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DIARIO 1887-1910, Jules Renard

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JULES RENARD, Diario 1887-1910, Mondadori, Barcelona, 1998, 250 paginas.

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En la Introducción  (pp. 7-23 ) Josep Massot afirma: «Jules Renard tenía más ingenio que imaginación y más talento que capacidad narrativa». Al lector de esta selección del Diario le corresponderá comprobar que tales afirmaciones no implican un demérito.
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La exageración más tonta es la de las lágrimas. Fastidiosa como un grifo que no cierra bien.
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Los elogios se invoerten como se invierte el dinero, para que nos los devuelvan con intereses.
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No hay amigos: hay momentos de amistad.
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Sueña grandezas: eso te permitirá realizar por lo menos pequeñeces.
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Cuando un hombre ha demostrado que tiene talento, aún tiene que demostrar que sabe usarlo.
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Quisiera ser uno de esos grandes hombres que tenían poco que decir y lo dijeron en pocas palabras.
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Cuando uno habla de su felicidad debe ser discreto, y confesarla como si confesase un robo.
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Mirar un rayo de sol en una habitación oscura. Está lleno de polvo. No hay nada más sucio que un rayo de sol.

EL SEÑOR HENRI, Gonçalo M. Tavares

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GONÇALO M. TAVARES, El señor Henri, Mondadori, Barcelona, 2006, 82 páginas.

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Este libro de la serie Barrio cuenta con los dibujos de Rachel Caiano.
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EL ECLIPSE

   El señor Henri miraba el eclipse anunciado que aún no ha­bía empezado.
   Si los astros se retrasan, qué no harán todos los demás —dijo el señor Henri.
   El señor Henri se había llevado unos prismáticos enormes.
   ...si mis prismáticos tuvieran la longitud que hay desde la tierra al sol, entonces sí que vería las cosas más de cerca —dijo el señor Henri.
   ...en chino existe una sola palabra para «eclipse» y para «comer». El eclipse es una cosa oscura que se come a un astro.
   ...es una imagen hermosa.
   El señor Henri posó los prismáticos y sacó de su mochila una botella de absenta.
   Tras darle unos buenos tragos, el señor Henri dijo: qué hermoso eclipse! Y bebió algunos tragos más.
   Tumbado en el suelo, esperando que algo ocurriera en el cielo, el señor Henri acabó cerrando los ojos y quedándose dormido.
   Cuando se despertó, cogió su mochila y su botella de ab­senta y se fue.
   He tenido un eclipse privado, se dijo a sí mismo, muy sa­tisfecho con los astros que había logrado ver en su cielo particular.
   Un eclipse que solo de mí depende, eso es lo que tengo en esta botella —dijo el señor Henri.
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EL SEÑOR BRECHT, Gonçalo M. Tavares

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GONÇALO M. TAVARES, El Señor Brecht, Mondadori, Barcelona, 2007, 62 páginas.


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AVERÍA

   Debido a un incomprensible cortocircuito eléctrico, el que se electrocutó fue el funcionario que bajó la palanca y no el criminal que se encontraba sentado en la silla.
   Como no hubo manera de solucionar la avería, en las ejecuciones siguientes el funcionario del gobierno se sen­taba en la silla eléctrica y era el criminal quien se encargaba de bajar la palanca mortal. 

ENTREVISTAS BREVES CON HOMBRES REPULSIVOS, David Foster Wallace

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DAVID FOSTER WALLACE, Entrevistas breves con hombres repulsivos, Mondadori, Barcelona, 2001, 326 páginas.

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En esta colección de narraciones de diversas extensiones caben también algunos microrrelatos. 
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PENSAR

   Ella tiene el cierre del sujetador por delante. Las arrugas de la frente de él se disipan de pronto. Él considera la posibilidad de arrodillarse. Pero sabe lo que ella puede pensar si él se arrodilla. Lo que ha hecho que se disiparan las arrugas de su frente ha sido una especie de revelación. A ella se le han salido los pechos del sujetador. Él piensa en su mujer y en su hijo. Los pechos de ella se han liberado. Ella es la hermana menor de la compañera de habitación de su mujer en la universidad. Todos los demás se han ido al centro comercial, unos de compras y otros a ver una película en el multicine del centro comercial. De pie junto a la cama, la hermana con pechos tiene una mirada decidida y una ligera sonrisa, ligera y humosa, aprendida en el cine o la televisión. Ella ve que él se ruboriza y que se le alisa la frente como si hubiera tenido una revelación: por qué ella ha insistido en no ir al centro comercial, el significado de ciertos comentarios, miradas y momentos distendidos a lo largo del fin de semana que él había pensado que eran fruto de su vanidad y su fantasía. Vemos esas cosas una docena de veces al día en la tele, pero pensamos que nuestras propias fantasías son descabelladas. Otro hombre diría que lo que ha visto era que ella se llevaba la mano al sujetador y se liberaba los pechos. Las piernas de él tiemblan un poco cuando ella le pregunta en qué está pensando. La expresión de ella está sacada de la página 18 del catálogo de Victoria’s Secret. Él piensa que ella es de esas mujeres que se dejarían puestos los zapatos de tacón si él se lo pidiera. Incluso si nunca antes se hubiera dejado puestos los zapatos de tacón, ella le dedicaría una sonrisa cómplice y humosa, sacada de la página 18. Visto fugazmente de perfil cuando ella se gira para cerrar la puerta, su pecho es una media esfera por debajo y la curva de una pista de saltos de esquí por encima. El gesto lánguido con que ella hace girar la puerta y la empuja están cargados de significado. Él se da cuenta de que ella está reproduciendo la escena de alguna película que le gusta. En el retablo que ocupa la imaginación de él, su mujer tiene la mano en el hombro diminuto de su hijo en un gesto casi paternal.
   No es que él decida arrodillarse, simplemente le parece notar una fuerza que le hace doblar las rodillas. Su posición puede hacerle pensar a ella que él quiere quitarle la ropa interior. Cuando ella se le acerca, la ropa interior le queda a la altura de la cara. Él casi nota la textura de la tela de sus pantalones y el tacto de la alfombra que tiene debajo, contra las rodillas. La expresión de ella es una combinación de seducción y excitación, además de un revestimiento ligeramente burlón destinado a denotar sofisticación, la pérdida de todas las ilusiones hace mucho tiempo. Cuando él junta las manos delante del pecho queda claro que se ha arrodillado para rezar. Tiene la cara de un color muy subido. Cuando ella deja de caminar, sus pechos detienen su ligero temblor y su balanceo. Ella sigue estando en el mismo lado de la cama, pero todavía no está encima de él. Él clava una mirada suplicante en el techo. Sus labios se mueven sin hacer ruido. Ella parece confusa. La conciencia de su propia desnudez se convierte en una clase distinta de conciencia. La hermana de ella, su marido y sus niños, la mujer y el hijo del hombre han cogido la furgoneta de este para ir al centro comercial. Ella se cruza de brazos y mira fugazmente hacia atrás: hacia la puerta, su blusa, el sujetador y el tocador de anticuario de la esposa salpicado de la luz del sol que entra a través de las hojas de la ventana. Ella puede intentar, solo por un momento, imaginar lo que está pasando por la cabeza de él. El extremo de una báscula de baño sobresale ligeramente junto a los pies de la cama, por debajo del dobladillo vaporoso del edredón. Por un solo instante, ella puede intentar ponerse en el lugar de él.
   La pregunta de ella hace que a él se le arrugue la frente y se le escape una mueca de dolor. Ella ha cruzado los brazos. Es una pregunta de tres palabras.
   —No es lo que estás pensando —dice él. Su mirada no se desvía del punto medio entre el techo y ellos dos. Ella acaba de fijarse en su propia postura, en lo idiota que puede parecer desde una ventana. No es la excitación lo que le ha endurecido los pezones. También a ella se le forma una línea perpleja en la frente.
   —No tengo miedo de lo que estás pensando —dice él.
   Y qué pasaría si ella se arrodillara en el suelo con él, así sin más, unidos en actitud suplicante: así sin más.

TODOS LOS ENSAYOS BONSÁI, Fabián Casas

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FABIÁN CASAS, Todos los ensayos bonsái, Mondadori, Barcelona, 2013, 272 páginas.

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Recoge Mondadori en este tomo Ensayos Bonsái (Emecé, 2007) y Breves apuntes de autoayuda (Santiago Arcos, 2011).  
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TARDE EN LA NOCHE, VIENDO A CORTÁZAR


   Antes que nada, tengo que avisar que soy un sentimental. En el cine, cualquier escena medio lacrimógena —aunque sea ma­lísima— me hace llorar. Por eso, resulta extraño que a veces en los velatorios de seres queridos no llore. Tal vez porque son precisamente para llorar. Soy —con el llanto— como esos tipos que se excitan para tener sexo en los lugares donde es más difícil tener sexo (debajo de la mesa de un bar concurrido, en el pasillo de la oficina, etc.). La otra noche estaba tirado en mi cama viendo tele y de golpe apareció Cortázar, entrevistado por un gallego letal. Era una entrevista de fines de los setenta, imagino. Lo primero que me vino a la mente fue el recuerdo de estar volviendo del centro a mi casa, en el subte línea E, con el ladrillo negro de Rayuela recién comprado. Tenía once años y pasaba las manos por el lomo del libro con la excita­ción en el pecho propia de los enamorados. Leía en la con­tratapa cosas como: «Rayuela, exasperante contranovela, libro total, denuncia de la inautenticidad de la vida humana». Lo abría, lo hojeaba. Tenía un tablero de dirección con ordena­ción de los capítulos para leerlos de diferentes maneras.
   La primera línea de la novela decía: «¿Encontraría a la Maga?», la puta madre. Todo era críptico, prometedor, maravilloso. Me acuerdo que pensé: si me leo este libro, silo diseco y lo metabolizo en mi porvenir, voy a ser un genio inalcanzable. Des­pués, pasaron las lecturas múltiples de Rayuela, después pasa­ron los años y el libro me empezó a parecer ingenuo, esnob e insoportable, aunque jamás me pude desprender de él y ahora mora en mi biblioteca medio hecho mierda por el paso del tiempo. Hasta que finalmente llegó el día en que negué a Cor­tázar tres veces mientras cantaba el Gallo Airano. Listo. Pase­mos a otra cosa: primero publicar, después escribir. Sin em­bargo, esta noche Cortázar habla con su inconfundible acento gangoso, francés, como el zorrinito enamoradizo de la Warner. Cortázar habla de sus primeros pasos, desprecia a los escrito­res que no piensan hacer la revolución, defiende a los escri­tores de la garcha del boom, critica su 62 modelo para armar y destroza su Libro de Manuel. Yo asiento. Habla de la urgencia de escribir mientras el mundo tiene que cambiar drásticamente. No hay pasión por la indiferencia: hay ingenuidad y no­bleza. Me doy cuenta de que le creo todo lo que dice. Enton­ces, tapado por la frazada escocesa, solo con mi perra Rita a los pies, me doy cuenta de que estoy llorando. Sí, sí, digo, mien­tras empino el quinto whisky, Cortázar tiene razón. Quiero que vuelva. Que volvamos a tener escritores como él: certeros, comprometidos, hermosos, siempre jóvenes, cultos, genero­sos, bocones. No esta vulgar indiferencia, esta pasión por la banalidad, esta ficcionaljzación con todos los tics de la peor TV de la tarde, los talk shows de Mona, y toda esa mierda. Al octavo whisky lo llamo a mi amigo Santiago y le digo, medio llorando, medio exaltado: «Che, Aira nos cagó, la literatura ar­gentina cayó en la trampa de Aira, ¡es un agente de la CIA!». Los escritores serios, los grandes gigantes, son mirados de sos­layo: ¡reina el viva la pepa! Aira le hizo mucho mal a la lite­ratura, la partió en dos, antes y después de él. De Operación Masacre a Operación Jajá.

ZOOPATÍAS Y ZOOFILIAS, Javier Tomeo

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JAVIER TOMEO, Zoopatías y zoofilias, Mondadori, Madrid, 1992, 145 páginas.

