para hacer mas agradable las caminatas. Gracias al alcohol me convierto en una persona casi sociable y hablo con todo el mundo. Los vendedores de cerveza, a quienes tanto debe nuestra sociedad borracha, necesitada de evasión, se hacen amigos míos. Me cuentan su vida, sus historias con mujeres, la dificultad de su situación, lo mal que va todo... en fin, lo típico.
- ¿Ahora vendéis más no? - Pregunto entrometido - Con la crisis, y vuestros precios seguro que todo el mundo prefiere compraros a vosotros que al bar. - Bueno, al menos yo lo prefiero, ya que venden la cerveza a un euro, a cualquier hora, en cualquier esquina.
- ¿Crisis? ¿Qué crisis? - Me responde con un pronunciado acento paquistaní, o nepalí, o... bueno, acento moro.
- Ya sabes, el paro, el crack del sector inmobiliario, la crisis que afecta a la bolsa en todo el mundo.
- Ven a mi país, allí si que verás crisis. - Ante mi silencio tras estas palabras, el joven aprovecha para pronunciar las palabras que más veces pronuncia a lo largo del día - ¿"Servesa" fría amigo?
Le compro una cerveza, y de repente, todos mis problemas me parecen más insignificantes. Aunque no por ello pierdo las ganas de beber.
Y sigues bebiendo y bebiendo, hasta que el alcohol distorsiona por completo tu percepción, hasta el punto en el que te crees una persona interesante. Te crees que molas. Hablas con la gente, y hasta crees que te escuchan. Que les interesa lo que les tienes que contar, cuando realmente solo ven al típico borracho pesado. ¿A quién te crees que le interesa, a estas horas de la madrugada, la necesidad de una actividad política diferente, o la falta de democracia en el país? La gente está pasándoselo bien, y tus discursos solo les aburren, más que nada, porque en tu estado, es imposible tomarte en serio. Eres aquel al que al que sonríen durante unos momentos para evitarse problemas, porque no confían en la agresividad de un borracho, pero al que dan esquinazo tan pronto como se les presenta la oportunidad. Aprovechan cualquier excusa para perderte de vista. Por eso acabas hablando siempre con los vendedores de cerveza ambulantes. Te da la impresión de que te escuchan, pero en el fondo, sabes que no es así. Para ellos eres un euro con patas. Y si mientras hacen como que te escuchan te acabas la lata que sostienes en la mano, saben bien sabido que les pedirás otra, pues tienen mas calle que tu. Por eso y solo por eso te toleran. Pero nada, tu sigue bebiendo hasta callar tu conciencia.
Voy borracho, muy borracho. Los bares han cerrado, y a mí solo me queda la posibilidad de seguir bebiendo cervezas callejeras. Arrastro mi alma por las calles del
Raval hasta llegar a la calle de las putas. No se ni como me lo hago, la verdad es que ni me lo planteo, pero a menudo acabo la noche allí. De entre todas las mujeres veo a una que me parece muy especial. Entre la suciedad, la basura esparcida. los contenedores rebosantes todavía sin recoger, los vómitos y orines de borrachuzos, y los yonquis comatosos, veo a una preciosidad de Europa oriental. No se si será el alcohol, pero me parece la chica mas bella y maravillosa que he visto en mi vida. Su mirada rasgada me esta pidiendo a gritos que me acerque a ella. Sufro una infinita atracción hacia esa mujer que no puedo negar. Conforme me voy acercando, un suave aroma a fresas va ganando terreno al terrible hedor de bilis y orines. Su dedo índice hace un sinuoso gesto que me indica que vaya. Un gesto al que todo mi cuerpo y espíritu responden, yendo. Es una reacción automática, preprogramada, innegable, y, sobretodo, inevitable. Cada átomo de mi cuerpo, cada neurona de mi cerebro, cada gota de mi sangre quieren satisfacer a ese sensual dedo que me pide que vaya. Quieren oler de cerca ese aroma encantador, y acariciar esa larga y sedosa melena negra. Su rostro, ausente de maquillaje, me hace pensar por un momento que no es una prostituta, sino una borracha de la noche como yo, que ha acabado aquí por casualidad y quiere conocerme. Desde luego no por mi ausente atractivo físico, pero tal vez, solo tal vez, le haya parecido interesante.
Pobre iluso que has crecido encerrado en tus fantasías propias de series animadas japonesas. Mientras el resto de los chavales de tu edad descubrían como funciona el complejo mecanismo que forman las relaciones sociales y amorosas, tu malgastabas tu tiempo viendo ficciones en las que un chico y una chica se enamoraban a primera vista en un tren. Aquellas series en las que el protagonista era el típico pringao de clase y se enamoraba de la tía buena de turno que, finalmente, tras muchas penurias, le correspondía. Iluso de ti, todavía piensas que eso puede suceder. Ya que en tu adolescencia tu relación con el sexo femenino brilló por su ausencia. Te vas acercando a esa belleza, pensando en que decirle, haciendo un terrible esfuerzo para que los engranajes que forman tu compleja maquinara social funcionen por una vez. Y cuando por fin estás junto a ella, rompe el hielo.
- ¿Quieres pasar un buen rato? Completo cien.
Mi gozo en un poco. Por un momento pensé que esta vez sería diferente. Que me acostaría con una chica porque nos correspondiéramos, y no porque le pago. Pero mi siguiente polvo será, de nuevo, con una prostituta. Y no de las mas baratas. Pero, a pesar del precio, no me niego. Es una prostituta, pero también es una de las mujeres mas bonitas que he visto en mi vida.
- Vale, pero me tendrás que acompañar hasta un banco, que no llevo suficiente encima. - Respondo.
Accede, y nos dirigimos hacia el cajero mas cercano. La miro y su belleza me impone. No se me ocurre que podría decirle. Ni entiendo porque tengo esta necesidad de decirle algo. Siento que tengo a mi lado a una de las personas mas maravillosas de este planeta. A pesar de lo que es, transmite una energía pura, una luz. Se huele la bondad que desprende por cada uno de sus poros. Y su mirada... su simple mirada, aquellas dos perlas de color negro azabache que se postran en mi, hacen que me sienta alguien insignificante en este mundo. Mas de lo que me siento normalmente. Una expresión de inocencia y humildad es transmitida por su sonrisa, que entre sus gruesos labios deja ver una preciosa y perfecta dentadura, sin imperfecciones, cual colmillo de marfil.
- ¿Cómo te llamas? - Rompe ella el hielo, supongo que se habrá dado cuenta del estado que provoca en mi ser.
- Héctor, aunque muchos me llaman por mi apellido, Espada.
- Encantada de conocerte - Me dice con una encantadora sonrisa.
Una sonrisa que, a pesar de mi estado, consigue que se me ponga dura. Nunca me había imaginado que me ocurriría algo así, y menos en estas condiciones. Al principio me siento un poco avergonzado por ello, pero rápidamente pienso en lo que voy a disfrutar con ella. Me pongo muy contento, mi erección aumenta. Llegando al cajero, ya un poco mas tranquilo, le pregunto su nombre.
- Estrella - Me dice
- Pero ese es tu nombre... - Dudo unos segundos - ...artístico, yo quiero saber tu nombre de verdad. - Digo mientras saco ciento cincuenta Euros. Cien para ella, y cincuenta para pagar alguna pensión de mala muerte.
- ¿Cómo sabes que no es mi nombre de verdad? - Dice entre risas. Nunca había visto a una prostituta tan alegre. Parece alguien que me acompaña por placer, y no por interés.
- Vamos, ¿Qué nombre es estrella? Solo los hippies usan nombres así. - Le digo, también riéndome.
- Y me lo dice el señor Espada - Responde a la vez que me da un amable golpecito en el hombro con la palma de su mano.
- Pero es mi apellido, te he dicho mi nombre y apellido, dime al menos tu nombre a cambio ¿no?
- ¿Por qué quieres saberlo? - Me replica sin cambiar su expresión alegre.
- Por saber con quién voy a pasar la noche, claro. No me gusta pasar la noche con desconocidas. - Ironizo.
- Pues conmigo - Responde.
No insisto mas. Supongo que es algún tipo de protección. Con la de peligros a los que deben estar expuestas estas chicas. Entre policía, clientes obsesionados y demás degenerados que callejean en la nocturnidad barcelonesa. Además me da la impresión de que un tío nos esta vigilando todo el trayecto. Aunque tal vez solo sea paranoia mía. Tal vez simplemente no quiera crear ningún lazo entre sus clientes y su persona real. Sean cuales sean, tiene motivos para no decirme su nombre, y no quiero insistir.
Cuando entramos a la pensión me doy cuenta de que efectivamente aquél tío rubio y alto, con cara de poder partirme la cara, nos ha estado siguiendo. En cuanto me dispongo a entrar y giro la cabeza hacia él, se apoya contra la pared, enciende un cigarrillo y mira al cielo. Calculo que debe ser el chulo de Estrella, y de ser así, es muy malo disimulando. En la pensión me recibe la señora Pepita con sus rulos y su bata puestos. Llego un poco tarde, debía estar durmiendo, pero, ya que vive en la planta baja de su pensión, es la recepcionista veinticuatro horas al día. Si alguien llama no le queda mas remedio que levantarse. Me mira mal, vengo a menudo con chicas aquí. Se que a ella no le gustan los hombres con mi estilo de vida. Pero los puteros suponen un ochenta por ciento aproximado de sus ingresos, así que, se limita a coger mis cincuenta euros y darme una llave. Apenas me dice nada. Sabe de sobra a lo que vengo, para cuantas noches y todo lo demás que se suele preguntar en estos casos.
La humedad de las paredes empieza a crear moho y los escalones desgastados están llenos de socavones causados por el uso a lo largo de años. Es un edificio de los años cuarenta del siglo veinte. Seguramente en aquella época se hizo su última remodelación. La limpieza roza lo aceptable, pero por cincuenta euros en cama doble es lo mejor que puedo encontrar. Abro la puerta de la habitación, entramos y Estrella cierra la puerta a mis espaldas. Por fin llega el momento. La abrazo con todas mis fuerzas y me dispongo a darle un beso. Soy el primer sorprendido de tales muestras de cariño y amor hacia una mujer de profesión. Me detiene. Me dice que antes de empezar quiere que nos higienicemos. Me parece correcto, aunque me joda posponer el acto sexual con tal mujer. Estoy impaciente, mi corazón late a mil por hora. Me siento como debe sentirse un adolescente en su primera vez, cuando ésta es sin pagar, aun cuando sé que no será el caso. Es como me siento. Emocionado y nervioso. Y borracho también. Muy borracho. Todo me da vueltas sin parar y a una intensidad terrible. Dejo a Estrella sentada en la cama mientras salgo de la habitación. En las pensiones como estas hay un servicio en el pasillo por cada cuatro o cinco habitaciones. Cuando llego al final del pasillo, donde se halla, resulta que está ocupado. Espero mientras escucho sospechosos y constantes sonidos jugosos. Poco después sale del baño un hombre cuarentón, con barriga y poco pelo. Me saluda con la mano. Entro. El baño consta de un váter salpicado de pis y a saber que otras sustancias de otros puteros. Una ducha de plato oxidada y un lavabo con el espejo roto. Con la emoción y la erección casi ni me estaba dando cuenta de que me estaba meando. Cosa lógica teniendo en cuenta lo bebido. Así que colaboro a las salpicaduras de orín que rodean el váter. No es que lo haga a propósito, es que cuando el inodoro se mueve de un lado a otro es muy difícil echar el cien por cien del líquido en su interior. Y en ese retrete en concreto, sentarse para hacer mas fácil la operación, no es una opción. Demasiado asqueroso. Mientras me ducho recuerdo que llevo varios días sin eyacular, y sería una pena acabar demasiado pronto con una chica como Estrella. Así que procedo al acto de producirme gozo sexual solitariamente. Al acabar vuelvo a la habitación, y es ella la que va a ducharse. La espero tumbado y me la imagino en esos servicios pestilentes. Pienso que se merece algo mejor. Trato de ser bueno con las mujeres con las que me acuesto, pero creo que una chica como estrella merece algo mejor de lo que yo le puedo ofrecer. Me imagino algo digno, como el jacuzzi en el que Julia Roberts se da un baño en un hotel de lujo. Todo subvencionado por un empresario multimillonario caracterizado por Richard Gere. Pero ni soy multimillonario, ni esto es una ficción de Hollywood. El plato ducha oxidado es lo que hay. El dolor de cabeza me aprieta, la borrachera empieza a convertirse en resaca, mis energías están bajo mínimos. Tal vez pajearme no fue una buena idea, pues ya se sabe que incita a un profundo sueño. Me pesan los párpados. Me cuesta mantenerme despierto. Parpadeo lentamente, muy lentamente... cada vez más lentamente...
