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MITOS POPULARES DE JAPÓN. LEYENDAS DE TŌNO, Kunio Yanagita

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KUNIO YANAGITA, Mitos populares de Japón. Leyendas de Tōno, QuaterniSan Fernando de Henares, 2013, 200 páginas. Traducción de Mariló Rodríguez del Alisal.


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   En muchas zonas de Japón, a la hora del crepúsculo, mujeres y niños que están jugando en el exterior, desaparecen frecuentemente de forma misteriosa. En la casa de un campesino de Samuto, en el pueblo de Matsuzaki, una joven desapareció dejando sus sandalias de paja a los pies de un peral. Un día, treinta años después, cuando familiares y vecinos se habían reunido en su casa, la joven reapareció muy avejentada y demacrada. Cuando le preguntaron cómo había vuelto por allí, ella respondió:
   ―Solamente quería volver para ver a todos. Ahora me iré de nuevo. Adiós y que les vaya bien.
   Así volvió a desaparecer, sin dejar rastro alguno. Ese día el viento soplaba muy fuerte. Incluso en la actualidad, la gente de Tôno sabe que los días que sopla un viento fuerte cabe la posibilidad de que la anciana de Samuto regrese al hogar familiar.

LAS LEYENDAS TRADICIONALES GALLEGAS, Leandro Carré Alvarellos

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LEANDRO CARRÉ ALVARELLOS, Las leyendas tradicionales gallegas, Espasa-Calpe, Madrid, 1977, 304 páginas.

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Carré Alvarellos señala en el amplio estudio que precede a la colección: «La tradición de Merlín, el milagro del Cebreiro, la leyenda de la torre de Breogán y el descubrimiento de Irlanda por los gallegos, que allí llevaron la piedra de los reyes, sobre la que todavía son coronados los soberanos de Inglaterra siguiendo antiquísima tradición, prueban evidentemente que la cultura de Galicia era de tipo céltico».
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EL SANTO GRIAL DEL CEBREIRO

   En las altas cumbres de la sierra, en el Cebreiro, provincia de Lugo, frontera con León, hay una aldea, Pedrafita, compuesta por un pequeño grupo de pallozas: casas de planta baja, muy primitivas, de paredes de cachotería (o sea, piedras sin labrar, unidas con barro), de forma redondeada, y cubiertas de colmo, junco o paja gruesa cosida en fajas superpuestas. Por allí pasaba el camino francés de las peregrinaciones a Santiago; y como aquel lugar era muy difícil de subir por lo abrupto y costanero y más fatigoso por el frío de las nieves que lo cubren buena parte del año, dícese que San Giraldo, conde de Aurillac, hizo construir allí un hospital y una iglesia para que pudieran reposar y confortarse, corporal y espiritualmente, los peregrinos que de ello hubieran menester.
   Aconteció, allá por el año 1300, que un cura de la parroquia empezó a pensar en cómo era posible que la santísima hostia, pequeña hoja redonda de pan, y el vino de misar pudieran convertirse en carne y sangre de Jesús Dios al tiempo de la consagración, cumplida simplemente por un hombre mortal y pecador como era él.
   La duda mordía con frecuencia el corazón del sacerdote: la duda amargaba las horas solitarias de sus noches de insomnio.
   —Oh, Dios! —murmuraba el cura afligido—. La fe se debilita en mí. Mi ser enflaquece y mi cerebro estalla, pero no veo claro este misterio. ¿Unas leves cruces trazadas en el aire por mi mano y unas pocas palabras murmuradas por mi boca, no siempre limpia y pura, cómo pueden hacer tal milagro?
   Había un vecino de la parroquia que vivía a una media legua de Pedrafita y era tan devoto de la santa misa, que por ninguna cosa, ni aun por las tormentas o nevadas más fuertes, dejaba de acercarse allí para oír su misa.
   Un domingo estaba el cura celebrando el santo sacrificio. Nadie más estaba en la iglesia, porque la turbulenta cellista de aquel día era tal, que causaba pavor. Tenía ya consagrada la hostia y el cáliz, cuando oyó el ruido de alguien que entró apresuradamente en la iglesia.
   El sacerdote lo miró con sorpresa y, asombrado, murmuró: «¡Pobre hombre, venir con este tiempo de tan lejos, fatigosamente y exponiéndose a morir en el camino, sólo para postrarse ante un poco de pan y vino!»
   Pero entonces sintió un estremecimiento extraño. Miró para la patena y vio, horrorizado, cómo la blanca rodajita de blanco pan enrojecía, convirtiéndose en sangrante carne que parecía recién cortada de un cuerpo vivo; y el vino del cáliz se espesaba, adquiriendo un tono más bermejo, a sangre.
   El mísero cura cayó de rodillas al pie del altar y luego se desplomó sobre las gradas, desvanecido. El hombre que había llegado en aquel momento corrió el altar y trató de incorporar al sacerdote. Estaba muerto.
   Las reliquias de este milagro se conservan en dos ampollas de vidrio y plata en la iglesia de Pedrafita del Cebreiro.

CUENTOS Y LEYENDAS DEL NEPAL

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Cuentos y leyendas del Nepal, Olañeta, Palma de Mallorca, 1997, 180 páginas.
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Víctor Giménez Morote es el responsable de la introducción, recopilación y traducción de estos cuentos extraídos de la tradición oral nepalí.
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LA CAÍDA DEL JHANKRI

Había una vez un gran lama que, antes de irse a la India en busca de libros sagrados, le pidió a un jhankri que se ocupase de las necesidades espirituales de la gente del poblado durante su ausencia. 
Algún tiempo después el lama volvió. Cuando ya estaba cerca del poblado supo que el jhankri estaba realizando un funeral. Así que se sentó bajo un árbol y envió a su asistente a enterarse de lo que hacía el jhankri. 
El asistente volvió y le explicó que el funeral se realizaba sin ningún libro. 
—¿Qué hace con el cadáver? —preguntó el lama. 
—El jhankri le hace reír, bailar y comer —respondió el asistente.
—¿Ah, sí? —exclamó el lama—. Ve y tráeme aquí al jhankri.
El asistente se fue. Se encontró al jhankri de muy mal humor porque el cadáver ya no quería obedecerle. Ahora estaba frío e inmóvil. 
Cuando el asistente le dijo que le acompañase a ver al lama, el jhankri saltó y amenazó con matarle. 
—¿Por qué quieres matarme? —dijo el asistente—. Yo he venido sólo a llevarte con mi maestro. 
Al final el jhankri fue y le preguntó al lama si estaría dispuesto a competir con él para ver quién tenía más poderes. 
-Estoy dispuesto a competir contigo -dijo el lama.
—Estupendo -dijo el jhankri—. El que consiga tocar primero el sol cuando amanezca mañana ganará el torneo.
-De acuerdo —dijo el lama.
Así que al día siguiente el jhankri se puso sus ropas ceremoniales y su sombrero de plumas y, con el tambor en una mano y la varilla para tocarlo en la otra, empezó a volar para encontrarse con el sol.
Mientras tanto, el lama se despertó y le pidió a su asistente que le dijera a qué altura estaba el jhankri. —Ahora está entre las nubes —le contestó. 
El lama hizo su té y se lo bebió. Después dijo de nuevo: 
—Mira a ver lo alto que está ahora. 
El hombre miró por la ventana y dijo: 
—Ahora está cerca del sol. 
El lama le pidió a su asistente que le trajera el incensario. Cuando se lo trajo, el lama sopló dentro haciendo que saliera un diminuto humo rosado. El humo salió por la ventana y subió por el espacio. Subió y subió hasta alcanzar al jhankri. El humo le ro-deó, le ató y tiró de él hacia la tierra. 
El jhankri cayó en un matorral de ortigas urticantes. 
Desde entonces ningún jhankri come ortigas. Sus tambores deformes y sus curvadas varillas nos recuerdan la caída del jhankri.

CUENTOS Y LEYENDAS DE LOS ARMENIOS, Reine Cioulachtjian

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REINE CIOULACHTJIAN, Cuentos y leyendas de los armenios, un pueblo del Cáucaso, Kókinos, Madrid, 2010, 72 páginas. Ilustraciones de Catherine Chardonnay.

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Reine Cioulachtjian, tras haber recogido centenares de historias de los ancianos que escaparon del genocidio de 1915, pretende "embellecer más aún esa materia intemporal, en la frontera de lo real y lo imaginario, perpetuando así la tradición de nuestros viejos narradores".
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EL LADRÓN DE ALBARICOQUES

   En las afueras de Van vivía una pobre viuda que tenía un solo hijo. Ella le había educado en el respeto a los ancianos y a las costumbres de su pueblo. Madre e hijo vivían de lo que producía un pequeño huerto, que cultivaban con sus propias manos con mucho cariño.
   En medio de aquel huerto había un hermosísimo albaricoquero muy viejo. Sus frutos tenían un sabor exquisito, con aromas de sol, de miel y de almizcle, y su tierna carne se deshacía al contacto con los dientes, liberando un delicado y fragante jugo que llenaba la boca de dulzor. Madre e hijo vendían dichos albaricoques, llamados «los senos de Semíramis», a clientes ricos que pagaba por ellos sus buenos dineros. Un vecino, envidioso, había propuesto en varias ocasiones a la viuda comprarle el huerto, pero ella siempre había rehusado.
   Despechado, el hombre se propuso obligarla al venderlo. Cada noche saltaba la tapia que les separaba, se subía al árbol y cogía gran cantidad de albaricoques, de tal manera que, al día siguiente, madre hijo eran incapaces de cumplir con los pedidos de sus ricos clientes. Así, poco a poco, éstos fueron desinteresándose y terminaron por comprarle a otro vendedor.
   En tan precaria situación económica quedaron que la madre fue a suplicar a su malvado vecino que no les arrebatase aquello que les daba de comer. La única respuesta que recibió fue:
   —Bueno, si lo que necesitáis es dinero, aceptad mi oferta y vendedme el huerto. Por momentos el hijo tuvo la terrible tentación de acabar con él, pero afortunadamente su buen juicio le ayudó a entrar en razón y se contuvo: «Bah, no quiero matar a nadie por un puñado de albaricoques», se dijo. «Es verdad que mi madre y yo vivimos gracias a ellos, pero, en fin, trabajaré en otra cosa. Mañana mismo iré a la ciudad a ofrecer mis servicios como porteador».
   Aquella misma noche, después de que madre e hijo hubiesen cenado muy frugalmente, cuando ya se disponían de acostarse, llamaron a la puerta. Fue a abrir el hijo y se encontró ante un joven de porte majestuoso, nimbado de luz.
   —Soy un viajero que se ha perdido —dijo el desconocido—. Tengo hambre y frío. ¿Podéis darme hospitalidad por esta noche? Partiré mañana por la mañana a primera hora.
   El hijo hizo entrar al misterioso desconocido con todos los honores. La madre, obedeciendo a las sagradas leyes de hospitalidad, le ofreció lo mejor que tenía y abrió para él su última botella de vino, único vestigio de un pasado más próspero.
   El hombre comió con apetito y después hizo saber a sus anfitriones que le agradaría comer alguna fruta, en especial albaricoques.
   —¡Ay! —respondió el hijo—, no podemos satisfacer vuestro deseo. Un malvado vecino nos ha privado del placer de complaceros. Y le contó el robo diario de los albaricoques, añadiendo:
   —Sólo conozco una forma de deshacerme de ese malvado: sorprenderle robándonos y acabar con él. Pero cuando reflexiono y tomo conciencia de que la vida es un bien sagrado, rehusó poner fin a la vida de un semejante por un simple cesto de albaricoques.
   —Tales sentimientos os honran —dijo el desconocido—. Pero, sin que tenga que pagar con su vida, yo castigaré a ese ladrón.
   Y el ángel —pues era un ángel— hizo que le llevaran junto al albaricoquero centenario, lo tocó con la mano y aseguró al muchacho que aquél que se subiera a aquel árbol sin autorización permanecería allí hasta el día del juicio final, a menos que el legítimo propietario accediese a dejarle bajar. Una vez dicho esto, el ángel desapareció.
   A la noche siguiente, como siempre, el ladrón se subió al albaricoquero y comenzó a coger los frutos más hermosos... Pero cuando quiso bajar, todos sus esfuerzos resultaron inútiles. Quedó atrapado en el árbol sin poder cambiar de posición. A la mañana siguiente, madre e hijo oyeron grandes ruidos en el huerto, corrieron hacia él y ¿qué es lo que vieron? Las gentes de las casas vecinas rodeaban el albaricoquero y, allá arriba, el vecino ladrón, inmovilizado en el lugar del delito, permanecía en una postura totalmente ridícula. Cuanto más se agitaba más atrapado quedaba en el árbol, que lo retenía como una amante. Mientras todos reían y se mofaban de él mandaron a buscar al juez. El ladrón reconoció públicamente el delito y se ofreció a pagar el monto de los albaricoques robados. Madre e hijo escucharon sus ruegos y le permitieron, por fin, bajar del árbol.
   Tres flores blancas se han abierto: una para el que lee, la segunda para el que escribe, y la tercera para el que respeta las sagradas leyes de la hospitalidad.

LEYENDAS DEL PIRINEO PARA NIÑOS Y ADULTOS, Rafael Andolz

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RAFAEL ANDOLZ, Leyendas del Pirineo para niños y adultos, Ediorial Pirineo, Huesca, 2004, 204 páginas.
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LA LIEBRE BRUJA

   Que las brujas pueden convertirse en gatos (espe­cialmente en gatos negros) nadie lo ignora. Nuestros pue­blos están llenos de historias y cuentos de gatos y brujas entremezclados. Pero también pueden hacerse lobos. En Centroeuropa fue el caso más frecuente de épocas pasa­das y de ahí viene el nombre de “licantropía” y “licántro­po” que significa hombre lobo pero que se aplica a todos los casos de conversión de hombres en cualquier animal o de un animal en hombre.
   Sin embargo tenemos en el Pirineo una historia bastante reciente que hace referencia a otra transforma­ción más extraña, ya que no se trata de ningún animal diabólico.
   Empezamos por el principio.
   Tres mozos amigos del pueblecillo de Aísa en el Campo de Jaca salieron a cazar un domingo por la mañana. Daban vueltas y vueltas pero no veían ninguna presa sobre la que disparar. Andando, andando, se me­tieron en el monte de Borau que linda con su pueblo. Se pararon a descansar un rato cuando en éstas que ven entre unas matas unas ropas como escondidas. Se trata­ba de vestidos de mujer. ¿Qué pintarían allí esos vesti­dos?
   Uno de los jóvenes creyó adivinarlo:
   —Seguro que se trata de alguna bruja que se ha convertido en lobo o en gato y ha dejado aquí su ropa...
   —Pronto lo sabremos —dijo otro—. Mi madre, esta mañana al salir de misa me ha dado su rosario para que se lo guardara y lo tengo aquí. Si lo ponemos en la ropa, la bruja no se atreverá a tocarla.
   Y diciendo esto, sacó, efectivamente del bolsillo un rosario y lo depositó encima de las prendas, sin cambiarlas para nada. Luego se escondieron por allí cerca los tres para esperar acontecimientos. Pasó más de una hora sin que sucediera nada. Ellos esperaban en silencio. Y de pronto, se presenta en el lugar una liebre.
   Uno de los mozos agarró inmediatamente su esco­peta y ya se disponía a apuntar el arma, cuando otro compañero le sujetó del brazo, impidiéndoselo y se llevó el dedo índice a los labios pidiéndole silencio. La liebre no se había percatado de su presencia y se acerca­ba paso a paso hacia ellos.
   Al llegar a la ropa debió quedar desconcertada. La miró atentamente y empezó a dar vueltas alrededor de ella, sin tocarla. Luego empezó a mirar hacia todos los lados hasta que descubrió a los muchachos.
   Ellos quedaron pasmados cuando vieron que, lejos de huir, se les aproximaba más y luego, con una voz extrañísima, pero claramente humana, les pidió:
   —Quitad “eso” de encima de la ropa, que no me puedo vestir.
   El muchacho que parecía más enterado de las cosas de brujería le contestó:
   —Sí, lo quitaremos. Pero antes tienes que decirnos de dónde vienes y qué mal has hecho.
   —Vengo de Borau de casa Tal, porque le tenía que dar el mal de ojo a un niñer que tienen.
   —Pues vuelve a Borau, a esa casa, y quítale el mal al niñer y nosotros quitaremos el rosario.
   La bruja no se lo hizo repetir dos veces y desapa­reció a todo correr.
   Como el pueblo no estaba demasiado lejos y uno de ellos era buen andador, marchó corriendo tras la liebre a comprobar los hechos. Conocía a la familia que había dicho la bruja y se dirigió directamente a su casa.
   —Buenos días, señora Felisa. ¿Qué tal están to­dos? Nada, que pasaba por aquí y se me ha ocurrido parar a saludarles.
   —Gracias, hijo mío. Todos estamos bien, ¿y voso­tros?... Bueno, al nene esta mañana de repente se le ha puesto una fiebre muy alta, sin saber por qué. Y no se la podíamos quitar ni con pañuelos mojados con colonia en la frente. Pero, de pronto, hace un ratico, igual que le ha venido la calentura se le ha marchado. Ya está jugando otra vez tan campante. Pero, pasa y tomarás un traguico de vino.
   —No, señora, no: que me están esperando unos amigos en Sandianar. Con que, nada. ¡A plantar fuerte!
   —¡Gracias, hijo, que vaya bueno!
   El mozo volvió corriendo a donde sus compañeros. La liebre estaba ya esperando agazapada. Él contó todo y se decidieron a quitar el rosario. La liebre se convirtió en una vieja que ellos no conocían. Se vistió y desapareció por el bosque.
   La verdad es que tuvo más suerte que otra bruja de otro pueblo de la montaña que se convirtió en cabra pero todo el mundo se dio cuenta porque se le olvidó quitarse los pendientes y a la pobre la persiguieron y hasta un zagal, bastante bruto, le cortó una oreja.
   Desde aquel día, otra abuelica que llevaba fama de bruja en el pueblo se puso un pañuelo en la cabeza tapándose las orejas y nunca la vieron sin él.

LEYENDAS MEXICANAS, María Rosa Solsona

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MARÍA ROSA SOLSONA, Leyendas mexicanas, Sirpus, Barcelona, 2006, 112 páginas.

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EL FANTASMA DE LA MONJA

   Después de la conquista de América, los españoles llamaron a México «Nueva España». En la capital de Nueva España construyeron un convento. Se alojaron en él muchas monjas, hijas y familiares de los conquistadores. Una de ellas fue doña María de Alvarado. Era una mujer muy guapa, que tenía muchos pretendientes. Su familia era muy rica y noble.
   Pero María se había enamorado de un joven pobre, conocido por ser peleador y mentiroso. Se llamaba Arrutia. María le amaba y deseaba casarse con él. Los hermanos de la muchacha querían impedirlo, porque sabían que, en realidad, Arrutia sólo quería casarse con ella por su dinero.
   —Nada podréis hacer. Ella me ama y será mi esposa—les dijo él a los hermanos, en tono de burla—.
   Los hermanos, viendo que no la convencerían, ofrecieron a Arrutia una gran cantidad de dinero para que se marchara. Este aceptó y se fue sin siquiera despedirse de ella. No le importaba el dolor que le iba a causar a María. Pasaron dos años. La desdichada joven seguía llorando y sufriendo. Sus hermanos le aseguraron que Arrutia había muerto. Le dijeron que lo mejor para ella era hacerse monja y entrar en el convento.
   Tanta era la tristeza de María que ya no tenía voluntad. Siguió el consejo de sus hermanos y entró en el convento.
   Pero no consiguió olvidar a su amor. En la soledad de su cuarto pensaba en él, en sus palabras de amor y en su promesa de matrimonio. Todas sus oraciones eran para él, para que su alma encontrase paz, ya que lo creía muerto.
   Pero las noticias también llegaban a aquel lugar cerrado. María supo que su amado había recibido dinero a cambio de alejarse de ella. También se enteró de que había vuelto para pedir más dinero a sus hermanos. Estaba vivo y la había traicionado.No pudo soportar tanto dolor.
   Cogió un cordón fuerte, pidió perdón ante la Cruz, y se dirigió a la huerta, al lado de una fuente. Crecía allí un melocotonero en flor. Ató la cuerda a una rama alta y se ahorcó. Su cuerpo blanco y ligero quedó colgando, movido por el viento. Al día siguiente, una de las monjas la encontró muerta. Fue enterrada en el interior del convento. El melocotonero dejó de florecer.
   Al mes siguiente, una de las monjas vio, en las aguas de la fuente, el reflejo del cuerpo de la ahorcada. Y todas las demás monjas pudieron verla, día tras día, cuando el sol del atardecer se ocultaba y comenzaban las primeras sombras.
   Cuando su amado murió, de forma violenta, tal como había vivido, dejó de aparecer. Desde entonces, el melocotonero volvió a cubrirse de flores. Al amanecer están siempre húmedas, como mojadas por lágrimas.

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CUENTOS Y LEYENDAS DE LOS TRUMAI, Claire Merleau & Aurore Monod

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CLAIRE MERLEAU & AURORE MONOD, Cuentos y leyendas de los trumai, un pueblo del Amazonas, Kókinos, Madrid, 2009, 68 páginas. Ilustraciones de Hélène Georges.


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En 1966 la etnolingüista Aurore Monod contactó con estos indios que vivían en un poblado semioculto en las riberas del Xingú.
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UN JAGUAR MÁGICO Y SANGUINARIO


   Érase una vez una joven que no podía salir, porque estaba enclaustrada. Era hija del jefe y se llamaba Mahutsi. Era muy, muy bonita.
   Un día su padre talló para ella una pequeña hacha de piedra en forma de jaguar. Parecía realmente un jaguar.
   Mahutsi se hizo con ella un colgante, que llevaba siempre al cuello.
   Una noche le preguntó a su padre:
   —Padre, ¿por qué el jaguar de piedra ruge todas las noches?
   —¡Quítate ese diablo, deshazte de él! —le respondió el padre.
   Ella se lo quitó y lo dejó sobre una repisa que había hecho con arcilla del río. La talla cada vez parecía más un auténtico jaguar. Ya no parecía una escultura.
   ¡Y se convirtió en un jaguar de verdad! La joven lo crió, y el jaguar creció, creció y creció. Se hizo enorme.
   Mahutsi y el jaguar siempre estaban juntos.
   Ella le hacía cosquillas, él le lamía el Cuello...
   —¡Cuidado, hija mía! ¡Es un jaguar mágico!—le decía siempre su padre.
   Un día, muy de mañana, SUS padres se fueron a recolectar mandiocas.
   —Hija, barre la casa —le recomendó su madre.
   Ella barrió, fue a lavarse y luego se tumbó en la hamaca a comer algo de pescado asado. No le dio nada al jaguar, ni una simple espina. Este entonces comenzó a gruñir y a enseñar los dientes. La joven estaba sola en la casa. Terminó de comer y el jaguar gruñía Cada vez más. De repente, dio un Salto, cayó sobre ella, se lanzó a su cuello y la devoró. Después escapó corriendo y se Subió al tejado de la casa. La gente acudió y comenzó a lanzarle flechas.
   Devoró a Otras niñas, mujeres y jóvenes Las flechas no le hacían nada, pues era un jaguar mágico. Creció, siguió creciendo y se hizo mucho más grande.
   En el Poblado vecino se Supo la noticia.
   —¡El jaguar nos va a comer a todos! —se lamentó un joven.
   Todos estaban aterrorizados.
   El Joven y su compañero se dispusieron a Cazarlo pero, como era un jaguar mágico, tuvieron que tomar ciertos bebedizos y permanecer descansando durante todo un día. Se recluyeron en la cabaña del chamán para purificarse.
   Sus padres fueron a visitarles:
   —Hemos oído los rugidos del jaguar: no debe estar lejos—les advirtieron.
   —¿Has soñado algo? —le preguntó uno de los padres a su hijo.
   —Sí, algo muy extraño y que no comprendo: había una gran figura, un niño le lanzaba flechas y la derribaba —le contó el hijo.
   —Muy bien, magnífico —lo celebró el padre, pues le parecía un buen presagio.
   —¿Y tú qué has soñado? —preguntó otro padre a su hijo.
   —Algo raro e incomprensible: yo lanzaba una flecha a una puerta y ésta se derrumbaba—respondió el joven.
   —Muy bien —dijo su padre, pues era otro buen presagio.
   Uno de los padres fue a buscar una raíz, con la que les preparó la pócima del águila para que tuvieran muy buena vista.
   Al dia siguiente los hombres fabricaron numerosas flechas con espinas de pez raya. Después prepararon una trampa para el jaguar: cavaron un hoyo y en el fondo colocaron una parrilla de madera con el fin de poder sacarlo cuando el jaguar cayera dentro. Camuflaron el hoyo con ramajes. Atrancaron bien las puertas de las casas e hicieron un agujero en la pared para poder orinar fuera. Todo estaba preparado. Se encerraron en sus casas.
   Los valerosos jóvenes se sentaron sobre la rama de un árbol a esperar.
   —¡Atención! ¡Ya viene!
   Los cazadores le vieron llegar. El jaguar se sentó y encendió un puro. Luego echó a correr, pero enseguida se detuvo. Los jóvenes le lanzaron flechas. La primera le impactó debajo de una oreja. El monstruo se revolvió y una segunda flecha se le clavó debajo de la otra oreja. La tercera le perforó el bazo. Se debatió, rodó por el suelo y terminó cayendo en el agujero de la trampa.
   El orgullo de los jóvenes era enorme: habían demostrado tener una magnífica puntería.
   Las casas volvieron a abrirse y se organizó una fiesta. Los pájaros acudieron también para participar en la gran celebración: gavilanes, águilas, palomas, faisanes negros de cresta rizada, etc...
   El jaguar fue sacado del hoyo con pértigas y transportado al poblado. Los niños se fueron al río pues tenían prohibido escuchar los cantos de los porteadores. Le quitaron la piel al jaguar y la enterraron.
   Todos estaban felices. Jugaron al juego del murciélago, al del gusano, al de la abeja, al del sapo y al de los intercambios. Cantaron y bailaron durante todo el día.
   Así fue como los valientes jóvenes lograron matar al jaguar. Al ser un jaguar mágico, acabar con él era difícil y arriesgado.

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CUENTOS Y LEYENDAS DE LOS MAORÍES, Claire Merleau-Ponty & Cécile Mozziconacci

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CLAIRE MERLEAU & CÉCILE MOZZICONACCI, Cuentos y leyendas de los Maoríes, un pueblo de Oceanía, Kókinos, 2009, 72 páginas. Ilustraciones de Hélène Georges.

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El gobernador inglés de Nueva Zelanda George Grey (1812-1898) fue el primer extranjero que se preocupó por estudiar la lengua y las tradiciones de los maoríes.
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LOS AMORES DE RANGI Y PAPA

   En aquellos tiempos, Rangi y Papa se amaban tiernamente en la más absoluta oscuridad. Se abrazaban tan estrechamente que ninguna luz lograba penetrar por entre sus cuerpos De su unión nacieron seis muchachos, seis dioses: Tané, el gran dios de los bosques y de los seres que los habitan; Tangaroa, el que reina sobre los habitantes de la mar; