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miércoles, 17 de noviembre de 2010

Bertram Potts

(Gary Cooper, "Bola de fuego")

"Le quiero porque es el tipo que se emborracha con un vaso de leche; y me encanta la forma en que se ruboriza hasta las orejas. Le quiero porque no sabe besar... ¡el tonto!"  (Sugarpuss O'Shea)

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Bertram, petrificado ante los encantos de Sugarpuss O'Shea.

Gary Cooper fue un seguro de vida para muchos directores. Si Ernst Lubitsch quería darle más brillo a un personaje, bastaba con llamar al "americano ideal". Si Frank Capra buscaba un tipo honesto, formal y entrañable, contactaba con el agente del actor. Y si Howard Hawks, Fred Zinemann, Delmer Daves o William Wellman necesitaban a un héroe, allí estaba la estampa de Gary Cooper, que lo mismo se ponía en la piel de un sheriff o de un mito del béisbol que en la de un vaquero solitario o de un científico espía.
Quienes captaron enseguida sus grandes dotes para la comedia nunca se sintieron defraudados, porque el hombre nacido como Frank James Cooper salió siempre airoso, ya fuera un millonario caprichoso (su excelente papel de Michael Brandon en "La octava mujer de Barba Azul"), un idealista íntegro como Longfellow Deeds ("El secreto de vivir") o un tímido profesor de Lengua que apenas ha visto mundo. Ese es el espléndido personaje de Bertram Potts ("Bola de fuego", "Ball of fire", 1941), dirigida por el maestro Hawks.
El inspiradísimo guión de Billy Wilder, Thomas Monroe y Charles Brackett resulta toda una garantía: Potts es uno de los ocho profesores que trabajan desde hace años en la elaboración de una enciclopedia, encerrados en una vieja mansión. La visita de un basurero, que habla un argot incomprensible, le obligará a replantearse su trabajo como experto lingüista y a bajar al mundo real. Entre los personajes que conoce está Katherine "Sugarpuss" O'Shea (Barbara Stanwyck), la novia del gángster Joe Lilac (Dana Andrews). Éste aprovechará el interés del profesor por su chica para evitar que la policía le siga el rastro. Lilac no cuenta con que Sugarpuss se enamorará de Potts.
Aunque se trata del más joven, Bertram es también el más exigente y responsable de los profesores, todos ellos tan absurdos y chiflados como encantadores. Al llegar la primavera, mientras los otros siete disfrutan de su primer paseo matinal por el parque, él cierra su libro, mira el reloj y anuncia que se ha acabado el descanso, sin hacer caso de las protestas. Los "siete enanitos" -como hábilmente nos sugiere la introducción de la película- viven en un mundo apartado de la civilización, pese a que se encuentran en Nueva York. Son cultos e instruidos y cada uno domina una rama de la sabiduría, pero no saben desenvolverse en la vida cotidiana.
Bertram Potts ha vivido siempre en esa burbuja llena de libros y conocimientos desde que a los dos años aprendió a leer. Con 15 años se graduó en la Universidad de Princeton y se dedicó al estudio de la lingüística. Pero semejante obsesión le ha alejado de otras cuestiones importantes, como el amor. El profesor Gurkakoff (Oskar Homolka) le tiene que golpear en la espalda, por ejemplo, para que hable con la señorita Totten, la heredera del filántropo que les encargó esa vasta enciclopedia interminable. Y es que Potts parece aterrado en presencia de las mujeres.
El basurero del barrio (Allen Jenkins) le abrirá los ojos a otra realidad que creía tener dominada, la del argot callejero. El profesor no sabe qué es "chorba", "machacante", "guita" o "garbeo" y comprende que su estudio del slang (o lenguaje coloquial de la calle) se ha quedado desfasado, sólo ha embalsamado frases muertas. Cuando anuncia que va a salir a la calle, los demás se quedan horrorizados ante ese imprevisto que rompe su rutina diaria.
Potts recorre la ciudad, escucha una jerga nueva para sus oídos, se queda maravillado ante frases hechas tan comunes como "drum boogie" (soberbia escena musical) e invita a una serie de personajes pintorescos a que colaboren con él. La única que se resiste es la cabaretera Sugarpuss O'Shea, que en un principio lo confunde con el ayudante del fiscal que la busca como testigo de las andanzas criminales de su novio. "Supongamos que le dice al fiscal que se dé un garbeo por las afueras", le suelta ante la euforia del profesor, que interpreta esa frase como un magnífico ejemplo de argot.

