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lunes, 30 de julio de 2012

Sir Wilfrid Roberts

Charles Laughton ("Testigo de cargo")

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- Sir Wilfrid, si no le molesta me gustaría leerle un poemita que hemos compuesto para darle la bienvenida.
- Es un gesto conmovedor. Puede recitarlo después de la oficina, en su tiempo libre. ¡Ahora, al trabajo!

"Laughton podía hurgar en su talento como un niño feliz en una caja de juguetes llena a rebosar". La frase pertenece a Billy Wilder, director de la prodigiosa "Testigo de cargo" ("Witness for the prosecution", 1957), y está dedicada al hombre que protagonizó esa joya, "el mejor actor del mundo", como el propio Wilder definió a Charles Laughton. No era un elogio fácil, ya que el cineasta austriaco había podido comprobar que, en cuestión de estrellas, hay que andar con pies de plomo a la hora de conceder alabanzas: tras filmar "Perdición", proclamó que Barbara Stanwyck era la mejor actriz con la que había trabajado; pero cuando ofreció a otras estrellas papeles principales en sus películas, algunas le contestaron con cierto despecho que se los diera a su "actriz favorita".
Charles Laughton puso todo su talento, entusiasmo y derroche interpretativo para componer el personaje de Sir Wilfrid Roberts, un veterano abogado criminalista de Londres que regresa a su despacho tras haber permanecido cuatro meses en un sanatorio por un ataque cardiaco. Después de 37 años de intensa dedicación laboral, su corazón sufre los excesos del alcohol, del tabaco y de su exagerada pasión por el trabajo.
Es un hombre que se vacía en las causas que defiende. Mordaz, sarcástico, insensible en apariencia, astuto como un lince, inteligente e intuitivo y con una enorme experiencia para tratar con acusados, jueces y colegas. Le gusta hablar claro, es vehemente y no soporta la sensiblería. Cuando desprecia la lectura del poema de bienvenida que sus empleados le han escrito, una mujer no puede evitar que se le escape un amago de sollozo: le emociona saber que es el mismo cascarrabias de siempre. "Más sentimentalismos a mi alrededor y les aseguro que me vuelvo al hospital", les advierte él.
No siempre debió ser así, desde luego. Cuando entra en su despacho tras la larga ausencia, le revela a su mayordomo Carter (Ian Wolfe) cómo se sintió en su primer caso: "Tenía más miedo que el propio acusado. La primera vez que me levanté para hablar se me cayó la peluca".

- ¿Se nota mucha corriente? ¿Quiere que cierre la ventana?
- Quiero que cierre usted la boca. Habla demasiado.

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Miss Plimsoll y su paciente, de vuelta a casa.

El abogado no ha vuelto solo; le acompaña una parlanchina enfermera, miss Plimsoll (Elsa Lanchester), que parece estar inmunizada contra el mal humor de su paciente y sus ácidos comentarios. Su misión es procurar que tome puntualmente sus pastillas y que descanse muchas horas; además, tendrá que estar preparada para requisarle los puros que siempre tiene escondidos, como los que guarda en el interior del bastón.
Se siente vencido, e incluso humillado por su enfermera, a quien le revela cuántas veces sintió deseos de matarla. Él mismo se hubiera defendido en el juicio: "Durante cuatro meses, este supuesto ángel de bondad ha manoseado, punzado, sondado, martilleado y torturado mi indefenso cuerpo, mientras atormentaba mi mente con palabras aptas para un niño de pecho".
El paso del tiempo parece haberle convertido en un gruñón caprichoso e infantil: cuando contempla el ascensor que le han instalado para que no tenga que subir a pie las escaleras, se queja por ser víctima de una conspiración para sentirse inválido; pero cuando lo prueba se porta como un niño, fascinado por el "juguete". "Fuera de allí -le dice a la enfermera, que se ha sentado para probarlo- el ascensor es mío porque el ataque lo tuve yo".
Podrá seguir trabajando, pero tiene prohibido aceptar casos difíciles que puedan disparar su tensión. Sin embargo, la visita del procurador Mayhew (Henry Daniell), que viene acompañado por un individuo llamado Leonard Vole (Tyrone Power), le resultará irresistible. Y no es el caso criminal lo que le llama la atención, sino los cigarros que asoman por el bolsillo de la chaqueta de Mayhew.
Leonard Vole está acusado de haber asesinado a Emily French (Norma Varden), una rica viuda que se enamoró de él. Mientras el hombre cuenta su historia, Roberts está más preocupado por ocultar las pruebas del cigarro que fuma con deleite. No le impresiona que sea asesino o inocente. Incluso bromea con ello cuando Vole le ofrece un mechero para su puro: "Joven, podrá haber matado o no a una anciana, pero a este anciano le ha salvado la vida".
Sus años de experiencia le han convertido en un abogado magistral, cargado de efectos dramáticos (la prueba del monóculo, que proyecta el sol en el rostro del acusado), enormes reflejos para intentar ponerle en apuros, un humor sarcástico fuera de lo común y una inteligencia superior para hurgar precisamente donde más duele. Durante unos minutos bombardea al hombre con preguntas incisivas y muy intencionadas a gran velocidad, mientras observa con indiferencia cualquier punto indeterminado del despacho. En esta escena, Laughton está genial: tira la ceniza por la ventana, camina con lentitud, se sienta pesadamente, coloca un dedo a lo largo de su rostro en actitud pensativa, se da la vuelta con parsimonia, extrae el monóculo y apunta el cristal a la cara del hombre. El brillante y denso interrogatorio le convence de la inocencia de Vole, pese a que un nuevo abogado, Brogan-Moore (John Williams), les anuncia que el acusado se ha convertido en el gran beneficiario del testamento de la víctima: 80.000 libras.
Roberts no quiere conocer en principio a la esposa de Leonard, Christine Vole (Marlene Dietrich), porque no está dispuesto a soportar desmayos, llantos y ataques de histerismo. Pero la impactante llegada de la mujer le dejará sin habla:

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La prueba del monóculo. 

- "Nunca me desmayo porque no estoy segura de caer con elegancia y no es mi costumbre oler sales porque hinchan los ojos. Soy Christine Vole".

La esposa de Leonard desarma por completo al abogado, cuyo rostro parece, pese a su veteranía, sumamente sorprendido y escandalizado. Es posible que en toda su trayectoria jamás se haya encontrado con una testigo tan fría, calculadora, inteligente y despiadada. Las dudas que le generan el caso a Brogan-Moore provocarán que, finalmente, Sir Wilfrid Roberts asuma la defensa de Vole. En apenas unas horas ha pasado de ser un convaleciente anciano que iba a disfrutar de un relajado y progresivo retiro profesional -sólo con casos tranquilos e inofensivos- al enérgico y tenso criminalista que vuelve a ser de nuevo. 
La señorita Plimsoll no puede creerlo: su paciente, con un enorme puro en la boca, le está gritando que le dé fuego y ella obedece sin rechistar. (Una vez más, excelente la manera de interpretar de Laughton: la enfermera entra en el despacho para abroncar a su paciente; éste comienza a extraer de su bolsillo el cigarro, mientras su cabeza parece estar en otro lugar y su vista en un punto indeterminado; coloca con suavidad el puro en sus labios, se palpa el traje en busca de cerillas y, sin hacer caso de la señorita Plimsoll, le pide fuego con tranquilidad, primero, y luego con un chillido que hace temblar a la mujer).
Wilfrid El Zorro, como le llamaban en el hospital por el empeño que ponía en ocultar sus puros, demostrará desde el comienzo del juicio que el apodo es perfecto. Posee astucia y, como dice él de Leonard Vole, hasta cierto instinto criminal. Consciente de que la enfermera va a examinar el termo del café ("Si fuera usted mujer, señorita Plimsoll, la azotaría", le recrimina por su extrema vigilancia), ya ha previsto que Carter le prepare otro con coñac y que dé el cambiazo sin que se note. Nada más entrar en la sala del juicio interviene a tiempo para desbaratar por dos veces una pregunta de su colega, el fiscal Myers (Torin Thatcher).

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Sir Wilfrid sonríe al acusado, Leonard Vole.

Sir Wilfrid no sólo es un hábil abogado comprometido al máximo con su defendido; es también un actor soberbio que cuida hasta el mínimo detalle la puesta en escena, el tono de voz, los gestos y el ritmo del juicio. Sabe que tendrá que utilizar toda su experiencia y todos sus recursos para convencer al jurado, porque el panorama que dibujan los testigos está claramente en su contra. Así, en el memorable interrogatorio a Janet Mackenzie (Una O'Connor), criada de la víctima, eleva y baja el volumen de su voz, de forma magistral, para que el jurado aprecie la notable sordera de la mujer: "¿No es cierto, señora Mackenzie que ha solicitado usted al seguro nacional un audífono?". Y las últimas sílabas las pronuncia volviendo la cabeza hacia otro lado y bajando de manera gradual la voz. Es una trampa muy eficaz, pese a las protestas del fiscal, porque el jurado se quedará con la duda: ¿cómo pudo reconocer esa mujer la voz del acusado en el momento del crimen?
La primera gran sorpresa y el primer giro dramático de los acontecimientos los da el testigo de cargo definitivo, Christine Vole (ahora llamada Helm), que ha decidido declarar en contra de quien se supone era su marido. Sir Wilfrid deja de jugar con las pastillas (ordenarlas una y otra vez le ayudaba a pensar), se quita el monóculo con rabia y mira a su alrededor sin entender nada. Christine ya era bastante odiosa por su cuenta, pero la mirada del abogado expresa claramente que desearía matarla. No entiende que una mujer pueda albergar tanta maldad en su interior como para destrozar la vida de su marido.
Pero, en realidad, Leonard no está casado con ella. La boda que celebraron no fue legal, y ella ya tenía esposo. Christine desmonta los argumentos de la defensa y declara que, en efecto, Vole mató a Emily French. Wilfrid Robert, sereno, relajado y con un tono de voz inquisitivo pero amigable, trata de demostrar que, si ha estado mintiendo siempre, ésta no va a ser una excepción: "La cuestión es saber si mintió entonces, si miente ahora o si es usted una mentirosa habitual ¡y crónica!", termina exclamando con un grito que le provoca un vuelco en su corazón. La tensión del momento y de su propia actuación judicial le están poniendo de nuevo al borde del colapso.

Advertencia: Si no has visto la película, mejor no sigas leyendo

La situación es tan dramática y desesperada que el abogado prefiere poner todo su empeño en llegar al corazón del jurado antes que llegar a su cerebro. Interrogar a Leonard podría aclarar algunos puntos, pero sabe que la resolución del caso a su favor depende de los sentimientos más que de la razón... salvo que ocurra un milagro.
El milagro es una extraña mujer que tiene en su poder comprometedoras cartas de amor de Christine a un tal Max. Y en una de ellas le confiesa a su amante que podría mentir para inculpar a Leonard de un crimen que no ha cometido. En lugar de desvelar enseguida esta prueba, Roberts hace llamar de nuevo a Christine y fabrica de manera magistral la trampa en la que la odiosa mujer va a caer. Christine se derrumba y lo admite todo: Leonard Vole es declarado inocente.
Demasiado milagroso. Demasiado perfecto. La intuición del abogado le dice que algo no encaja, pero no sabe bien qué. Brogan-Moore se queda extrañado al ver a su colega tan pensativo. Parece ausente y ni siquiera ha celebrado el fallo de la inocencia de Leonard Vole:

- Hace una hora tenía un pie en la horca y el otro en una piel de plátano. Debería estar usted orgulloso. ¿No lo está?
- Aún no. Hemos vencido a la horca, pero la piel de plátano sigue todavía bajo el pie de alguien.


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El abogado, asombrado ante la revelación.

Sir Wilfrid se queda solo y aparece Christine, que ha logrado salvarse de la multitud que pretendía agredirla por su monstruoso comportamiento. El abogado la detesta, pero enseguida cambiará su valoración ya que asiste a la verdadera (y espectacular) revelación del caso. Ahora sabe no sólo quién está pisando la piel de plátano sino cómo le han engañado, por completo, tanto los Vole como su propia intuición. Está confuso, dolido y herido en su ego: por no haberse enterado de nada, pese a su enorme sagacidad; por haberse dejado manipular, primero por Leonard y luego por Christine; por haber malinterpretado la falsa actitud del acusado, pese a su experiencia; y por no haber sabido comprender que detrás de esa fría, odiosa y cerebral mujer se encontraba una esposa enamorada, entregada a su (falso) marido, que ha tenido que urdir un plan por su cuenta sin haberse confiado a él.
Queda el último giro dramático. Aparece Leonard, un tipo ahora soberbio, cínico y seguro de sí mismo; llega su verdadera amante y, con ella, el dramático final, la muerte de Leonard a manos de Christine con el mismo cuchillo con el que éste asesinó a Emily French. Mientras todo eso ocurre, Sir Wilfrid Roberts apenas les mira, complacido con el increíble devenir de los acontecimientos, como si supiera lo que iba a pasar. Juguetea con su monóculo y no interviene en ningún momento. Parece estar disfrutando. Sólo cuando la enfermera dice que no se puede hacer ya nada, que lo ha matado, él replica:
- ¿Matado? Lo ha ejecutado. 
La señorita Plimsoll comprende enseguida. No se van de vacaciones a las Islas Bermudas. Su paciente no va a cambiar de hábitos y ni falta que le hace. Va a encargarse de la defensa de Christine Helm y deberá ponerse a trabajar en ello enseguida. Va a necesitar toda su comprensión y su ayuda. Por eso, la última frase de la película es magistral; pone un punto final espléndido a la naturaleza de esta película:

- ¡Sir Wilfrid, que se le olvida el coñac!

