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LISTA DE LOCOS Y OTROS ALFABETOS, Bernardo Atxaga

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BERNARDO ATXAGA, Lista de locos y otros alfabetos, Xordica, Zaragoza, 2019, 284 páginas.
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AZAR 

   Es una voz antiquísima que tiene su origen en la flor —zahr en árabe— que solía figurar en una de las caras de los dados de juego. Contra lo que pudiera parecer, la flor era fatal, y el jugador que la sacaba del cubilete quedaba inmediatamente eliminado; de ahí que zahr pasara a designar lo fortuito que da lugar a las desgracias, y que se convirtiera al fin en un símbolo de la malignidad del destino. Con los años y los siglos, la palabra pasó de la mesa de juego a la mesa de la vida, y con cierta facilidad además, debido sobre todo a que el terreno estaba ya preparado por las metáforas que aseguraban que ambas cosas —la vida, el juego de dados— participaban de la misma materia. Después, con más años y más siglos, los (dados cambiaron de figuras, y la flor desapareció. Perduró en cambio la palabra: sucedió por azar, decimos ahora refiriéndonos por ejemplo a un accidente de tráfico, y lo que queremos decir es que no hubo culpables, que el accidente sucedió porque sí, porque tenía que suceder. Con todo, bastaría que aguzáramos la vista para percibir, alrededor de cualquier desgracia, la sombra de una flor maligna...

EL TESTAMENTO DE AMOR DE PATRICIO JULVE, Antón Castro

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ANTÓN CASTRO, El testamento de amor de Patricio Julve, Xordica, Zaragoza, 2011, 208 páginas.

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Xordica reedita los relatos inspirados por el fotógrafo Patricio Julve.
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BILL MANLEY

A Julio Alejandro de Castro 

   Winston Churchill lo nombró lugarteniente de guerra y se sentaba con él, en los altos miradores de Londres, a estudiar estrategias, celadas en un matorral impensado o el cauteloso paso de una columna de soldados antes del asedio. En medio de la reyerta, se intercambiaban largas epístolas con planos de empalizadas, desembarcos y resoluciones a partidas de ajedrez que duraban más de tres meses. Fingían estar sitiados para inventar una fuga inverosímil, soñaban peligros de los que salían indemnes frente a un batallón de marinos por un largo playerío minado de dinamita. Y al final de cada carta, hablaban siempre de las mariposas: Bill Manley, incluso en los días más abmptos de bombardeos, tenía tiempo para explorar un campo de cieno, escalar un minarete coronado de yedras o adentrarse en un caserón siniestro donde revoloteaban las mariposas como en un edén olvidado de zarzamoras, mientras sus hombres tragaban polvo en el cielo cruzado de las trincheras.
   Algunos años después, Manley visitó Italia y en Lombardía, en una de esas tardes tórridas de verano, le sonrió una joven. Se acercó y vio su dentadura blanca, un vestido crema adornado de flores y tres claveles en el pelo. No le dijo nada o quizá se lo dijo todo, porque a los dos días se casaron en una ermita adornada de sarmientas, bajo una explosión insólita de mariposas de colores. Pasaron los años y el héroe de guerra apenas hizo otra cosa que cazar esos insectos alados y eligió España para sus hazañas. Viajó por Albarracín, por el Javalambre, por Cantavieja, por los montes escindidos de Mirambel. Un día se encontró con una pareja de nativos que buscaban una hermosa muestra, la pandoriana pandora. Manley, que jamás quiso hablar en otro idioma que no fuese el inglés, le indicó: «En un puente del Guadalaviar, de pretil bajo, cabe mismo de la ciudad amurallada de los Azagra, entre las nueve y las nueve y media de la mañana, encontrarán un ejemplar». Y así sucedió.
   De su estancia por España, Manley nos legó un bello libro: A field guide of butterflies and burnetts of Spain, donde había una revelación final: en un lugar innominado del Maestrazgo halló una variante insólita de la apatura ilia, tornasolada a los diversos ángulos de la luz y pigmentada de azul, y la bautizó con el nombre de Margarita, en recuerdo de su esposa, aquella muchacha lombarda de vestido crema y claveles en el cabello. Ése fue, al parecer, su testamento de amor antes de morirse en un accidente doméstico en la agreste ribera del Támesis.

LEER PARA CONTARLO, José Luis Melero

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JOSÉ LUIS MELERO, Leer para contarlo, Xordica, Zaragoza, 2015, 272 páginas.

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En el Prólogo a esta edición (pp. 13-15) señala certeramente el autor que "hubo un tiempo en el que la cultura se adquiría leyendo libros, revistas y periódicos y no consultando Facebook ni páginas en internet". Esta reivindicación de las librerías de viejo como santuarios de la cultura ya había sido editada en el 2003.
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DE CÓMO COMPRAR Y VENDER UNA PRIMERA EDICIÓN DE ALEJANDRO SAWA

   A Madrid suelo acudir también a visitar las dos Ferias del Libro Viejo que se celebran en primavera y otoño. He estado en otras ferias (Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao, Pamplona, Logroño, Málaga, Granada, Santillana), pero ninguna de ellas es comparable a las de Madrid, especialmente a la de otoño, en la que participan muchos de los más importantes libreros españoles, pues además de los madrileños acuden sus colegas catalanes, valencianos, vascos, andaluces...
   Normalmente lo he hecho acompañado de Vicente Martínez Tejero y Ángel Artal, aunque nada más llegar al paseo de Recoletos nos separamos —para evitar competir entre nosotros— y solo nos vemos ya a la hora de comer y a media tarde para coger el tren de regreso a Zaragoza. En las casetas no es infrecuente coincidir con otros zaragozanos (de nacimiento o de adopción) que también tratan de encontrar algunos buenos libros: Rafael Conte, Félix Romeo (que siempre se ha pasado por la Feria el día anterior y para cuando nosotros llegamos ya ha comprado todos los libros interesantes), Javier Barreiro, Antonio Fernandez Molina, Miguel Pardeza, José María Mur (actual presidente de las Cortes de Aragón, a quien vi comprar una vieja primera edición de Ricardo del Arco sobre el monasterio de San Juan de la Peña), Ernesto Tolosa...
   De vez en cuando aparecen excelentes libros a precios razonables pero difícilmente gangas, pues lo primero que hacen los libreros es ver qué ha traído la competencia y comprarse rápidamente los unos a los otros aquellos libros que consideran que están a buen precio y que todavía dan de sí para ser de nuevo remarcados.
   Con todo, yo compré hace unos años en la caseta de un librero madrileño de los menos espabilados, entre una serie de libros apilados en el suelo, una primera edición de La mujer de todo el mundo (1885) de Alejandro Sawa por poco más de lo que costaba entonces una cerveza. Yo ya tenía aquella novela —la había leído justo después de Criadero de curas, que fue el primer libro que conocí del sevillano en una edición de la Biblioteca Anticlerical de las Ediciones Universo de Toulouse—  pero la compré para regalársela a un amigo zaragozano a quien también le gustan los libros raros pero que nunca se desplazaba a Madrid a buscarlos.
   La caseta siguiente a aquella en la que acababa de adquirir el libro de Sawa pertenecía a otro librero de Madrid, al que llamaremos X, enemistado con el anterior y con el que yo mantengo desde hace años una relación cordial. Al preguntarme este, como solemos hacer todos casi rutinariamente, qué había encontrado interesante en la Feria, le enseñé el libro de Sawa que acababa de comprar en la caseta de al lado, explicándole que en realidad no era para mí sino para regalarlo y le confesé, para hacerlo feliz pues sabía que le divertiría la inepcia de su vecino, lo que había pagado por él. X se rió todo lo que quiso de su colega y con tono altivo y postinero, aunque simpático, me dejó bien claro que yo había podido comprar aquel libro gracias a que él no se hablaba con ese librero y no podía visitar su caseta, pues de no mediar esa enemistad habría encontrado y comprado el libro antes que yo dado que hubiera dispuesto del tiempo suficiente para ello pues la Feria había comenzado el día anterior (no sé por qué pero no contemplaba la posibilidad de que hubiera sido un tercero quien lo descubriera). Entonces me hizo por él una oferta excepcional. «Sé qué cliente quiere este libro —me dijo- y cuánto está dispuesto a pagar por él. Yo te lo compro a ti por... y el resto es mi beneficio». La oferta era atractiva y tentadora y sobre todo significaba para mí algo completamente nuevo y desconocido hasta entonces: la posibilidad de ganar un dinero importante sin ningún esfuerzo: comprar en una caseta y vender en la siguiente. Especulación pura y dura. Yo no había vendido jamas un libro en mi vida y al principio me negué. «Lo he comprado para un amigo», le decía yo. Y X me contestaba: «Pero él no sabe nada, hombre. Cómprale otro y en paz. Y gánate un dinero considerable y házmelo ganar a mí». A los cinco minutos me había convencido. Me pudo la codicia. Le vendí, pues, el libro y con el dinero obtenido me pagué el viaje a Madrid, la comida y algunos de los libros que había comprado aquel día. Cuando llegué a Zaragoza le conté la anécdota al amigo para quien estaba destinado el libro de no haberse cruzado X por el medio, se rió y me dijo que había hecho bien, que él habría actuado del mismo modo. Pero yo sé que aquello no fue elegante, no tuvo finura y que nunca debí haber cedido a la grosera seducción del dinero.

BIBLIOTECA, Gonçalo M. Tavares

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GONÇALO M. TAVARES, Biblioteca, Xordica, Zaragoza, 2007, 128 páginas.

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En la introducción el autor expresa un deseo: "Me gusta la idea de que alguien pueda leer algunos de estos fragmentos hoy, y otros de aquí a algunos años". 
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CELSO EMILIO FERREIRO

   El contraste entre la orina y el alfabeto utilizado por los poetas no es tan grande como hace algunos siglos. De este hecho no deben deducirse ecuaciones que vuelvan parecido el aroma de determinados versos y de determinados excrementos.
   La palabra perro no muerde, de la misma manera que la palabra verso no huele sólo a rosa o a lirio o a niños felices. Porque también en los versos existe la usura de altos intereses y la tortura en las partes bajas del cuerpo del hombre.
   Una vulgar cerilla, sacada del bolsillo de la camisa de un adolescente, puede, cuando prende, quemar una flor —un lirio, por ejemplo, desde el tallo— y este incendio, casi privado, puede incluso, a dos metros de distancia, ser un poema o sólo el discurso filosófico de un adolescente estúpido.
   Pero hay muchos problemas posibles para una única solución correcta.

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E. M. CIORAN
  
   Si el alma es una víscera no quiero pensar lo que será Dios.
   El hombre que quiere destruir tiene las manos pesadas. El hombre que quiere huir tiene los pies ligeros.
   El hombre que quiere luchar no tiene prisa. El hombre que quiere morir encontró el mundo correcto.

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J.D. SALINGER

   Un poeta fue visto limpiando los cristales de los coches por solo una moneda, en una ciudad que tenía dieciocho avisos, cuatro investigaciones criminales en curso, y siete libros rodeados por moscas, como si fuesen miel o algo parecido.
   El escritor con una prosa soportada, debajo, por tres caballos rápidos.

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KAVAFIS

   Los labios de un hombre besan mejor cuantos más versos sabe él de memoria. Y también en las mujeres se observa algo parecido.
   Un lugar común: un lugar donde todos cuelgan el sombrero (porque es la misma cabeza).
   No hay un párpado perfecto que cierre el cerebro, lo proteja de la luz excesiva; a no ser el amor.
   De los bares viene el sonido del alcohol, éste existe: es el ruido, el discurso emotivo, las broncas que rompen sillas.
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LEONARD COHEN

   Abandonó la música y entró en el décimo arte llamado tristeza. Pero hacía daño a la tristeza.
   Quiso aprender lenguas y otras tareas. Se volvió el carpintero que hacía discursos largos. Después cogió una silla, se sentó, y repitió alto: es un ejercicio sobre el movimiento de los otros. Cuando se confesaba daba órdenes al confesor.
   Sólo pierdes la capacidad de amenazar cuando te enamoras. Tu amado no tiene miedo de ti.
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MATSUO BASHO

   Excelentísimo sol, que humillas mi mechero.
   Excelentísima luna, que humillas mi sombra.
   Excelentísimo camino, largo camino, que humillas mi velocidad.
   Excelentísima agua, tranquilo y ancho río, que humilláis mi sed y mi suciedad.
   Excelentísimo pájaro, que humillas mis versos.

ADIÓS AL FÚTBOL, Valerio Magrelli

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VALERIO MAGRELLI, Adiós al fútbol, Xordica, Zaragoza, 2013, 128 páginas.
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Noventa textos, uno por minuto, recogen distintas reflexiones y anécdotas durante las páginas de este partido: en ellas, ajenos al marcador, juegan los recuerdos de una vida bajo el escudo de la literatura y el fútbol.
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28'

   Él no era irlandés, pero lo parecía. De pelo rojo, aspecto de anciano, trabajaba de vigilante de la pisclna municipal, y aún no había aprendido a hablar italiano. Era Rudi Volk, el antiguo goleador de la A.S. Roma Calcio, autor del gol decisivo en el primer derbi contra la Lazio. Hablo de los años veinte. Pero un tío mío me había regalado un libro con toda la historia de su amado equipo, y por eso lo reconocí. Eludía el tema, pero no había duda de que le alegraba que un chavalín se acordara de su pasado. El goleador en la taquilla: otra imagen tremendamente insólita, de memento mori, que nunca he sido capaz de olvidar.

POR QUÉ ESCRIBO, Féliz Romeo

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FÉLIX ROMEO, Por qué escribo, Xordica, Zaragoza, 2013, 336 páginas.

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Ismael Grasa y Eva Puyó editan una selección de artículos del escritor tristemente fallecido en 2011.
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CARVER: MATRIMONIOS Y MANICOMIOS
 
   He sentido una doble tristeza al leer Principiantes. La primera tristeza, cuando pensaba, y lo pensé durante toda la lectura, que Raymond Carver (1939-1988), a sus 42 años, la misma edad que tengo yo ahora, había renunciado a publicar su obra tal como la había escrito y había cedido a los deseos de su editor Gordon Lish, que había amputado sus relatos nota­blemente... y que, de hecho, los había vuelto «carverianos». La segunda tristeza, cuando me di cuenta de que los relatos tal y como los «veía» Gordon Lish eran mejores que como los «veía» Carver.
   Estas tristezas, lo reconozco, son muy particulares, y a quien se acerque al libro le darán igual, pero no dejan de ser relevantes, porque Raymond Carver fue un escritor muy importante para mí. Creo que fue el primer escritor que leí siendo ya otra cosa que un adolescente más o menos apasio­nado por la literatura.
   Ha habido otras sensaciones durante la lectura, alejadas ya de los sentimientos. Principiantes, un título, por cierto, también mucho peor que De qué hablamos cuando hablamos de amor, es un libro profundamente moral... y no quiero decir de una moral profunda, porque es una moral rudimen­taria, sino cuyo objetivo es la redención del lector: que se dé cuenta de que lleva el mal camino y opte por el bueno. El buen camino consiste en dejar la bebida, querer a tu familia y a tus amigos, no engañar a nadie, cumplir con la ley, tener un buen trabajo... No exagero si digo que estos cuentos, llenos de borrachos que queman casas, que atropellan ancianos, que apalean a sus mujeres, responden al famoso programa de rein­serción personal y social de los «doce pasos» de Alcohólicos Anónimos, elaborado con la tramoya de la fe.
   Y estoy seguro, porque el propio Carver lo deja caer en uno de los relatos, que muchas de estas historias, o muchas partes de estas historias, fueron escuchadas en sus sesiones de recuperación en Alcohólicos Anónimos. En «¿Dónde está todo el mundo?», escribe: «Jamás contaba estas cosas en Al­cohólicos Anónimos. Nunca abría mucho la boca. Lo que hacía era “pasar”, como lo llamaban ellos. Cuando te llegaba el turno de hablar decías «esta noche paso, gracias”. Pero atendía y sacudía la cabeza y reía ante las terribles historias que oía».
   Esas líneas encierran la poética de su escritura. Y es lo que hace el lector: atender y sacudir la cabeza y reírse con las terribles historias que Carver cuenta. Sí, muchos de los cuentos son de terror. No hay diablos ni zombis, solo traba­jadores con una vida sentimental y familiar destrozada, pero los cuentos dan miedo de verdad.
   Creo que cuando leí por primera vez, hace veintidós años, De qué hablamos cuando hablamos de amor, el cuento que más me aterrorizó fue el de la tarta de cumpleaños, titulado entonces «El baño» y ahora en la versión original restaurada «Algo sencillo y bueno», uno de los que llevó al cine Robert Altman en Short cuts: un pastelero acosa telefónicamente a una familia que no ha ido a recoger la tarta de cumpleaños que ha encargado... porque está ocupada atendiendo a su hijo, hospitalizado porque ha sido atropellado. Lo cierto es que ese relato no se parece en nada a lo que yo recordaba y se trata, realmente, de un cuento epifánico, en el que se vislumbra la posibilidad de una vida después de la muerte. En el programa de rehabilitación moral de Carver esa redención está presente en la mayoría de los cuentos, y es lo deseable. A veces llega por la comida, como en «El baño»; en otras, por la oración; en otras, por la petición de perdón después de la confesión, como en «La aventura», en la que un padre que abandonó a esposa y su hijo se reencuentran brevemente; en otras, como en «Tanta agua tan cerca de casa», el relato en que unos pesca­dores encuentran el cadáver de una niña flotando en el agua no hacen nada hasta que terminan sus jornadas de pesca, por una figura que se asemeja, simbólicamernte, al chivo expiato­rio incompleto... y en otras, como en la brutal violación de «Diles a las mujeres que nos vamos», nos damos cuenta de que la redención no es posible.
   En 1988 no había leído a Gordon Lish (1934), aunque sabía de él porque mi fanatismo por Carver era enorme, pero ahora ya sí. Perú (Periférica), una novela que escribió cuando trabajaba como editor para Carver, muestra cómo entendía él la literatura: con una densidad moral que está en las antípodas del blanconegrismo de Carver. No es raro que, en algunas ocasiones, tachara más del setenta por ciento del contenido de los cuentos. Hace tiempo que el Raymond Carver que prefiero, aunque vuelvo pocas veces a él, es el de sus poemas. La literatura que hay en ellos ha renunciado a la monserga y es menos elemental, más emocionante.

PIEDAD, Miguel Mena

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MIGUEL MENA, Piedad, Xordica, Zaragoza, 2009, 184 páginas.

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DE RAÍZ

   Cuando me dijeron que mi hijo no podría hablar nunca, que tenía un cromosoma atravesado y una nube oscurecía la zona del cerebro donde se amasa el pensamiento y se tejen las palabras, lo primero que recordé fue que había planeado aprender con él los nombres de los árboles. Lo ansiaba desde que nació: andar por el campo, juntos los dos, y distinguir las hayas de los abedules, los arces, los castaños, los quejigos, los robles y los enebros. Pensé en ello mientras por detrás de la cara del médico, un rostro inexpresivo envenenado para dar malas noticias, observaba los árboles de aquella clínica meciéndose suavemente, como acunando una pena. Le pregunté al doctor qué árboles eran aquellos y pareció tan extrañado por mi pregunta que se encogió de hombros y no supo contestarme. Le noté incómodo, como si quisiera dar la consulta por finalizada. Nos despedimos, cogí a mi hijo en brazos, salimos a la clínica y al cruzar el jardín, con el sol de espaldas, observé que nuestras sombras dibujaban una silueta en la que yo era un tronco seco y aquel niño de pelo rizado sobresalía como una gran flor que me brotaba.

PEQUEÑAS HISTORIAS DE LA CALLE SAINT-NICOLAS, Line Amselem

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LINE AMSELEM, Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas, Xordica, Zaragoza, 2012, 232 páginas.
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Line Amselem compone una novela con estas historias encontradas que permiten una lectura yuxtapuesta fragmentaria e independiente.
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LOS ARISTOGATOS


   Esther tiene el álbum Panini de cromos de Los aristoga­tos. En la portada se ve al mayordomo con gatos en las manos, en los brazos y hasta uno en la cabeza. Un sobre de pegatinas cuesta cincuenta céntimos. Esther los com­pra en la tienda de Lili, y después cambia los repetidos con sus amigas. En televisión pusieron el tráiler de la película y dan ganas de ver la película entera. Una vez fuimos al cine a ver Los diez mandamientos, de Cecil B. de Mille. Aquel día, Papá había vuelto más temprano de la tienda y habíamos salido los cinco juntos. A partir de entonces, para Pésah, cuando el más joven de la fa­milia tiene que preguntar por qué se celebra la Pascua, Papá ya no se calienta la cabeza y contesta: «¿Miratis la película? ¡Wa ya está!». Pero después, a pesar de todo, Papá cuenta un poquito cómo los judíos salieron de Egipto con Moshé Rabbenu (así llamamos nosotros a Moisés).
   Otro día, mi amiga Magali Legal me invitó al cine a ver Blancanieves con ella y con su mamá, pero cuando estábamos delante del cine me pidió el dinero y yo no llevaba. Creo que no había entendido muy bien lo de la invitación. Entonces me inventé algo y me volví para casa.
   No sabemos por qué motivo Mamá aceptó llevarnos a los tres a ver Los aristogatos un miércoles por la tarde. Era la primera vez que íbamos al cine con ella. Echa­ban la película en la calle Lyon. Antes de ir compramos chucherías en la panadería de enfrente y lo más gracioso fue que tenían gatitos de regaliz. Nos plantamos en la taquilla del cine, Mamá ya había abierto el bolso para sacar las entradas, pero cuando dijimos la película que queríamos ver no nos dejaron entrar. Sería porque la sala ya estaba llena o porque Mamá se había equivo­cado al leer la cartelera. No podíamos esperar a que empezara la siguiente sesión, porque entre pitos y flau­tas se nos hubiera hecho la hora en que Papá volvería del trabajo. Entonces, dimos media vuelta y tomamos la avenida Ledru-Rollin Nos sentíamos raros volviendo tan pronto después de haber salido tan contentos y re­cuperando el curso de un miércoles cualquiera.
Menos mal que a Mama se le ocurrió pasarse por el cine del Faubourg Saint-Antoine para ver si podíamos entrar. En la taquilla no nos pusieron ninguna pega. La verdad es que quedaba mucho sitio en la sala, es­cogimos buenos asientos en medio de una fila y empe­zamos a comer los gatitos de regaliz. Estábamos en la gloria y tardamos en darnos cuenta de que la película que estábamos viendo no era la de Los aristogatos sino una historia del Oeste con gente que metía agujas en unas muñecas de trapo. Después, los vaqueros se caían al suelo vomitando espuma blanca. Vimos de cerca la cara de muchos señores que se morían retorciéndose,  empapados de sudor y echando baba.
   Al final, salimos con la sensación de haber hecho una tontería con Mamá. Durante mucho tiempo, a raíz de ese suceso, nos despertamos por la noche con pesadillas. Pero, como podemos contárnoslas, dan menos miedo que otras.

TEJIDOS Y NOVEDADES, Cristina Grande

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CRISTINA GRANDE, Tejidos y novedades, Xordica, Zaragoza, 2011, 184 páginas.

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A los relatos de La novia parapente y Dirección noche se añaden siete cuentos inéditos. 
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NAVIDAD

   Sabina se fue de casa dando un portazo. En el piso no quedaba nadie. Su padre había muerto tres meses antes, el dos de noviembre, y en todo el invierno no había dejado de llover. El día del entierro, llovía como en los entierros de las películas, en concreto Sabina pensaba en la Condesa Descalza y en Humphrey Bogart, que no llevaba paraguas y al final de la película estaba calado hasta los huesos.
   A Sabina tampoco le importaba mojarse. En realidad, solo le importaba su dolor, tan magnífico y resplandeciente que era lo único real de aquella escena. Los siguientes cuarenta y tantos días no pudo dejar de llorar porque solo cuando lloraba se sentía a la altura de las circunstancias. Y a la larga tanto llanto resultó beneficioso, pues se le curó una conjuntivitis crónica que arrastraba desde hacia años.
   Las navidades fueron horribles, tal como se esperaban. Sus abuelos maternos se empeñaron en que Sabina las pasase con ellos en el pueblo, junto al fuego del hogar, con villancicos y turrones, pero ella mi quería que su duelo dejara de ser inabarcable y a la mínima de cambio se echaba a llorar delante de todo el mundo.
   A veces se encerraba en el cuarto de baño y se miraba al espejo mientras lloraba. Veía su cara hinchada y enrojecida y no se reconocía, como aquella vez que se comió un tripi y se asustó tanto, con la diferencia de que ahora le gustaba verse así. Le gustaba hasta el punto en que llegó a sacarse polaroids en plena llantina, y así luego, en los momentos de sosiego, las fotos volvían a provocarle las lágrimas. Pensaba que las lágrimas excavarían surcos en su cara, tal como creen recordar que le había pasado a san Pedro o a san Pablo o a san Mateo cuando habían negado a Jesús.
   El cometa Halley iba a ser visible esa Navidad. Sabina y su abuela pensaban que era un fenómeno muy importante. La abuela ya había tenido la oportunidad de verlo cuando pasó en 1909 y tenía tres años, pero Sabina no confiaba en llegar a los noventa y cuatro para tener una segunda oportunidad. Lo verían juntas después de la cena de Nochebuena. En la tele habían hablado del cometa sin parar y era de agradecer que en unas fechas tan señaladas alguien se ocupara de temas tan alejados de lo humano.
   Sabina y su abuela salieron al corral después de dar las doce por segunda vez en el reloj de la escalera. Las previsiones meteorológicas anunciaban nubes y claros esa noche, pero en plenos Monegros lo lógico era pensar más en claros que en nublos, por eso se llevaron un chasco al ver el suelo del corral convertido en una una ciénaga de barro y cagadas de gallina, y el cielo completamente negro.
   Sabina se rió con ganas cuando vio sus zapatos de tacón hundidos en la mierda aquella, mientras su abuela increpaba al cielo por no estar despejado en una tierra en la que se habían pasado la vida rogando por la lluvia. La risa le pilló tan de sorpresa que no pudo evitar mearse panty abajo, y su abuela tuvo que ayudarla a salir del barro y conducirla con cuidado hasta el interior de la cuadra, por donde se accede a la casa —dejándola allí sola, mientras iba a buscar zapatos limpios— a merced de las cucarachas que acudían por la noche al olor de las sobras que se medio comían los gatos. 
   La risa de Sabina se convirtió en una leve sonrisa que se fue aflojando hasta que sus ojos quedaron clavados en el suelo mugriento de la cuadra y en sus zapatos echados a perder. Su abuela volvió al momento y antes de de verle la cara dijo: «¿ya estás otra vez llorando, niña?».

LA MEMORIA DE LA ESPECIE, Manuel Moyano

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MANUEL MOYANO, La memoria de la especie, Xordica, Zaragoza, 2005, 136 páginas.

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En Coda (pp. 129-130) el autor explica la naturaleza de los textos: componen Plaudite, amici relatos articulados alrededor de las últimas palabras de hombres célebres. En Interludio onírico transforma en literatura sus sueños. Equipaje de sombras alberga la escritura aforística. El libro contiene una sección, Archivo de atrocidades, donde traslada al poema sucesos truculentos.

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17 DE DICIEMBRE DE 1830          [de Plaudite, amici]

   En el verano romano de 1805, subió a la colina del Monte Sacro en compañía de un amigo y juró ante él que liberaría America del yugo español. La promesa era mayúscula —un simple desvarío de juventud, pensó su acompañante—, pero el muchacho lograría llevarla a cabo. El padre infinito de la patria, el conocido por las generaciones futuras como Libertador, batalló contra las tropas realistas a lo largo de toda la América del Sur y consiguió la independencia de los territorios que hoy se conocen  como  Venezuela, Colombia, Panamá, Ecuador, Perú y Bolivia. Pese a ser militar, fue también un convencido humanista. Amigo de Humboldt en su juventud, condecorado con el Medallón del presidente George Washington, defendía la soberanía popular, la libertad civil y la abolición de la esclavitud. Había soñado con una gran Unión Sudamericana, pero tan pronto como creyó haberla concluido, su colosal obra empezó a desmoronarse. En Bogotá sufrió un atentado y fue calumniado por sus opositores. Desengañado, arruinado y enfermo de tuberculosis, Simón Bolívar y Palacios resolvió viajar a Europa para restablecer su salud. La muerte lo sorprendió de camino, en la quinta San Pedro andrino, el 17 de diciembre de 1830. Echado en una hamaca, Bolívar miró hacia atrás y entendió al fin la vanidad de su empeño, tal  vez de toda obra humana. “He arado en el mar”, murmuró antes de exhalar su último suspiro. Como sus ropas estaban hechas harapos, hubo que amortajarlo con la camisa de un testigo.

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1 DE MAYO DE 1987          [De Interludio onírico]
        
   Marchamos de noche por un bosque, junto a un inspector de policía y a un experto —ignoro cuál es su especialidad— que encabeza la comitiva. Se han dado varios casos de estrangulamiento en la zona. Divisamos una tienda de campaña iluminada y vemos, al trasluz, al asesino que buscábamos: está ahogando a una nueva víctima. A1guien dispara y lo hiere en las manos; luego, sigue disparando hasta matarlo. De pronto, aparecemos en unos urinarios. F. G. (un compañero de facultad) se halla junto al estrangulador, a quien acaba de resucitar mediante unas píldoras de color amarillo. Descubro que el inspector que nos acompaña toma también esas píldoras, y empiezo a sospechar que es un muerto viviente. F. G., el estrangulador y el propio inspector empiezan a perseguirnos a través del bosque y, más tarde, por las calles de una ciudad deshabitada. Al llegar a una discoteca, nos escondemos dentro del lavabo. Cuando veo que el pomo de 1a puerta empieza a girar, descubro por fin que estoy soñando.

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La ironía es el humor de los tristes.         [De Equipaje de sombras]
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Fotografía de Cioran en la solapa de uno de sus libros: pulcramente afeitado, con corbata, elegantemente vestido, el cabello peinado hacia atrás... ¿ Cómo armonizar ese cuidado aspecto con el contenido de sus escritos, que invita a no volver a afeitarse jamás?
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Tratando de exorcizar sus terrores, Cioran nos ha ayudado a ahuyentar los nuestros: nos ha enseñado a ironizar sobre el abismo.
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Calificativos empleados por la prensa en la muerte de Cioran: aristócrata de la duda, dandi de la nada, amargo apóstol del pesimismo... Un hombre tan preocupado por la muerte, sobre la que en buena parte había versado toda su obra, se vio finalmente privado de observarla de cerca. Enfermo de Alzheimer, ya no reconocía a nadie, ni siquiera a sí mismo.
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Una parte de mí vive fuera del tiempo. La otra parte hace proyectos, va al cine, trabaja, escribe, viaja con su familia, sale con los amigos, incurre en enfados, cede a la tentación de la vanidad, se abandona a sus manías... Pero esa otra parte, la ajena al devenir, se pasea ya por un planeta devastado del que ha sido abolida la especie humana.
Para esa parte de mí, todos estamos ya muertos o ni siquiera hemos nacido aún: la diferencia es irrelevante.
***        
Abandonamos el mundo con el consuelo de que nuestro entorno nos sobrevive, de que los asuntos humanos siguen su curso. Pero algún día habrá un hombre que será el último. Con él se extinguirá la memoria de la especie. ¿Cómo imaginar lo que sentirá en el momento de su muerte?