Estas acabado. Acabado del todo. Eres un ser de lo mas decadente. Bebes hasta que el movimiento de caminar se convierte en un cómico tambaleo direccional. Pagas a una prostituta porque no conoces otra manera de conseguir sexo, o tal vez, incluso afecto. Y piensas que con esto te vas a sentir mejor, mas lleno. Y cuán falto de cariño estás para pensar tal cosa. Y tras exponer la decadencia y el patetismo de un hombre a su máximo exponente, te quedas dormido antes de que la chica haga aquello por lo que le has pagado. En lugar de ello, cuando se instala en la mitad de su cama, intentando no tocarte, o tocarte lo menos posible, la abrazas como abrazabas a tus peluches cuando eras un bebé. Cosa que tu conciencia solo conoce a medias, o, incluso, intuye ligeramente. Siempre habías pensado que el sexo opuesto solo te podía aportar placer sexual. Pobre ignorante. Ahora te ves, simplemente, abrazando a una mujer que te transmite algo especial. Y eso te gusta. Cierto es que no consumas el acto sexual con ella porque estas demasiado acabado, y cierto es que te gustaría. Pero aquí estás, compartiendo un simple abrazo. Y en tus segundos de conciencia te preguntas qué pensará ella. Te preguntas si, al menos, se sentirá a gusto. Si le gustará tu abrazo o, por el contrario, no está rechazándolo porque le tienes que pagar cien pavos, y así al menos no tiene que aguantarte jadeando mientras la penetras. Le has pagado para que te de placer, y, sin embargo, te preocupa más su bienestar que el tuyo propio. ¿Te sientes un escalón más arriba en la escala moral?
Me despierta un pitido estridente que castiga mi cabeza dolorida. Amanece una nueva resaca. El pitido es de un teléfono móvil, y no es el mío. Estrella, que sigue entre mis brazos, se mueve para ir a cogerlo, pero yo la aprieto contra mi, cuidadosa pero fuertemente, en un intento de que se convierta en parte de mi ser y tenerla siempre conmigo.
- Déjalo, quédate conmigo un poco más. - Le pido.
- No puedo - Me dice tras un suspiro acompañado de una sonrisa.
- Vamos, Estrella, me gusta mucho estar contigo.
- Me están llamando - Me dice mientras se tambalea para librarse de mi abrazo del oso. - Vamos, déjame cogerlo.
Finalmente le doy un beso en la mejilla, y la suelto. Coge el teléfono y tiene una conversación fugaz en un idioma que no conozco, pero suena a europeo lejano. Ruso tal vez, o búlgaro, o rumano. No sé. Lo que sé es que tras esa conversación, la chica, sufre un cambio radical. Deja de ser la amable y sonriente Estrella para convertirse en una Súper Nova. Su expresión es ahora ruda y seca. De su amable sonrisa no queda ni un ápice. Me mira fijamente con cara agria, extiende su mano hacia mí y dice:
- Son cien Euros.
- ¿Cómo? - Me cuesta asimilar las palabras debido al martillo que golpea incesante mi cabeza.
- Que son cien Euros. Es lo que acordamos. ¿Recuerdas? - Choca verla tan seria y seca repentinamente.
- Pero, si no hemos hecho nada - Replico.
- Me has tenido ocupada durante cinco horas de la noche, estoy siendo generosa, normalmente cien Euros los cobro por un par de horas. Así que ya me estás pagando.
Accedo sin decir ni una palabra más, pero supongo que mi mirada al darle el dinero dice mucho de como me siento. No es enfadado, no me importan demasiado los cien Euros en este momento. Lo que siento es tristeza, decepción. Pensaba que esto estaba siendo especial, pero esa manera de pedirme el dinero me duele en lo profundo del pecho. Y supongo que ella lo nota, porque cuando coge el dinero me mira fijamente a los ojos y me dice:
- Yo también tengo que responder ante alguien, ¿Sabes?
Acto seguido desaparece tras la puerta de la habitación y, a pesar de ser un solitario, nunca me había sentido tan solo.
