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sábado, 16 de agosto de 2014

PRESA DEL CAPITAL

Ya he caído en otra de sus redes, ya me ha enlazado con otra de sus cadenas. El capitalismo me ha lanzado un Smartphone al cuello, y ya no sé cómo desenredarme de él. Empecé con el rollo ese de “este es barato” adquiriendo un Smartphone de procedencia dudosa, de los antiguos, bastante precario, pero eran veinte Euros y funcionaba lo suficiente para escribir por whatsapp a mis amigos que parecían haberme dado esquinazo desde que ellos se habían instalado la aplicación y yo no. Además ahorraría dinero en llamadas y SMS, me decía. “Es de segunda mano y no alimento la demanda en el mercado al adquirirlo” me decía. Me decía tantas cosas que le sonaban coherentes a mi yo anticapitalista que parecía una tontería no coger aquel primer Smartphone a veinte Euros. Y más cuando había perdido mi anterior teléfono, en algún lugar de la India de cuyo nombre no quiero acordarme, un teléfono básico que me había durado unos cuatro años. Así que lo compré, y al señor Capitalismo se le dibujó una sonrisa en la cara.
ImageImage Otra víctima del huracán Smartphone. Creía que podía vencerle, jugando a su juego, pero no se puede vencer al diablo. Una persona reacia al consumo, al comprar por comprar, adquiría su primer Smartphone, y quedaría atrapado en la espiral de consumo despiadado que ello implica. El señor Capitalismo lo sabe. Había caído en su trampa, una de ellas, pues ni sería la primera ni la última. Con mi nuevo-viejo Smartphone me di cuenta de que también podía ver el Facebook. “¡Qué bien para los ratos muertos, no vaya a acostumbrarme a llevar un libro encima y leer!”. Y me conformo con ese teléfono por un tiempo. Pero empiezan las molestias. Se tiene que actualizar demasiado a menudo, el software es obsoleto, no consigo hacer que el google maps funcione, y tampoco puedo instalar aplicaciones como line, Instagram, así como ningún juego. Y para más INRI el tetris que viene de serie en ese teléfono no me guarda los récords. Que tragedias. Estoy organizando un viaje a una ciudad desconocida y siento la absurda necesidad de conseguir un Smartphone totalmente funcional. Como si no hubiera estado antes en un lugar desconocido. Decido acudir al mercado de segunda mano, que en Internet es amplio, y así no contribuyo a la fabricación de más teléfonos. “No colaboro a la explotación de mineros que mueren extrayendo coltan en África para fabricar las baterías del teléfono ni colaboro en la explotación de obreros en las fábricas chinas que trabajan bajo condiciones esclavistas” Me digo. Estoy hecho todo un anticapitalista. Seguro que el señor Capitalismo tiembla al verme. Pero el teléfono ya tiene unos años, y unos meses después de adquirirlo cae víctima de la obsolescencia programada. Pero yo ya estoy enganchado al Instagram, utilizo Line para relacionarme con un par o tres de personas, y los niveles del Candy Crush no se van a pasar solos. El señor Capitalismo se ríe en mi cara, y señalándome con el dedo índice, mientras me compro mi tercer teléfono en cuestión de un año. Me gasto un poco más de dinero, y me lo compro nuevo. No quiero volver a ser víctima de la obsolescencia programada. Y este parece ser el teléfono definitivo. “Me va a durar unos años”. Me digo. Aunque no es la hostia, es un Smartphone cien por cien funcional, le funciona todo, la cámara hace fotos más o menos aceptables. Suficiente para el uso que le doy. Pero poco tiempo después ya tengo crujida la pantalla en pedazos y la cámara está tan rayada que enguarra todas las fotos que hago de manera que casi no se entiende nada en las imágenes. Me voy a comprar otro puto teléfono. Será el cuarto teléfono que tengo en mis manos en cuestión de un año, o poco más. Que le den al africano que extrae coltán, o al que vive al lado de un vertedero rodeado de montañas de móviles rotos procedentes de Europa y América que casi tocan el cielo. Que le den al chino explotado en las fábricas que no tiene tiempo para ver a la familia por la que trabaja quince horas al día. No puedo defraudar a mis seguidores de Instagram. Necesito otro móvil.



domingo, 2 de octubre de 2011

UNA APASIONANTE TAREA


- Clink, clink, clink...
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  El monótono sonido de los cubiertos al golpear entre si, no cesa en horas. Un sonido repetitivo en ritmo y volumen. Cada golpe con un sonido exactamente igual al anterior. La apasionante tarea de secar cubiertos se hace todavía mas interesante gracias a la radio intereferenciada que sintoniza alguna emisora de mierda cuyo sonido, además, es indescifrable. Un ruido ensordecedor de la máquina lavavajillas que hay detrás pone la guinda del pastel a este ruidoso entorno que martiriza mis tímpanos.
- Clink, clink, clink...
  Trato de que cada tenedor quede mirando en la misma dirección al caer al enorme canasto de los cubiertos secos. No es un requisito de la tarea, lo hago para utilizar un mínimo un poco mas amplio de mis aptitudes generales. Para añadir un poco de dificultad a la robótica tarea, que hasta un mono adiestrado podría realizar. Me acuerdo de la palabra alienado, del sentimiento de sin sentido y de mi intento frustrado de estudiar la carrera de sociología.
- Clonk, clonk, clonk...
  Cojo ahora los cuchillos y los acaricio fuertemente, arriba y abajo, dos veces para que queden bien secos y brillantes. No se si será el exceso de tiempo realizando tan absurda tarea que me hace pensar cualquier cosa, o que realmente Freud tenía razón y los hombres solo tenemos sexo en la cabeza, pero el movimiento de la mano me recuerda a la masturbación. Así, en mi cabeza, cada cuchillo que suelto de mis manos, se convierte en una eyaculación metálica.
- Clonk, clonk, clonk...
Soy el robot autómata que eyacula cuchillos limpios y secos preparados para cortar los alimentos que ingerirán los clientes. Por lo que los clientes utilizarán mi semen como herramienta para comer. Se me escapa una pequeña sonrisa, y me siento como un crío de doce años, casi avergonzado de mi propio pensamiento. Pero es que hay que entretener la cabeza para no acabar tarado de tanto clonk, clonk clonk.
  Por un momento me siento infravalorado e inútil. ¿Qué hace un genio como yo haciendo el trabajo de un mono adiestrado, o un autómata eyaculador? Debería estar preparando esa gran obra literaria que se adaptará al cine y me hará millonario. Pienso en dejar el trapo allí mismo, salir por la puerta del hotel y no volver jamás, pero entonces viene a mi mente la imagen de un sinuoso billete que me dice: vuelve, y vuelvo.
- Clonk, clonk, clonk...
Además, si me voy no tendría una excusa para no crear esa gran obra que me hará millonario. Evidenciaría mi falta de aptitud, o mi pereza al respecto. Así que:
- Clonk, clonk, clonk.