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Estas cincuenta y una narraciones están precedidas por pequeñas ilustraciones alusivas.
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EL HOMBRE RATÓN

   Aquel hombrecito de mirada asustadiza y largos bigotes hirsutos tenía la pretensión de ser un ratoncito. Cada tarde entraba en el bar, se sentaba en una mesa del rincón, cerca de la puerta, y se nos quedaba mirando con ojos brillantes y saltones sin dejar de imprimir a su mandíbula superior el característico movimiento que podemos observar en los auténticos roedores.
   Todos los del barrio conocíamos su verdadera historia y podíamos imaginar lo mal que lo estaba pasando desde que su mujer se escapó con el cartero. ¿Cómo convencer a un hombre, sin embargo, de que no es el ratoncito indefenso que piensa ser, sin más armas para defenderse que un par de pequeños incisivos de crecimiento continuo? ¿Cómo convencerle de que, a pesar de todo, vale la pena continuar viviendo? ¿Cómo ayudarle a recuperar la confianza?
   —Vamos a ver —le dije un día, dispuesto a devolverle la sensatez— Hábleme usted de quesos. Si realmente es ese ratoncito que pretende ser, sabrá distinguirlos sin el menor problema, pues todos sabemos que los ratones se pirran por e! queso.
   Le pregunté en que se distinguía el queso de bola del queso gruyere y el hombre pensó que quería tomarle el pelo y se me quedó mirando a los ojos, sin saber que responder. Le repetí la pregunta y me contestó por fin que los quesos de bola son los que tienen forma esférica y que el queso gruyere era el de los agujeros.
   —Ni siquiera es necesario probar esos dos tipos de quesos para distinguirlos —me dijo con una vocecita agguda que trataba de imitar el chillido prolongado de un ratón—. Pueden reconocerse a simple vista.
   —¿Qué me dice entonces del queso manchego? —le pregunté, sin dar mi brazo a torcer.
  —Es un queso elaborado con leche de oveja, de pasta firme y aroma y sabor muy característico. Puede consumirse fresco, seco o curado en aceite. Yo, personalmente, lo prefiero muy seco.
   —Déme una razón que justifique esa preferencia —le pedí.
   —Si el queso esta muy duro —respondió, abriendo la boca y señalándose los dientes con el índice— estos dos incisivos, que usted ve tan desarrollados, cobran todo su sentido.
   —¿Y el emmenthal? —le pregunté—. ¿Qué me dice del emmenthal?
   —Es un queso de vaca —respondió. Duro, compacto, con grandes ojos. No es fácil de encontrar en las despensas de este barrio.
   Reconocí que a juzgar por aquellas respuestas —que me dio sin ninguna vacilación— podría ser realmente un hombre ratón, pero no quise rendirme a las primeras de cambio y se me ocurrió otro sistema para devolverle a la realidad. Una mañana le sujetamos entre unos cuantos clientes del bar y le afeitamos el bigote en seco. Fui precisamente yo quien empuñó la navaja barbera. Le puse luego un espejo a un palmo de la nariz y le pregunte si todavía continuaba reconociéndose hombre ratón.
   —Así, sin bigote, me resulta muy difícil —reconoció tristemente, pasándose la yema del índice por encima del labio superior.
   Y aquel día señaló el principio de su recuperación. Continuó acudiendo cada tarde albar y sentándose en la mesa del rincón, pero poco a poco fue dejando de mover las mandíbulas y hace un par de días se decidió a jugar con nosotros una partida de dominó.
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ANTECEDENTES, Julián Rodríguez

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JULIÁN RODRÍGUEZ, Antecedentes, Mondadori, Barcelona, 2010, 112 páginas.

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Antecedentes supone la confluencia del libro de relatos Mujeres, manzanas y el poemario Nevada, publicados por primera vez en el año 2000 de forma separada "por motivos editoriales". En el Prólogo (declaraciones diez años después) (pp. 11-14), el autor explica que por fin el presente volumen responde a su idea inicial: "Esta nueva edición (...) obedece a un criterio que, hoy, me parece más cercano a lo que siempre deseé que fueran: un solo libro".

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NOMBRES

Fue Eliza durante unas pocas semanas, cuando era niña. Eliza, Lily. Pronto lo cambió a Lil.
Más tarde fue Miss Steward en la carnicería. Y también mi amor, querida, madre.
Enviudó a los treinta. Volvió a trabajar como Mrs. Hand. Su hija creció, se casó y dio a luz un niño.
Ahora ella era Nanna. Todo el mundo me llama Nanna, solía decir a las visitas. Y eso hacían ellos. Incluso los dependientes y el médico.
En el geriátrico usaban los nombres cristianos de los pacientes. Lil, les dijimos nosotros. O Nanna. Pero aquello no constó en su expediente, y durante las desconcertantes últimas semanas fue Eliza una vez más.