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"Dijo palabras tan asombrosas que me dejó estupefacto".

La vida de los profesores resulta tan rutinaria que la salida de Potts les ha excitado. Todos le rodean con el fin de conocer el relato de sus andanzas, aunque él se centra más en los avances lingüísticos que ha realizado en vez de recrearse en la descripción del cabaret, como esperan los demás.
- Dijo palabras tan asombrosas que me dejó estupefacto: Pise el acelerador, por ejemplo.
- ¡Sorprendente! ¡Qué barbaridad!
Es lógico que la llegada inesperada de Sugarpuss -que necesita un lugar seguro para esconderse de la policía- revolucione ese gallinero. Cuando aparece por la puerta, los profesores huyen despavoridos y Bertram se queda espantado. "Le ruego que les perdone por su atuendo y a mí por no llevar corbata", se excusa con exagerada formalidad. Ella responde con ironía: "No se preocupe, una vez vi a mi hermano mayor afeitándose".
El remilgo, la timidez y la exquisita educación que muestra Potts contrasta con el descaro, el sarcasmo y la insolencia de la chica: el resultado es delicioso para el espectador y para la alta comicidad de la película. Sugarpuss se va ganando el cariño de los demás profesores, más infantiles que su joven compañero, porque transmite alegría de vivir. A Bertram le absorbe el estudio del slang; a ellos sólo les importa aprender a bailar la conga o vestir a la última moda, como hace el profesor Robinson (Tully Marshall), que aparece radiante con su traje claro.
- "Una chica me persiguió por la Quinta Avenida", explica orgulloso.
- "...Para decirle que quitara la etiqueta del precio", le aclara ella.

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Practicando el yum.
Bertram sabe que la presencia de la señorita O'Shea es un grave riesgo para el trabajo y, respaldado por la severa ama de llaves, la señora Bragg, decide echarla; pero cuando ella le llama "viejo anticuado", le confiesa que a él también le ha perturbado su presencia, por muy firme que se haya mostrado ante la tentación. Incluso le revela que tuvo que mojarse la nuca tras excitarse al contemplar cómo un rayo de sol le inundaba el pelo. Ella juega la carta de la seducción para quedarse: "Tal vez esté loca, pero para mí eres el clásico tipo yum-yum", le dice antes de besarle. Bertram sale corriendo para mojarse la nuca de nuevo. Incluso entonces sigue firme en su propósito, pero una vez que ha probado los labios de Sugarpuss, quiere un poco más: "¿Antes de que se vaya, le... le importaría... darme otro yum?". Definitivamente ha caído en sus redes.
A partir de es momento vemos a un Bertram ilusionado, exaltado incluso, sonriente y dichoso. Su felicidad contrasta con la actitud de la chica, que cuando él se le declara en la habitación, tímido, casi avergonzado y con un modesto anillo que contrasta con el lujoso pedrusco que ella luce en su mano, comprende que ha ido demasiado lejos. Potts no para de hablar; es como si su corazón dormido se hubiera despertado de golpe.

- ¿Qué ha sido mi vida hasta ahora? Un prólogo, un prefacio vacío.
- ¿No puedes hablar como las personas?

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Sugarpuss atiende al principio divertida la declaración de amor de Bertram.

