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viernes, 26 de mayo de 2017

¿Cuántas veces? (Vídeo)


-Acción- Me digo a mi mismo. Estoy solo en mi habitación, la cámara está grabando y soy el único actor. Quiero hacer una lectura de una de mis poesías, que suene profunda, que guste, que alguien se emocione al escucharme. Aquello que se dice, “que llegue”. Sudo, me pongo nervioso, a pesar de ser el único imbécil en la sala, me pongo a sudar como si estuviera a punto de recitar mi poema delante de una audiencia incontable, un estadio tal vez. Maldita inseguridad. Hace frío, es de noche y pleno invierno, así que salgo a refrescarme y a ver si se me seca el sudor. Con suerte no pillo un resfriado. Pienso en dejarlo, estar frente a la cámara no es para mí, yo soy más de estar detrás, de maquinar en las sombras, de escribir las ideas, de contar cosas sin estar presente y así evitar el juicio directo. Que sean olvidadas si fueron malas y que solo me lleguen los “Ey, leí tu relato, está muy bien”, sin que pueda ver las caras atónitas de aquellos que opinaron que el mismo relato era un montón de palabras masticadas, tragadas, bañadas en jugos gástricos y vomitadas. Delante de la cámara me siento expuesto, desnudo, pero lo tengo que hacer, aunque sea solo por romper ese miedo. Entro en mi habitación, y empiezo.

Intento recitar de memoria, pero no me lo sé lo suficientemente bien. Pienso demasiado entre versos, y se escuchan los “eee” y “mmm” que evidencian que estoy pasándolas putas para recordar la mierda que yo mismo he escrito. Aun así llego hasta el final, y pienso que no hay nada que la edición de vídeo no pueda solucionar. Y una mierda. Tras recitarlo un par de veces ante las cámaras veo lo grabado y esta todo mal. Y cuando digo todo mal es todo mal. El tono de voz, la interpretación, los espacios entre palabras, las respiraciones exageradas. A la mierda. Lo borro todo sin pestañear y vuelvo a plantar la cámara en el trípode. Grabo. Pero esta vez leo directamente. Mi interpretación es ridícula de todos modos, así que no se forma ningún sentido en mi cabeza que me diga que es buena idea interpretarlo como intentando transmitir algo mediante mi lenguaje corporal. Así que decido leer recordando los recitales de Bukowski, y dejar la interpretación para las imaginaciones de los que decidan darle al play y mirarme. Lo importante es que lleguen las palabras de forma clara y concisa a los oídos de los posibles espectadores. Así que simplemente adopto un tono de voz claro y alto, y leo pausadamente. Repito el proceso unas cuantas veces y me olvido del sudor frío de mis axilas.


Bueno, ahora esta mejor, aunque aun me da cosa verme, me pone nervioso, me molesta pensar que tal vez se vea ridículo a ojos de terceros, pero me da igual, está decidido. Meto los archivos en el ordenador, limpio la voz y lo visualizo, una vez, y otra... y unos cuantos meses después consigo vencer la inseguridad, al menos un poco, y subirlo a la red dispuesto a recibir los golpes, y los halagos. Aquí lo tienen:

miércoles, 10 de mayo de 2017

FRONTERAS

 Llego a la frontera. Para abandonar el país me piden dos dólares. Una estafa normalizada que se llevaba a cabo por la policía fronteriza en varios países de este área del mundo. Suelo pagar sin rechistar. Estás en una frontera de un país desconocido tratando con la policía que sabes que a menudo es la ley. Todavía no se cuestiona, por norma general, aquello de ¿Quién vigila a los vigilantes? Y veo a todos los turistas pagar sin si quiera preguntar el por qué de dicha tasa. Pero últimamente he leído varios artículos de personas que han conseguido que les sellen sin pagar. Y un poco harto de que la policía me robe el dinero, decido plantarme, y no pagar.
Empiezo pidiéndole al policía un recibo de lo que pago, recibo que, por supuesto, no existe. Se me acerca una pareja francesa, el chico me pregunta que está sucediendo y deciden unirse a mi causa, con mucho más ímpetu del que tengo yo. Somos los únicos en la frontera puesto que el resto de los turistas han visto el proceso como un mero trámite. La mayoría de la gente, en la que me incluyo, normalmente aceptan estos pequeños robos, por aquello de “Es lo que hay”. Plantar cara a la corrupción no parece ser una opción, no vaya a ser que algún día cambie. Dos dólares para salir del país, dos dólares que se van directos al bolsillo del policía. No van a pagar escuelas ni a mejorar la vida del país. Son dos dólares que no hacen mas que colaborar a la desigualdad y a la mezquindad de la mayoría de los agentes de policía del país, que se nota que se hacen agentes de la ley por avaricia y no por patriotismo o sentido de la justicia. Me piden estos dos dólares por salir de Laos, y luego cinco mas, ya en territorio camboyano. Cinco dólares extra sobre el precio oficial del visado, claro. La cantidad no es muy grande, pero es una cuestión de principios, aceptarlo es aceptar la corrupción sistemática.

El francés, con fuerte determinación le pide por favor, sin perder la sonrisa, pues sabe que en el sudeste asiático lo peor que puedes hacer es perder las formas si quieres conseguir algo de alguien, que le estampe el sello de salida sin pagar los dos dólares. Que sabe que no tiene que pagarlos porque se ha informado en la embajada. El agente se niega en rotundo. Todos se niegan, todos parecen estar bajo las órdenes del que mas habla con nosotros. Un señor con pelo corto y dientes de rata. De hecho, cuando pregunto a la oficial de la ventanilla de al lado, parece sentirse avergonzada, o culpable, pero nos señala a su compañero, el dientes de rata, como si ella no pudiera decidir. Cuando el chico francés le explica a Dientes de Rata que se ha informado en la embajada de que no tiene que pagar, el agente de policía hace como que no nos entiende, dice no hablar inglés, solo cuando le interesa. Luego nos dice que en Camboya por el sello nos piden cinco dólares, y que él solo nos pide dos. Como si tuviéramos que agradecerle que es corrupto pero menos que la policía del país vecino. Entiendo que la corrupción es contagiosa. Deseamos que venga un autobús lleno de turistas y así nos sellen rápido el pasaporte para no arriesgarse a que se sumen a la resistencia todos los llegados. Pero eso no pasa, parece que nadie mas pretende cruzar la frontera hoy. Nos dicen que todos los transportes para irse de allí se han largado ya. Aunque creemos que es un farol para asustarnos y que soltemos los dos dólares. Finalmente el chico francés y el policía empiezan a regatear. Mierda, eso no es lo que quería. El policía debería entender que no es cuestión de dinero, si no de moral. El francés consigue que nos dejen pasar pagando un dólar cada uno. A mi ver es como si no hubiéramos ganado nada. Pero bueno, un dólar es un dólar. En todo el proceso nos hemos mantenido sonrientes y educados, pues se ve que todos somos conscientes de que así es como funciona la sociedad aquí.

Ya en territorio camboyano, aparece un tipo diciéndonos que hay que pagar la tasa, que es así y que todo el mundo la paga, y que nuestro autobús se ha ido, que no quedan transportes. Nuestra simpatía se ha agotado un poco y el francés le dice que eso está mal, que es corrupción y que cuando sales o entras del país en avión no pagas por esos sellos. En los aeropuertos hay un mayor control. Nos dice que nos tranquilicemos que el solo viene a ser amable con nosotros y que nosotros le estamos contestando mal, y entonces nos remarca que hay que pagar. Me pregunto si tiene algo que ver con la construcción del entramado corrupto.

Yo le ignoro totalmente y me dirijo directamente a la ventanilla para que me den el visado de entrada a Camboya. Dejo sobre el mostrador 30 dólares justos junto a mi documentación. Precio exacto y oficial de lo que vale el visado para entrar a Camboya para un europeo. El agente de policía me pide cinco mas, sin amabilidad ninguna. Protesto un poco y pido recibo, pero claro, todo son negativas, y, agotado, le doy cinco dólares extra. En camboyano veo como le dice al tipo sin uniforme que nos estaba hablando antes, que nosotros somos los hijos de puta que no queremos pagar por el sello del visado por el que se supone que nadie debería pagar. No entiendo ni una palabra de camboyano, o khmer, como se llaman los habitantes de Camboya, pero sé lo que han dicho, entre otras cosas porque ha utilizado la palabra “stamp”, que imagino que no tiene traducción en su idioma. Me despacha a desgana y con mala leche, las sonrisas se han acabado. De algún modo, a sus ojos, nosotros somos los que estamos haciendo algo incorrecto. Los franceses tampoco tienen ganas de pelear más, y también pagan los cinco extra dólares sin intentar evitarlo.

Image Por fin salgo de allí. Con un espacio en blanco en mi visado dónde debería poner la cantidad pagada por él. Una prueba más de la estafa de la que somos víctimas todos los extranjeros que pasamos por allí. Me alivia alejarme de la presencia policial. Me recibe una muchacha sonriente y me informa de que los autobuses han marchado. No se estaban marcando un farol. Trabaja para una de las empresas con sede allí, por suerte, con la que yo tenía el tíquet de autobús. Ella organiza un transporte privado para mis compañeros de guerra y me despido de ellos con un “Don't give up the fight”. Aunque hubiera sido mas apropiado un “Vive la resistance”. A mi me ofrece alojamiento en la casa que hace de estación de la empresa de autobuses para la que trabaja. También ofrecen un básico menú a base de arroz. La alternativa que me ofrece es subirme al autobús del día siguiente sin pagar nada. Si quisiera irme ahora, tendría que pillar un transporte privado bastante caro. El alojamiento consiste en una cama sin colchón en el trastero de la casa, y me piden seis dólares, lo cual es mucho si comparamos con los precios que se manejan en la zona, pero dadas las alternativas, acepto.

Paso el resto del día conversando con la chica que me recibió. Su nombre es Kun. Lo primero que tengo que hacer es pedirle disculpas, pues me cuenta que me han estado esperando y que los demás clientes que iban en el autobús se han enfadado con ella. Le explico el motivo de mi retraso y me dice que si la policía lo dice, es así. En su mente de provinciana camboyana no entra el hecho de que la policía pueda ser mala. Y entiendo porque la policía es tan corrupta en este país. Debe ser tremendamente fácil si la mayoría de la población no te cuestiona solo por llevar uniforme.

Comparto con Kun mi paquete de anacardos, y se sorprende, me dice que son muy caros. Estoy de acuerdo, realmente son bastante caros. Acepta con gusto, pero no a cambio de nada, así que desaparece unos minutos y vuelve con unos mangos verdes con su ácido aliño y los comparte conmigo. Seguimos conversando, dice que le gusta hablar con extranjeros, y que por ello buscó trabajo en la frontera. Me admira su capacidad de aprendizaje, pues habiendo estudiado muy poco en el deficiente sistema educativo camboyano, la chica habla inglés y chino, además de khmer, claro. Solo fue a la escuela hasta los doce años, y a una escuela pública, lo que en Camboya quiere decir no tan cara como las buenas, en la que no daban ningún idioma extranjero. Con ocho hermanos, si ella seguía estudiando, sus padres no podían permitirse llevar al pequeño a la escuela. Así que empezó a trabajar y a cuidar de sus hermanos. Cuando tenía tiempo, me cuenta que iba a alguna escuela gratuita de su pueblo a aprender idiomas. Una de esas escuelas probablemente llevadas a cabo por una ONG, ya sea nacional o internacional, en las que los profesores son voluntarios que están de paso, a menudo sin experiencia ninguna como educadores y que desaparecen sin motivo alguno en cualquier momento. Allí aprendía inglés, pero me cuenta que como más aprendió fue agregando a desconocidos en facebook y hablando con ellos. Me cuenta muchas cosas, como que estuvo deprimida mucho tiempo porque su cyber novio se casó con otra sin decirle a ella nada y se tuvo que enterar por las fotos de su boda que colgó el en Internet, o como que no bebe ni fuma porque eso da la impresión de ser una chica fácil y un poco guarra, y ella no es así. Le digo que una cosa no tiene que ver con la otra, y ella me dice que sabe que en mi país no es así, pero que en el suyo si. Cosa que contrasta mucho con el logo del conejito de playboy de su camiseta, pero claro, entiendo que ella no tiene ni idea de dónde sale, y que lo viste porque se les ha vendido como un logo de moda. Fashionable.

La conversación se interrumpe cada vez que alguien cruza la frontera, pues el hecho de estar charlando conmigo no la aleja de sus obligaciones. Recibe cordialmente a todos los viajeros y los acompaña a cualquiera que sea el vehículo o la oficina a la que deben llegar. Sea o no de su epresa. Le pregunto si hay plaza en alguno, y me dice que no, que solo quedan coches privados ahora, pero que si quiero intentar hablar con algún turista y acoplarme a su destino igual tengo suerte. Paso. En un momento en el que ella se sienta en la mesa de al lado y yo me pongo a leer, veo como uno de los conductores de autobús se sienta a su lado. Ella le habla cordialmente, como habla con todo el mundo, y veo que él se le acerca mucho. Le da golpes, en plan broma, en el lado de la pierna, mientras veo como se toca la polla por encima del pantalón de chándal roñoso. Ella le grita, y luego me mira y me dice que le está diciendo que es muy feo, lo cual es una realidad objetiva, pero aún así el chico no se rinde y sigue dándole cachetes en el muslo mientras le dice algo que no comprendo. El chico me mira, parece buscar complicidad, sin embargo a mi me despierta desprecio, en el mejor de los casos. Se levanta y se larga. No sé si se habrá sentido incómodo bajo mi mirada, o más probable, está ya lo suficiente cachondo como para ir a pelársela. Kun vuelve a sentarse a mi lado y me dice que al chico ese se nota que ella le gusta mucho, pero que él está casado, y por lo tanto está mal lo que hace. Le digo que aunque esté casado tampoco está actuando muy educadamente con ella, y me dice que son cosas de chicos. Que los chicos en su país son así. “Violadores potenciales”, pienso para mí, y se me ocurren mil cosas que decirle sobre el respeto que se merece y como no debería tolerar que la toquen así, pero entiendo su educación. Lo he visto muchas veces, las chicas son educadas para ser siempre amables y sonreír ante cualquier situación, igual que en la España de los 60. Seguramente si montara un escándalo a causa del acoso, la culparían a ella y perdería su trabajo. Así que no sé que contestarle a ello, por lo que solo se me ocurre decirle que se merece más respeto, y que lo que hace el hombre está mal esté casado o no. Solo me contesta un “maybe”. Quizás.

Cae la noche, es la hora de pago. Kun recibe unos billetes de la mano de su jefe y tras contarlos, se borra su sonrisa por primera vez en todo el día. “Dos dólares” me dice, “todo el día aquí metida y me pagan dos dólares”. Le pregunto si sus jefes son un poco tacaños, recupera su sonrisa para mirarme y me dice que nos veremos por la mañana del día siguiente. Agradecido, le doy las buenas noches.


Paso el resto de la noche leyendo y ceno un plato de arroz frito con verduras. Me meto en mi habitación cuando veo que los propietarios de la casa están preparando las camas en el lugar que es el restaurante, o la oficina, o básicamente todo el uso que le puedan dar a cuatro paredes. Cuando estoy en la cama veo que en un lado de la habitación tienen un montón de herramientas y ropas viejas acumuladas. Realmente esto es el maldito trastero de la casa. Pero bueno, no es grave, puedo dormir perfectamente sobre una tabla de madera rodeado por trastos viejos. Cierro los ojos, el sueño me invade, y entonces lo escucho. El roer y correr por entre los trastos. Hay ratas. Me levanto, las busco, no las veo. Supongo que la luz las hace estar mas alerta, sus sonidos se hacen menos frecuentes, así que decido volver a la cama con la luz encendida, cierro los ojos, y pienso para mi mismo. “ Joder, que cabrones. Me cobran seis dólares por un trastero lleno de ratas y a Kun le pagan dos míseros dólares por todo un día de trabajo”. Me duermo.

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miércoles, 29 de marzo de 2017

BICICLETARIO: LUANG PRABANG

Ya ha pasado la ceremonia de las almas en Luang Prabang, es decir, ya es de día y los negocios abren. Me despierto y me marco un buen desayuno continental. Tengo la intención de que la primera comida del día me dure lo suficiente en el estómago como para dar una buena vuelta en bici. Leí por Internet sobre una ruta a lo largo del río Khan, subiendo por su lado este y bajando por su lado oeste. Así, tras la espera en el lugar de alquiler de bicis, empiezo mi ruta. Luang Prabang va desapareciendo del paisaje conforme avanzo. Los edificios son gradualmente sustituidos por campo y naturaleza. El objetivo es Ban Picknoy, un pueblo donde parece ser que es fácil cruzar el río con la ayuda de los pescadores y sus barcas.

Hago una primera parada en la tumba de un señor francés, que por algún motivo se decidió que descansara para toda la eternidad en medio del bosque, entre nada y ningún sitio. Un tal Henri Mohot, explorador de la época colonial. Para llegar a ella se ha construido un corto pero bonito paseo cruzando un pequeño puente de madera y subiendo unas escaleras formadas a base de moldear el propio terreno de la colina. Al lado de su tumba le han levantado una estatua, de manera que está siempre allí esculpido al lado de la tumba donde descansan sus restos.
Continuo el camino que acaba al lado del río, donde puedo ver a varias recolectoras de algas. Ese alimento conocido como Mekongweed que frito está tan bueno. Me miran y comentan entre ellas algo que incluye la palabra “farang”. Que significa extranjero no asiático. Las saludo y parece que se avergüenzan un poco al ver que me he dado cuenta de que hablaban de mi. Siguiendo en dirección a mi bici por la orilla del río, llego a una pequeña tiendecilla donde compro algo para picar. Me lo como mientras observo como, un poco más allá, unos cuantos laoenses montan una carpa donde celebrarán San Valentín esta noche.