martes, 14 de septiembre de 2010

El borracho inconsolable II

II

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  Es jueves y estoy frente al ordenador maquetando la revista. Mañana por la mañana es el día de entrega, o "dead line", como dicen los americanos. Esta semana he estado un poco distraído y, la verdad, no me sobra el tiempo para entregar dentro del tiempo límite. Aun así, de entre todos los clicks de ratón que hago, algunos los dedico a mi entretenimiento personal. La dedicación plena y absoluta al trabajo me crea una sensación de agobio y sin sentido, me hace perder de vista lo que hago y me satura. Es lo que se llama sensación de absurdidad. Así que, de vez en cuando, entro a las redes sociales en las que tengo cuenta. No tengo mensajes. Continúo un rato trabajando y, en un intento desesperado de reclamar atención, cuelgo a la red las fotos que me hicieron durante el "bukake". Ahora todos mis amigos, excompañeros de clase o curros, simples conocidos, mis enemigos e incluso gente que no conozco de nada, ni se porque extraño motivo tengo agregados, ven mis fotos. Allí estoy yo, sin pantalones, ni necesidad de ellos. En un ambiente íntimo, en un momento privado, con otros cuatro tíos y la chica quien, por su puesto, cobró por ello. Así, un material que se mantenía en privado, solo disponible para mí, los otros cuatro tíos y la chica. Y bueno el cámara, y también toda la comunidad de internautas aficionados al porno amateur, y... bueno, vale, no era tan privado. El caso es que ahora está expuesto y publicado como una noticia importante en un lugar donde todos mis conocidos, o casi todos, siempre hay algún reacio a esto de las redes sociales, pueden verlo y comentarlo.
  Allí está la foto en la que salgo tocándole las tetas a la chica a la vez que otros dos tíos. Otra en la que me estoy masturbando frente a ella, otra en la que sale ella bebiendo de una ensaladera llena de semen. Todas ellas, yo, sin quitarme mi sudadera de "Rhapsody". Si me preguntan diré que es por hacerle propaganda al grupo, que se lo merece. Sin embargo, la auténtica verdad de todo esto, es que me avergüenza ligeramente mostrar toda la inmensidad de mi barriga gelatinosa y peluda en una sesión de fotografía pornográfica.
  Sigo trabajando y me viene a la mente una estrella. Una estrella que quiero que sea mi Estrella Polar, para que me guíe por el camino de la vida. Una estrella que no esta en el cielo sino en la tierra, en la calle más concretamente. O, teniendo en cuenta la hora que es, tal vez esté ya en una pensión de mala muerte con algún cliente, el primero de su jornada.
  Cojo una cerveza de la nevera y sigo trabajando. A pesar de pasarme horas delante de los artículos de la revista, nunca me los leo. Pero hoy, no se porque, tal vez por esa necesidad de mantenerte ocupado con lo que sea pero sin entretenerte demasiado porque tienes cosas que hacer, me da por echarle un vistazo al artículo de mi horóscopo. A continuación de la silueta que representa al rey de la selva se explica que esta semana será una semana de suerte. Que un gran cambio en mi vida mejorará notablemente mi situación laboral y, lo mas gracioso de todo, que una persona a la que estoy conociendo será una persona muy importante en mi vida. Y que con toda probabilidad, y remarca esas palabras en negrita, será la chica con la que comparta los próximos años de mi vida. Cojo otra cerveza. Me aseguro de que el logotipo prediseñado esté perfectamente alineado con el número de la página, con el párrafo, con el icono del horóscopo, con todos los elementos de la composición editorial. Cojo otra cerveza.
  Los pies de foto del "bukake" empiezan a llenarse de comentarios. No contesto a ninguno de ellos, pero hay uno que me llama la atención especialmente. Lo ha escrito mi amigo Lluís, y dice:
  "Supongo que no aspiras a ligarte a ninguna mujer que tengas agregada en el facebook, ¿eh cabroncete?"  
  Pues la verdad es que no. No tengo agregadas a muchas chicas, y desde luego no tengo esperanza de conseguir nada con ninguna de ellas. Casi me da hasta gracia el comentario. Sigo maquetando.
  Se hacen las doce, la una, las dos... La papelera de mi cuarto llena de trocitos de papel higiénico manchados con mocos o semen, ahora está rebosante también de latas de cerveza vacías y machacadas.
  De repente suena el timbre. Me pregunto quién será. A estas horas de la madrugada no solemos recibir visitas inesperadas. Sin embargo, voy decidido a abrir. Me sorprende infinitamente encontrarme con Estrella al otro lado de la puerta. No sonríe simpáticamente como solía hacer la otra noche. Ahora su mirada es lasciva y su boquita entreabierta me está pidiendo a gritos que me la coma. Pero estoy tan sorprendido que no puedo actuar. Cada uno de mis músculos se queda totalmente paralizado ante dicha escena. Incluido mi cerebro. Así que es ella quien me coge y me besa salvajemente apasionada. Sin mediar palabra me va empujando suavemente hacia mi habitación, a la vez que me va besando todas las partes de mi cara. Una vez dentro me empuja fuertemente de manera que caigo tendido encima de la cama. Ella se pone encima mío apoyando una de sus rodillas a cada lado de mi cuerpo, noto la calidez de su entrepierna apretada contra la mía. Se inclina poco a poco, y en un momento mágico, sus labios vuelven a tocar los míos.