Bien. La vida sigue. Ya es miércoles y son casi las nueve de la mañana. Le doy los buenos días a la resaca, mi única y fiel compañera, y me largo. Tengo trabajo que hacer. Mañana ya es jueves, y todavía me queda mucho trabajo que hacer para la entrega de esta semana. Por ese motivo hoy es otro día en el que no voy a aparecer por el instituto, aunque esto ya sea una costumbre.

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domingo, 11 de abril de 2010
10 MINUTOS
Te has dejado el MP3. Putada. El metro se acaba de ir y te toca esperar diez minutos. A estas horas de la madrugada no pasan muy a menudo. Entonces te sientas, esperas. Inmediatamente llega el metro del andén de enfrente. Mientras estas esperando te das cuenta de que no te has quitado la canción de System of a down que escuchabas al mediodía de la cabeza. La escuchas como si llevaras el MP3 muy bajo de volumen, pero no es que la recuerdes, es que la escuchas. Entonces llegas a la absurda conclusión de que tu cerebro ha desarrollado la capacidad de filtrar todos los tonos y notas que te llegan que sean distintos a los de la canción. Como si la canción estuviera intrínseca en el infernal ruido de la maquinaria del metro y hubieras aprendido a seleccionar lo que quieres oír. Al irse el metro se acaba la música, y te das cuenta de que todavía faltan seis minutos para que llegue el tuyo. Te levantas, empiezas a caminar. Si eres ese tío nervioso e impaciente que intranquiliza a todos los que están esperando en el andén sin parar de caminar de un lado a otro. Bueno uno de esos, te das cuenta de que hoy hay otro como tu, con la suerte que tiene de que él hoy no ha olvidado su MP3 y no tienen que intentar filtrar la música de los ruidos de su alrededor. Te cruzas con él, se cruzan vuestras miradas, os comprendéis y seguís vuestro camino. Camino a ningún sitio durante el que piensas un montón de cosas irrelevantes. Miras a la gente, la gente te mira, piensas que pensarán, pensarán en que piensas. Sigues caminando y al pasar por debajo de uno de los dos relojes de la estación te das cuenta de que no ha pasado ni un minuto desde la última vez que lo miraste. Llegas al extremo, te das la vuelta y sigues caminando tranquilamente en la dirección opuesta. A lo lejos ves que acaba de bajar una segurata y espera apoyada junto al espejo retrovisor para el metro, en la otra punta del andén. El morbo hace que decidas llegar hasta ella para poder apreciarla, pasas por debajo del reloj, del otro reloj, la ves de cerca y te das cuenta de que no tiene nada de especial ni de atractivo. Te giras y te das cuenta de que la chica que esta sentada al lado si que despierta tus fantasías, y de que el tipo duro de turno te está mirando intimidatoriamente. Y lo piensas a la vez, a dos voces, como si fueran dos clips de audio montados en el mismo fragmento de una línea de tiempo. Y es cuando piensas que vas a hacer un cortometraje llamado 10 minutos, que durará 10 minutos. Y en los planos que usarás, y en los recursos que necesitas y piensas que lo puedes hacer hasta solo. Y piensas todo esto antes de que ni siquiera lo hayas escrito, antes de saber que no lo vas a olvidar que es lo más normal en estos casos. Mientras tanto has ignorado al tipo de la mirada para no darle la satisfacción de haber provocado respeto en un tío como yo, sabiendo que él no puede saber que en realidad si lo ha hecho. Vas a la zona central que es por donde te conviene mas pillar el metro. te apoyas en la pared junto a un hombre de raza negra, le miras y te separas, debido a tu impaciencia, para seguir caminando. Entonces piensas que no quieres hacerle sentir discriminado y piensas que no quieres que se crea que te da miedo, así te cuestionas si eres un ser bondadoso que no quiere ofender a nadie o un orgulloso engreído que intenta parecer valiente, sea cual sea el caso vuelves a apoyarte a su lado. Ni te ha mirado en todo el rato y te sientes un poco egocéntrico pensando que piensan en ti cuando nada lo indica. Te cuestionas si tu comportamiento es racismo, discriminación, positiva, negativa… y legas a la conclusión de que son palabras que no deberían ni existir. Miras el reloj, das un paso adelante y, a una distancia prudente para que nadie te empuje a las vías, esperas los cuarenta y cinco segundos que faltan para que entre el tren, pensando en que, si no te hubieras dejado el MP3 nunca habrías escrito esto.
OCT 2009

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
OCT 2009
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