Image Vuelvo a la carrera. Decido ir hasta Ban Picknoy sin volver a parar. El pueblo donde pretendo cruzar el río antes de iniciar mi camino de regreso. El camino se hace un poco más duro, pero factible, a pesar de sus subidas y bajadas. Llego al pueblo bastante cansado, así que decido aparcar la bici y dar una vuelta caminando. Me paseo por el templo del pueblo y escucho como los locales comentan acerca del “farang” que ha aparecido en el pueblo. Me adentro entre las casas y veo perros, niños y adultos sorprendidos al verme. Los más extrovertidos se atreven a saludarme y dibujan una sonrisa tímida cuando les devuelvo el saludo. Parece ser que el principal motor de la economía del pueblo son las algas del río, puesto que en el patio de cada casa se encuentran cientos de ojas de algas extendidas al sol, secándose, con rodajas de tomate y ajo sobre ellas para darles sabor. Callejeando por el pueblo, si es que a esos polvorientos espacios entre las casas se les pueden llamar calles, acabo de nuevo en la orilla del rio. Allí me encuentro a dos chicas en cuclillas amasando las algas que han recogido del río para convertirlas en una masa homogénea. Cuando me ven les entra una risilla tímida. Les cuesta mantener la mirada conmigo. Le pregunto a una de ellas si le puedo echar una foto, y asiente, pero cuando levanto la cámara, oculta su rostro tras su enorme sombrero. Veo que a su lado descansa una barca y le pregunto si me puede llevar al otro lado del río. Toda la comunicación es a través del lenguaje corporal, porque ni yo entiendo una palabra de laoense ni ella una palabra de inglés. Me dice que no, y me señala un poco más abajo del río donde veo una carpa en la que unos chicos están preparando la celebración de San Valentín.

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De camino me cruzo con un hombre si dientes y el logo de SevenUp tatuado en el brazo. Sube corriendo hacia el pueblo y cuando me ve deja al descubierto el agujero negro debajo de su nariz a modo de sonrisa y me saluda efusivamente. Se nota a la legua que va intoxicado por alcohol, o algo peor. Llego a la carpa y de los cuatro chicos que hay allí, uno habla inglés y me dice que el barquero ha ido un momento al pueblo, pero que volverá enseguida. Temo que sea el chico sin dientes. Me pregunta de dónde soy y cuando le contesto me responde que le gusta el fútbol español. “Barcelona, Madrid”. Le sigo un poco el rollo y le digo que si, que tenemos buen fútbol y que soy del Barça, y el es del Madrid. Pero eso no despierta rivalidad en ellos, pues me dice que el Barcelona es su segundo equipo de fútbol favorito. Luego me pregunta que si fumo, que me puede conseguir marihuana y opio. Declino su oferta amablemente y tras unos minutos de conversación superflua, aparece el barquero. El hombre sin dientes al que casi parece que le cuesta mantenerse en pie. El chico que ha hablado conmigo me dice que va borracho, pero que no me preocupe, y cruzamos el río los tres. En medio del río me siento totalmente indefenso y vulnerable. Pienso que he decidido confiar en unos desconocidos que podrían hacerme lo que quisieran impunemente, pues sería muy difícil hallarme si algo me pasara aquí, cuando creo que nadie sabe donde estoy. Luego pienso que he visto demasiadas películas y que son dos chavales contentos de haberme encontrado pues se podrán comprar un par de cervezas más para la celebración de esta noche. Me ayudan a subir la bici por la ladera del río hasta el plano del pueblo. Me despido de mis amigos circunstanciales e inicio el descenso.

Por lógica, debería ser más fácil bajar a lo largo del río que subirlo. Por lógica. Pero no es así. El terreno es una montaña rusa de subidas y bajadas y el asfalto no existe a este lado del rio. Mi bicicleta, de carretera, me ofrece más resistencia en este terreno. De vez en cuando me adelanta un camión y entonces como polvo. Mucho polvo. Lleno mis pulmones de la tierra roja de la cual se compone el camino. Además se me pega a todo el cuerpo por el sudor. La piel se me está poniendo muy roja del sol y entiendo que bajar va a ser lo más duro del recorrido. El cansancio me empieza a apretar, y el hambre también. Entonces veo un resort. Lo había visto anunciado en el pueblo, es uno de esos sitios en los que hacen negocios con los elefantes al que no me gustaría darles dinero. Pero mi supervivencia ahora es una prioridad así que me detengo con la esperanza de poder comer unos buenos fideos y descansar un poco para reponer fuerzas. Me siento y el recepcionista me pregunta que de dónde vengo. Cuando le digo la ruta que estoy haciendo se ríe de mi, y me dice que es mucho. Imagino que suele ver a gente más preparada haciendo dicha ruta. Entonces le pido de comer, pero mala suerte. La cocina está cerrada. Aún así, veo que tienen chocolatinas y recuerdo la energía que me daba de pequeño el snickers, esa con cacahuetes en su interior. Así que cojo un snickers, y de la nevera una beerlao y un agua. Aunque no están frías puesto que durante el día apagan la nevera para ahorrar energía. Y allí estoy, comiéndome un snickers con todo su aceite de palma en un resort que explota a animales salvajes como negocio. El hambre no entiende de principios.


Me largo de allí y sigo mi trayectoria. Muerdo el polvo levantado por los camiones y la montaña rusa sigue siendo igual de irregular. En varias ocasiones incluso tengo que bajar de la bici porque al subida se me hace demasiado empinada para vencerla pedaleando. Llevo ocho horas de trayecto de las seis que me prometía el blog de Internet, pero finalmente diviso el aeropuerto de Luang Prabang, señal de que llego a la ciudad sano y salvo con una experiencia inolvidable a cuestas.

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domingo, 29 de marzo de 2015

SEN

Voy a hablaros de Sen. Una niña de doce años, huérfana, que vive en el orfanato “Sok”, en Siem Reap. Una niña que me sorprendió desde el primer día. Con perfecto inglés me preguntó mi nombre y de dónde soy. Al decirle que era de España, me dijo un par de frases en español, las típicas “¿como estás?” “me llamo Sen”. Después de comer arroz con piña y cebolla, el menú que nos ofrecían en el orfanato, me hizo sentarme en la mesa y apareció con un cuaderno en el que ya tenía algunas frases apuntadas en español, y empezó a preguntarme como se dicen en español cosas como animales, números, frases de uso cotidiano, etc… Cada nueva palabra aprendida era apuntada en inglés, español, y luego con la correcta pronunciación en el alfabeto de la lengua Khmer. Después la leía para asegurarse de que la pronunciación era correcta. La niña aprovechaba todos los voluntarios de diferentes nacionalidades, cada vez que aparecía un voluntario de un país concreto, le preguntaba cosas en su propio idioma, y así aprendía. Me sorprendió mucho cuando me dijo que sabía 7 idiomas. Por supuesto no los sabía a la perfección, pero había adquirido, a sus doce años, conocimientos de chino, japonés, español, italiano y francés. Tenía un nivel de inglés bastante alto, además de, por supuesto, hablar su lengua. Esos son sus conocimientos adquiridos fuera de la escuela oficial, a la que puede acudir gracias a la organización de Mr Sok, el hombre que abrió el orfanato tras haber crecido como huérfano en la localidad. Sen, además de aprender, a sus doce años ya ejerce como profesora de inglés de los niños más pequeños del orfanato. Puesto que en el colegio en Camboya el inglés es una asignatura secundaria que se imparte pocas horas, y en la localidad de Siem Reap la economía se basa prácticamente en el turismo, el que adquiera extra conocimiento de inglés tiene muchas más oportunidades de ganarse la vida. Por lo tanto, a su tierna edad, no creo que sea consciente de la oportunidad que está brindando a unos niños cuyo aprendizaje sería muy difícil de lograr, dados sus escasos medios, si no fuera por la dedicación que Sen dedica a enseñarles.