  Me sorprendo a mi mismo eyaculando en solitario, en el interior de los calzoncillos, a la vez que suena mi teléfono móvil. Me llaman del curro y acumulé demasiado esperma durante la noche que pasé con Estrella. Miro la hora en el ordenador, que sigue todavía encendido, y es justo la hora de entrega. Me he pasado toda la noche dormido en la silla de trabajo, fantaseando con una mujer a la que casi ni conozco, pero ha sido de las fantasías mas intensas de mi vida. No he llegado a la entrega, y eso a mi jefe no le va a gustar. Cojo el teléfono, sin quitarme de la cabeza la sensación pegajosa del interior de mi calzoncillo, y contesto como si no me diera cuenta de lo que pasa:
            - ¿Diga?
            - Héctor, tío, ¿Qué demonios estás haciendo? Está pasando el plazo de entrega y tú todavía no has subido los archivos...
            - ¿Cómo? - Le interrumpo en un intento de hacerme el sueco.
            - Coño, que entro en la ftp y no me salen los archivos, te estás columpiando.
            - Pero si los subí hace un rato. -  Interrumpo de nuevo, sorprendido de mi capacidad para improvisar una mentira en un caso tan necesario.
            - ¿Qué? -  Se sorprende mi jefe.
            - Que si, vuelve a mirar.
  He ganado unos minutos antes de que me vuelva a llamar, así que continúo a toda prisa la maquetación. Sin ni siquiera cambiarme los calzoncillos. Por suerte me queda poco para acabar. En veinte minutos mi jefe vuelve a llamar.
            - ¿Lo has podido descargar o no? - Inicio yo la conversación mientras sujeto el teléfono móvil con el hombro a la vez que sigo trabajando en el ordenador con las dos manos.
            - Que no aparece - Me dice un poco extrañado de todo el asunto.
            - Bueno, pues... - Vacilo unos segundos pensando en lo que le voy a decir - Habrá sido un error del servidor. Volveré a subirlo todo, vuelve a mirar dentro de unos veinte minutos.
  Supongo que mi trola colará, teniendo en cuenta que el jefe es un inepto informáticamente hablando. Por suerte prácticamente había acabado antes de dormirme, así que acabo a toda prisa. Dejando de lado el escaso perfeccionismo del que suelo hacer gala cuando trabajo. En veinte minutos estoy subiendo la revista acabada, por primera vez esta semana. Mi jefe no me vuelve a llamar, por lo que calculo que todo le ha llegado correctamente. A estas horas de la mañana tengo todo el cuerpo dolorido de haber dormido en la silla, y la cabeza de haberme hartado de cerveza. Lo único que se me ocurre que puedo hacer ahora mismo es meterme en la cama y perder otro día de clase. El maldito trabajo me desconcentra de los estudios.

  Me despierto horas después. Entre mis piernas noto que una parte de los calzoncillos ha adquirido una dureza desagradable. La masa gelatinosa blanca se ha secado en mi ropa interior, convirtiendo la suave seda, o algodón o lo que se de lo qué estén hechos mis gayumbos, en algo duro e incómodo. Decido que necesito una ducha, y un cambio de ropa interior. Y tras ello me dirijo al instituto. Por supuesto, no llego a tiempo para asistir a ninguna clase, pero es viernes, y después de clase los compañeros suelen ir a tomar unas cervezas a un bar cercano al colegio. A euro y poco la doble malta, y con gente con la que puedo compartir opiniones acerca de muchas cosas, vale la pena ir. El lugar en cuestión es una especie de taberna trasga. Cuando llego, mis compañeros ya están ahí, tomando unas cervezas en la terraza. Una terraza que consta de dos mesas abandonadas en el patio trasero del bar, dónde se guarda todo el material pesado. De este modo, barriles de cerveza, pies de sombrilla amontonados, cajas de cartón apiladas y un retrete sucio son el escenario de nuestra charla. El tabernero, un hombre gordo alto y tuerto, me pide que voy a tomar. Le digo que una doble malta y me guiña el ojo. ¿Habéis visto alguna vez a un tuerto guiñar un ojo? Es de lo mas raro. Debido a esto y mucho mas, y cuando digo mucho quiero decir mucho, no es de extrañar que tan carismático bar sea conocido entre los estudiantes de mi instituto como "Mordor bar", aunque por su puesto, éste no es su verdadero nombre.
  Durante las primeras cervezas me mantengo bastante al margen de la conversación entre Lluís, David y Carlos, que son los que están más cerca de mi en la mesa. Intercambian opiniones sobre cine. "El club de la lucha", "Doce monos" y "Seven" se encuentran entre las películas favoritas de David. Esa fijación por las películas de Brad Pitt me hace dudar de su sexualidad. Lluís prefiere "Trainspotting" y "Réquiem por un sueño". Me pregunto que debe ver en los yonkis para considerar estas películas las mejores que ha visto. Tras un par de cervezas me empiezo a animar y expongo mis preferencias:
            - "28 días después". Eso si que es un peliculón. - Digo
            - Cierto, cierto - Afirma efusivamente David.
            - ¡Pero que dices! Una de zombies, eso es muy poco sofisticado. - Rehúsa Carlos.
            - Pero que va, esa peli trabaja la psicología humana de una manera brutal, ante esas situaciones lo que somos capaces de hacer -  Le discute David.
            - Si, además, no son zombies, son infectados. - Añado yo.
            - Es cualquier cosa - Continúa Carlos - Al final se basa en crear espectáculo a base de sangre, violencia y efectos especiales.
            - Estás muy equivocado, los zombies son solo el contexto, la trama principal es totalmente psicológica, te hace pensar hasta donde puede llegar la bajeza humana y muestra el lado mas oscuro de la mente. - Argumenta David.
            - A ver, ¿Que películas miras tu? - Le pregunto yo a Carlos, ya que se ha mantenido al margen, o ha opinado negativamente de todas las que hemos mencionado hasta ahora.
            - Pues, lo mejor que se ha visto hasta la fecha, es la Nouvelle Vague, la generación de los años cincuenta en Francia. Eso si que es un ejemplo de explicar grandes historias con los medios justos y necesarios. No tenían la necesidad que tienen ahora los americanos de desperdiciar cantidades      industriales de dinero para explicar historias basura.
            - ¡Tío, eres un puto gafapastoso! - Digo gritando a la vez que me levanto de la silla dando un golpe en la mesa. - Además de un ignorante, porque "28 días    después" ni siquiera es americana. - Añado mientras me dirijo al baño sin esperar su respuesta.

  Eres el típico borracho que tiene siempre la razón, la tengas o no. Debería darte vergüenza, pues estás lleno de esa intolerancia que tanto te molesta en los otros. Y tan borracho que tienes que ir a vomitar. Aunque en esta ocasión te viene perfecto para huir de la situación que has provocado. Aunque Lluís y David se hayan reído, lo que has dicho no ha estado bien. Fácilmente hayas ofendido a Carlos, y eres demasiado cobarde para afrontar las consecuencias de tales actos. Así que te levantas, vas al baño, y vomitas. Esta vez en el peor retrete del peor tugurio de la ciudad. O casi. Al poco rato vuelves a la mesa, te sientas y pides otra cerveza, orgulloso como si eso fuera un logro, o una hazaña. Carlos se ha marchado, probablemente por tu culpa, como, tal vez, todo el resto de la gente que había en la mesa hace un par de horas. Ahora solo quedáis tú, David, Lluís y vuestras magnánimas borracheras. ¿Te sientes tan importante como para ser la causa de la marcha de toda esta gente? ¿O puede que tengas delirios de grandeza causados por tu estado ebrio? Tal vez, solo tenían cosas que hacer. Pero por si todo esto fuera poco vergonzoso, tras echar una gran cantidad de líquido por el retrete, vuelves a sentarte en la mesa, victorioso, y, como si fuera el golpe de gracia a tu enemigo, le pides otra cerveza al camarero. Y ese es tu mayor triunfo. Cuán fracasado eres para tener que estar orgulloso de tu capacidad alcohólica.

  Pasan unas horas y el camarero me trae uno bocadillo de salchichas. Ni si quiera recordaba haberlo pedido, pero me viene cojonudo. Me repone. Después de comérmelo vuelvo a tener conciencia de mis actos y de mi ser. Son las seis de la tarde y el tuerto nos dice que ya no va a servirnos mas bebidas, que tiene que cerrar.
  Llevamos un montón de horas aquí bebiendo, de las cuales muchas ni recuerdo. Sacamos nuestros cuerpos tambaleantes del bar y, casi sin darnos cuenta, nos separamos cada uno por su lado. Por un momento me preocupo por Lluís. Había venido a clase en bici, y supongo que en ese estado volverá también en bici. Aunque el peligro no es mucho menor para mi que no consigo ni caminar en línea recta. Vuelvo a casa y voy a dormir un rato. Pero no mucho. Hoy es viernes y estoy desando salir. Y lo deseo más que nunca porque quiero reencontrarme con Estrella. Así, antes de dormirme, programo el despertador del móvil a las diez de la noche.

  Suena el despertador, te despiertas, te duele la cabeza, le das a snooze, te vuelves a dormir. Vuelve a sonar diez minutos mas tarde, casi consciente, le vuelves a dar a snooze. Vuelve a sonar, coges el teléfono y te planteas si darle a stop o a snooze. Tienes montones de cosas que hacer, trabajos atrasados del curso, en el cual deberías ponerte en serio si quieres sacártelo algún día y cambiar de trabajo. Proyectos personales, y ganas de ver un montón de películas que descargaste pero nunca te has mirado. Pero, por otro lado, como en casi todos tus despertares, estas siendo castigado por un terrible dolor de cabeza, tienes sueño y te importa poco la hora que sea. Te ves incapaz de decidir si te levantas o te quedas durmiendo. Así que vuelves a darle a snooze y ya decidirás después. Cuando vuelve a sonar te acuerdas de que son casi las once de la noche, y calculas las veces que has apagado el móvil, y cada cuanto suena, y llegas a la conclusión de que ha sonado unas cuantas veces sin que ni te despiertes. A ese estado de inconsciencia has llegado. Esta vez te empiezas a plantear más en serio la posibilidad de levantarte, o al menos porque pusiste el despertador, ya que, son las once de la noche, por supuesto no es hora de ir a clase. Recapitulas los últimos días de tu vida y te das cuenta de que el despertador no te está avisando de que tengas que currar ni estudiar. Te está avisando de que es viernes por la noche y es el día de ir en busca de una estrella.

  Y con Estrella en mente no me cuesta trabajo levantarme y prepararme para una nueva noche de fiesta. Una nueva epopeya etílica. Me ducho, me echo una cantidad importante de desodorante por todo el cuerpo, me recorto la barba y me lavo los dientes concienzudamente. Aunque este último paso no se para que, ya que dentro de un par de horas mi aliento olerá tanto a cerveza que olerlo emborrachará. Me voy directo al Raval, allí encontré a Estrella por primera vez, y allí espero volver a encontrármela. Conforme avanzo a través de la ciudad me van entrando los temores, y un intenso temblor en la boca del estómago se hace cada vez mas fuerte. Me estoy poniendo nervioso pensando en que volveré a ver a Estrella. Pensando en que le diré o que haré. A mi mente viene una imagen de mi mismo estilizado, más alto, delgado y fuerte. Con este aspecto, y en un escenario con un fondo de colores luminosos, me acerco a una inocente Estrella y, con una voz seductora, más parecida a la de Constantino Romero en "Terminator" que a la mía propia, digo: "Buenas noches preciosa, eres el ser mas maravilloso que existe, tu belleza es de tal magnitud que roza la divinidad. Se la estrella que me guíe por el mar de la vida y hazme así el hombre más feliz del mundo." Ésas son las palabras que voy a utilizar.
  A una calle de donde me encontré a Estrella por primera vez, un fuerte la latido del corazón me impide seguir avanzando. Los nervios me traicionan y lo único que puedo hacer es entrar en el bar más cercano y pedirme una cerveza. Doble malta, doble alegría. Aunque por esa regla de tres con la segunda la alegría debería multiplicarse por cuatro. Pero no es así. Apoyado en la barra de un bar cualquiera, a una calle de encontrarme con mi amor, no me atrevo a llegar a él. Múltiples temores me invaden. Mi incapacidad social, encontrármela en el momento en el que se va con otro cliente, que me diga que no quiere que me vuelva a acercar a ella ni pagando... Así que voy a seguir bebiendo hasta que se me despeje un poco la cabeza y desaparezcan todas estas ideas de mi mente. O, tal vez, sería más apropiado decir que seguiré bebiendo hasta que se me nuble lo suficiente el juicio como para que todos los dichos temores queden ocultos tras una cortina de humo. En cualquier caso, sigo bebiendo, e inicio una conversación con el tío de la barra. Me abro a él como si fuera mi psicólogo.
            - Tío -  Le digo zarandeando una cerveza - Creo que me he enamorado.
            - Ahá - Asiente tras echarme una mirada, arqueando una de sus espesas cejas a la vez que seca unas copas.
            - ¿Sabes cuando realmente quieres a alguien?¿Cuando no puedes dejar de pensar en ella ni por un minuto?
            - Ahá - Responde mientras continúa con su monótona tarea.
            - Pues así es como me siento.
            - Ahá - Responde.
            - Pero eso no es lo malo - Continúo yo, que me siento escuchado. - Lo malo es que no me atrevo a ir a por ella. Es una mujer tan superior a mí.
            - Ahá - Me dice mientras coge otra copa y se dispone a secarla.
            - Ella es una persona suprema, se acerca a la divinidad y, sin embargo yo... yo...   no puedo estar a la altura ni en un millón de años. Es un amor imposible. Y encima está lo de su trabajo. Nunca podremos llegar a nada...
            - Ahá.
            - Somos como Romeo y Julieta, como Pocahontas y John Smith, como Meier Link y Charlotte Elbourne. Nuestro amor está condenado a un fracaso prematuro. No vale la pena que siga pensando en ella. Más vale que la olvide.
            - Ahá. - Sigue dando vueltas a una copa envuelta en un trapo.
            - Sin embargo, siento que necesito a esa mujer.
            - Ahá.
            - Tengo que luchar por lo que quiero, de lo contrario nunca tendré lo que quiero. ¿Cierto?
            - Ahá.
            - Claro, es mejor salir allí fuera e intentar conquistarla. Convencerla de que otro estilo de vida es posible. Convencerla de que tiene que venirse conmigo.
            - Ahá.
            - Eso voy a hacer, si...
  Tras este intenso diálogo con el camarero me siento un poco mejor. Más seguro de mi mismo. Aún así pasa aproximadamente una hora hasta que me decido a salir ahí fuera a luchar por lo anhelado. Tengo que armarme de valor, y eso lleva un tiempo, y unos tragos. Cuando por fin me siento preparado, me levanto enérgicamente, dando un golpe con las palmas de la mano en la barra, me doy la vuelta, y parto en busca de la felicidad.
            - ¡Eh! ¡Espera! - Es el camarero que, sorprendentemente ha cesado su actividad.
            - ¿Qué? - Me doy la vuelta extrañado.
            - ¡Págame! ¡Me debes treinta pavos!
            - De acuerdo, lo siento, se me olvidaba. - Lo cierto es que se me olvidaba, pero...  ¿¡Treinta pavos!? ¿Tanto he bebido?
            - No pasa nada - Me contesta mientras cuenta el dinero. Aunque su cara reacia no parece decir lo mismo que sus palabras.   
  Después de pagar salgo a la calle Sant Pau. Pero algo menos decidido. El camarero me ha cortado el rollo. Camino un poco y me detengo en la esquina con la calle Robadors. Me dispongo a recorrer la calle del vicio, la calle dónde la vi por primera vez. Pero me falta valor, y pasa un "paki" y me ofrece una lata de valor a un Euro. Me la tomo, parado en la esquina como si esperara algo. Allí me ofrecen de todo, bocadillos, hachís, juguetitos luminosos, cocaína y flores. Eso es una buena idea, flores. Una rosa me cuesta un Euro y creo que puede gustarle a Estrella. Rosa en mano me adentro en la calle Robadors, conocida popularmente como la calle de las putas. La recorro de arriba abajo y de abajo a arriba. Me doy cuenta de que el horizonte este empieza a clarear y me pregunto cuantas horas debí estar en el bar. Pero a pesar de eso sigo pateándome la calle. No pierdo la esperanza de encontrar a Estrella, aquella estrella que quiero que sea mi estrella polar. Mientras voy subiendo y bajando la calle, voy pidiendo cervezas a los vendedores ambulantes. Una tras otra, y mi caminar vuelve a ser un zig zag de acera a acera. Me imagino mi emotivo encuentro con Estrella. Cuando me vea y nos abracemos. Y, tras recibir mi rosa, nos daremos un apasionado beso. Tal vez hasta se nos salte alguna lagrimilla de la emoción. Pero primero tengo que encontrarla. Voy de un extremo a otro de la calle una vez, y otra vez, y otra... Camino ignorando a los yonquis que me piden dinero y a los besos muertos y piropos que lanzan las mujeres de la calle. Aunque hay más de una que tiene muy buen ver, vamos que me la hubiera follado en cualquier otra ocasión, pero ahora mismo mi cabeza, ambas, están totalmente ocupadas por una sola mujer.   
  Después de un par de horas, con la calle ya totalmente iluminada por el sol, me canso de caminar y me siento en una esquina cualquiera. Con mi rosa medio marchita a mi lado. Desde allí sigo vigilando la calle por si ella aparece. Pero voy borracho. Muy borracho. Me pesa la cabeza, me pesan los ojos, y parpadeo lentamente. Muy lentamente. Hasta que cierro los ojos y tardan en volverse a abrir.

  Y en tu intento de buscar una Estrella Polar, solo logras ver una estrella fugaz. ¿Pero de verdad pensabas que iba a ser tan fácil? ¿Qué te estaría esperando, te presentarías ante ella con una rosa medio marchita, y que os iríais a follar sin parar? Deja de intentar vivir tus fantasías, así nunca conseguirás nada de provecho. Tienes ya veinticinco años. Es hora de que toques con los pies en el suelo y evites escenas tan patéticas como ésta en tu vida. Porque, mírate. En plena calle Robadors, en una esquina dormido cual mendigo, mientras caen los pétalos de tu rosa. Uno a uno se van esparciendo y difuminando por el aire sin dejar rastro.

  Me despierto un par de horas después, la estela de una estrella fugaz ya ha desaparecido por completo, asumo que debo olvidar a Estrella. Es una prostituta que me trató bien por dinero. Tengo que convencerme de ello. Cuando me levanto me siento totalmente descolocado. Como fuera de lugar. Y me duele la cabeza de una manera brutal. A mi lado hay un charco de vómito que, por el sabor de boca que siento, puede ser mío. Es hora de ir para casa, y cuando empiezo a caminar me doy cuenta de que me falta algo. Tengo una raja en el bolsillo del pantalón, dónde guardaba la cartera, y ahora allí solo queda aire. Debería ir a efectuar la denuncia de robo para no ir indocumentado. Pero primero tengo que ir a casa a dormir y, puesto que el ticket de metro lo conservaba en el interior de la cartera, tendré que ir caminando. Vaya paliza, a paso normal tardaría unos cuarenta y cinco minutos. A paso resacoso y pesado como el que tengo hoy, me espera mas de una hora de caminata para poder pillar la cama, que tanto ansío en estos momentos. 

sábado, 22 de mayo de 2010

Las bicicletas son para el invierno

Una agradable brisa primaveral cruza las calles de la bonita ciudad mediterránea. La lubricación natural de los canalillos al descubierto alegran las vistas con su presencia, tras tantos largos meses ocultos. Se respira paz, tranquilidad y polen. Maldito polen. Son las tres de la tarde y tengo que hacer unos recados. Como hace mucho que no cojo la bici decido que me ira bien retomarla. Hacer un poco de ejercicio, ahorrar dinero, y, sobre todo, ahorrar tiempo. Es primavera, y en principio, debería ser un paseo agradable mientras cumplo con los recados. Pero tres factores impiden que así sea.
El primero es la falta de constancia. Hace seis meses que no cojo la bici, y eso se nota. El segundo factor es el calor. El sol aprieta, me empuja contra el asfalto y, a pesar de la brisa primaveral. El tercero es el polen, maldito polen que penetra en mis entrañas sin que lo perciba, pero me corroe el interior del sistema respiratorio. Con todo junto, las subidas son más empinadas y largas de lo que solían ser. Y lo que en invierno podría ser un agradable paseo, se esta convirtiendo en un sofocante ejercicio. Mi cara esta roja y mi corazón bombea a mil por pulsaciones por segundo. O esa es la impresión que me da a mí.
Como ya he dicho, hace seis largos meses que no cojo la bici, y claro, cuando me monto me doy cuenta de que las ruedas están mas deshinchadas que el pene de un adicto a la masturbación después de ver una película porno entera. Por tanto, no me queda otra que ir a la gasolinera y darle aire. Las hincho mucho. Cuando las ruedas de la bici están muy hinchadas da la impresión de que vas más rápido y cuesta menos esfuerzo darle al pedal. Además es divertido saltar y notar el rebote. Así que ignoro el consejo, o más bien la orden, que me daba mi padre cuando era niño “no las hinches tanto que te van a reventar y te vas a meter un hostia”. Y las hincho hasta que alcanzan una dureza similar a la de una piedra.
El camino empieza agradable. La brisa, los canalillos, las ciclistas en mayas que me adelantan. Todo resulta perfecto hasta la primera subida larga y de dura pendiente. Me pongo en pie para pedalear con más fuerza, empiezo a sudar. Los goterones me bajan desde la frente hasta la barbilla, y la piel que recubre mi tríceps es ahora la superficie de un valle que transporta ríos de sudor hasta el codo. Pienso en la impresión que se van a llevar en las agencias de publicidad cuando un tipo sudoroso, con greñas y perilla de heviata, pantalones de rapero destrozados y un metro con noventa y cinco centímetros de altura llame a su puerta, les entregue el paquete y se marche. Me pregunto si no pensarán que puede ser un paquete de Ántrax.
Tras la entrega del primer paquete, atravieso un agradable paseo lleno de árboles a ambos lados. Agradable para quien no sufre de alergia. Cuando llevo unos cien metros en él entra en juego el tercer factor estropea odiseas. Noto como el polen me inunda las entrañas. Me entran ataques de tos, la garganta me raspa, se me acumula flema hasta el punto de no poder evitar soltar el esputo en el primer seto que encuentro. Y los ojos, llorosos todo el camino como si me acabara de abandonar el amor de mi vida. Y es entonces cuando pienso “¡Qué guay! ¡Ya es primavera!”.
A pesar de los mocos consigo esquivar el ataque del polen, más bien resistirlo, y he cruzado el paseo. Ahora voy poco a poco por la acera por donde la sombra me protege ligeramente del calor. Estoy cruzando por debajo de una estructura de andamios de obras de rehabilitación de fachadas, cuando de repente noto una bocanada de fuerte aire caliente que me golpea en la cara acompañada de un estruendo ensordecedor. La siguiente imagen que tengo soy yo en el suelo, la rueda de la bici desencajada, los radios deshilachados y la rueda reventada por la presión del aire. Una barra del andamio está a escasos centímetros de mi cabeza, otra al lado de mis costillas, otra entre mis piernas a punto de tocar aquel instrumento más sensible de los hombres. Pero milagrosamente ninguna me ha tocado. Estoy completamente ileso, aunque parece ser que no lo parece, pues un señor me pregunta preocupado “¿Estás bien chico?” y yo es en ese momento, y no antes, que me doy cuenta de lo que ha pasado. Había un canto de baldosa en la acera, porque otra estaba totalmente hundida, y mi rueda sobreaireada ha reventado por la presión en cuanto lo he pisado. Ha dejado de rodar repentinamente, y mis noventa y cinco quilos se han ido repentinamente y de golpe al suelo. Ha sido de esas caídas en las que te sueles romper algo, al menos hacerte un esguince en la muñeca, o partirte la nariz. Pero yo, tras comprobar que mi dolor de rodilla solo es un pequeño rasguño, me levanto y contesto al señor. “Estoy bien, gracias”. Veo a una señora que se acerca alterada, “¿Qué ha pasado?” me pregunta. Y le digo que nada, que ha reventado la rueda y que estoy bien, que no se preocupe y que siga con su vida, le doy las gracias. Ella me contesta “Pues menos mal que te a pasado aquí, llega a pasarte por allí...” señalando la calzada por donde circulan los coches. Pensad de ella lo que queráis, yo aún no se que pensar.
Asimilo lo que me ha pasado muy alegre, satisfecho. Es casi un milagro que haya tenido esta caída entre una docena de barras de hierro y no me haya hecho nada. La única putada es que la bici no puede continuar, y aún tengo que entregar tres DVD’s. Además me he quedado un poco sucio, aunque eso todavía no me importa.
Me dispongo a buscar una tienda de reparación de bicicletas, entro en una tienda de motos. Como si tuviera algo que ver, y le pregunto al tipo que hay ahí si es posible que me arregle la bici, obviamente no, entonces le pregunto si sabe dónde puedo arreglarla. Parece saberlo a la perfección, pero solo lo parece. Me indica dos direcciones a los que ir, pero ambas están muy lejos, así que encadeno la bici y me dispongo a acabar con los recados a pata. De la bici me preocuparé después.
Caminar a este ritmo resulta ser un esfuerzo físico superior al de ir en bici, bajo el sol primaveral cada vez siento las axilas mas húmedas, y no tengo posibilidad de solucionarlo. Mi sentido de la orientación que normalmente es vago, se ha vuelto nulo. La caída ha liberado en mi mente algún tipo de sustancia que me hace sentir en un estado similar a la embriaguez. Tal vez haya sido un subidón de adrenalina. Tal vez no. El caso es que no encuentro la maldita calle y me siento desorientado en un barrio en el que he estado mil veces. Pregunto a la gente de la zona, pero parece que se les haya contagiado mi estado embriagado. Es como si la calle no existiera. Finalmente la encuentro, gracias principalmente, a mi propia lógica. Si tengo que encontrar una calle llamada iglesia, supongo que estará cerca de la iglesia. Y de repente todo junto me parece muy ridículo y obvio. Me he ganado un gallifante. Subo por el ascensor y mientras me pongo la sudadera que llevo atada a la cintura para disimular el sudor de las axilas, me doy cuenta de lo sucio que voy. Los pantalones manchados, las manos mugrientas, las chaqueta llena de roña. Pero claro, ¿Qué podría esperar tras haberme revolcado por el suelo de la acera? Por bonita que la ciudad sea, el suelo está mugriento. La mugre es una constante que aprendemos a esquivar, pero que siempre esta ahí. Acecha en cada esquina deseando enguarrarte de su esencia. Me abre la puerta una chica simpática, tal vez la secretaria de la agencia, o tal vez una creativa de una agencia pequeña. No lo se. Ni me voy a quedar a averiguarlo. Me limito a decirle que llevo un paquete para ellos y me doy la vuelta mientras me da las gracias, para que no le de tiempo, ni si quiera, a sospechar de mi lamentable presencia.
Las otras dos entregas transcurren de una manera más o menos similar. Y a pesar de todos los contratiempos cumplo con las entregas dentro del plazo previsto.
Ahora voy a preocuparme por mi bici. La primera dificultad que tengo que superar es encontrarla. Hubiera sido bastante más fácil si hubiera apuntado la calle en la que la he dejado, pero no lo he hecho. Solo se con certeza la zona. Pero, con la malditamente regular cuadrícula que forman las cales del ensanche de la ciudad, necesito rodear unas cuantas manzanas antes de encontrarla. Pues todo me parece igual, y me da la impresión que la he dejado en cualquiera de las calles que piso. Pero la encuentro justo cuando estoy empezando a emparanoiarme acerca de la posibilidad de que me la hayan robado. Recuerdo una vez en la que, para recuperarla, tuve que perseguir a un moro que se la llevaba al hombro. Y eso alimenta mi paranoia. Pero esta vez la bici sigue ahí. Quien se va a molestar en robar una bici decathlon, la mas barata de ellas, y con la rueda totalmente destrozada. La pieza que normalmente ajusta la cámara esta reventada y los hierros se separan dirigidos a todos lados. Nunca sospeché que el aire pudiera ser tan poderoso.
Mantengo la rueda que no rueda elevada. Empujo a la de atrás dirigiéndola. Los peatones temen acercarse demasiado a mí, temen la posibilidad de que les eche la bicicleta encima, o eso me parece que comunican sus miradas. Tras una larga y dura caminata llego a la calle donde el tipo de la tienda de motos me había dicho que había un taller de bicicletas. No veo nada, como era de esperar vista mi suerte. Al final decido entrar en cualquier tienda y preguntar. Si hay una tienda de bicis cerca, alguien que trabaje en la misma calle, que se la recorre a diario, debería saber donde se encuentra. Y mis suposiciones son acertadas. Una señora, que esta sentada detrás de una mesa de oficina, no recuerdo de que, me dice con toda seguridad: “la tienda que buscas estaba en esta esquina, pero quebró hace unos meses”.
Salgo, respiro profundamente para mantener la calma, y me cuesta. Por un momento mi mayor deseo es patear la bicicleta y las caras de todos los que están a mí alrededor hasta quedar exhausto. Pero en lugar de eso respiro hondo. Hace que el cerebro funcione mejor.
Llamo por teléfono a mi compañero de piso, tengo suerte, esta en casa. Le digo que mire en google dónde está la tienda de bicis mas cercana a mí y me indica una dirección que me pone de mal humor, más. No por su lejanía, sino porque está un poco más allá de donde vengo. Y yo, odio deshacer lo que hago. Odio el esfuerzo en vano. Y odio las pérdidas de tiempo. Y lo he hecho todo a la vez. Me dirijo hacia allí, temeroso de que esté cerrada, o ya no exista. Dada la suerte que llevo sería lo más normal. Pero cuando llego y veo la tienda de bicis doy gracias a mi compañero de piso, a mi móvil, a Internet, y a la tecnología que han estado allí cuando los he necesitado.
Dentro me atiende un hippie molón, aunque simpático. Es una tienda de bicis para gafapastosos modernillos del borne. Y me imagino que me sablearán. Pero es un momento en el que pagaría cualquier cosa por una rueda. Y no se burlen, no en vano es el invento más importante de la historia. Me dice amablemente “Un momento, voy a buscar tu rueda”. Repentinamente me siento más ligero. Voy quitando la rueda de mi bici, la separo de la cubierta que me ha dicho que es lo único que se puede aprovechar. El hippie vuelve con las manos vacías. “Se me han acabado las ruedas”. Esto es el colmo. Pero me ofrece una solución que evita que mi esperanza se desvanezca completamente. A dos calles hay una tienda de bicis. Y es una tienda normal. No una tienda de bicis que se decora de manera molona para atrapar a clientela subnormal que quiere ir de moderna por la vida por llevar una bici estilo retro, cuanto más cara mejor, aunque no esté equipada. Aunque no me lo explica con esas palabras por supuesto, y, aunque pueda parecer lo contrario, agradezco mucho la amabilidad del hippie molón.
Salgo con la bici en una mano, la rueda destrozada en otra, y la cubierta colgada cual collar, aumentando el porcentaje de mugre que hay en mi ropa. Suelto la rueda en el primer contenedor y llego a la siguiente tienda con mi bici colgada del hombro, y mi bonito collar de caucho. Eso si que es una tienda de bicis normal, me atiende un Manolo con mono de mecánico y una gorra amarilla con un logo publicitario de whisky. Le digo si me puede vender una rueda, accede. Me dispongo a colocarla en la bici, pero me doy cuenta de que el mecanismo es diferente a la que tenía antes. No se quita con la mano, sino que necesitas dos llaves inglesas, o alicates, o cualquier cosa que pueda sujetar los pequeños pernos y permitirme hacer fuerza sobre ellos. Cualquier cosa que por supuesto no llevo encima. Me giro, veo un cartel que pone “mano de obra: 50 Euros/hora” y le pido prestadas las herramientas. Me tiro un buen rato, no es que sea muy mañoso, pero cambio la rueda. Y es en ese momento en el que caigo que la rueda de una bici no se puede hinchar a pulmón. Miro al dependiente. Le he estado ocupando gran parte del vestíbulo de la tienda para cambiar la rueda, le he pedido prestadas herramientas para ahorrarme la mano de obra, y ni he hecho el gesto de pagar todavía por la rueda que me ha entregado. Pero vuelvo a mirar el cartel que pone “50 Euros hora” y le pido si me deja entrar a su taller a hinchar la bici para no irme arrastrándola hasta la próxima gasolinera. Supongo que le he dado pena, porque le dice al mecánico del interior que me la hinche. ¡Perfecto, ya tengo bici! Le pago veinticinco Euros y salgo de la tienda ansioso por poder volver a pedalear y desplazarme a una velocidad decente. A pesar del cansancio causado por todo el ajetreo, me siento feliz, y como una pluma. Ahora si que me he quitado un gran peso de encima. Me queda casi una hora de pedal para llegar a casa, pero al menos ya pedaleo. Pero, por supuesto, no todo va a ir bien antes de llegar a casa. Es primavera, y los ataques de tos y estornudos causados por el polen solo cesan cuando cae una lluvia torrencial digna del clima tropical. Paradójicamente, ahora que estoy empapado, ya no estornudo ni toso. Pero estoy empapado, como si me hubiera caído a una piscina con ropa y todo. Y estoy justo en el punto intermedio entre dos paradas de tren. Las dos están no muy cerca. Y la lluvia es tan abundante que en ese tramo consigue que me sienta mojado hasta los huesos. Pretendo ir veloz para llegar pronto a la siguiente estación, pero no es buena idea. La bici ignora los frenos, que dejan resbalar las ruedas debido al agua. La calle esta inundada y la gente camina sin mirar a su alrededor, prestando gran atención a sus pasos para no caer. Una señora. Se me tira delante, voy rápido, los frenos me ignoran, mis pies se deslizan a toda velocidad arrastrándose por la acera aguada. Curvo y paro justo a tiempo para no golpearla. La señora ni se ha enterado de que por unos pocos centímetros no ha sido arrollada por mis casi cien quilos de peso, y sigue su paso, concentrada en no caer. Sigo, casi me caigo, casi me choco, casi me atropellan, y todo ello numerosas veces. Pero cuando llego hasta la estación, la lluvia no ha cesado, pero casi. Y ya estoy tan empapado que un par de gotas mas que me caigan encima no me van a afectar para nada. Decido llegar a casa en la bici. Por supuesto, cuando llego, para de llover. Entro en casa, y cuando veo a mi compañera de piso le saludo, “¡Ya es primavera!” Y si yo creyera en Dios pensaría que me ha mandado una advertencia para que no vuelva a coger la bici, pero como creo que más en mí que en él, y como el hombre es el único animal que tropieza dos, tres y seis veces con la misma piedra, mañana volveré a coger la bici.
Mayo 2010


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