La película:
- Se suele decir que "Testigo de cargo" es una película de Hitchcock dirigida por Billy Wilder, pero si echamos un vistazo a la filmografía del compatriota de Agatha Christie comprobaremos que esta afirmación no encaja en absoluto ni en su obra (al menos la cinematográfica) ni en su estilo: a Hitchcock no le gustaban los "whodunit" (¿quién lo ha hecho?, el misterioso asesino que se desvela al final) porque entendía que en el misterio no existe lo que él perseguía: el suspense.
- El relato original es una historia corta de Agatha Christie que apareció publicada por primera vez en 1925; no obstante, la novelista volvió a publicarla, con cambios sobre todo en el desenlace, en una colección llamada "The hound of death" en 1933. En Estados Unidos apareció en un tomo de relatos cortos titulado "The witness for the prosecution and other stories" (1948).
- En la novela no aparecen, entre otros, ni Sir Wilfrid Roberts (el abogado se llama Mayhern, que se transforma para el cine en Mayhew) ni miss Plimsoll.
- Billy Wilder sentía una gran admiración por Charles Laughton, a quien, como queda dicho, consideraba el mejor actor del mundo. Wilder recuerda en el libro "Nadie es perfecto", de Hellmuth Karasek, que Laughton llegaba todos los días con ideas nuevas para la escena que tenían que filmar; a menudo, volvía a darle otra vuelta e, incluso, poco antes de rodar se le ocurría una nueva sugerencia, todavía más genial que las anteriores.
- Wilder escribió el personaje de Moustache (el camarero de "Irma la dulce") para Laughton, pero el cáncer que sufría el actor le impidió rodar la película.
- El director también sentía un gran afecto hacia Marlene Dietrich (correspondido por la actriz), con quien ya había trabajado en "Berlín Occidente".
- Charles Laughton y Elsa Lanchester (miss Plimsoll) eran matrimonio en la vida real.

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Elsa Lanchester y Charles Laughton, matrimonio en la vida real.

- La productora realizó una proyección privada para la Familia Real británica previa a su estreno y todos los miembros debieron firmar una condición: no revelar a nadie el desenlace de la película. Lo mismo había ocurrido durante el rodaje: todo el equipo se comprometió a no contar el final, mensaje que, por cierto, también se solicitaba a los espectadores en los títulos de crédito.
- Como el personaje principal había sufrido un ataque al corazón, Laughton y su esposa ensayaron en su casa cómo podría haber sido dicho ataque. El actor lo interpretó tan bien, al parecer, que Elsa Lanchester sufrió un verdadero ataque... pero de pánico.
- La idea del monóculo que emplea Wilfrid Roberts para intimidar procedía de un abogado real, el de Charles Laughton y Marlene Dietrich.
- William Holden fue la primera opción para el papel de Leonard Vole, pero ya estaba comprometido con "El puente sobre el río Kwai". Tyrone Power (para quien esta fue su última película completa) falleció un año después mientras filmaba en España "Salomón y la reina de Saba".
- También resultó la última película de la espléndida actriz de reparto Una O'Connor (Janet Mackenzie), imprescindible secundaria en un buen número de películas en los años 30 y 40.
- Para el personaje de Christine Vole (Romaine Vole en la novela) se pensó, además, en Rita Hayworth y Ava Gardner.
- La película obtuvo seis nominaciones para los premios Oscar (incluidos el de mejor actor para Charles Laughton y mejor actriz de reparto para Elsa Lanchester), pero no ganó ninguno. Fue el año de "El puente sobre el río Kwai". Marlene Dietrich ni siquiera fue nominada.

lunes, 25 de octubre de 2010

Harry Powell (Robert Mitchum, La noche del cazador)

¿Quieres que te cuente la historia de la mano derecha y la mano izquierda? La historia del bien y del mal”

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Imagen clásica de Harry Powell: love and hate.