 Me acuerdo de mí a los doce años. Me debatía entre la Playstation y los GiJoe. Aunque a veces dibujaba, no quería ni oír hablar del colegio, y detestaba estudiar. Los deberes me parecían un castigo e iba a la escuela porque era una obligación. Un castigo. Tampoco quiero caer en la reflexión tópica de que qué malcriados somos en Europa porque lo tenemos todo y sin embargo cuánto aprecian la educación los que tienen difícil acceso a ella. Que sí, seguro es parte de la culpa, también pienso en cómo un sistema consigue hacer que aborrezcamos algo que en principio debería ser emocionante como es la adquisición de conocimiento. Tal vez demasiada presión sobre los niños para que saquen buenas notas, tal un exceso de horas cuando la atención de un niño es limitada, tal vez el hecho de que falten elecciones personalizadas para la diversidad característica de la mayoría de clases en las escuelas de hoy día, también ayuden a aniquilar la motivación de aprendizaje. Así, los niños con difícil acceso a la educación, cuando la tienen la aprovechan al máximo y exprimen las horas todo lo que pueden, sin embargo los que poseemos una educación obligatoria nos pasamos una media de 6 horas diarias en el colegio más actividades extra escolares, deseando que acabe ese tiempo para podernos ir a jugar. Tal vez deberíamos dejar que cada niño evolucione un poco más naturalmente y que dedique más o menos horas al estudio dependiendo de su capacidad de concentración para que el estudio no sea percibido por los niños como una imposición de los adultos contra la cual rebelarse. Tal vez no.
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miércoles, 1 de enero de 2014

UN DÍA DE ROL

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A veces, la vida, es como un videojuego de rol, o una aventura gráfica. Te sitúas en un escenario desconocido en el que tienes que realizar unos movimientos determinados que sabes que te llevarán a la siguiente fase. Que también puede ser un nuevo escenario desconocido. O también puedes volver atrás, a lo que ya conoces, y adquirir experiencia muy lentamente.  La fase en la que me sitúo ahora es el aeropuerto de Praga. Debería ser una de esas fases cortas y fáciles. Transitorias. Mi objetivo es la siguiente fase principal: Tokio. Pero hoy hay una dificultad añadida. La espesa niebla ha impedido que aterrice el avión que tenía que llevarme a Moscú, donde estaba prevista la escala. Una cosa que me parece extraña de este aeropuerto es que hay un control de seguridad antes de cada una de las puertas de embarque. Después del control de seguridad no hay nada. Solo los bancos donde esperar. No hay tiendas, ni bares ni lugar donde darse un paseo. Pasamos el control de seguridad, pero parece que algo falla. Ya es casi la hora de embarcar y todavía nadie nos abre la puerta ni parece dispuesto a atendernos. Me fijo en una chica joven muy guapa que escucha música en sus auriculares.  No tengo nada mejor que hacer en aquella sala de mala muerte. Tras esperar un buen rato nos dicen que salgamos por donde hemos entrado que se retrasa el vuelo. A través del arco de seguridad. Nunca antes había cruzado un arco de seguridad de un aeropuerto en dos direcciones. ¡Quién me hubiera dicho en ese momento que iban a ser cuatro! Le explico al empleado del aeropuerto que tengo que pillar un vuelo a Tokio en Moscú, y que solo hay un par de horas entre los dos vuelos, por lo que lo voy a perder, que si tengo que hacer algo. Me dice que esté tranquilo, que lo primero es llegar a Moscú, y allí me dirija a los “transfer desks” que me lo solucionarán. No me da más información. Resignado, salgo de la diminuta sala de espera, y a fuera no me queda otra que esperar. Acudo a la ventanilla de información, me dice que no se sabe nada del vuelo a Moscú todavía. Al lado hay unas ventanillas que pone “transfer”, pero  el empleado del aeropuerto me había dicho claramente que tengo que acudir a las “transfer” una vez en Moscú. Aquellas que veo al lado de la de información deben de ser para la gente que tuviera escala en Praga y pierda el vuelo. Es lo que pienso en ese momento. La mujer de Información no me ayuda en absoluto. Le pregunto una y otra vez, cada diez o quince minutos aproximadamente. Le explico toda la historia, que tengo que coger un vuelo a Tokio en Moscú, que lo voy a perder, que cuando habrá noticias, pero solo dice una y otra vez “todavía no hay noticias  acerca del vuelo a Moscú”.  Como uno de esos personajes de relleno de las ciudades de los juegos de rol, a los que te acercas a hablarles y no hacen más que repetirte una y otra vez la misma frase, normalmente una frase totalmente inútil o con información reiterada.  Es un ser humano, pero en su lugar podrían haber puesto una figura de acción de He-man de esas con un botoncito que al apretarlo dice “por el poder de Grayskull”. El resultado hubiera sido el mismo, y mucho más barato.
  De repente me siento totalmente atascado. Es uno de esos tediosos niveles en los que tienes un espacio de movilidad muy reducido y no sabes dónde tienes que apretar el botón o hacer click.
  Al cabo de unas horas veo algo cambiar en la pantalla, y un rayo de esperanza me ilumina. El vuelo a Moscú, que tenía el campo de partida vacío, ahora marca las 18:30. Son las 12:15, “solo” tengo que esperar seis horas y cuarto. Luego, una vez en Moscú, ya me aclararán como llegar a Tokio. Me lo ha dicho claramente el empleado del aeropuerto. Me lo tomo lo mejor que sé. Me siento al lado de un enchufe, en el suelo, porque no hay asientos al lado delos enchufes, y me pongo a jugar con el móvil. Así consigo que se me pase más o menos rápida una hora, pero los juegos ya me aburren y todavía faltan más de cinco para el vuelo. Compro algo para picar, pero tampoco me excedo, la comida en el aeropuerto es cara y no me quedan muchas coronas checas. Camino de un extremo a otro de la sala. Una vez, otra vez, y otra, y otras cuantas también. La mochila, mi equipaje de mano, pesa bastante y mi espalda se resiente. Decido sentarme en los sillones que hay para masajes que funcionan con una moneda. Aunque lo que recibo dista mucho de un buen masaje, me levanto descansado y camino hasta el extremo opuesto a mi puerta de embarque. Allí veo una tienda cuya entrada te invita a comprar cerveza a un precio aceptable, para ser un aeropuerto. Vuelvo al lado de mi puerta de embarque y me siento de nuevo en el suelo, junto a un enchufe. Me quito los zapatos y bebo la cerveza mientras se carga el móvil. Me lo tomo lo mejor que sé. Podría ser confundido perfectamente con un mendigo.
ImageImage  Pasan horas, posiblemente las más aburridas que he pasado en mucho tiempo. No recuerdo haber pasado tanto aburrimiento desde niño, tal vez. Pero bueno, finalmente llega la hora, vuelven a abrir el control de seguridad para entrar en la diminuta sala de espera donde se encuentra la puerta de embarque. Pasado el control, en la sala de espera, decido quedarme el último de la fila para entrar en el avión. Estoy emocionado contándoles a mis amigos por el móvil que por fin voy a coger el avión. Que por fin acaba mi suplicio y voy a pasar a la siguiente fase. Nada más alejado de la realidad. Cuando llega mi turno, el empleado, que ya no es el mismo de la vez anterior, supongo que ése debe haber acabado ya su turno, me dice que no puedo coger el avión. Que tendría que haber ido a “transfer desk” desde un primer momento para coger no sé qué otro vuelo, para enganchar en otro lugar con otro vuelo a Tokio. Llaman a la compañía para ver si me lo pueden solucionar, mientras yo, por un momento, pierdo la calma. Tras el largo día perdido en el aeropuerto siento como si me arrebatasen una parte de mí cuando me impiden pillar el vuelo. Deseo saltar sobre el mostrador y arrancarles las cabezas a los empleados, irracionalmente, solo quiero subir a ese avión por el que he estado esperando todo el puto día, aun cuando me dicen que no puedo pillar ningún vuelo a Tokio en Moscú hasta el día siguiente, pues solo hay uno al día. Es uno de esos momentos en los que desearía que la vida fuera un poco más parecida el GTA, y no a los juegos de rol, en los que deseo sacar una recortada de mi bolsillo izquierdo y liarme a tiros hasta llegar a la cabina del avión que, por supuesto, sé pilotar, y conducir yo mismo hasta Tokio el vehículo sin pensar en las consecuencias. Las lágrimas de la desesperación por un momento parece que van a brotar de mis ojos. Pero finalmente me calmo y les escucho. Tampoco me pueden dar mucha información, me dicen que vaya al mostrador de Aeroflot, la compañía con la que compré el vuelo, y que allí me indicarán que hacer.