Podemos reírnos de los demás profesores, pero no de Bertram, que, sin darse cuenta, sufrirá una gran humillación cuando trate al novio de ella como si fuera su padre. En una escena demasiado cruel como para resultar cómica, Joe Lilac le hace creer que los padres de Sugarpuss quieren que la boda se celebre en Nueva Jersey. Su objetivo es que pueda burlar, acompañada por los chiflados profesores, a la policía, y una vez fuera de Nueva York, casarse con ella... ya que al ser su esposa no podrá declarar en su contra. Bertram está tan ilusionado que no se percata de la tremenda burla; le habla de sus limitados ingresos, de su sinusitis ya superada, de su predilección por el Partido Republicano...
Sugarpuss, que está empezando a enamorarse de ese hombre, se siente culpable e impotente. El hombre que le ha declarado su amor es muy diferente a todos los que ha conocido a lo largo de su vida. Es ingenuo, noble y honesto. No ha sufrido todavía ningún revés que le haga desconfiar de mujeres como ella: realmente parece un ser virginal.

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Barbara Stanwyck y Gary Cooper, dos enamorados a oscuras.

En la notable escena de la despedida de soltero, una vez que se han quedado tirados por el camino debido a un accidente, Potts entra en su bungalow por error y le confiesa su pasión creyendo que le está hablando al viejo Oddly (el impagable actor Richard Haydn), quien ingenuamente le ha aconsejado inspirarse en una planta ranunculácea, nada menos que la Anemona Nemorosa, para tratar a Sugarpuss. Ella se lanza a sus brazos y cuando se queda sola tiene que mojarse la nuca para aplacar su excitación, tal como hacía él.
La magia amorosa se rompe brusca y cruelmente con la llegada de Lilac y sus matones, que desvelan la realidad con crudeza. Bertram es un hombre íntegro y leal, por eso no perjudica a la chica delatando la situación a la policía. Está dispuesto a superar la sensación de fracaso y humillación, e incluso a asumir todas las culpas de su conducta ante la señorita Totten, que quiere disolver la fundación y poner fin a la enciclopedia.
El desenlace nos permite apreciar a un nuevo hombre: eufórico, impulsivo e incluso divertido. Su chica le ha dicho no a Joe Lilac, lo que demuestra que le quiere a él. Junto con sus profesores aplicará los conocimientos que tienen de Historia (La espada de Damocles), Ciencias (el principio de Arquímedes) y Filosofía (la frase "El que más alto se sube de más arriba se cae") con el fin de desarmar a los matones y rescatar a Sugarpuss. Para enfrentarse al gángster no le van a servir los libros, por mucho que estudie un manual de boxeo: será su instinto el que derrote a Lilac.
Bertram ha recuperado su autoestima y Sugarpuss ha vuelto. Aunque está convencida de que será un estorbo para los profesores. Pero Potts ya ha adquirido cierta experiencia en el trato con las mujeres: se olvida de las palabras y la besa con pasión. El viejo Oddly se escandaliza: "Cielos, Bertram, recuerde la Anemona Nemorosa...". Nosotros lanzamos la última carcajada: ninguno de los dos le escucha.

Curiosidades
- Siete años después de rodar esta película, Howard Hawks se vio obligado por Samuel Goldwyn a encargarse de un remake bastante más insípido, "Nace una canción", con guión de Harry Tugend. El director confesó que no soportaba a los dos protagonistas, Danny Kaye y Virginia Mayo.
- Gary Cooper no era exactamente culto o intelectual, al menos no como aparece en la película, pero atrajo la amistad de de gente como Ernest Hemingway. Sobre todo era muy amigo de Hawks, con quien ya había rodado dos películas, una de ellas, "Sargento York", el mismo año, y por cuya actuación recibió un Oscar.
- La estrella, en esa época una de las más cotizadas de Hollywood, era un experto seductor. Jeffrey Meyers, autor de la biografía "El héroe americano", revela que se acostó prácticamente con todas sus parejas en la ficción. Y Barbara Stanwyck no fue la excepción.
- Uno de los aciertos de la película es la introducción del famoso número musical "Drum boogie", con el célebre Gene Krupa y su orquesta. La cantante Martha Tilton puso su voz en la canción, no la actriz.
- El guión estaba basado en un relato corto del genial Billy Wilder; este se inspiró ligeramente en una gran película de Walt Disney, "Blancanieves y los siete enanitos".
- Ginger Rogers y Carole Lombard fueron candidatas al papel de Sugarpuss O'Shea, pero quien más cerca estuvo fue Lucille Ball. Gary Cooper fue quien propuso a Stanwyck.
- La excelente escena en la que Bertram le habla a Sugarpuss creyendo que es uno de los profesores tuvo un truco notable en la iluminación. Hawks obligó a Barbara Stanwyck a cubrir toda su cara de negro, excepto los ojos, para que éstos resaltaran con un brillo especial en la oscuridad. El efecto es sobresaliente.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Susan Vance (Katherine Hepburn, La fiera de mi niña)

