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GREY, Alberto Chimal

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ALBERTO CHIMAL, Grey, Era, Ciudad de México, 2006, 90 páginas.
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UN AMOR

   En verdad él era dos hombres. Uno sentía el calor entre las piernas, veía ante sí los fantasmas de carnes desnudas, flores rojas, capullos del deseo, y entraba en el cuarto. El Otro salía del cuarto, tembloroso, con la vergüenza como escarcha sobre los hombros, y se tiraba al suelo, rezaba por su alma, pedía perdón por su debilidad, preparaba los látigos y los cilicios. 
   Por consiguiente, ella también era dos: una prístina virgen y una puta; la esposa fiel de un sátiro y la perdición de un casto. 
   Pero una noche, en el instante en que se abría la puerta de la habitación, el casto que salía volteó. Miró a la virgen, y se hablaron, y puestos de acuerdo huyeron juntos. Él se convirtió en numerario y ella se hizo monja. Y así los otros dos, abandonados, quedaron dueños de la casa, y nadie más habló mal de ellos, y fueron felices. 

LA SANGRE DE MEDUSA, José Emilio Pacheco

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JOSÉ EMILIO PACHECO, La sangre de Medusa y otros cuentos marginales, Era, Ciudad de México, 2014 (1990), 166 páginas.

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MEMORIAS DE JUAN CHARRASQUEADO

   -Yo no lo maté: él solito se le atravesó a la bala.

NOTAS SOBRE EL CINEMATÓGRAFO, Robert Bresson

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ROBERT BRESSON, Notas sobre el cinematógrafo, Era, México D.F., 1979, 128 páginas. 
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Estos breves apuntes y aforismos, traducidos por Saúl Yurkiévich, constituyen una excelente poética cuyo alcance no se restringe al cinematógrafo: supone una mirada brillantemente concisa y lúcida sobre los fundamentos de la creación que atañen a cualquier obra de arte.
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Controlar la precisión. Ser yo mismo un instrumento de precisión.
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La terrible costumbre del teatro.
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Respetar la naturaleza del hombre sin quererla más palpable de lo que ella es.
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La fuerza eyaculatoria del ojo.
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Cuando un solo violín basta, no emplear dos.
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Se reconoce lo verdadero por su eficacia, por su potencia.
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Escarba en el mismo lugar. No te escurras fuera. Doble, triple fondo de las cosas.
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Asegúrate de haber agotado todo lo que se comunica por medio de la inmovilidad y el silencio.
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No corras tras la poesía. Ella sola penetra por las junturas (elipsis).
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Que los sentimientos causen los acontecimientos. No a la inversa.
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Elige bien tus modelos para que ellos te lleven donde quieres llegar.
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Crear expectativas para colmarlas.
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No mostrar todos los costados de las cosas. Margen de indefinición.

LILUS KIKUS, Elena Poniatowska

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ELENA PONIATOWSKA, Lilus Kikus, Era, México, 1985, 64 páginas.

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Era reedita este libro publicado por primera vez en 1954. Le añaden interés a las doce narraciones las ilustraciones de la surrealista Leonora Carrington.
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LA AMIGA DE LILUS

   Lilus tenía una amiga: Chiruelita. Consentida y chiqueada. Chiruelita hablaba a los once años como en su más tierna infancia. Cuando Lilus volvía de Acapulco, su amiga la saludaba: ¿Qué tal te jué? ¿No te comielon los tibulonchitos, esos felochíchimos hololes?
   Semejante pregunta era una sorpresa para Lilus, que casi se había olvidado del modo de hablar de su amiga, pero pronto se volvía a acostumbrar. Todos sus instintos maternales se vertían en Chiruela, con máxima adoración. Además, Lilus oyó decir por allí que las tontas son las mujeres más encantadoras del mundo. Sí, las que no saben nada, las que son infantiles y ausentes... Ondina, Melisenda...
   Claro que Chiruelita se pasaba un poco de la raya, pero Lilus sabía siempre disculparla, y no le faltaban razones y ejemplos. Goethe, tan inteligente, tuvo como esposa a una niña fresca e ingenua, que nada sabía pero que siempre estaba contenta.
   Nadie ha dicho jamás que la Santísima Virgen supiera algo de griego o latín. La Virgen extiende los brazos, los abre como un niño chiquito y se da completamente.
   Lilus sabe cuántos peligros aguardan a quien trata de hablar bien, y prefiere callarse. Es mejor sentir que saber. Que lo bello y lo grande vengan a nosotros de incógnito, sin las credenciales que sabemos de memoria...
   Las mujeres que escuchan y reciben son como los arroyos crecidos como el agua de las lluvias, que se entregan en una gran corriente de felicidad. Esto puede parecer una apología de las burras. Pero ahora que hay tantas mujeres intelectuales, que enseñan, dirigen y gobiernan, es de lo más sano y refrescante encontrarse de pronto como una Chiruelita que habla de flores, de sustos, de perfumes y de tartaletitas de fresa.
   Chiruelita se casó a los diecisiete años con un artista lánguido y maniático. Era pintor, y en los primeros años se sintió feliz con todas las inconsecuencias y todos los inconvenientes de una mujer sencilla y sonriente que le servía té salado y le contaba todos los días el cuento del marido chiquito que se perdió en la cama, cuento que siempre acaba en un llanto cada vez más difícil de consolar.
   Pero un día que Chiruelita se acercó a su marido con una corona de flores en la cabeza, con prendedores de mariposas y de cerezas en las orejas, para decirle con su voz melodiosa: "Mi chivito, yo soy la Plimavela de Boticheli. ¡Hoy no hice comilita pala ti!", con gesto lánguido el artista de las manías le retorció el pescuezo.

