
Y éramos tan jóvenes. Un poquito más de 20 y con una urgente necesidad de trabajar. Encontré algo en un videoclub cuando los videos eran ahhhh y las reproductoras o grabadoras ohhhhhh. Me entrevistó el dueño: un tipo con pinta de garca (mocasines blancos, imaginate y un Mercedes Benz que lo dejaba en una cochera para que no se arruine) y creo que ese día me contrató sólo porque mis labios carmín lucían deliciosos gracias a un pintalabios que me había prestado una amiga modelo muy Miss no se qué en esos días.
Primero me probó en un local en el centro, en una galería. Siempre el cine ha sido unas de mis debilidades y de hecho, me gané clientes y halagos. También, como no, el odio de otra empleada que siempre recomendaba las últimas que habían llegado porque se leía las cajitas. Yo me esmeraba en sacudir los estantes para ofrecer verdaderas joyas que no habían recuperado su costo e iban camino a la inercia. Otro punto a favor: mi memoria espacial: dos o tres pasadas y ya sabía la ubicación de las películas, de los cientos existentes, jamás me fijaba en el catálogo que las clasificaba por números y de ahí al orden que lograría que un Arma Mortal conviviera tranquilamente entre El Sacrificio o El difícil arte de amar.
La suma dio por resultado un traslado a otro local como supuesta encargada. Ese lugar quedaba lo más contramano de casa que podía imaginar. Bici, ciclomotor, novio con auto prestado, todo valía para llegar a la mañana, cerrar al mediodía y volver a la siesta hasta que la noche me atrapara con las persianas y los párpados por el piso. De más está decir las veces que me patiné en la escarcha, me inundé a bordo de mi bicicleta azul o lloré en silencio por métodos detestables que suelen utilizar los dueños de comercios.
Pero había algo de encanto en eso, como a la mañana teníamos que abrir por las devoluciones (me daba verguenza reclamar que el casete no estuviera rebobinado o cobrar retrasos) no había mucho movimiento y con mi compañero, un pendejo piola, divertido y que estaba ahí porque pasó y vio luz, veíamos pelis a morir. Hacíamos ciclos: cine argentino, por ejemplo y nos comíamos todo Aristarain, otra semana se la dedicábamos a Woddy Allen o al cine europeo. Le pegábamos un fast foward a las de la Cicciolina (super alquiladas entonces) y nos bajábamos unos yogurt con crema junto a unos alfajores de maicena gigantes de la panadería de la vuelta. El tipo ni se enteraba porque a la mañana no aparecía por el local. Él estaba cuando había que estar: nos miraba desde arriba de un bar que tenía una fuente, bebiendo champán mientras nosotros nos movíamos como pacman por los pasillos los sábados por la noche.
Esto duró un poco más de un año. Pasaban empleadas y huían despavoridas, no tenían mucha idea de cine y se enredaban en ese laberinto de cintas. Una mitómana, otra con un hijito muy bonito, otra que todo le importaba un carajo. Hasta que empecé a estorbar, se ve. Entonces, como tampoco era la empleada del mes ni lo sería jamás por mis desaciertos a la hora de contabilizar y negarme a ponerle el pecho al negocio sin que me aumente un cobre, se las cobró. Me cambiaba de horarios, de local, me decía vení a este y me mandaba al otro. Me empujó a la renuncia.
El día que me fui experimenté una sensación de liberación que aún me hace estremecer la columna vertebral. Nunca volví a ver a ninguna de esas personas. Mi ruta no fue su ruta.