“Reconozco que en los momentos de paz me he sentido atraído por usted, pero lo cierto es que no ha habido paz”.  David Huxley (Cary Grant)

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Susan, siempre más libre que David.

Katherine Hepburn está considerada como la mejor actriz de todos los tiempos y no tengo argumentos ni deseos de discutir esa merecida distinción. Existe al menos una docena de grandes películas que lo respaldan y el doble de personajes protagonizados por ella que prácticamente lo confirman. De todos ellos, siento verdadera devoción por Leonor de Aquitania (“El león de invierno”), Tracy Lord (“Historias de Filadelfia”), Amanda Bonner (“La costilla de Adán”), por supuesto Rose Sayer (“La reina de África”) y, especialmente, ese delicioso desastre natural que se llama Susan Vance.
La actriz tenía 31 años cuando afrontó la primera comedia loca (“screwball comedy”) de su carrera. Aunque ya era una estrella gracias a “Gloria de un día”, “Damas de teatro” y “Mujercitas”, los estudios la consideraban “veneno en taquilla”. Y “La fiera de mi niña” (“Bringing up, Baby”, 1938), dirigida por Howard Hawks, no iba a ser una excepción. Posiblemente, el espectador de aquella época ya tenía bastante con los hermanos Marx y no estaba preparado para asimilar semejante desenfreno de comedia con otros intérpretes.

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Paula Prentiss con Rock Hudson.
Susan Vance es un personaje irracional pero encantador y ese equilibrio es uno de los que más escuela han creado en el cine. Directamente la imitaron Barbra Streisand (“¿Qué me ocurre, doctor?”) y Paula Prentiss (“Su juego favorito”), casi dos homenajes de Peter Bogdanovich y del propio Hawks, pero la personalidad de Susan la hemos visto reflejada en infinidad de actrices, desde Barbara Stanwyck y Jennifer Jones a Rosanna Arquette y Melanie Griffith.
El argumento de la película podría explicarse así: El profesor David Huxley (Cary Grant) necesita un millón de dólares para su museo de historia natural y tropieza con Susan Vance, la sobrina de la millonaria señora que debería donarle ese dinero. En apenas veinticuatro horas será cómplice del robo de un vehículo, tendrá que comprarle 12 kilos de solomillo a un leopardo, perseguirá de forma incansable a un perro, vestirá un salto de cama femenino, le tomarán por loco hasta los empleados de un circo y hará el ridículo de una manera permanente.
David conoce a Susan en el campo de golf donde ha quedado con Alexander Peabody (George Irving), abogado de la millonaria Carleton Random (May Robson). Le ha quitado su pelota de golf, pero ella no atiende a razones. Tampoco cuando se dispone a marcharse con el vehículo de David.
“Su pelota de golf, su coche... ¿Pero hay algo aquí que no sea suyo?”.
“Por suerte, usted”.
Es evidente que Susan vive a un alto nivel, sin necesidad de trabajar, gracias a las rentas de su tía. No conocemos nada de sus padres ni de su pasado, ni de su éxito con los hombres ni de sus amistades. De su vida privada sólo sabemos que tiene un bonito apartamento y que su hermano Mark está en Brasil. Es una mujer inclasificable e independiente. La vemos en una fiesta sentada en la barra del bar y jugando con el camarero a meter olivas en las copas. Ahí vuelve a encontrarse con David, con humillante resultado para él. “Se le cae una aceituna y yo me siento en mi sombrero, veo que todo encaja”.