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CINCO DEL ÁGUILA, Carlos Chimal

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CARLOS CHIMAL, Cinco del águila, Era, México, 1990, 144 páginas.

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ÉXTASIS
A Margarita Burgos, José Juan Delfín y Andrés

   Fue una despejada y silenciosa mañana. Era también la invisible brisa que poco a poco se disipaba. Alguien me lo había advertido antes, pero no fue sino hasta ese domingo que pude comprobarlo con mis propios ojos. Mientras caminaba hacia el centro, recordé: "Los pájaros pueden predecir el futuro". Orienté mi oído a la selva, que ahora se hallaba privada del aletear y el barullo de todo averío, como si pico, espoleta y nido hubieran sido echados del mundo. Aunque nadie debió sentirse sorprendido. La radio hablaba de ello días antes y las brigadas de prevención hacían su labor, si bien de manera discreta para no crear, digamos, expectación entre los visitantes. Aquí todos vivimos de ellos, o casi todos. Quizás alguno que otro maya se dedique a la siembra o a la pesca, pero la bendición del Creador llega por avión. "Y no vienen a inquietarse", ha dicho el gallego, "sino a derramar".
   Al cruzar por el Palmasola, un supermercado que ostenta una enorme vitrina hacia la calle, miré a sus tranquilos, e incluso distraídos empleados, y a un pequeño grupo de compradores con apenas una o dos bolsas más de lo común. Pasé luego a corta distancia del malecón y vi a los pescadores descargando afanosamente la pesca de bajura, la pesquería, una versión fresca del pange lingua, y a los animosos visitantes abordar un barco excesivamente empavesado para su corta eslora. Llegué por fin al centro, donde se hallaban reunidos ya el gallego, el inglés y mi socio. "Cumplir con el precepto", atravesó mi cabeza. El gallego, que se siente más mexicano que mi socio y yo juntos, envidia al inglés porque todas sus ganancias no rebasan los 20 cm. Ha sabido comprimir una vida y no posee nada más voluminoso y pesado que una maleta con una docena de trajes de lino y camisas de algodón. El resto es cristalería pura, brillantes y algunos diamantes. Envidiable bisutería. De hecho, asistió a la escuela en la esquina de Knightsbridge y Sloalle St., en ele corazón no sólo de Londres, sino, según cualquier Sloane Ranger, del universo entero. Piensa que la familia es lo que realmente importa, aunque no es casado, y ama el pasado. De alguna imprecisa forma dice estar ligado a la aristocracia. Siente que su alma pertenece al medio rural y cree que una ciudad, si posee notable arquitectura antigua, merece vivirla para que el ciudadano disfrute de su servicio, permitiendo que quienes están en capacidad, hagan un par de millones, de libras quiero decir, y se retiren al campo. Mi socio y yo hemos venido a esta isla precisamente huyendo de una urbe que es como una embarcación donde el agua que has sacado, al día siguiente vuelve a alcanzar su nivel. Nunca hacia arriba, nunca hacia abajo. ¿Un trago, un café?; tal vez un éxtasis, 24 horas de fuste, arqueo y papel, un hielo en el Caribe, una noche pirata y see you at AIDS. Llegó el capitán de nuestro barco y le dijimos: "Haga usted lo que le mejor le parezca". Luego de una conveniente despedida, cada quien se fue a desencallar su virilidad, a echar al través su espíritu sagaz o remiso, como el de mi socio. ¿Para qué tanta agua y comida? ¿Para qué perder tantos días sin snorquelear y tantas noches piratas? ¿Qué con los clientes?
   Tomé mi dotación de pilas y me largué a mi casa, donde mi mujer terminaba de afianzar su posición en la tierra y mi pequeño hijo aguardaba, haciendo y deshaciendo figuras de madera. Tomamos las últimas providencias colocando bandas de cinta adhesiva en las ventanas. Mientras lo hacíamos, recordé la manera impaciente de apilar aquellos tambos de plástico con los que intentaban proteger el enorme cristal de Palmasola. La tarde caía y encendí por última vez la radio. Denuedo. Umbral. Filiación. Línea. Nodo. De pronto, el cielo desapareció y con él el horizonte. Y así la tierra. El refrigerador y el aire acondicionado exhalaron, dando paso a la entelequia, a una mónada crepitante que nos aventó a la cocina, y allí, acurrucados, vimos una inmensa mano que golpeaba los cuatro puntos y un haz de cerdas que chasqueban en la zona más profunda de nuestras cabezas. Tal fue la noche y tal la mañana. Y durante esa noche, la noche de la justicia original, el capitán prefirió vivir en alta mar su propia galerna. Montado en cuatro motores Dina y con la tripulación completa, buscó hora tras hora la línea del viento y la enfrentó. Bajo el soplo opalescente y el aura irreconocible, rodeado de un simún extraviado, vieron pasar el transbordador de Cozumel, espectral, movido por la fuerza de la costumbre. Más tarde, mucho más tarde, cuando el entorno había mudado su semblante y el cerrojo de la bóveda fue corrido, dejándonos ver una nítida mañana, como un axioma celestial, apenas reconocí el rostro desencajado de mi socio, que corría por las calles clamando agua y comida. Caminamos ansiosos hacia la playa, sin que nos quedara otra cosa en el estómago más que un novillo arrinconado. Decenas de tambos y millones de astillas reposaban en el fondo de Palmasola El gallego siguió envidiando al inglés, que tomó el último vuelo y probablemente a estas horas despertaba de nuevo su pasión por la India. Como un golpe en vago, ayudamos a rescatar los cuerpos de varios criados mayas, ahogados porque sus patrones nunca les anunciaron el tope, ni les dijeron cuándo parar. En el momento en que envolvíamos un cuerpo más, vimos aparecer, ese magnífico día, nuestro barco en el horizonte. Agobiados, erráticos, con lágrimas en los ojos, mi socio y yo comenzamos a aplaudir.

ÉSTOS SON LOS DÍAS, Alberto Chimal

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ALBERTO CHIMAL, Éstos son los días, Era, México D.F., 2004, 144 páginas.

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ÁLBUM

   La cara de su madre. La muñeca que arrojó por la ventana. El libro que quemó. La pecera que vació en la sala. La muñeca a la que arrancó las piernas. Su primer psiquiatra. El tazón con el que golpeó a su madre. Su niñera poco antes de marcharse. Su abuela materna poco antes de marcharse. Su padre poco antes de marcharse. La cara de su madre. El gato al que metió en el horno. Su segundo psiquiatra. Su primer kínder. El niño al que pateó. Su tercer psiquiatra. La trenza cortada de su compañera. El rincón en el que estuvo castigada. La cara cortada de su compañera. Su cuarto psiquiatra. Su segundo kínder. El perro al que destripó. La silla a la que fue atada. El brazo en cabestrillo de su madre. El brazo en cabestrillo de su maestra. El brazo en cabestrillo de su quinto psiquiatra. Su tercer kínder. El niño que la golpeó. Un trozo de la oreja del niño que la golpeó. Su cuarto kínder. La denuncia en su contra. El bolso de su madre. El director de la primaria que no quiso admitirla. La cara de su madre. El director de la segunda primaria que no quiso admitirla. La tarjeta de débito de su madre. El director de la primaria que aceptó admitirla. La niña a la que trató de ahogar en un excusado. La niña a la que empujó por las escaleras. La carta en su contra de los padres de sus compañeros. La cara de su madre. Un hombro desnudo de su madre. El director de la segunda primaria que aceptó admitirla. El suéter de su compañero desaparecido. El cuerpo de su compañero desaparecido. La cara de su madre. La patrulla que fue a buscarla. La cara de su madre. El autobús que abordó con su madre. El primer motel donde durmió con su madre. El incendio del primer motel donde durmió con su madre. El boletín con la foto de su madre. La cara de su madre. El segundo motel donde durmió con su madre. El bebé que resistió tres días en el cuarto donde durmió con su madre. La cara de su madre. El tercer motel donde durmió. El teléfono que su madre trató de usar. La cara de su madre. Un ojo de su madre. La lengua de su madre. El otro ojo de su madre. El coche del hombre que la recogió en la carretera. La primera comentarista que habló de ella en la televisión. El coche del segundo hombre que la recogió en la carretera.