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VAMOS A MÁS, Isaías Griñolo

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ISAÍAS GRIÑOLO, Vamos a más, Ajuntament d'Alfafar, Alfafar, 2004, sin paginar.

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Veintiún meacuerdos de Isaías Griñolo para denunciar el salvaje desafecto con el que, desde la ignorancia y la crueldad, se desconsidera al ser humano.
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Me acuerdo de la Ley de Extranjería y de sus sucesivas modificaciones, de cómo la ley está directamente vinculada con las medidas de seguridad y el blindaje de El Estrecho, y de cómo esto a su vez está vinculado con el incremento de las empresas de Seguridad Privada y de sus beneficios y de la repercusión que está teniendo en la publicidad.

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Me acuerdo de cómo en un anuncio de lámparas, una mujer como mi madre lleva la bolsa de la compra en una mano y en la otra sostiene un bate de béisbol.
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Me acuerdo de la carretera de Mazagón, a la altura de Las Madres junto a la gasolinera, veo la carretera dias antes del 10 de Junio de 2002 llena de hoinbres con bolsas de plástico, otros con maletas y algunos sin nada, todos iban a encerrarse a la U. Pablo de Olavide, los veo desfilar lentamente por la carretera avanzando y me acuerdo de La expulsión del Paraíso.
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Me acuerdo de cómo la gente tenía miedo porque sus pueblos estaban llenos de inmigrantes africanos a los que nadie contrataban, se impuso la norma tácita de contratos en origen con países del Este. También me acuerdo del panfleto de Cartaya, veo en todo esto uno de los fantasmas que recorren Europa; de todos, el Miedo es el más peligroso, hace que la multitud salga a la calle con palos, con barras de hierro, con bates de béisbol —aquí que nadie juega— y se lleve por delante a alguien que duerme en una chabola de plástico.
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Me acuerdo de cómo al sentarme un domingo en la terraza de un bar en Mazagón —20 de Abril de 2003—, vi a un grupo de muchachos sentados tomando unas cervezas en la mesa de al lado, uno de ellos llevaba una camiseta con una frase en su espalda, recuerdo que me llamó la atención su tipografía —gótico alemán—, eso hizo que la leyera: Luchando por la nación... contra el moro invasor!! 14/88; recuerdo cómo la policía pasó por delante de la terraza y se detuvo a multar un coche mal aparcado, quizás el del chico de la camiseta, signos de normalidad diría un amigo.
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Me acuerdo de la madrugada del Jueves Santo —18 Abril de 2003— mientras unos encapuchados sacan la Pasión de Cristo por las calles de Huelva, otros encapuchados agraden a tres marroquíes que dormían entre cartones en la estación de autobuses, uno de ellos MAHAMED Z. de 60 años, muere al día siguiente a causa de los golpes recibidos.
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LA BREVEDAD ES UNA CATARINA ANARANJADA, Guillermo Samperio

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GUILLERMO SAMPERIO, La brevedad es una catarina anaranjada, Lectorum, Ciudad de México, 2004, 138 páginas.
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PLAGAS