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David siempre está huyendo de ese desastre natural que es Susan.
 Ella se ha fijado en ese hombre con gafas, torpe y despistado que la regaña siempre y que anda preocupado sólo por la clavícula intercostal del brontosaurio que tiene en el museo. Su mirada nos muestra de repente que acaba de encontrar al hombre de su vida y, pese al rechazo de David, no va a darse por vencida. En la misma fiesta, y tras una breve conversación con el psiquiatra Fritz Lehman (Fritz Feld), le persigue con resultados catastróficos: se equivoca de bolso, le rasga la levita y ella acaba con el vestido roto, enseñando su ropa interior (“¿No pensará que lo hice a propósito?”, es la disculpa que repite). La genial salida que improvisan para que nadie la vea en paños menores es una de las escenas más divertidas del cine.
Susan Vance es un cóctel que de vez en cuando se agita frenéticamente: irreflexiva, absurda, irracional, despreocupada, caprichosa, mentirosa, divertida, imprudente y espontánea. Para David Huxley es un torbellino peligroso. Primero le convence de que el abogado que busca, Peabody (a quien de forma sistemática él siempre da plantón), es amigo suyo y hace todo lo que le pide; luego se le ríe en la cara cuando le cuenta que se va a casar: “¿Y para qué?”, exclama jocosa; al día siguiente le llama por teléfono para preguntarle si quiere un leopardo y, cuando él acude en su ayuda por creer que le está atacando, se mete definitivamente en el lío. “Usted lo ve todo al revés, no he conocido a nadie igual”.
A Susan no le queda más remedio que improvisar para atraerle y así retrasar su boda con la señorita Swallow (Virginia Walker). Se llevan a Baby, el leopardo, a la finca de su tía en Connecticut, y lo que les ocurre es un frenesí continuo. Para ella, sin embargo, no hay nada extraordinario en lo que hace. Parece como si robar un vehículo, chocar contra un camión o arrastrar a un leopardo formaran parte de su cotidiana existencia. “David, no hay quien le entienda, en cuanto se soluciona una cosa empieza a preocuparse por otra”, le reprocha.

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Baby, el otro protagonista de la película.

Dispuesta a todo para que no regrese a Nueva York, ordena que laven y planchen su ropa mientras él se ducha. David tiene que salir con una bata femenina, lo que da pie a uno de los diálogos más analizados y polémicos (por los rumores de homosexualidad en torno a Cary Grant) de la época:
“¿Por qué va vestido así?”, le pregunta la tía Elizabeth Random.
“¡Porque de pronto me he hecho gay!”, exclama él en la versión original.


Susan es incansable para meter en líos al que ya considera “el único hombre al que he amado”. A su tía le hace creer que sufre un trastorno psíquico, que se llama David Hueso (Bone en original) y que su ocupación es la caza mayor. El diálogo entre ellas no tiene desperdicio:

- ¿Cómo se llama él?
- David… Hueso.
- ¿Huesos?
- Un hueso.
- Uno o dos huesos sigue siendo ridículo. ¿A qué se dedica?
- Caza.
- ¿Qué caza?
- Animales.
- ¿Caza mayor?
- Enorme.

Durante la cena, a la que acude el comandante Horace Applegate (Charles Ruggles), David sólo se ocupa de vigilar al perro George -que le ha robado su hueso prehistórico- para que no se encuentre con Baby. Susan, mientras tanto, sigue a lo suyo: “El señor Hueso tiene dos médicos; uno le dice que descanse y el otro, que haga deporte”, les explica a su tía y a Applegate para justificar la extraña conducta de David.
Cuando el leopardo se escapa, la trama se complica de una manera vertiginosa. Susan le pedirá a David que hable con el personal del zoo para que atrapen al leopardo, pero cuando se entera de que la mansa fiera es un regalo para su tía, se enfada con él por cumplir lo que le había pedido: “Oh, David, nos has metido en un buen lío”.

