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ESCRITOS BREVES, James Joyce

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JAMES JOYCE, Escritos breves: Epifanías / Un retrato del artista / Giamoco Joyce, Escalera, Madrid, 2012, 204 páginas. Traducción de Mario Domínguez Parra.

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¡Pobre chico! Nos hemos reído juntos con frecuencia, él soportaba su existencia con suavidad... Siento mucho que haya muerto. No puedo rezar por él como hacen los otros... ¡Pobre chico! ¡Todo lo demás es tan incierto!
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Todos duermen. Subiré ahora… Él yace en mi cama, en la que yo estaba acostado anoche: lo han cubierto con una sábana y han cerrado sus ojos con peniques… ¡Pobre chico! Nos hemos reído juntos con frecuencia –él soportaba su existencia con suavidad… Siento mucho que haya muerto, no puedo rezar por él como hacen los otros… ¡Pobre chico! ¡Todo lo demás es tan incierto!
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Débil, bajo la noche encapotada de verano, a través del silencio de la ciudad que ha pasado de los sueños a un dormir sin sueños, como un amante cansado al que ninguna caricia emociona, el sonido de los cascos sobre el camino de Dublin. No tan débil ahora, mientras se aproximan al puente; y en un momento, mientras rebasan las ventanas oscuras, el silencio se parte por sorpresa, como atravesado por una flecha. Se les escucha ahora muy lejos -cascos que brillan como diamantes en medio de la noche encapotada, apresurándose más allá de las marismas grises, inmóviles, ¿hacia qué destino -hacia qué corazón- con qué noticias?
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Tenían muchas razones para respetar la autoridad; e incluso si a un estudiante se le prohibía asistir a Otelo (Hay algunas expresiones burdas en ella, le dijeron), ¿qué ínfima cruz era esa? ¿No era más bien una evidencia de cuidado e interés vigilantes y no se le aseguraba que en sus futuras vidas este cuidado continuaría, este interés se mantendría?

EN 99 PALABRAS, Miguel Ángel Molina

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MIGUEL ÁNGEL MOLINA, En 99 palabras: 100 microrrelatos escritos en 99 palabras, Edición de autor, 2012, 110 páginas.

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UN BARRIO TRANQUILO

   "Aquí vinimos a descansar. Era lo que siempre habíamos deseado. Tras vivir cuarenta años en aquel cruce escuchando pitos y acelerones a todas horas, al fin lo habíamos conseguido. Ahora sí éramos felices".
   Su nuevo hogar era bastante más pequeño y no era muy luminoso, pero esto no importaba ya que ahora estaban más cerca del centro, junto a la Pradera y el campo del Atleti. Desde allí hasta podían oír cómo se gritaban los goles en el Calderón.
   Aquella pesada tapa de mármol que se cernía sobre sus cabezas era lo único que no les acababa de convencer.

101 CANCIONES PARA CORTARSE LAS VENAS, Manu Berástegui

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MANU BERÁSTEGUI, 101canciones para cortarse las venas, T&B, Madrid, 2012, 236 páginas.


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«Las canciones de desamor funcionan para el oyente entregado como un doble al que traspasamos el dolor de forma vicaria, como un paliativo del dolor por trasferencia» escribe Berástegui en este libro en el que se suceden coplas, boleros, corridos y rancheras, tangos, baladas italianas, chansons francesas, blues y torch songs y temas de pop y rock, analizadas desde la lupa de la ironía y el sarcasmo más divertido.
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UN MUNDO RARO [José Alfredo Jiménez]

Cuando te hablen de amor y de ilusiones
y te ofrezcan un sol y un cielo entero,
si te acuerdas de mí, no me menciones
porque vas a sentir amor del bueno

Y si quieren saber de tu pasado
es preciso decir una mentira
di que vienes de allá de un mundo raro
que no sabes llorar,
que no entiendes de amor
y que nunca has amado

Porque yo a donde voy
hablaré de tu amor
como un sueño dorado,
y olvidando el rencor
no diré que tu adiós
me volvió desgraciado

Y si quieren saber de mi pasado
es preciso decir otra mentira
Les diré que llegue de un mundo raro
que no sé del dolor
que triunfe en el amor
y que nunca he llorado.


PRINCIPIOS ACTIVOS

   Rencor a la chita callando. Para desearle tanto bien, hay que ver cómo le recuerda lo bien que le iba con él y la putada que le hizo dejándole. Se ve que el chico está revenía. Aun así, le jura y perjura que va a hablar bien de ella. Pero, como todos los rechazados, le asegura que es mejor que le olvide porque nunca va a encontrar otro amor como el suyo. Eso se llama soberbia.
   La creación de un mundo irreal garantiza una protección artificial contra el dolor de corazón. Como un posoperatorio entre algodones. Al contrario que en la copla, un género de cotillas irredentos con planteamiento, nudo y desenlace, en esta canción nos quedamos con las gañas de saber que les ha pasado. ¿Infidelidad? ¿Amor imposible? ¿Alcoholismo? ¿Impotencia? 

INDICACIONES

   Aficionados a los mundos virtuales. Mitómanos, mentirosos patológicos y fabuladores que disfrutan creando un mundo de fantasía e ilusión. Amantes intangibles.

CONTRAINDICACIONES

   Amantes sólidos con los pies en la Tierra.

CORRECTA ADMINISTRACIÓN 

   Una rica ensalada aliñada con éter al estilo de las que hizo populares La Bella Otero en el París de la Belle Epoque potencia los efectos para entrar en un estado de olvido catatónico de la realidad. Lo que ayuda mucho a crear tus mundos propios, sean raros o no.

INFORMACIÓN ADICIONAL

   José Alfredo Jiméne la compuso y la cantó con mariachi de lujo, trompetas con sordina, coros masculinos y pausas dramáticas. Muy genuina.
   Después la han cantado prácticamente todos los cantantes mexicanos y muchos cantantes españoles de varias generaciones, hasta nuestros días. Desde los más clásicos y los más modernos. Cómo no hacer un apartado especial para la versión de Chávela Vargas, que sus fans cargaron de mensajes subliminales e intenciones ocultas. En cualquier caso, todas sus interpretaciones son maravillosas, desde las más ligeras de sus primeros años hasta las más reposadas y ásperas de sus años de madurez. Probablemente mejores éstas últimas para los amantes de las canciones que contagian sentimientos. 
   Bellísima la de Joan Manuel Serrat en el disco Cansiones.
   Pasión Vega la adorna con florituras flamencoides. Concha Buika la grabó en compañía de Chucho Valdés. Cada una tiene su atractivo.

CÓMO CAZA UN DROMEDARIO, Víctor Nubla

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VÍCTOR NUBLA, Cómo caza un dromedario, Blackie Books, Barcelona, 2012, 230 páginas.

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ME PREGUNTO

a Francesc Sans 

   ¿Por qué sonríe la gente en las fotografías? ¿A qué o a quién sonríen? No tengo la menor idea. Al fotógrafo, supongo. Los fotógrafos parecen ser gente a la que se sonríe a menudo. Sobre todo, el fotógrafo de retrato. Aquel a quien el fotografiado encomienda la inmortalidad de su sonrisa. No el que fotografía a los demás cuando no lo pueden ver. O cuando les da absolutamente igual. También hay gente que les llora a los fotógrafos. Algunos mueren o agonizan para ellos, pues tienen en sus manos la herramienta que permite fijar lo que se ve. Extraña gente los fotógrafos, a través de cuyos ojos los demás vemos.

LOS PÁJAROS PICAN, Miguel Ángel Gara

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MIGUEL ÁNGEL GARA, Los pájaros pican, Amargord, Madrid, 2012, 80 páginas.
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El náufrago se bebió el mensaje.
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No es la pared la que me impide pasar sino la puerta.
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Era tan pobre que en vez de un plato de ducha tenía un plato de lluvia.
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Hay épocas en las que hay que llorar menos y gritar más.
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La peor plaga fue de faraones.
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Mirar ruinas es constructivo.
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No es que se confunda lo urgente con lo importante sino que se confunde lo visible con lo importante.
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En los malos tiempos se escuchan mejor las risas.
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El imperio de la ley es una forma de llamar a la ley del imperio.
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Mejor que no olvidar la respuesta, recordar la pregunta.

AUSENCIA DEL HÉROE, Charles Bukowski

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CHARLES BUKOWSKI, Ausencia del héroe. Ensayos y relatos inéditos (1946-1992), Anagrama, Barcelona, 2012, 336 páginas. Traducción de Eduardo Iriarte.

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A JON WEBB
4 de septiembre de 1962

   Con respecto a la muerte de mi mujer el 22 de enero último, no hay mucho que decir, excepto que yo ya no seré el mismo. Quizá intente escribir sobre eso, pero está todavía demasiado cerca. Puede que siempre esté demasiado cerca. Pero aquella vez en el pabellón de caridad, años atrás, una chica mejicana que cambiaba las sábanas me dijo que se iba a acostar conmigo si yo mejoraba, e inmediatamente empecé a sentirme bien.
   Tenía una sola visita: la mujer borracha de cara redonda y roja, una amante del pasado que a veces se bamboleaba contra la cama, y se iba sin decir nada. Seis días después yo estaba manejando un camión, levantando paquetes de 20 kilos y preguntándome si la sangre vendría otra vez. Un par de días más tarde tomé el primer trago, ése que dijeron me mataría. Una semana más tarde conseguí una máquina de escribir y, después de una pausa de diez años y de haberle vendido mis cosas a la revista “Story” y a otras, mis dedos se pusieron a construir un poema. O mejor dicho, una charla de bar. Esa cosa que no es lírica, que no canta. Los rechazos llegaron bastante pronto. Pero no me afectaron, porque yo sentía que en cada línea estaba diciendo algo. No para ellos, sino para mí mismo. Ahora puedo leer muy poca poesía o muy poco de cualquier otra cosa.
   Bueno, la dama borracha que se bamboleaba contra mi cama, la enterré el último 22 de enero. Y nunca vi a mi chica mejicana. Vi a otras, pero ella hubiera estado bien. Hoy estoy solo, casi afuera de todas ellas: de los glúteos, los pechos, los vestidos limpios como trapos nuevos en la cocina. No me tomes a mal -todavía tengo 1,80 y 90 kilos de posibilidad, pero yo podía mejor con la que ya no está.

LA GRAN BONANZA DE LAS ANTILLAS, Italo Calvino

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ITALO CALVINO, La gran bonanza de las Antillas, Siruela, Madrid, 2012, 288 páginas.

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PASARLO BIEN

   Érase un país donde todo estaba prohibido.
   Como lo único que no estaba prohibido era el juego de la billarda, los súbditos se reunían en unos prados que quedaban detrás del pueblo y allí, jugando a la billarda, pasaban los días.
   Y como las prohibiciones habían empezado con poco, siempre por motivos justificados, no había nadie que encontrara nada que decir o no supiera adaptarse.
   Pasaron los años. Un día los condestables vieron que ya no había razón para que todo estuviera prohibido y mandaron mensajeros a anunciar a los súbditos que podían hacer lo que quisieran.
   Los mensajeros fueron a los lugares donde solían reunirse los súbditos.
   —Sabed —anunciaron— que ya no hay nada prohibido.
   Los súbditos seguían jugando a la billarda.
   —¿Habéis comprendido? —insistieron los mensajeros—. Sois libres de hacer lo que queráis.
   —Está bien —respondieron los súbditos—. Nosotros jugamos a la billarda.
   Los mensajeros se afanaron en recordarles cuántas ocupaciones bellas y útiles existían a las que se habían dedicado en el pasado y a las que podían dedicarse nuevamente de ahora en adelante. Pero los súbditos no hacían caso y seguían jugando, un golpe tras otro, casi sin respirar.
   Comprobando la inutilidad de sus intentos, los mensajeros fueron a comunicarlo a los condestables.
   —Muy sencillo —dijeron los condestables—. Prohibamos el juego de la billarda.
   Fue la vez que el pueblo hizo la revolución y los mató a todos.
   Después, sin perder tiempo, volvió a jugar a la billarda.

LONDRES, Julio Camba

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JULIO CAMBA, Playas, ciudades y montañas, Reino de Cordelia, Madrid, 2012, 344 páginas.

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Francisco Fuster García en La ciudad de la niebla (pp. 13-18) destaca: «Más que un asunto de modales o una diferencia de formas, lo que este cronista percibe es una incompatibilidad de fondo entre su españolismo y el carácter inglés, entre su espíritu aristocratizante y el pragmatismo acérrimo de un pueblo que trata de absorberlo, de asimilarlo».
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LA MORAL

   Un gentleman es un hombre bien vestido y que no tiene deudas. En cuanto un inglés deja de pagar la casa, ya no es un gentleman. Si un día se presenta con el traje estropeado, tampoco. ¡Qué diferencia tan grande entre el gentleman inglés y el caballero español! Porque el dinero no es condición indispensable de la caballerosidad española, y si lo fuera, España no hubiera pasado nunca por un pueblo caballeresco. El caballero español es caballero siempre, aunque no tenga dos reales. ¿Por qué? Por el alma, por el gesto. Un caballero español puede hacer todas las cosas que hace un pícaro español, sin llegar jamás a confundirse con él, y es que el caballero las hará de un modo caballeresco. No creo que en ningún otro país que España haya una manera caballeresca, de pedirle dos duros a un amigo o de marcharse de la fonda sin liquidar la cuenta. No. No la hay. Esa manera es la misma con que aquellos hidalgos de Toledo, de Burgos, de Ávila, caían desfallecidos sobre los mendrugos que el criado había pedido a las almas caritativas y se los comían todos con una admirable indignación. 
   —No me gusta que implores limosna, Juan, porque alguien podrá creer que la imploras para tu amo....
   Esta caballerosidad no será jamás comprendida de los ingleses, a quienes yo felicito por su incomprensión. «La moral —decía Taine—, buena o mala, es una moneda que todo el mundo debe poseer en Inglaterra». No. La moneda, mala o buena, es una moral que en Inglaterra debe poseer todo el mundo.
   Yo conozco aquí a una pareja de estudiantes rusos que el otro día se vieron obligados a hacer lo que en Pans se llama un déménagement à la cloche de bois — una mudanza a la campana de madera—, es decir, una mudanza silenciosa, a la chita callando. Estas mudanzas son pintorescas en todas partes, menos aquí. Aquí el quedarse sin casa es una cosa muy desagradable. Los rusos pasaron las de Caín. 
   —En medio de todo —decía él— esto no deja de ser divertido.
  —No se lo cuente usted a ningún inglés —le contesté yo—. En el Barrio Latino, sus aventuras harían mucha gracia; pero no aquí. Aquí, al oírle a usted, todo el mundo se pondría muy serio y muy triste. Decirles a los ingleses: «No he pagado la casa. He tenido que mudarme por e1 aire» y contarles todos los episodios subsiguientes; es hacerles pasar mal rato. Para un inglés, lo más gracioso es que le digan: «Ayer ha vencido mi alquiler, y yo lo pagué en el acto».
   Es admirable, no cabe duda, esta moral inglesa. Es lógica, es práctica. Cuando yo tengo dinero la comprendo perfectamente. Entonces pienso que toda nuestra hidalguía es ridícula e inmoral, y probablemente en estos contados momentos es cuando tengo razón.

EL GRAN LIBRO DE LOS CUENTOS ILUSTRADOS, Carine Picaud & Olivier Piffault

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CARINE PICAUD & OLIVIER PIFFAUT, El gran libro de los cuentos ilustrados, Lunwerg, Madrid, 2012, 226 páginas.
 
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La bella durmiente, Caperucita roja, El gato con botas, Cenicienta, Pulgarcito, La Bella y la Bestia, Juan y las habichuelas mágicas, Blancanieves, La sirenita y La Baba Yaga. «Los ilustradores son los nuevos cuentistas, que recrean variantes a través del sentido que otorgan al relato común», leemos en la introducción a este paseo por la evolución de la ilustración de estos ocho cuentos populares.
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CUENTO DE LA ABUELA
[VERSIÓN DE LA REGIÓN NIVERNESA ATRIBUIDA A LUIS Y FRANÇOIS BRIFFAULT]


   Érase una vez una mujer que había hecho pan.
   —Levarás una hogaza caliente y una botella de leche a tu abuela -dijo a su hija.
   La niña se fue. Al llegar al cruce de dos caminos, encontró al lobo que le dijo:
   —¿Adónde vas?
   —Llevo una hogaza caliente y una botella de leche a mi abuela.
   —¿Por qué camino vas a ir? —preguntó el lobo—. ¿El de las Agujas o el de los Alfileres?
   —Por el de las Agujas —respondió la niña.
   —Pues yo iré por el de los Alfileres.
   La niña se entretuvo recogiendo agujas; y el lobo llegó a casa de la abuela, la mató y puso su carne en la artesa y una botella de sangre en la pila. La niña llegó y llamó a la puerta.
   —Empuja la puerta —dijo el lobo—. Está atrancada con una paja mojada.
   —Buenos días, abuela, os traigo una hogaza caliente y una botella de leche.
   —Ponías en la artesa, hija mía. Coge la carne que hay adentro y una botella de vino que hay en la pila.
   Mientras comía, había una gatita que decía:
   —¡Aggh!... ¡Vil es quien come la carne y bebe la sangre de su abuela!
   —Desvístete, hija mía, y ven a acostarte conmigo —dijo el lobo.
   —¿Dónde tengo que poner el delantal?
   —Tíralo al fuego, hija, que ya no lo vas a necesitar más.
   Y para todas las prendas, el corpiño, el vestido, el refajo y las calzas, le preguntaba dónde las debía poner. Y el lobo respondía:
   —Tíralas al fuego, hija, que ya no lo vas a necesitar.
   Una vez acostada, la niña dijo:
   —¡Abuelita, qué peluda eres!
   —¡Es para calentarme mejor, hija mía!
   —¡Abuelita, qué uñas más grandes tienes!
   —¡Son para rascarme mejor, hija mía!
   —¡Abuelita, qué hombros más grandes tienes!
   —¡Son para cargar mejor los haces de leña, hija mía!
   —¡Abuelita, qué orejas más grandes tienes!
   —¡Son para oírte mejor, hija mía!
   —¡Abuelita, qué agujeros más grandes que tienes en la nariz!
   —¡Son para aspirar mejor el tabaco, hija mía!
   —¡Abuelita, qué boca más grande tienes!
   —¡Es para comerte mejor, hija mía!
   —¡Ay, abuelita! ¡Qué ganas tengo de ir afuera!
   —¡Hazte aquí en la cama, hija!
   —¡Oh, no, abuela! Quiero ir afuera.
   —Bueno, pero no tardes.
   El lobo le ató un hilo de lana al pie y la dejó salir.
   Una vez afuera, la niña ató el extremo del hilo a un ciruelo que había en el patio.
   —¿Estás haciendo aguas mayores? ¿Estás haciendo aguas mayores? —preguntaba, impaciente, el lobo.
   Cuando se dio cuenta de que nadie le respondía, saltó de la cama y vio que la niña se había escapado. Corrió tras ella, pero llegó a su casa justo en el momento en que ella entraba. 
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Kiki Smith
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Julia Causson

COLECCIÓN PRIVADA, Diego M. Eguiguren

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DIEGO M. EGUIGUREN, Colección privada, Micrópolis, Lima, 2012, 88 páginas.

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TRUCULENCIAS DE LA VIDA

   Iba camino al supermercado, debía comprar cerveza para una inmediata reunión de camaradería. Ya en las inmediaciones, y avanzando a paso veloz, observé que un vehículo rojo frenaba extemporáneamente a varios metros de mí. Les cuento, por un momento me sentí como en una novela de Raymond Chandler. Descendieron dos mujeres: una de alrededor de 50 años; la otra, una joven que, por su ubicación y por obra de mi pésima vista, sólo alcancé a divisar de perfil y con premura. Imaginé, de forma obvia y poco trascendente, que eran madre e hija. No era momento, pues, para ser Philip Marlowe.
   Continué mi camino como lo haría cualquier transeúnte a quien no le ocurre nada extraordinario. Ingresé al lugar, encontré los elementos, me harté de impulsar el cochecito y me dispuse a pagar. No tardé más de lo previsto, la puntualidad seguiría siendo una de mis mayores virtudes. Mientras el caballero de la caja me auxiliaba con las bolsas advertí, a pocos pasos, a la señora del auto rojo separando algunos billetes y retornándome la mirada con gesto cordial.
   Nada de esto era fuera de lo común, nada hasta que noté la figura de quien era su acompañante. Quedé perplejo: era mi exnovia. Apareció de la nada, distraída, sin mirarme; sonriente, como si la tarde tuviera sentido, como si su ser fuera todo lo contrario a lo que soy yo, como si dentro de la bolsa que llevaba en la mano contuviera toda una historia feliz. La vi, después de tiempo, sin que ella notara mi presencia (al menos eso parecía). La vi, y cualquiera diría que no había cambiado, sin embargo, y por truculencias de la vida, yo tenía la misma seguridad de siempre: ella ya no era ella.
   Me marché…

MEDITACIONES EN TIEMPOS DE CRISIS, John Donne

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JOHN DONNE, Meditaciones en tiempos de crisis, Ariel, Barcelona, 2012, 112 páginas.

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En John Donne, «Antes muerto que mudado» (pp. 7-19) Vicente Campos anota: «Las imágenes de Donne son intensas y perdurables, no iluminan fugazmente, como fuegos artificiales, sino que persisten como bengalas sobre un campo de una batalla que todos sabemos perdida de antemano».
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Nunc lento sonitu dicunt, morieris
Ahora, esas campanas que doblan despacio por otro me dicen: «Debes morir»


DECIMOSÉPTIMA MEDITACIÓN

   Quizá, aquél por el que doblan esas campanas está tan enfermo que no sabe que doblan por él; y quizá creo que me encuentro mucho mejor de lo que estoy, de manera que los que me rodean y ven mi estado han hecho que doblen por mí, y yo no lo sé. La Iglesia es católica, universal, así son todas sus acciones; todo lo que hace es de todos. Cuando bautiza a un niño, esa acción me concierne, pues ese niño se une entonces a esa cabeza que es también mi cabeza y se implanta en ese cuerpo del que soy miembro. Y cuando entierra a un hombre, esa acción me concierne: toda la humanidad es de un mismo autor y está en un mismo volumen. Cuando un hombre muere, no se arranca ese capítulo del libro, sino que se traduce a un lenguaje mejor; y cada capítulo debe traducirse así; Dios utiliza varios traductores; determinados fragmentos los traduce la vejez, y otros la enfermedad, algunos la guerra, otros la justicia; pero la mano de Dios está en cada traducción; y su mano ensamblará de nuevo todas nuestras hojas sueltas, en esa biblioteca en la que todos los libros estarán abiertos unos al lado de otros. Así, igual que las campanas que tocan a plegaría no llaman solamente al sacerdote sino a toda la congregación, también esas campanas nos llaman a todos, pero más a mí, a quien esta enfermedad conduce tan cerca de la puerta. Hubo un contencioso que llegó a ser proceso judicial (en el que tanto la piedad como el honor, tanto la religión como la opinión se mezclaron): saber qué orden religiosa debía tocar primero las oraciones del alba, y se decidió que tocarían primero las campanas de aquellos que se levantasen más temprano. Si entendemos bien la dignidad de esas campanas que tocan para nuestras oraciones vespertinas, seremos felices al hacerlas nuestras levantándonos temprano, con la esperanza de que sean tan nuestras como de aquél a quien en realidad pertenecen. Las campanas doblan verdaderamente por aquel que piensa que lo hacen por él, y a pesar de que se vuelvan a detener, desde el instante en que este hecho tiene un efecto sobre él, queda unido a Dios. ¿Quién no eleva los ojos al sol cuando se levanta? Pero ¿quién aparta la mirada de un cometa cuando aparece? ¿Quién no presta oídos a unas campanas que doblan por cualquier acontecimiento? Pero ¿quién puede apartarlos de las campanas que hacen que se vaya una parte de sí mismo fuera de este mundo?
   Ningún hombre es una isla, completa en sí misma; cada hombre es un pedazo del continente, una parte del todo; si el mar se lleva un trozo de tierra, Europa mengua, como si fuese un promontorio, como si fuese la casa solariega de tus amigos o la tuya. La muerte de cualquier hombre me disminuye, pues soy parte de la humanidad. Y, por lo tanto, nunca mandes a nadie preguntar por quién doblan las campanas, pues doblan por ti. Y no podemos llamarle a eso mendigar miseria o pedir miseria prestada, como si no fuésemos bastante miserables por nosotros mismos, y debiéramos tomar más de la casa de al lado, apropiándonos de la miseria de nuestros vecinos. En realidad, sería una codicia excusable si lo hiciéramos, pues la aflicción es un tesoro, y no hay hombre que tenga bastante. Ningún hombre tiene suficiente aflicción si no ha madurado y se ha perfeccionado gracias a ella, y preparado para Dios mediante esta aflicción. Si un hombre lleva un tesoro en lingotes o en monedas, pero no lo ha acuñado en moneda de uso corriente, su tesoro no le servirá durante sus viajes: la tribulación es un tesoro por su naturaleza, pero no es moneda de uso corriente que se pueda utilizar, solamente cuando por ella nos acercamos mucho a nuestro domicilio, el paraíso. Otro hombre puede estar también enfermo, y enfermo de muerte, y esta aflicción puede enterrarse en sus entrañas, como el oro en la mina, y no serle de ninguna utilidad; pero esas campanas que me hablan de su aflicción desentierran ese oro y me lo transmiten; considerando el peligro de otro, logro contemplar el mío, y así me protejo recurriendo a mi Dios, que es nuestra única protección.

FÁBULA, Benito del Pliego

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BENITO DEL PLIEGO, Fábula, Aristas Martínez, Badajoz, 2012, 192 páginas.

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Contiene este libro mucho más que dos libros: Fábula y La voz del oído pueden ser leídos de modo reversible o en un ejercicio de permutaciones guiado, como señala Sobre las diversas formas de consulta, «por la manipulación que el lector hace en cada ocasión de la obra». Embellece el libro el fértil diálogo con las ilustraciones de Pedro Núñez. 
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LA GOTERA 

   —Los tejados no te cubren de lo que el matraz destila. El tiempo es fruta que espera sazón. Algo dice que pediste menos de lo que merecías.
   Sobre el mantel, un grano de sal es mar. Por una gota el fogonero sabe que allí fuera está lloviendo.

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BILLIE RUTH, Edmundo Paz Soldán

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EDMUNDO PAZ SOLDÁN, Billie Ruth, Páginas de Espuma, Madrid, 2012, 152 páginas.
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BERNHARD EN EL CEMENTERIO 
A Miguel Sáenz

   Estabas en el sanatorio de Grafenhof cuando te enteraste de la muerte de tu madre. Tenías esa incontrolable adicción a los periódicos, leías cuatro o cinco todos los días; leíste en uno de ellos: «Herta Pavian, cuarenta y seis años». No podía ser otra que ella a pesar del craso error, tu madre apellidaba Fabjan y no Pavian. Poco después te lo confirmaron. A tu madre le había llegado la corrección, estabas muy enfermo y a cualquiera de los dos podía haberle llegado primero la corrección. Tenías una sombra en tu pulmón, una sombra que caía sobre toda tu existencia. Grafenhof era una palabra aterradora. Tenías morbus boeck o sarcoidosis, te habían diagnosticado tuberculosis abierta, pero toda enfermedad puede llamarse enfermedad del alma. La esencia de la enfermedad es tan oscura como la esencia de la vida. Te considerabas afortunado por tener sólo un neumoperitoneo, sólo un agujero en el pulmón, sólo una tuberculosis contagiosa y no un cáncer de pulmón. Tu madre tenía un cáncer de matriz. Te habían dado de alta, entrabas y salías del sanatorio, y pudiste despedirte de ella, que estaba en casa, y consideraste que ella era afortunada, los enfermos de muerte deben estar en casa, morir en casa, sobre todo no en un hospital, sobre todo no entre sus iguales, no hay horror mayor. La inteligencia de ella era clara, ella vivía aún, estaba ahí, pero en el piso reinaba ya el vacío de después de ella, todos lo notaban. Volviste a Grafenhof, ahora tu cuerpo estaba hinchado, inflado por el neumoperitoneo, abultado por todos los medicamentos imaginables que te atiborraban, tenías un aspecto debidamente enfermo. Aquellas noches fueron las más largas de tu vida. Fue en Grafenhof que leíste el periódico, Pavian y no Fabjan, grosero error, «pavian» es babuino y tu madre no era un babuino, aunque todos los hombres son quizás poco menos que babuinos mientras esperan que les llegue la verdadera corrección o aplazan ellos su propia corrección. Herta sería enterrada el 17 de octubre de 1950, en Henndorf del Wallersee, su querido, su amado pueblo. Pediste permiso del sanatorio para ir al entierro, para volver a despedirte de tu madre. Estuviste en el cortejo fúnebre, viste todos esos rostros graves, solemnes, rostros de gente en espera de su corrección, gente que debía ser capaz de corregirse a sí misma. Ya en el cementerio, pensaste en las líneas de un poema que algún día escribirías: En la cámara mortuaria yace un rostro blanco, puedes alzarlo/ y llevártelo a casa, pero será mejor que lo sepultes en la tumba paterna, / antes de que el invierno irrumpa y cubra con su nieve la hermosa sonrisa de tu madre. Luego comenzaste a repetir, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian. Era un error que merecía ser corregido, o quizás no, tú no podías corregirlo, de pronto sólo podías pronunciar Pavian, Pavian, Pavian, y te dio un ataque de risa, todos te miraban y tú no podías dejar de reírte, Pavian, querían que te corrigieras y tú no podías corregirte, querías pero no podías, Pavian, muchos queremos ser capaces de la verdadera corrección y no podemos, y la aplazamos continuamente, o creemos que la aplazamos cuando en realidad lo que ocurre es que no podemos, no somos capaces, tenemos miedo. Como no amainaba el ataque de risa no te quedó otra que irte del cementerio sin volver a despedirte de tu madre. Preferiste no volver al sanatorio, Grafenhof era una palabra aterradora. Fuiste a tu casa de Salzburgo y te acurrucaste en un rincón del piso y esperaste, profundamente asustado, el regreso de los tuyos.

PARAÍSOS PARALELOS, Eduardo Gotthelf

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EDUARDO GOTTHELF, Paraísos paralelos, Axioma, Río Negro, 2012.
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PARAÍSOS PARALELOS

   Existen infinitos universos paralelos pero, sólo en el nuestro, Adán y Eva fueron echados del paraíso. En los demás, por diversos motivos, la tentación no funcionó.
   Aquella temprana expulsión nos dejó la nostalgia de lo que nunca tuvimos. 

HIJOS SIN HIJOS, Enrique Vila-Matas

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ENRIQUE VILA-MATAS, Hijos sin hijos, DeBolsillo, Barcelona, 2012 (2003), 272 páginas.
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TELEVISIÓN

   Recuerdo que de todos los niños de la pandilla del barrio yo era el único que tenía televisor y que ese día salí disparado del salón familiar y, bajando las escaleras de cuatro en cuatro, alcancé la calle y fui al bar donde jugábamos al futbolín y les grité a todos que habían matado a John Kennedy, lo grité varias veces muy exaltado, «¡Han matado a Kennedy, han matado a Kennedy!», y recuerdo que el jefe de la pandilla, tan impasible como siempre, me dijo: «¿Y?».

FUTURO IMPERFECTO, Varios Autores

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CLARA OBLIGADO (ed.), Futuro imperfecto. Antología de nuevos narradores, Talleres de Escritura Creativa Clara Obligado, Madrid, 2012, 312 páginas.

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BASURA

   Adoquines grises, sucios, tan grises y tan sucios como el aire de la ciudad. Están plagados de manchas oscuras de las que será mejor no conocer el origen. Es lo único que alcanza su vista. Huele a decadencia, a cigarrillos apagados, a suciedad, a orina, a alcohol, a abandono; es el mismo olor que le ha acompañado durante los últimos dos años, desde que el viejo teatro cerró sus puertas y se entregó al olvido. La gente de antaño se ha evaporado y, en su lugar, solo queda silencio. De vez en cuando, pasos apresurados pasan por su lado, pero nunca reparan en él. Ya poco o nada queda de ese zapato color alquitrán, elegante y lustroso, reducido ahora a parte de esa basura que nadie mira. 
   De pronto, la monotonía se rompe. Algo nuevo irrumpe en escena. En lo primero que piensa es en un trozo de sol desorientado, pero no tarda en salir de su error. Es un zapato femenino, de un tono rojo brillante que roza la fina línea entre lo llamativo y lo desagradablemente chillón. En su punta, una flor oscura y delicada, como un ave a punto de despegar, añade un toque de dulzura a ese aspecto resuelto e independiente. Produce esa sensación extraña tan propia de las combinadones poco habituales. Es corno mezclar naranja y chcolate. 
   Le gustaría poder decir que es alguien como él, pero sabe que no le llega ni a la punta del fino tacón. 
   Siente un cosquilleo extraño, ganas de acercarse, de conocerla. Es como en los viejos, los buenos tiempos, con su cuero de nuevo intacto y sus remaches metálicos sin óxido alguno. Vuelve a ser la estrella, el rey de la fiesta. 
   Cuando se mueve, su suela cruje sonoramente, como si estuviera hecha de galleta.
   Ella se gira hacia él y le mira por un breve instante. No hace falta más. La lástima y la repugnancia no necesitan más tiempo para hacerse evidentes. Es suficiente para recordarle que es un mero desperdicio. 
   El chasquido de los tacones alejándose resonó sobre los adoquines grises y sucios, tan grises y sucios como el aire de la ciudad.

Sara Gancedo

CUENTOS PICHOS CAJACHOS, Jorge Pereyra Terrones

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JORGE PEREYRA TERRONES, Cuentos pichos cajachos, Universidad Privada Antonio Guillermo Urrelo, Cajamarca, 2012.

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LA MUERTE Y EL CARTERO

   El cartero del barrio murió de golpe cuando entregó en su propia casa su esquela de defunción.

CIENCIA EN GRAGEAS, José Antonio López Guerrero

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JOSÉ ANTONIO LÓPEZ GUERRERO, Ciencia en grageas, Turpial, Madrid, 2012, 248 páginas.

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López Guerrero ofrece amenidad y conocimiento en cápsulas.
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CUANDO EL CERDO ESTORNUDA...

   Se cuenta que la costumbre de decir «Jesús» cuando alguien estornuda procede del siglo XIII o XIV, y era una forma de invocar la protección divina cuando en plena pandemia de peste negra un simple estornudo podía indicar, en pocos días, un familiar menos. En los últimos tempos y gracias a tanta locura informativa, cuando alguien estornuda los de alrededor pueden pensar: «Vaya, ya está aquí el cerdo constipado», con perdón. 
   La nueva paranoia, esté o no justificada, por la gripe porcina recuerda a la de no hace mucho, cuando caminábamos mirando a los cielos por si veíamos algún pato mareado.
   ¿Está justificado tanto ruido mediático? ¿Tanta alarma social? Pues esta pregunta es la que tratamos de responder los científicos, guiándonos por el rigor en la información, la prevención epidemiológica y, claro está, el intento de no provocar una estampida social cuyos estragos serían peores que los del virus per se.
   En dos frases, por lo mucho que ya se ha mareado la perdiz, digo el marrano, querría contribuir a relajar la tensión. El virus de la gripe tiene varios mecanismos para modificar su autenticidad, es decir, la forma en que nuestro sistema inmune se lo encuentra. Al parecer, la actual combinación entre trozos de virus humano, de cerdo y de ave ha originado una variedad nueva, y de ahí la alarma de todos los centros de vigilancia epidemiológica, pero en este momento eso no significa que el virus sea peligroso. Para ello tenemos que ver la evolución y confiar en las autoridades, además de estar pendientes de nuestro propio cuerpo e ir al médico si nos sentimos con los síntomas típicos de la gripe. Por lo tanto, como despedida quiero citar un proverbio matemático: «Lo que no tiene solución, por definición, no es un problema».

TEXTOS SEDIENTOS Y OTROS RELATOS, León Febres-Cordero

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LEÓN FEBRES-CORDERO, Textos sedientos y otros relatos, Verbum, Madrid, 2012, 80 páginas.
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CRUZAR

   Tras haber estado vagando por encharcadas planicies, temeroso de caer en el lodo y mancillarme, arribé al fin a una primera encrucijada. Al ver cómo se bifurcaba en caminos contrarios a los que no atinaba a encontrar sentido y dirección, sentí que me mareaba y que perdía las pocas fuerzas que aún me mantenían en pie. Entonces, cuando estaba a punto de caer de boca sobre el lodo oprobioso, recordé las palabras de Sócrates en el Fedón que hacen referencia a las muchas ramificaciones y encrucijadas que tiene el camino al Hades. Esas palabras impidieron que terminara de caerme, pues aquello significaba que no había perdido del todo la memoria que había tenido en vida. “Es cierto que el camino a la bien construida mansión es tortuoso y difícil de seguir”, me dije y ello me animó. Me detuve a contemplar la que era mi primera encrucijada. Los caminos no seguían una línea recta sino que se volvían sobre sí mismos, como los largos tubos que me encontré apenas llegado a la planicie y que entrelazados se separaban para succionar la poca sangre que traíamos las almas. Entonces observé hacia el lado de una de las bifurcaciones una agrietada gruta de barro cocido. Era una abertura informe, pero se me asemejó a uno de esos templitos que a veces encontramos al borde de las carreteras. Quizá por eso me llamó la atención y me quedé mirándola. De su interior surgió la imperiosa voz de una mujer que, como un canto, me ordenó: “¡Cruza!”, “¡Cruza!”. Era una voz rubia, ensortijada, sinuosa, fresca. Levanté un pie y una mezcla de terror y de fatiga me lo detuvo en el aire. “¡Cruza!, ¡Cruza!”, seguía entonando la voz que provenía del fondo de aquella tosca abertura. “No puedo cruzar”, dije en voz alta. “Aún no me siento con las fuerzas suficientes para tomar uno de los tantos caminos.” Entonces la voz me respondió: “Cruza y verás que si tomas uno de los más despejados, te llevará hacia bosques tupidos en los que te hundirás y de los que te costará desenmarañarte; y si tomas uno de los más turbios, tras mucho andar te regresará a donde estás. Ciertamente no es fácil el camino al Hades puesto que sus vías son tortuosas, pero has de cruzar para empezar a perderte.” Cuando escuché aquellas desalentadoras y desconcertantes palabras sentí que no había llegado hasta allí para quedarme con el pie alzado, indefinidamente, privándome de mi último destino. Y crucé.

LAS CINCO ESTACIONES, Elías Rovira Gil

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ELÍAS ROVIRA GIL, Las cinco estaciones (haiku - senryu), Uno Editorial, Albacete, 2012, 140 páginas.
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Sólo el rocío
deja ver
la telaraña