  Así lo hago, vuelvo a la entrada del aeropuerto, y me dirijo al empleado de Aeroflot, al que le hago todas las preguntas disponibles en el archivo de mi memoria. Me soluciona lo del billete, y me lo cambia para el día siguiente Aunque no me pone menú vegetariano
porque hay que solicitarlo con treinta y seis horas de antelación y no me avisa. Menos mal que siempre viajo con un paquete de cacahuetes en mi inventario. Tengo que recuperar mi equipaje. Me dice que acuda a reclamación de equipajes y voy. Llego a la puerta, nuevo acertijo. Hay un telefonillo con una lista con números y no sé muy bien cual apretar. La lista no es muy clara, y tampoco estoy seguro de si estoy en la terminal uno o dos del aeropuerto. Finalmente me decido por llamar a un número, pero no obtengo respuesta. Como mi paciencia no está al cien por cien ahora mismo, no dudo ni un momento en marcar cualquier otro número. Me lo pillan de la otra terminal y me dice que tengo que llamar al primer número que llamé. Sigo insistiendo hasta que alguien contesta. Me dicen que espere. Al rato me abren la puerta y me dejan pasar tras pedirme que les muestre mi tarjeta de embarque no utilizada. Estoy en las cintas correderas por las que sale el equipaje cuando llegas. Nunca había estado en una sala de estas sin haber pillado previamente un avión. Todo nuevas y “emocionantes” experiencias hoy. Una vez dentro me vuelven a dejar solo sin darme indicaciones de hacia dónde tengo que ir. Acudo al único mostrador en el que veo a alguien, y me dicen que allí no es, que es el mostrador de al lado, donde no hay nadie. Me dicen que espere. No tengo más remedio. Espero. A cualquier persona que pasa por allí con pintas de trabajar en el aeropuerto le pregunto si saben algo sobre quien debería estar en ese mostrador. Pero no obtengo pistas. Más personajes de relleno, de bulto, en el escenario. Tras un rato aparece alguien en el mostrador. Le explico mi situación y llama por teléfono. Me dice que mi equipaje saldrá por la cinta número 12. Que espere. Espero. Espero. La mujer del mostrador desaparece y vuelvo a sentirme abandonado, sin nadie a quien preguntar, esperando a que salga mi equipaje. Pero pasa casi una hora y no sale nada de la cinta doce, ni de ninguna otra. La mujer vuelve a aparecer, le digo que no ha aparecido mi equipaje por la cinta, y vuelve a llamar, me vuelve a decir que espere en la cinta doce, que ya lo subirán. Finalmente aparece. Mi equipaje y otros cuantos más de los que tendrían que haber ido a Moscú,  que me demuestran, por suerte, que no he sido el único tonto en perder el vuelo. Ya saben lo que dicen que es consuelo de tontos. Por fin, con mi equipaje vuelvo a casa de mi amiga Klara, que me acoge con amabilidad, y se sorprende de mi historia. Me voy a dormir, melodía de buenas noches, sonidito de restauración de PH y PM y al día siguiente a intentar la misma fase con la energía a tope. Aunque con la experiencia adquirida seguro que la supero con facilidad y menos frustrantemente, pues hago amistad con la chica checa de los auriculares, a quién le sucedió lo mismo que a mí.
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lunes, 25 de noviembre de 2013

UNA NIT DE JACK & DANIELS

  El següent és, potser, el episodi de la meva vida del que més m’hauria d’avergonyir. Potser a la majoria de gent els sembli una bogeria. Potser, a moments, a mi també m’ho sembla. Però, en el moment dels fets, tot semblava molt lògic. Potser la causa de tot va ser el conjunt de perfils psicològics, bastant peculiars, que ens vam reunir. Potser un fanatisme comú per Fight club. Potser els Jack & Daniels. Potser tot plegat. No ho sé. També vull advertir de que no puc garantir l’exactitud del transcórrer dels fets. A la meva ment habiten seqüencies inconnexes sobre tot el que va passar aquella nit.
  Crec recordar que tot va començar a Ca’n Eusebio, al paral·lel de la ciutat de Barcelona. Allí havia quedat amb els meus amics, els hi direm en Mikailov i en Llorenç ja que volen mantindre l’anonimat. Haviem quedat  per sopar i, per suposat, fer unes quantes cerveses per un Euro. Una estratègia de màrqueting que des d’allí es va estendre per tota la ciutat comtal. El trobar cerveses per un Euro als bars és, possiblement, l’única cosa bona que ens ha portat el malèfic pla dels que escriuen les regles del capitalisme que anomenen crisi. Recordo també, que mentre érem allà, a la terrassa del bar, va aparèixer la Rebeca. La meva ex professora de comunicació audiovisual a qui li vaig mostrar orgullós la meva càmera comprada un de dies abans a Madrid. Una càmera que em va costar uns mil dos-cents Euros. Normalment no m’agrada portar coses de valor quan surto, de fet mai he gastat diners en un telèfon mòbil per la propensió que tinc a perdre`ls o trencar-los de manera estúpida. Però aquell dia venia de casa d’un grup de gent amb qui vaig col.laborar en el rodatge d’una websèrie.
  Després de sopar, els tres ens vam endinsar en les profunditats del Raval, fins a un bar de la Rambla que fa cantonada. Allí vam començar a beure Jack & Daniels “on the rocks” mentre xerràvem de les nostres coses. Òbviament no recordo la conversa. Ja han passat uns quants anys des de llavors. Suposo que parlaríem d’algun dels desamors de les nostres col·leccions, o potser de lo fotut que estava ja per llavors aquest putu, amb perdó, país. Potser de les nostres frustracions, que no eren poques. Curiosament, tots tres, teníem o havíem tingut inquietuds literàries, si es que es pot dir així. Allà, en aquell bar del final de la Rambla del Raval, vam estar fent Jack & Daniels amb gel fins que van tancar i vam haver de sortir. Després vam començar a ravaletjar, com diuen. A caminar sense destí pel barri bevent cerveses que ens venien els “pakis” pel carrer. Aquelles persones procedents del Nepal, o l’India, si, el Pakistan també, però que son anomenats genèricament i amb carinyo, els pakis. Els autèntics superherois nocturns. Quan ja t’han xapat els bars i no pots, o no vols, permetre’t les consumicions de les discoteques de preus desorbitats, allà estan els “pakis” amb les seves cerveses amb olor a clavegueram per un Euro.
  Mentre passejàvem i bevíem, no sé perquè, en Llorenç va començar a repetir un cop i un altre que ens podria pegar una pallissa. “Vos podria guanyar a tots dos”, “vos pegaria una pallissa”... En principi l’ignoràvem. Vacil·lades d’un borratxo, vaig pensar jo. Però el fet de que no parés de repetir-ho, en un moment donat, va acabar amb la meva paciència.  “Aguanta això” li vaig dir al Mikailov donant-li la càmera, però amb la meva atenció concentrada amb el Llorenç. I quan vaig tenir les mans buides el vaig atacar.   
  Vam forcejar un poc, ens vaig tirar a tots dos a terra i el vaig neutralitzar, no amb facilitat, però si sense massa violència. No es pot dir el mateix de la seva actitud, doncs, de la mossegada que em va pegar al polze de la mà en la que li aguantava el cap contra el terra, vaig veure les estrelles. Va ser realment dolorós. Em vaig aixecar pensant que allò acabaria amb les ganes de brega del meu amic, però mes aviat al contrari, es va aixecar i em va atacar per l’esquena. En Mikailov, que fins a aquell moment s’havia mantingut al marge, va intervenir. Com em va contar després, li va fer molta ràbia que el Llorenç m’ataqués a traïció i va haver d’actuar. En pocs segons ens vam trobar tots tres engrescats en una baralla amistosa, però immediatament me’n vaig separar en veure una cosa. La meva càmera de 1200 euros, dins la seva bossa, tirada pel terra abandonada a la seva sort. Com si fos una llosca depreciada. Un moment de sobrietat em va inundar de cop i vaig anar corrent a recuperar el meu apreciat objecte i me la vaig enganxar al cinturó per assegurar-me de que allò no tornava a passar. Vaig tornar a dirigir la meva atenció als meus amics que encara forcejaven pel terra, i un individu se`ls va apropar.
-          ¿Pero què hacéis, chacho? -  va dir amb un marcat accent gitano mentre es disposava a separar-los.
-          Tranquilo, no pasa nada, somos amigos – va dir en Mikailov mentre s’aixecava
-          Si, no passa nada – Afegí en Llorenç
-          Pues dejad de hacer eso, que viene la poli y os lleva presos – advertí el gitano amb tota la seva bona intenció.
  Després d’això tinc una llacuna mental, que no sé com emplenar, ni tant sols usant la imaginació. Calculo que en Llorenç va continuar amb la seva cançoneta que deia que ens pegaria una pallissa, fins i tot a tots dos alhora, o alguna cosa per l’estil. Va ser la banda sonora provinent de la seva boca durant tota la nit. El cas es què, en la següent imatge que em ve al cap, estem tots tres engrescats en una nova baralla. En Mikailov i en Llorenç pel terra, donant-se cops de puny, o alguna cosa així, i jo posant-li un peu a la cara a en Llorenç, apretant-li contra el terra un poc, però no massa. Pot semblar una situació injusta per al nostre amic, que a més es el més menut, però vos asseguro que al menys en Mikailov i jo teníem compte a fer poc mal. Ens barallàvem però amb compte de provocar-nos repercussions. En Llorenç no. En Llorenç tenia una actitud exageradament violenta. Semblava que realment creies que estava barallant-se amb els seus enemics. En aquell moment, com havia profetitzat el gitano, va aparèixer un cotxe de la guàrdia urbana i va parar al nostre costat.
-          Què passa aquí?! – ens digueren des del cotxe, no sigui que es cansessin al baixar
-          No passa res, som amics – diguérem nosaltres.
-          Si, som amics -  afegí en Llorenç mentre s’aixecava del terra.
  Quan se’l miraren a ell, que semblava clarament el mes perjudicat en la baralla, i dic semblava perquè al dia següent es va demostrar que no va esser així, es van tranquil·litzar.
-          Pues deixeu de fer això – digueren, i van marxar.
  En aquell moment, en Llorenç es va adonar de que li faltava la cartera. I els tres vam recordar, molt convençuts, com un paio se’ns havia apropat molt feia un moment, mentre barallàvem, i l’havíem vist girar la cantonada. Fins a aquell moment no li havíem donat importància però, com per art d’una revelació de Sant Jack Daniels, vam estar segurs de que era ell el que ens havia agafat la cartera. Vam anar a la seva recerca. Ens vam ficar per un carrer on mai havíem anat i vam trobar al paio. Allà assegut a una plaça, rodejat del seu gueto. Tots tres, decidits, vam anar a reclamar-li la cartera d’en Llorenç. Semblàvem una parodia dels Dalton, però sense el tercer membre, col·locats amb ordre de estatura, amb cares serioses i reclamant el que ens havien robat. Si haguéssim anat sobris, mai hauríem fet allò, possiblement ni tant sols hauríem entrat en la plaça. Hauríem perdut la cartera, i punt. Tenia la pinta de ser un lloc mes aviat perillós. I si em pregunteu ara, no vos sabria dir on es troba la plaça. Al que li reclamarem la cartera i els seus amics es miraren entre ells i després ens contestà.
-          ¿Cartera? ¿Qué cartera?
-          Tu, te hemos visto, nos has robado la cartera – digué un de nosaltres
-          Yo no, vosotros peleando, habéis perdido – ens contestà
-          No, perdido no, alguien la ha pillado – afegirem – de lo contrario la habríamos encontrado, y tu eres el único que se ha acercado a nosotros en toda la noche así que devuélvenos la cartera.
Sense el poder de Jack & Daniels mai hauríem estat tant valents, o inconscients, el cas es que, potser perquè després de veure com ens barallàvem entre nosaltres sent amics, va pensar que estàvem perillosament penjats o potser perquè, simplement, es volia estalviar problemes, al que li reclamàvem la cartera, finalment, va cedir.
-          Seguro que habéis perdido, - digué – esperaros aquí y yo voy a buscar.
  Va marxar, i va girar la cantonada oposada de la que veníem. De seguida va tornar amb la cartera d’en Llorenç a la ma.
-          Ves, aquí està tu cartera. Tu me has llamado ladrón, y yo te he ayudado. Ahora dame dinero.
-          No tengo – digué en Llorenç, qui ja s’havia quedat amb la cartera buida abans de perdre-la.
-          Allí hay un cajero, me has llamado ladrón, dame dinero.
  En Llorenç, que sembla ser que no se’n havia donat compte de la jugada del carterista, va accedir, tirant pel terra tota la nostra valenta actuació de pel·lícula barata. Es va apropar al caixer i li va donar diners al que prèviament li havia robat. 5 Euros ens digué, però els caixers no tenen bitllets de cinc. Potser n’hi va donar vint i el seu orgull li impedia admetre-ho. Potser realment encara li quedaven cinc Euros per allí, i se’n adonà en aquell moment. No ho sabem, ni ho sabrem mai. Ell per suposat, no ho recorda.
Image  No sé en quin moment va passar, però tinc guardat un vídeo d’aquell dia, gravat amb la meva càmera, en el que surt en Llorenç admetent que tant jo com en Mikailov el vam guanyar, i tot seguit fa uns crits un poc bojos. Tot i així, recordo que aquell dia vam marxar cap a casa quan ja es feia de dia, deixant en Llorenç sol. En Mikailov i jo, que començàvem a agafar consciència de tot que havia passat aquella nit, ens vam cansar de escoltar la seva cançoneta, que encara després de tot, no parava. Seguia reptant-nos a un combat, i dient que ens guanyaria. Com si desitgéssim que  s’acabés d’una vegada aquella nit, vam agafar el metro i vam suggerir a es nostre amic que fes el mateix. Però semblava que no volia. Ens va quedar un punt de preocupació per ell, però estàvem molt cansats i cap de nosaltres estava tampoc en condicions de tenir cura de ningú altre. Vam anar cadascú a ca seva i jo vaig caure rodó a sobre del llit.