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David Huxley, al borde de la desesperación.

La persecución del leopardo y del perro transcurre por el bosque de manera delirante. Se caen por un barranco, se hunden en el río, roban un peligroso leopardo creyendo que es Baby… Susan está deliciosa cuando se pone a bailar al perder un tacón y observa con dulzura a David, que ya no lleva gafas. Pero cuando éste le invita a marcharse porque es un estorbo, ella se echa a llorar por primera vez. Juraría, una vez más, que no es más que una de sus tretas para conseguir lo que se propone.

- ¿Quieres que vuelva a casa?
- Sí.
- ¿No quieres que te ayude?
- No.
- ¿Con lo que nos divertimos?
- Sí.
- ¿Con todo lo que he hecho por ti?
- Por eso mismo.

La pareja va a parar a la cárcel, donde el sheriff Elmer (más absurdo si cabe que Susan), acabará encerrando a todos, incluida a la tía Elizabeth. Susan se da cuenta de la estupidez de ese hombre y decide ponerse a su altura para tratar de escapar; así, le hace creer que todos pertenecen a la “banda del leopardo”, imita a la perfección la voz de una delincuente barriobajera (Susie “Cerraduras”) y en un descuido se escapa por la ventana.

“Veo que cojea. ¿Le hirieron en algún golpe?”
“No, he perdido el tacón”

Susan es tan obstinada que acaba atrapando al leopardo peligroso que se había escapado, convencida de que se trata de Baby. No podemos ni imaginar cómo habrá podido hacerlo, pero ahí está ella, satisfecha mientras los demás contemplan aterrados a la fiera. David le ayudará con sangre fría y lo encerrará antes de desmayarse.
Un hombre puede enamorarse de una mujer así, no cabe duda, pero ¿será capaz de convivir con semejante peligro? Mientras trabaja en su brontosaurio, David Huxley se da cuenta de que está enamorado de Susan. No puede evitarlo. Le arruinará el museo, le pondrá en ridículo muchas veces y transformará su apacible y metódica vida en una continua e inesperada pesadilla, pero, puestos a elegir, se lo va a pasar en grande el resto de su vida. Como nosotros desde que se estrenó esta joya de película.

Curiosidades
- “La fiera de mi niña” está considerada hoy en día como la “screwball” del cine por excelencia y una de las mejores películas de todos los tiempos. No obstante, en su día sólo recaudó unos 300.000 dólares, ni siquiera una tercera parte de lo que costó.
- En el guión, firmado por Dudley Nichols, participó Hagar Wilde, la autora de la novela corta en que está basada la película.
- Katherine Hepburn sólo había protagonizado dramas románticos y comedias blandas antes de hacer el papel de Susan. A Hawks le costó trabajo explicarle que no tenía que hacerse la graciosa, sino dejarse llevar por las situaciones. La Hepburn lo entendió perfectamente.
- La actriz estaba atravesando en esos momentos por una delicada situación: por un lado, estaba luchando para conseguir el papel más codiciado del momento, la Escarlata O’Hara de “Lo que el viento se llevó”, para la que existían numerosas candidatas. Además, por Hollywood circulaba una lista de intérpretes “venenosos” para la taquilla y ella estaba incluida, junto a Joan Crawford, Greta Garbo, Marlene Dietrich o Fred Astaire, entre otros. 
- Su relación sentimental con el magnate Howard Hughes le permitió protagonizar a Susan, aunque no consiguió imponer, como pretendía, a Spencer Tracy para el papel de David.
- El rodaje debió ser un divertido caos, ya que Howard Hawks improvisaba a su antojo y cambiaba el guión con mucha frecuencia. Los actores aportaron ideas y diálogos sobre la marcha.
- El perro George se llamaba Skippy y había saltado a la fama en las películas “La cena de los acusados”, “Ella, él y Asta” y “La pícara puritana”, entre otras.
- Katherine Hepburn se encariñó del leopardo durante el rodaje y jugaba con él a todas horas. A la domadora de la película le asombró la facilidad con que la actriz dominaba a los animales.