   Hay tres tipos de plagas terribles que azotan los hogares de la moderna ciudad de México: las cucarachas, las ratas y los ganchos. El combate del hombre contra las dos primeras ha permitido el desarrollo insólito de la investigación en las industrias farmacobiólogas, bioenergéticas y termoinsectógenas, produciendo así venenos y sustancias atroces que, si bien han tendido a fracasar, por lo menos alejan y mantienen en la raya del mágico gis chino a tales plagas. Para la tercera, no hay veneno ni conjuro posible. 
   Sin que los de casa sepan cómo fue —no saben decirlo—, pronto las habitaciones están plagadas de ganchos; aparecen en los sitios menos esperados y se apiñan en sus espacios preferidos: roperos, clósetes y cuartos de servicio —o entremezclados con la ropa recién lavada—. Pero desde esos sitios, silenciosamente, se van desplazando con alámbrica estrategia y se ocultan debajo de la cama —junto a un viejo calcetín enmurruñado o la envoltura de un medicamento—, atrás de los muebles, en el bote o cesto de la ropa sucia, en la caja de juguetes de los niños. Se atoran en las cortinas, jalan suéteres, ensartan calcetines, rompen medias. 
   Además, los ganchos se aprovechan, pues la misma propiedad de convertirse en incómodos seres animados e hipócritas, hace que los de casa contraigan un infantil sentimiento de culpa cuando, durante los días de asueto, tratan de llevar a cabo una postergada batida contra ellos. A veces, después de haber sido en apariencia desterrados, se les echa de menos y entonces se acomodan, de forma culpígena, dos o tres camisas en un mismo gancho. La curva gracias a la cual pueden colgarse de un tubo, mecate o clavos, los convierte en graciosos y serviciales, como que estuvieran ahorcados pero vivos; siempre circunspectos en sus justos y determinantes hombros, más firmes y soberbios que los hombros de algunos hombres. Con su cabeza de gancho —aunque en ocasiones se retuerza un poco— semejan un ganso metálico, la abstracta escultura de un guajolote cabizbajo, o el gesto de un hombre delgado y abatido. Una raya melancólica de fierro o de palo los atraviesa de hombro a hombro, como si fuera su único sostén en la vida. 
   Sin embargo, los de casa no se dejan engañar finalmente; los persiguen, los rastrean, los detectan, de abajo a arriba, de norte a sur, los barren, los van apilando —arrumbamiento escultórico—, los atan sin consideraciones especiales a todos juntitos y los expulsan con determinación. Por lo menos, para ese día la casa ha quedado limpia de una plaga. La señora se sienta a descansar un poco y se engancha una nalga con uno de esos seres mustios y circunspectos, que azotarán el México actual mientras la tecnología no dicte otra cosa. Cuando la señora de la casa platique con la vecina, no faltará quizá una exclamación dilapidatoria: "No hay mayor estupidez humana que un fierro inútil", refiriéndose al pícaro artefacto que la pinchó. La vecina le responderá algo así como:"Pobres, sirven para abrir las puertas de los carros o para destapar el fregadero... "Y empezará una discusión de vecindario en contra y a favor de la peor plaga de los hogares mexicanos, que puede terminar con azotones de vasos y muecas faciales ofensivas. Tal vez, durante un par de días las mujeres no se dirijan la palabra. 

MARUYME. DIARIO DE VIAJE, Manuel Serrat Crespo

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MANUEL SERRAT CRESPO, Maruyme. Diario de viaje, Reverso Ediciones, Barcelona, 2004, 220 páginas.
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«Garusia Maruyme (1650-¿1689?) es una figura desconcertante, insólita en el panorama de las letras japonesas» leemos en la documentada Introducción (pp. 11-48). Hijo de un jesuita, Cristóbal García, y una cortesana, Maruyme, «ojos redondos» emulará el peregrinar del maestro Matsúo Basho: estas Sendas a los adentros toman como modelo para el homenaje (y la parodia) las Sendas de Oku. Manuel Serrat Crespo consigue con el aparato crítico (introducción, bibliografía y notas) aportar a su ficción la textura del trabajo universitario: un brillante juego intelectual que demuestra que en Occidente también sabemos ofrecer réplicas con factura de original.
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Por la calleja,
vestido de penumbra,
baja el recuerdo.

EL HILO DE LA FICCIÓN, José Ángel Barrueco

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JOSÉ ÁNGEL BARRUECO, El hilo de la ficción, Celya, Toledo, 2004, 64 páginas.
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EL FONDO 

   He visto cosas muy extrañas tras la barra de un bar, pero nunca nada tan asombroso como aquel marinero de patillas blancas que un día apareció por mi bodega pidiendo una jarra de vino. Cuando la tuvo entre las manos, se sentó a una de las mesas y, al tiempo que se arremangaba los brazos, fue hundiendo las manos en el fondo del recipiente. Algún parroquiano audaz le preguntó qué intentaba. El marinero fue extrayendo las palmas vacías y turbias de vino, y luego dijo que todo pozo, todo lago, todo fondeadero y todo mar guardaban tesoros imposibles y cadáveres de naufragios. Debo apuntar que mis clientes esbozaron algunas sonrisas maliciosas. El viejo marinero terminó de remover el fondo y, tras el pago, desapareció por la puerta. Al día siguiente, repitió el mismo ritual, remangándose los antebrazos para buscar tesoros inventados en las profundidades mínimas de la jarra. 
   Tres días después, y cuando ya lo considerábamos un loco habitual que pagaba para remojarse las manos, rompió el silencio de la taberna con una exclamación: para nuestra sorpresa, sus dedos comenzaron a extraer puñados de oro en monedas viejas del interior del recipiente de vino que no parecía tener fondo. Reunida una cantidad de riquezas suficiente para retirarse unos años a vaguear a una isla, colocó el dinero sobre la barra y dijo que me compraría la taberna. La vendí, por supuesto, y entonces comenzaron mis penurias: dediqué lo ganado a recorrer otros bares y bodegas, adquiriendo jarras de vino en las que introduje los brazos buscando tesoros, tal y como había visto hacer a aquel marinero. Cuando estaba perdiendo ya mi fortuna en vino derramado, unos tipos con bata blanca me pusieron una chaqueta Y me trajeron a este lugar, donde, pese a la medicación, sigo en la quimera de rastrear tesoros de otros naufragios.

TIERRA FIRME DE LA FANTASÍA, Rafael Gonzalo Verdugo

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RAFAEL GONZALO VERDUGOTierra firme de la fantasía, Gonzaver, Madrid, 2004, 112 páginas.
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El arte es la verdad de la ficción que nos permite superar la ficción de la verdad.
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Cuando damos limosnas repartimos la pobreza, no la riqueza.
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Ahora que te vas para siempre, déjame que te diga una cosa, solamente una última cosa: Quédate.
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Los enfermos mentales van creciendo al ritmo demandado por la producción de psicofármacos.
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El compromiso político ha hecho que ya no se tome en serio a los intelectuales.
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Con la liberación femenina, las mujeres han perdido la vergüenza, pero no el miedo.
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Los jirones de tela que se prenden en las alambradas son las banderas de la ley del inconformismo.
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Las nubes son puntos suspensivos escritos en la página del viento.

BREVS, Luisa Valenzuela

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LUISA VALENZUELA, Brevs. Microrrelatos completos hasta hoy, Alción, Córdoba (Argentina), 2004, 122 páginas.

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OTRO

   Ella va caminando por el parque, su pelo al viento, cuando aparece el otro surgido de la nada. Un muchachito con idénticos pantalones negros y la cara totalmente pintada de blanco, una máscara sobre la cual de manera inexplicable se sobreimprime la máscara de ella: sus mismas cejas elevadas, sus ojos azorados. Ella sonríe con timidez y él le devuelve exactamente la misma sonrisa en un juego de espejos. Ella mueve la mano derecha y él mueve la izquierda, ella da un paso amplio y él da el mismo paso, el mismo modo de andar, los idénticos gestos, las cadencias.
   Empieza el juego de proyectos, proyecciones. Fantasías como la de lavarle la cara al otro y encontrar tras la pintura blanca la propia cara. O acoplarse  con él como una forma un poco torpe de completarse a sí misma. O dejarlo partir y quedarse sin sombra.
   Vanos proyectos mientras el otro la va siguiendo por el parque, reflejando cada uno de sus gestos. Adentrándose cada vez más en la espesura  a dos pasos de distancia. Las mismas expresiones. Hasta que él cruza, sin avisar, sin proponérselo, el abismo separador de los dos pasos y ocupa el lugar de ella. Para siempre.

LEYENDAS POPULARES RUSAS, Alexandr Nikoláievich Afanásiev

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ALEXANDR NIKOLÁIEVICH AFANÁSIEV, El anillo mágico y otros cuentos populares rusos, Páginas de Espuma, Madrid, 2004, 274 páginas.

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Hasta 1990 los lectores rusos no pudieron comenzar a disfrutar de este libro publicado por primera vez en 1859. Entonces fue despreciado porque las autoridades zaristas atribuían a sus contenidos un sesgo anticlerical. La segunda edición, aparecida en 1914, no satisfizo a los soviéticos por el exceso de protagonismo de demasiados cristos, milagros y popes. En el erudito prólogo de José Manuel Pedrosa, Las leyendas populares rusas de Afanásiev: el renacimiento de un libro maldito (pp. 11-32) el lector hallará toda la información precisa para saber valorar estos relatos relacionados con "viejas parábolas tomadas de los Evangelios o de la literatura cristiana apócrifa, hagiográfica, ejemplar, moralizadora, ejemplarizante".
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EL SABIO SALOMÓN [CÓMO SE LAS ARREGLÓ SALOMÓN PARA SALIR DEL INFIERNO CON UNA CUERDA DE MEDIR]