  Al dia següent, despertant passada l’hora de dinar, vaig trucar tant a en Llorenç com a en Mikailov. Al agafar el telèfon vaig veure la meva ungla negre, que posteriorment vaig perdre. En Mikailov es va apropar al hospital i li van posar venes al braç perquè de poc no se’l fractura, o no li fracturen. Jo, a més de l’ungla, sentia dolor per tot el cos. En Llorenç, en canvi, va dir que no recordava res, però que es sentia millor que mai. 

viernes, 6 de julio de 2012

MIEDO Y ASCO EN IBIZA



Image  Pues esto es lo que sentimos mayoritariamente los que somos de por aquí. Aunque supongo que es un sentimiento expandido por todo el territorio de este decadente país llamado España. Los que buscamos trabajo, o tenemos trabajo, sentimos asco. Asco por la precariedad laboral, cuyo aumento se nota como empalmarse con el chándal. Una precariedad cada vez mayor alimentada por el miedo. El miedo de los altos empresarios hoteleros a ganar menos, no sea que no ganen lo suficiente como para invertir en hoteles que les salgan mas rentables al otro lado del atlántico. Esas personas cuya ambición monetaria les ha desplazado su afinidad hacia otros seres humanos a lo más recóndito de su alma, el bienestar, la felicidad, los intereses, en definitiva, la persona, no importa. Acepta el trabajo, anula totalmente tu existencia individual y pasa a formar parte de mi engranaje crea dinero. Y sin rechistar, que hay cientos detrás de ti esperando encontrar un curro. Ya he mandado a la mierda, de manera siempre educada, pero a la mierda al fin y al cabo, a un par de estos negreros, explotadores, esclavistas a quienes solo les falta el látigo. Me los imagino lanzándose a su piscina de billetes y monedas cual tío Gilito, y atragantándose con una de ellas hasta quedar sin respiración y acabar su vida de una manera lenta, agónica y dolorosa. Y una sonrisa se dibuja en mi boca. Es lo que se merecen. Se lo merecen por importarles una mierda la vida de los demás, por mirar antes su bolsillo que el bienestar general de la sociedad. Porque con la excusa de la crisis, en lugar de contratar a dos personas, aun haciéndoles hacer menos horas y pagándoles un poco menos, le piden a una que haga el trabajo de 3, y le pagan como media. Y tienes que dar gracias porque tienes trabajo. Y la ley parece no existir en este salvaje oeste de empresas dispuestas a sacrificarlo todo por el dinero. Pues hasta lo que yo sé muchas, pero muchas de las prácticas laborales que se llevan a cabo por estos lares sodomizan a la ley de manera brutal y salvaje, aunque la ley parezca estar acostumbrándose a ello, oponiendo cada vez menos resistencia. Esto es la crisis, además de una excusa perfecta para que el gobierno nos recorte derechos con total impunidad, también es la excusa perfecta de los empresarios para exprimir hasta la última gota de sangre de sus empleados sacando un beneficio extra para sus bolsillos. Pues por mas que haya crisis, hay terrazas de hoteles que no engañan, que están llenas como cada Julio, y sin embargo la precariedad laboral ha aumentado con creces. No sé donde vamos a llegar, y me entristece mucho ver como las luchas de nuestros antepasados por conseguir unas condiciones laborales medio aceptables se ven ninguneadas y pisoteadas dejando a los empresarios de almas podridas actuar a su libre albedrío. Si seguimos dejando que esto ocurra, vamos a acabar muy jodidos, mas aún.    

miércoles, 14 de marzo de 2012

Rajchasak


Cuando cae la tarde en Bangkok, Rajchasak ya se encuentra en el concurrido puente pidiendo limosna. Es fácil ver al resto de ciudadanos tailandeses, ya estén de compras en los centros comerciales de la zona, o de camino al trabajo, soltarle unas monedas en el vaso. Parece ser una sociedad bastante más generosa con los desfavorecidos que la nuestra. Tal vez sea por la vieja creencia en el budismo de que el acto de pedir es digno, incluso noble.
  Aún así, Rajchasak a veces necesita llamar un poco la atención. Cuando pasa un rato sin que nadie le suelte una moneda, arrodillado, agacha su cuerpo y coge con la boca el vaso de cartón con el que pide limosna. Las mangas vacías de su camiseta se tambalean al sacudir la cabeza para hacer ruido con las monedas. Parece que nada puede interrumpir su tarea. Nada, hasta que empieza el combate.
Image  El centro comercial de al lado organiza todos los miércoles unas jornadas de Muay-Thai. Emocionantes combates con luchadores venidos de distintas partes del mundo. El ring se monta justo de bajo del puente dónde se sitúa Rajchasak, o tal vez él se coloque justo dónde se monta el escenario de los combates. El caso es que empieza el combate, y el indigente no puede resistir la euforia que le provoca. Racjchasak se levanta emocionado, se acerca a la barandilla mientras suena la música del inicio del ritual, y en cuanto suena la campana y los luchadores se dan el primer golpe, Rajchasak se emociona tanto que no puede evitar sacar los brazos del interior de su camiseta y empezar a dar palmas. Aplaude y grita con euforia animando a los combatientes. Su voz se convierte en el único sonido que se distingue por encima de la música tradicional del ritual. Una voz chirriante y de pronunciación extraña, imagino que debido a la melladura en su dentadura. Sus movimientos son espasmódicos y repentinos, está totalmente poseído por la emoción. Incansable, aplaude y aúlla durante la larga jornada de cinco combates.
  Cuando se acaba el espectáculo, se apaga la euforia. Rajchasak vuelve a su rincón, oculta sus brazos en el interior de su camiseta, se arrodilla, sujeta el vaso de cartón con la boca y lo sacude con la mirada clavada en los transeúntes. Tal vez ésta no sea la idea tradicional del noble pedir que tenían antaño los budistas, pero al parecer le funciona. 

lunes, 30 de enero de 2012

"Mother Ganga"


ImageSentado en uno de los escalones de las “Ghats” a la orilla del Ganges viendo amanecer, solo los barqueros ocupan el paseo. Se siente como, poco a poco, el caudal de personas aumenta. Cuanto mas arriba está el sol, mas gente inunda el paseo. Los pastores llegan con sus bueyes para lavarlos en el río, hombres machacan ropas contra las piedras con el propósito de limpiarlas, dos perros sarnosos se pelean por una perra y las vacas, esto es India, las vacas campan a sus anchas. Un hindú con los dientes mellados me intenta vender unos collares mientras un cadáver arde unos metros mas adelante. Alrededor de la hoguera se juntan los familiares, con expresión algo triste, y algún turista curioso al que algún otro habitante local intenta vender hachís. Mientras, a no muchos metros, los niños de la ciudad preparan sus cometas y sus bates de cricket para iniciar una nueva jornada de juego. Mientras, grupos de jóvenes y ancianos se dan un baño en las sucias aguas del río para purificarse, y un anciano está tumbado, durmiendo en el último escalón de las “Ghats” esperando a que llegue su muerte, por fin, cerca de “la madre Ganges”, como ellos lo llaman, y terminar así con el suplicio de la reencarnación. Así son las orillas del río Ganges, un lugar con tanta actividad que es difícil de describir, un lugar donde la vida y la muerte convergen en un mismo espacio.

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*Ghats: Denominación hindú para las grandes escaleras que llegan hasta la orilla del río utilizadas como lugar para bañarse. 


sábado, 22 de mayo de 2010

Las bicicletas son para el invierno

Una agradable brisa primaveral cruza las calles de la bonita ciudad mediterránea. La lubricación natural de los canalillos al descubierto alegran las vistas con su presencia, tras tantos largos meses ocultos. Se respira paz, tranquilidad y polen. Maldito polen. Son las tres de la tarde y tengo que hacer unos recados. Como hace mucho que no cojo la bici decido que me ira bien retomarla. Hacer un poco de ejercicio, ahorrar dinero, y, sobre todo, ahorrar tiempo. Es primavera, y en principio, debería ser un paseo agradable mientras cumplo con los recados. Pero tres factores impiden que así sea.
El primero es la falta de constancia. Hace seis meses que no cojo la bici, y eso se nota. El segundo factor es el calor. El sol aprieta, me empuja contra el asfalto y, a pesar de la brisa primaveral. El tercero es el polen, maldito polen que penetra en mis entrañas sin que lo perciba, pero me corroe el interior del sistema respiratorio. Con todo junto, las subidas son más empinadas y largas de lo que solían ser. Y lo que en invierno podría ser un agradable paseo, se esta convirtiendo en un sofocante ejercicio. Mi cara esta roja y mi corazón bombea a mil por pulsaciones por segundo. O esa es la impresión que me da a mí.
Como ya he dicho, hace seis largos meses que no cojo la bici, y claro, cuando me monto me doy cuenta de que las ruedas están mas deshinchadas que el pene de un adicto a la masturbación después de ver una película porno entera. Por tanto, no me queda otra que ir a la gasolinera y darle aire. Las hincho mucho. Cuando las ruedas de la bici están muy hinchadas da la impresión de que vas más rápido y cuesta menos esfuerzo darle al pedal. Además es divertido saltar y notar el rebote. Así que ignoro el consejo, o más bien la orden, que me daba mi padre cuando era niño “no las hinches tanto que te van a reventar y te vas a meter un hostia”. Y las hincho hasta que alcanzan una dureza similar a la de una piedra.
El camino empieza agradable. La brisa, los canalillos, las ciclistas en mayas que me adelantan. Todo resulta perfecto hasta la primera subida larga y de dura pendiente. Me pongo en pie para pedalear con más fuerza, empiezo a sudar. Los goterones me bajan desde la frente hasta la barbilla, y la piel que recubre mi tríceps es ahora la superficie de un valle que transporta ríos de sudor hasta el codo. Pienso en la impresión que se van a llevar en las agencias de publicidad cuando un tipo sudoroso, con greñas y perilla de heviata, pantalones de rapero destrozados y un metro con noventa y cinco centímetros de altura llame a su puerta, les entregue el paquete y se marche. Me pregunto si no pensarán que puede ser un paquete de Ántrax.
Tras la entrega del primer paquete, atravieso un agradable paseo lleno de árboles a ambos lados. Agradable para quien no sufre de alergia. Cuando llevo unos cien metros en él entra en juego el tercer factor estropea odiseas. Noto como el polen me inunda las entrañas. Me entran ataques de tos, la garganta me raspa, se me acumula flema hasta el punto de no poder evitar soltar el esputo en el primer seto que encuentro. Y los ojos, llorosos todo el camino como si me acabara de abandonar el amor de mi vida. Y es entonces cuando pienso “¡Qué guay! ¡Ya es primavera!”.
A pesar de los mocos consigo esquivar el ataque del polen, más bien resistirlo, y he cruzado el paseo. Ahora voy poco a poco por la acera por donde la sombra me protege ligeramente del calor. Estoy cruzando por debajo de una estructura de andamios de obras de rehabilitación de fachadas, cuando de repente noto una bocanada de fuerte aire caliente que me golpea en la cara acompañada de un estruendo ensordecedor. La siguiente imagen que tengo soy yo en el suelo, la rueda de la bici desencajada, los radios deshilachados y la rueda reventada por la presión del aire. Una barra del andamio está a escasos centímetros de mi cabeza, otra al lado de mis costillas, otra entre mis piernas a punto de tocar aquel instrumento más sensible de los hombres. Pero milagrosamente ninguna me ha tocado. Estoy completamente ileso, aunque parece ser que no lo parece, pues un señor me pregunta preocupado “¿Estás bien chico?” y yo es en ese momento, y no antes, que me doy cuenta de lo que ha pasado. Había un canto de baldosa en la acera, porque otra estaba totalmente hundida, y mi rueda sobreaireada ha reventado por la presión en cuanto lo he pisado. Ha dejado de rodar repentinamente, y mis noventa y cinco quilos se han ido repentinamente y de golpe al suelo. Ha sido de esas caídas en las que te sueles romper algo, al menos hacerte un esguince en la muñeca, o partirte la nariz. Pero yo, tras comprobar que mi dolor de rodilla solo es un pequeño rasguño, me levanto y contesto al señor. “Estoy bien, gracias”. Veo a una señora que se acerca alterada, “¿Qué ha pasado?” me pregunta. Y le digo que nada, que ha reventado la rueda y que estoy bien, que no se preocupe y que siga con su vida, le doy las gracias. Ella me contesta “Pues menos mal que te a pasado aquí, llega a pasarte por allí...” señalando la calzada por donde circulan los coches. Pensad de ella lo que queráis, yo aún no se que pensar.
Asimilo lo que me ha pasado muy alegre, satisfecho. Es casi un milagro que haya tenido esta caída entre una docena de barras de hierro y no me haya hecho nada. La única putada es que la bici no puede continuar, y aún tengo que entregar tres DVD’s. Además me he quedado un poco sucio, aunque eso todavía no me importa.
Me dispongo a buscar una tienda de reparación de bicicletas, entro en una tienda de motos. Como si tuviera algo que ver, y le pregunto al tipo que hay ahí si es posible que me arregle la bici, obviamente no, entonces le pregunto si sabe dónde puedo arreglarla. Parece saberlo a la perfección, pero solo lo parece. Me indica dos direcciones a los que ir, pero ambas están muy lejos, así que encadeno la bici y me dispongo a acabar con los recados a pata. De la bici me preocuparé después.
Caminar a este ritmo resulta ser un esfuerzo físico superior al de ir en bici, bajo el sol primaveral cada vez siento las axilas mas húmedas, y no tengo posibilidad de solucionarlo. Mi sentido de la orientación que normalmente es vago, se ha vuelto nulo. La caída ha liberado en mi mente algún tipo de sustancia que me hace sentir en un estado similar a la embriaguez. Tal vez haya sido un subidón de adrenalina. Tal vez no. El caso es que no encuentro la maldita calle y me siento desorientado en un barrio en el que he estado mil veces. Pregunto a la gente de la zona, pero parece que se les haya contagiado mi estado embriagado. Es como si la calle no existiera. Finalmente la encuentro, gracias principalmente, a mi propia lógica. Si tengo que encontrar una calle llamada iglesia, supongo que estará cerca de la iglesia. Y de repente todo junto me parece muy ridículo y obvio. Me he ganado un gallifante. Subo por el ascensor y mientras me pongo la sudadera que llevo atada a la cintura para disimular el sudor de las axilas, me doy cuenta de lo sucio que voy. Los pantalones manchados, las manos mugrientas, las chaqueta llena de roña. Pero claro, ¿Qué podría esperar tras haberme revolcado por el suelo de la acera? Por bonita que la ciudad sea, el suelo está mugriento. La mugre es una constante que aprendemos a esquivar, pero que siempre esta ahí. Acecha en cada esquina deseando enguarrarte de su esencia. Me abre la puerta una chica simpática, tal vez la secretaria de la agencia, o tal vez una creativa de una agencia pequeña. No lo se. Ni me voy a quedar a averiguarlo. Me limito a decirle que llevo un paquete para ellos y me doy la vuelta mientras me da las gracias, para que no le de tiempo, ni si quiera, a sospechar de mi lamentable presencia.
Las otras dos entregas transcurren de una manera más o menos similar. Y a pesar de todos los contratiempos cumplo con las entregas dentro del plazo previsto.
Ahora voy a preocuparme por mi bici. La primera dificultad que tengo que superar es encontrarla. Hubiera sido bastante más fácil si hubiera apuntado la calle en la que la he dejado, pero no lo he hecho. Solo se con certeza la zona. Pero, con la malditamente regular cuadrícula que forman las cales del ensanche de la ciudad, necesito rodear unas cuantas manzanas antes de encontrarla. Pues todo me parece igual, y me da la impresión que la he dejado en cualquiera de las calles que piso. Pero la encuentro justo cuando estoy empezando a emparanoiarme acerca de la posibilidad de que me la hayan robado. Recuerdo una vez en la que, para recuperarla, tuve que perseguir a un moro que se la llevaba al hombro. Y eso alimenta mi paranoia. Pero esta vez la bici sigue ahí. Quien se va a molestar en robar una bici decathlon, la mas barata de ellas, y con la rueda totalmente destrozada. La pieza que normalmente ajusta la cámara esta reventada y los hierros se separan dirigidos a todos lados. Nunca sospeché que el aire pudiera ser tan poderoso.
Mantengo la rueda que no rueda elevada. Empujo a la de atrás dirigiéndola. Los peatones temen acercarse demasiado a mí, temen la posibilidad de que les eche la bicicleta encima, o eso me parece que comunican sus miradas. Tras una larga y dura caminata llego a la calle donde el tipo de la tienda de motos me había dicho que había un taller de bicicletas. No veo nada, como era de esperar vista mi suerte. Al final decido entrar en cualquier tienda y preguntar. Si hay una tienda de bicis cerca, alguien que trabaje en la misma calle, que se la recorre a diario, debería saber donde se encuentra. Y mis suposiciones son acertadas. Una señora, que esta sentada detrás de una mesa de oficina, no recuerdo de que, me dice con toda seguridad: “la tienda que buscas estaba en esta esquina, pero quebró hace unos meses”.
Salgo, respiro profundamente para mantener la calma, y me cuesta. Por un momento mi mayor deseo es patear la bicicleta y las caras de todos los que están a mí alrededor hasta quedar exhausto. Pero en lugar de eso respiro hondo. Hace que el cerebro funcione mejor.
Llamo por teléfono a mi compañero de piso, tengo suerte, esta en casa. Le digo que mire en google dónde está la tienda de bicis mas cercana a mí y me indica una dirección que me pone de mal humor, más. No por su lejanía, sino porque está un poco más allá de donde vengo. Y yo, odio deshacer lo que hago. Odio el esfuerzo en vano. Y odio las pérdidas de tiempo. Y lo he hecho todo a la vez. Me dirijo hacia allí, temeroso de que esté cerrada, o ya no exista. Dada la suerte que llevo sería lo más normal. Pero cuando llego y veo la tienda de bicis doy gracias a mi compañero de piso, a mi móvil, a Internet, y a la tecnología que han estado allí cuando los he necesitado.
Dentro me atiende un hippie molón, aunque simpático. Es una tienda de bicis para gafapastosos modernillos del borne. Y me imagino que me sablearán. Pero es un momento en el que pagaría cualquier cosa por una rueda. Y no se burlen, no en vano es el invento más importante de la historia. Me dice amablemente “Un momento, voy a buscar tu rueda”. Repentinamente me siento más ligero. Voy quitando la rueda de mi bici, la separo de la cubierta que me ha dicho que es lo único que se puede aprovechar. El hippie vuelve con las manos vacías. “Se me han acabado las ruedas”. Esto es el colmo. Pero me ofrece una solución que evita que mi esperanza se desvanezca completamente. A dos calles hay una tienda de bicis. Y es una tienda normal. No una tienda de bicis que se decora de manera molona para atrapar a clientela subnormal que quiere ir de moderna por la vida por llevar una bici estilo retro, cuanto más cara mejor, aunque no esté equipada. Aunque no me lo explica con esas palabras por supuesto, y, aunque pueda parecer lo contrario, agradezco mucho la amabilidad del hippie molón.
Salgo con la bici en una mano, la rueda destrozada en otra, y la cubierta colgada cual collar, aumentando el porcentaje de mugre que hay en mi ropa. Suelto la rueda en el primer contenedor y llego a la siguiente tienda con mi bici colgada del hombro, y mi bonito collar de caucho. Eso si que es una tienda de bicis normal, me atiende un Manolo con mono de mecánico y una gorra amarilla con un logo publicitario de whisky. Le digo si me puede vender una rueda, accede. Me dispongo a colocarla en la bici, pero me doy cuenta de que el mecanismo es diferente a la que tenía antes. No se quita con la mano, sino que necesitas dos llaves inglesas, o alicates, o cualquier cosa que pueda sujetar los pequeños pernos y permitirme hacer fuerza sobre ellos. Cualquier cosa que por supuesto no llevo encima. Me giro, veo un cartel que pone “mano de obra: 50 Euros/hora” y le pido prestadas las herramientas. Me tiro un buen rato, no es que sea muy mañoso, pero cambio la rueda. Y es en ese momento en el que caigo que la rueda de una bici no se puede hinchar a pulmón. Miro al dependiente. Le he estado ocupando gran parte del vestíbulo de la tienda para cambiar la rueda, le he pedido prestadas herramientas para ahorrarme la mano de obra, y ni he hecho el gesto de pagar todavía por la rueda que me ha entregado. Pero vuelvo a mirar el cartel que pone “50 Euros hora” y le pido si me deja entrar a su taller a hinchar la bici para no irme arrastrándola hasta la próxima gasolinera. Supongo que le he dado pena, porque le dice al mecánico del interior que me la hinche. ¡Perfecto, ya tengo bici! Le pago veinticinco Euros y salgo de la tienda ansioso por poder volver a pedalear y desplazarme a una velocidad decente. A pesar del cansancio causado por todo el ajetreo, me siento feliz, y como una pluma. Ahora si que me he quitado un gran peso de encima. Me queda casi una hora de pedal para llegar a casa, pero al menos ya pedaleo. Pero, por supuesto, no todo va a ir bien antes de llegar a casa. Es primavera, y los ataques de tos y estornudos causados por el polen solo cesan cuando cae una lluvia torrencial digna del clima tropical. Paradójicamente, ahora que estoy empapado, ya no estornudo ni toso. Pero estoy empapado, como si me hubiera caído a una piscina con ropa y todo. Y estoy justo en el punto intermedio entre dos paradas de tren. Las dos están no muy cerca. Y la lluvia es tan abundante que en ese tramo consigue que me sienta mojado hasta los huesos. Pretendo ir veloz para llegar pronto a la siguiente estación, pero no es buena idea. La bici ignora los frenos, que dejan resbalar las ruedas debido al agua. La calle esta inundada y la gente camina sin mirar a su alrededor, prestando gran atención a sus pasos para no caer. Una señora. Se me tira delante, voy rápido, los frenos me ignoran, mis pies se deslizan a toda velocidad arrastrándose por la acera aguada. Curvo y paro justo a tiempo para no golpearla. La señora ni se ha enterado de que por unos pocos centímetros no ha sido arrollada por mis casi cien quilos de peso, y sigue su paso, concentrada en no caer. Sigo, casi me caigo, casi me choco, casi me atropellan, y todo ello numerosas veces. Pero cuando llego hasta la estación, la lluvia no ha cesado, pero casi. Y ya estoy tan empapado que un par de gotas mas que me caigan encima no me van a afectar para nada. Decido llegar a casa en la bici. Por supuesto, cuando llego, para de llover. Entro en casa, y cuando veo a mi compañera de piso le saludo, “¡Ya es primavera!” Y si yo creyera en Dios pensaría que me ha mandado una advertencia para que no vuelva a coger la bici, pero como creo que más en mí que en él, y como el hombre es el único animal que tropieza dos, tres y seis veces con la misma piedra, mañana volveré a coger la bici.
Mayo 2010


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