Harry Powell es el predicador, estafador y asesino de “La noche del cazador” (“The night of the hunter”, 1955), la única película que dirigió el actor Charles Laughton. Digamos ya que es un personaje de culto entre muchos aficionados y uno de los más impactantes de la historia del cine. Cuando a alguien se le ocurre elaborar la lista de los mejores villanos de la gran pantalla, Powell (Robert Mitchum) siempre está allí, con las palabras “love” y “hate” (amor y odio) inmortalizadas en sus puños y convertidas en un icono de la cultura cinematográfica.
Para esta obra maestra del cine, Laughton y el guionista James Agee perfilaron el personaje de Powell como si fuera el terrible lobo de los cuentos infantiles: acecha a los niños como un astuto depredador ante dos ovejas asustadas; aullará de rabia cuando se le escapen sus presas, o de dolor, cuando le disparen con una escopeta; y sabe disfrazarse con la piel de cordero para engañar a los adultos mediante su palabrería de falso predicador.
La similitud es más que evidente cuando Powell descubre a los pequeños hermanos en la casa de acogida de la señora Cooper (Lillian Gish): Por la noche vemos al siniestro reverendo sentado en el jardín, esperando un descuido de la valiente mujer, que, escopeta en mano, ha escondido el rebaño (a los niños) y vigila al lobo como si fuera un pastor.
El argumento de la película es similar al de la novela: Antes de ser detenido por el atraco a un banco en el que han muerto dos personas, Ben Harper (Peter Graves) esconde el botín de 10.000 dólares y les hace prometer a sus hijos, John (Billy Chapin) y Pearl (Sally Jane Bruce), que jamás dirán nada a nadie. Condenado a la horca, en la prisión coincide con Harry Powell, un falso predicador y asesino de mujeres que, sin embargo, ha sido detenido sólo por el robo de un vehículo. Cuando sale de la cárcel, su objetivo es encontrar ese dinero. Engaña a la viuda, Willa Harper (Shelley Winters), y trata de engatusar a los dos pequeños. Después de asesinar a la mujer, que descubre sus intenciones, perseguirá a los niños para apoderarse del botín.
Powell es un misógino psicópata que oculta su trastorno mental bajo la apariencia de un pastor de Dios. Ningún indicio nos aclara cuál es la causa de su conducta y, a mi juicio, eso le hace más inquietante todavía. ¿Mata por dinero en realidad? ¿Sufrió algún tipo de revés emocional para odiar tanto a las mujeres?
Nada más iniciarse la película, la música de Walter Schumann y el movimiento de cámara nos retratan al falso predicador. “¿Bueno, qué va a ser ahora, Señor? ¿Otra viuda?¿Cuántas van? ¿Seis o tal vez doce? Tú mandas”, exclama con la vista hacia el cielo. Para no tener remordimientos por sus crímenes, ha llegado al convencimiento de que es Dios directamente quien le encarga eliminar a las mujeres, esos seres impuros y depravados que buscan contaminarle con su atracción sexual. “Hay demasiadas mujeres en el mundo. Tú solo, Señor, no puedes exterminarlas a todas. Deja que te ayude”.

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La lucha entre el bien y el mal.

Poco antes de ser detenido por el robo del vehículo, vemos cómo el rostro de Powell se contrae hasta el odio más profundo al contemplar el baile de una mujer semidesnuda en un night-club. El arma con la que comete sus crímenes es un crucifijo-navaja, cuya punta le atraviesa el bolsillo cuando no puede contener la rabia.
En la cárcel escucha a Ben Harper hablar en sueños sobre el botín que ha robado. Además del admirable puñetazo que le suelta el reo a muerte, aquí apreciamos la segunda y más lógica motivación de su existencia, el dinero. Estamos en la época de la Gran Depresión americana y todo el mundo sufre. Powell no tiene propiedades, excepto su vestimenta, su navaja y su vengativa fe.

- ¿Qué religión profesas, reverendo?
- La que el Señor y yo hemos convenido.

La necesidad de proteger a la infancia de la perversidad de los adultos parece una de las lecturas esenciales de esta película. Se aprecia con la siniestra música que acompaña al tren donde viaja Powell, rumbo a la casa de la viuda de Harper. El denso humo negro de la máquina alerta al público sobre la inminente llegada de un ser maléfico. La primera imagen que tienen los dos hermanos del reverendo es, precisamente, su amenazadora sombra proyectada sobre la pared de la habitación.
Al día siguiente, John se encuentra con ese hombre e instintivamente sabe que no se puede fiar de él. Tiene a su hermana en brazos y está seduciendo con su perfecta verborrea a su madre y a los dueños de la tienda, el matrimonio Spoon. Interpreta la Biblia como mejor le conviene y cuando les explica cómo es la lucha del bien y del mal, sus puños se entrelazan y pelean como si estuviera en una clase de párvulos: pero todos, salvo John, se quedan fascinados.
Powell conduce la farsa con maestría. Se ha propuesto entrar en la familia y todas sus acciones y palabras sirven para encandilar a la viuda y a esos habitantes del pueblo que son guardianes de las buenas costumbres y virtudes. A quien no consigue conquistar es al maduro hijo mayor de los Harper; cuando ayuda al niño a ajustarse la corbata, el rostro de Harry Powell parece el de un verdugo a punto de ahorcar a su víctima.
Rechaza a Willa en la noche de bodas con tal convicción que ella se convertirá en una fanática religiosa, una más entre las personas que acuden a los sermones de Powell. Al predicador se le resisten los dos hijos, a quienes presiona en exceso con sus preguntas sobre el dinero. Cuando Willa escucha desde la calle cómo insulta a sus pequeños, Powell decide asesinarla. La mata de forma implacable, sin remordimientos, de manera exageradamente teatral y en una habitación que parece un escenario expresionista de “El gabinete del doctor Caligari” (no es el único homenaje que la película rinde a las tendencias artísticas en la historia del cine).
Es posible que Kirk Douglas o incluso Burt Lancaster hubieran podido estar a la altura de Robert Mitchum en este papel. Pero dudo que alguno de ellos hubiera aportado su altivo porte y su increíble mirada. Por ejemplo, cuando miente a los Spoon y les asegura entre lágrimas que su esposa se ha fugado, levanta la cabeza y vemos unos ojos cargados de cinismo que sólo puede percibir el espectador: “No volverá, creo que eso puedo prometérselo”. Willa se encuentra en el fondo del río, como descubre fascinado el espectador ante las bellísimas imágenes que filmó Laughton.
Powell es un lobo sediento de sangre cuando acomete la persecución de los niños. La forma en que aúlla cuando ellos se escapan en la barca y su grito desgarrador resultan aterradores. A lo largo del camino, él no descansa. Le oímos cantar de forma perversa su tema religioso preferido, “Leaning on the everlasting arms”, mientras recorre la orilla del río a lomos de un caballo.

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El lobo feroz espera un descuido del pastor.
Harry reaparece cuando John y Pearl han sido recogidos por Rachel Cooper, una mujer decidida y de buen corazón. El predicador conoce a Ruby, una de las niñas que viven en ese hogar de acogida, que le confirma dónde están los hermanos. La señora Cooper no se deja impresionar ni por la palabrería del reverendo ni por sus fingidas lágrimas y consigue hacerle huir.
Por la noche, consciente del peligro que representa ese hombre, estará alerta como un pastor ante la amenaza de una fiera. Cuando consigue herirle, la policía hará el resto. John no puede soportar que lo tiren al suelo para reducirlo y le coloquen las esposas. Sabe que el lobo no volverá a hacer más daño a nadie, pero no puede evitar pensar que esa fue la última imagen que le queda de su padre.

Curiosidades
- Harry Powers fue un estafador que atrajo a varias viudas mediante anuncios en periódicos con el fin de robarles el dinero y luego matarlas. Fue ahorcado en 1932 tras comprobarse que había asesinado a varias mujeres y niños a lo largo del estado de Virginia. El escritor Davis Grubb tomó como referencia a este individuo real para crear su novela “La noche del cazador” en 1953, que James Agee adaptaría al cine poco después.
- Harry Powell está considerado, por el American Film Institute, como el 29º mejor villano de todos los tiempos. El primero es Hannibal Lecter (Anthony Hopkins). Para el escritor Stephen King, se trata de uno de los más terroríficos personajes de la historia del cine.
- Cuentan que Charles Laughton odiaba cordialmente a los niños y tuvo muchos dificultades para rodar con los dos protagonistas infantiles de la película. Al parecer, Robert Mitchum estaba más pendientes de ellos que el propio director.
- El sorprendente fracaso del film, hoy considerado una de las grandes joyas del cine, decepcionó tanto a Laughton que ya no volvió a dirigir ninguna película.