   Después de la crucifixión, bajó Nuestro Señor Jesucristo al infierno, y sacó de allí a todos, excepto al sabio Salomón.
   —Tú sal de aquí por tus propios medios, usando tu sabiduría —le dijo Cristo. Y Salomón se quedó solo en el infierno.
   ¿Cómo se las arreglaría para salir? Caviló mucho, y se puso a hacer una cuerda. Se le acercó un diablillo y le preguntó para qué estaba haciendo aquella cuerda tan infinitamente larga.
   —Como intentes aprender demasiadas cosas —le contestó Salomón—, te vas a hacer más viejo que tu abuelo Satanás. Ya lo verás!
   Una vez preparada la cuerda, empezó Salomón a medir con ella el infierno. El diablillo apareció de nuevo, y le preguntó que para qué media el infierno.
   —Es que en este lugar voy a construir un monasterio —le dijo el sabio Salo­món—. Y en aquel, una catedral.
   El diablillo se asustó, echó a correr y le contó todo a su abuelo, Satanás. Y este expulsó al sabio Salomón del infierno.

EL ANILLO MÁGICO Y OTROS CUENTOS POPULARES RUSOS, Alexandr Nikoláievich Afanásiev

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ALEXANDR NIKOLÁIEVICH AFANÁSIEV, El anillo mágico y otros cuentos populares rusos, Páginas de Espuma, Madrid, 2004, 274 páginas.

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José Manuel Pedrosa firma un extenso Prólogo (pp. 9-47) con el que permite al lector desmitificar las figuras de Afanásiev y Vladimir Propp, ambos folkoristas de salón. Afanásiev se limitó a utilizar los textos "depositados en la Sociedad Geográfica Rusa; Propp a estudiar la gramática del cuento en estas colecciones que le permitieron desatender los estudios de campo.
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LA ESPOSA TRANSFORMADA EN ANIMAL Y LA BRUJA IMPOSTORA

   Un anciano tenía una hermosa hija, con la que vivía en paz y armonía, has­ta que él se casó con otra mujer. Y ésta era una malvada bruja. No quería a su hijastra, y no paraba de insistir al anciano:
   —¡Échala de casa, no puedo ni verla!
   Al anciano no se le ocurrió otra cosa que casar a su hija con un buen hom­bre. Ella y su esposo vivieron felices y, al poco tiempo, tuvieron un hijo.
   Pero la bruja se enfureció aún más: la envidiaba por su feliz y tranquila vida. En un momento dado, convirtió a su hijastra en un animal llamado Arys, y la envió a un espeso bosque, vistió a su propia hija con las ropas de la hijastra, y la dejó en su lugar.
   Tan astutamente lo hizo todo que ni el marido, ni los vecinos..., nadie reparó en el engaño. Sólo la vieja nodriza se dio cuenta, pero tenía miedo de decirlo.
   Desde aquel mismo día, en cuanto el bebé tenía hambre, la nodriza lo lleva­ba al bosque y cantaba:
      
¡Arys del campo! El pequeño llora,
el pequeño llora: comer y beber desea.

   Arys del campo llegaba corriendo, dejaba su piel bajo un tronco, cogía al niño, le alimentaba, se ponía después la piel nuevamente, e iba al bosque.
   «¿Adónde irá la nodriza con el bebé?», pensó el padre. Se puso a vigilarla. Vio me Arys del campo llegaba corriendo, se quitaba la piel y le daba de comer al pequeñuelo.
   El se acercó cautelosamente, cogió la piel y le prendió fuego.
   —¡Ah, huele a quemado! ¡Mi piel está ardiendo! —dijo Arys.
   —No creo. Debe ser que los leñadores están quemando rastrojo —dijo la nodriza.
   La piel se quemó, Arys recuperó su forma anterior y le contó todo a su espo­so. Enseguida se reunió la gente, cogieron a la bruja y las quemaron a ella y a su hija.

LA MINIFICCIÓN EN VENEZUELA, Violeta Rojo

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VIOLETA ROJO, La minificción en Venezuela, Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá, 2004, 80 páginas.

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En la Presentación (pp. 11-16) Violeta Rojo, responsable de la antología, señala "el vigor del género" y "la variedad de tendencias temáticas y formas narrativas".
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LOS RINOCERONTES Y EL AMOR

   Un rinoceronte enamorado es casi una tragedia. Nunca sabe qué hacer. Raspa, durante años, su lomo contra los robles más viejos. Con frecuencia se equivoca. Suspira demasiado, gruñe, espera que salga la luna y se empeña en demostrar que puede mojar con su lengua la punta de su cuerno.
   Un rinoceronte enamorado es siempre un homenaje a la estupidez. Olvida su tamaño, su furia, su fuerza.
   Y es capaz de repetir el tonto gesto de las serenatas, el suicidio de las simples margaritas. Pasa meses sentado frente a Hiroshima mon amour, por supuesto.
   Un rinoceronte enamorado no asusta a nadie. Tal vez por eso, siempre fracasa.

Alberto Barrera

ATLAS DE PERPLEJIDAD, Juan Antonio González Fuentes

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JUAN ANTONIO GONZÁLEZ FUENTES, Atlas de perplejidad, Icaria, Madrid, 2004, 62 páginas.

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En el Prólogo (pp. 7-10) a estos poemas en prosa escritos entre los años 1989 y 1995, Juan Antonio González Iglesias señala que lo que caracteriza a la poesía de González Iglesias es el infinito empeño de expresar "lo indecible". 
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Todavía, con el latir acompasado, asisto al paso del fugaz torrente, y le lustro sus zapatos con afeites de espesa inocencia.

MARGINALES, Zulma Fraga

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ZULMA FRAGA, Marginales, Piso 12, Buenos Aires, 2004.

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MEDIODÍA

   Era un mediodía caluroso de noviembre y yo dejé que me tocara. El galpón estaba oscuro y olía a polvillo de avena, a cáñamo húmedo, a algo ligeramente ácido, a tiempo detenido. Por los agujeros de la chapa se descolgaba una luz redonda, de una blancura desfachatada que por momentos parecía levantar una neblina apenas azul.
   Estaba sentado contra la pared, sobre un rollo de cuerda. Era un hombre parco, oloroso a humo de leña, con manos sensitivas, delgadas y muy morenas. Yo crucé el galpón como en oleadas, me paré junto a él, de perfil y me saqué el vestido. Estaba transpirada y con una bombacha blanca. Él esperó que el aire me enfriara un poco la piel y luego estiró las manos y me tocó. Una caricia lenta que fue subiendo por las piernas, se sostuvo en mi cintura, me contorneó los pechos y me rozó como un soplido caliente los pezones. Después se metió entre mi bombacha y mi sexo. Se quedó ahí, quieta, sintiéndome latir. Y me tocó. Sabiamente, como si también él tuviera una vagina y supiera con absoluta exactitud dónde hay que rozar, dónde insistir, dónde hurgar. Yo estaba muda y le oía una respiración entrecortada, casi angustiosa.
   Entonces me puse el vestido y salí a la luz del mediodía. En el galpón se escuchaban sollozos, un ahogo, no llegaba a ser llanto.

RECUERDA, Jesús Aller

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JESÚS ALLER, Recuerda, Llibros del Pexe, Gijón, 2004, 90 páginas.

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Aller hilvana en Recuerda un álbum personal en el que caben los poemas, los relatos y las fotografías.
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PSICOLOGÍA EXPERIMENTAL

   Martin Seligman publicó en 1975 los resultados de un cruel experimentó. Varios perros fueron enjaulados, y se les hacía sufrir descargas eléctricas que de ninguna manera podían controlar. Ellos ladraban enfurecidos y trataban de romper los barrotes.
   Sin embargo, después de varios días en la misma situación, los animales dejaban de protestar, aceptaban resignados los ataques, y desarrollaban un estado de apatía y desmoralización muy parecido a lo que en los humanos solemos llamar depresión.
   Esta canallada sirvió a Seligman para definir el denominado: “síndrome de indefensión aprendida”, y recibir muchos honores académicos.
   Había, de todas formas, algunos perros que no se comportaban como los demás. Se mellaban los dientes hasta el ultimo momento intentando salir de las jaulas, y aullaban incansables.
   Estos perros inmunes al síndrome de indefensión aprendida no eran de ninguna raza, edad, o sexo en especial, pero todos habían vivido un largo y costoso  aprendizaje. Eran perros callejeros.
   En este mundo de crimen y rapiña globalizados, en el que la esperanza se ha convenido en un lujo imposible, tal vez, junto a sesudos pensadores, haya que llamar como maestros también a aquellos perros callejeros que en la mayor diversidad se negaban a aceptar que su desgracia fuera inevitable.

DIARIO DE LECTURAS, Alberto Manguel

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ALBERTO MANGUEL, Diario de lecturas, Alianza Editorial, Madrid, 2007 (2004), 308 páginas.


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Manguel entre 2002 y 2003 leyó El Quijote, de Cervantes; La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares; Kim, de Rudyard Kipling; Memorias de ultratumba, de Chateaubriand; La isla del Dr.Moreau, de H. G. Wells; El signo de los cuatro, de Arthur Conan Doyle; Las afinidades electivas, de Goethe; El viento en los sauces, de Kenneth Grahame; El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati; El libro de la almohada, de Sei Shonagon; Resurgir, de Margaret Atwood, y Memorias póstumas de Blas Cubas, de Joaquim Maria Machado de Assis. En el Prólogo a la nueva edición de Diario de lecturas, dice de estos libros que en ese tiempo, «fueron mi cartografía y los eventos que los jalonaron se confundieron (como se confunden siempre) en lo que termino llamando mi vida cotidiana. Leer, como vivir, son actos privados que tienen lugar en público; admitir su notoriedad, compartirlos por escrito, quizás no sea de un impudor inadmisible».
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Miércoles

   Cuando menos me lo esperaba recibo una carta del profesor Isaías Lerner desde Nueva York. Fue uno de los profesores de literatura española que tuve en el bachillerato, sin duda el mejor y el más memora­ble. Había visto un artículo mío y decidió ponerse en contacto conmigo, después de tanto tiempo. Debía de tener unos quince años cuando asistí a sus clases. Durante nueve meses estudiamos El Lazarillo, La Ce­lestina, El libro de buen amor, pero nunca llegamos al Quijote porque Lerner nos llevaba por los libros dete­niéndose en cada detalle, más interesado en la profun­didad que en la cantidad de títulos. Pero me enteré de que enseñaba la novela de Cervantes a otra clase, y me colaba en el aula para escucharlo. El verano siguiente me llevé la edición en dos volúmenes del Quijote que él había editado y pasé en su compañía los tres meses de vacaciones.
   Seguir las clases y leer el libro por mi cuenta, bajo unos árboles, eran dos experiencias completamente dis­tintas. Recuerdo, por ejemplo, el detenido comentario de Lerner sobre la biblioteca de don Quijote, que el cura y el barbero deciden tapiar con el fin de evitar nuevas locuras. A solas, casi se me saltaron las lágrimas cuando leí la descripción de cómo el viejo caballero se levanta de la cama para ir en busca de sus libros y le re­sulta imposible encontrar la habitación donde los guardaba. Aquélla era para mí la pesadilla perfecta: desper­tarme y descubrir que mis libros habían desaparecido, lo que me haría sentir que yo ya no era la persona que creía ser. Gregor Samsa se somete a la metamorfosis, a la pérdida de su identidad; don Quijote, en cambio, para seguir siendo don Quijote, acepta valientemente la explicación de que un malvado encantador ha hecho desaparecer su biblioteca. Al aceptar la fantasía, perma­nece fiel a su identidad imaginaria.
   Cuando, en 1973, regresé por un año a Buenos Aires, los libros que había dejado en casa ya no esta­ban allí.

Viernes

   Don Quijote quiere ser un hombre justo por una necesidad íntima, no por obediencia a leyes humanas o divinas. «;Ah, Señor! ¡Dadme la fuerza y el valor / para contemplar sin asco mi corazón y mi cuerpo!» La ora­ción de Baudelaire resume la ética de don Quijote.
   El rabí David de Lelov, que murió en 1813: «La red de los actos justos mantiene unido al mundo, volviéndolo de oro». Don Quijote: «Sancho amigo, has de saber que yo nací, por querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse». Para los Has­sidim (los adeptos al movimiento judío ortodoxo), la existencia del mundo se justifica por treinta y seis justos conocidos como los Lamed Wufniks (los pila­res ocultos del universo), gracias a los cuales Dios no aniquila a la raza humana. Don Quijote se pone en camino para actuar como lo haría un hombre justo en un mundo cuya principal característica es la in­justicia.
   En el periódico de hoy, nuevas indicaciones de que la guerra en Irak es inevitable. Un amigo iraquí comenta: «¿Qué línea de acción es posible entre las atrocidades de Sadam, el extremismo de los dirigentes religiosos y la voracidad económica de los Estados Unidos? Tenemos que elegir entre ser decapitados, la­pidados o que nos coman vivos».

TIERRA DE NADIE, Santiago Gil

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SANTIAGO GIL, Tierra de nadie, Anroart, Las Palmas de Gran Canaria, 2004, 60 páginas.

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Cojea porque intenta engañar al tiempo en cada paso. 
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Cuando llegue el momento sólo conservarás en tu memoria esta imagen de la roca encendida por el último sol de la tarde. 
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Gregorio Samsa se despertó con una resaca espantosa y prefirió seguir durmiendo antes que abrir los ojos y encontrarse desmejorado. En la última resaca se había sentido como una cucaracha y lo había pasado fatal. 
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No creas que eres el único héroe en esta historia; también los peces han aprendido latín para salvar  su pellejo. Si te sumerges en el mar los escucharás declinando quedamente las burbujas del tiempo. 
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Se escondía de todo el mundo cerrando sus propios ojos cuando lo mirabas. Él sabe que es en la mirada del otro en donde uno siempre se juzga sin piedad.

EL COMBATE, Harold Kremer

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HAROLD KREMER, El combate, Deriva, Bogotá, 2014 (2004), 106 páginas.

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EL DRAGÓN

   Cuando el mundo cono­cido sólo era China, el dragón Han se apareció en sueños al rey Tong y le dijo:
   —Al despertar sólo tendrás un día más de vida, pero podrás evitar tu muerte si construyes para mí un castillo que dure mil años.
   Cuando despertó, el rey olvidó el sueño. Al anochecer, cuando faltaban apenas seis horas para la sentencia, lo recordó y llamó de prisa a sus ministros, consejeros y magos.
   —Pronto moriré —concluyó después de contar su sueño—. Si alguno de ustedes tiene una solución quiero oírla.
   Divagaron durante horas hasta que uno de los consejeros trajo unas copas de licor. En la del rey echó un fuerte somnífero que lo hizo dormir al instante.
   —Pero… ¿qué hiciste, siniestro consejero? —clamaron en coro los hombres.
   —Salvarlo —respondió—. Sólo en sueños podrá construir ese castillo.

RESTOS MORTALES, Juan Mihovilovich

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JUAN MIHOVILOVICH, Restos mortales, LOM, Santiago de Chile, 2004, 114 páginas.

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VISITANTE

   Lo angustia un temor envolvente al quedar solo en el cuarto. Se engaña inútilmente buscando en las repisas un libro para distraerse. Sabe que será inevitable apagar la luz cuando el sueño lo venza. Se despereza con gesto teatral y excusa su falta de cansancio en el espejo. Da unas vueltas pausadas, de fingidas apariencias, alrededor de la pieza. Al fin, se recuesta y presiona el interruptor. Queda de cara a las sombras sintiendo esa presencia invisible flotando en la oscuridad. -Es absurdo- piensa. -En esta habitación no hay nadie.- Y se cubre la cara con las sábanas. Pero una especie de jadeo cansado orillando la cama y un rumor sosegado en las paredes, lo aterra. Se incorpora sonriendo como si su temor fuera ridículo. Pretextando una lectura presiona de nuevo el interruptor. La luz abarca de golpe la habitación. Piensa que ese acecho endemoniado ha huido para siempre y procura dormir rodeado de esa claridad artificial.
   Afuera el perro aulló toda la noche como si algo extraño le impidiera dormir en paz. 

SIRENAS, TOPOS Y BUITRES, Franz Kafka

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FRANZ KAFKA, Sirenas, topos y buitres. Un bestiario, Planeta, Barcelona, 2004, 136 páginas.

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Selección de narraciones breves de Kafka filtrada por el tamiz del bestario: textos con protagonistas animales o deshumanizados que ayudan a dibujar una mirada al mundo desde el extrañamiento y la incomprensión.

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FABULILLA

   –¡Ay! –decía el ratón–. El mundo se vuelve cada vez más pequeño. Primero era tan ancho que yo tenía miedo, seguía adelante y me sentía feliz al ver en lejanía, a derecha e izquierda, algunos muros, pero esos largos muros se precipitan tan velozmente los unos contra los otros que ya estoy en el último cuarto, y allí, en el rincón, está la trampa hacia la cual voy.
   –Sólo tienes que cambiar la dirección de tu marcha –dijo el gato, y se lo comió.

POLÍTICA DE HECHOS CONSUMADOS, Nacho Vegas

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NACHO VEGAS, Política de hechos consumados, Palmart, Valencia, 2004, 76 páginas.

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Contiene como anuncia el subtítulo Relatos, monólogos y poemas.
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CUIDADO CON LOS ALEMANES

   Cuando Tina llegó al hospital, el nivel de azúcar de la sangre le había bajado muchísimo, casi podía decirse que era normal. Así que lo primero que pensó fue que no sería aquella la última vez que ingresaran a Ricardo. Cada vez que se lo encontraba en casa inconsciente por un coma diabético, Tina se llevaba unos sustos de muer­te. Casi se había acostumbrado a sus continuas idas y venidas al hospital, pasando las noches en sillas incómo­das en habitaciones muy poco acogedoras.
   Desde que a Ricardo le amputaran una pierna años atrás, Tina y él dormían separados. Ella le había habilita­do una cama en el sofá de la salita, y atendía con pacien­cia todas sus necesidades. Al principio, él salía una vez a la semana al bar de enfrente a tomar un vino. Luego dejó de hacerlo y sólo se movía para ir al baño. Después, Tina le puso una palangana al pie de la cama para que orina­ra, pero al final “lo hacía todo en la salita”, como ella misma le comentó a su hermana en una ocasión.
   En el hospital, su aspecto no era realmente muy bueno. Estaba semiconsciente, y el primer día hablaba entre gimoteos. Los siguientes días ya sólo deliraba. Hubo un momento en el que se incorporó un poco y dijo con ojos asustados:
   — Esta casa está muy rara. Hay alemanes por todas partes.
   Pero aquel día le aseguraron a Tina que la recupera­ción de Ricardo había sido sorprendente y que podría volver a casa en menos de una semana. Sin embargo, en apenas unas horas su situación volvió a ser grave, y empeoraba por momentos. A primera hora de la mañana de su cuarto día en el sanatorio, Ricardo murió.

SALVAVIDAS PARA UN INSTANTE, José Zurriaga

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JOSÉ ZURRIAGA, Salvavidas para un instante: máximas y mínimas, Fundación Cultural Olivar de Castillejo, Madrid, 2004, 106 páginas.

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El silencio es el puñal que mata todos los corazones, pero ten cuidado al empuñarlo, porque su uso exagerado te hará mudo.
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El índice de civilización de una persona o de una cultura es directamente proporcional al grado de impotencia con que se enfrenta a sus asuntos particulares.
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Es incierto que exista una religión verdadera y digna de todo crédito: véanse los juegos de azar en sus catedrales, sean casinos o estadios, y compruébese como los dioses obran regularmente el milagro de expresar su voluntad, dándoles la razón a unos y quitándosela a otros.
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El laberinto es la cifra del Universo, pues la Naturaleza odia la línea recta y ama los quiebros, las vueltas y revueltas. Sólo el hombre quiere perderse y para ello concibió lo rectilíneo.
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Recuerda para no hacer. Haz para no tener que recordar.
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La vida es un desierto hecho de infinito número de relojes de arena rotos. Siempre pisamos los cristales, pero sólo nos damos cuenta algunas veces, cuando nuestro calzado necesita un remendón; entonces, descalzos, nuestra sangre gotea y da forma a alguno de esos infinitos relojes. Ése, precisamente ése, es el tiempo de nuestra vida que merece la pena.

AFORISMOS, Zarko Petan

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ZARKO PETAN, Aforismos, Bassarai, Zarautz, 2004, 98 páginas.

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Santiago Martín, en Zarko Petan: escritor con vocación de humorista (pp. 7-19), recoge la siguiente definición del autor esloveno: "El aforismo es una frase breve y aguda que resuena mejor en una cabeza llena que en una vacía. La palabra aforismo proviene del griego y significa delimitar
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Donde solo hay un camino, el hombre se desvía con más facilidad.
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Toda ruina presume de haber sido antes un palacio.
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El amor es ciego: por eso a los amantes les gusta tocarse tanto.
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Los historiadores falsifican el pasado, los ideólogos, el futuro.
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Deseo que mi último deseo sea el penúltimo.
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La verdad es una mentira que cree la mayoría.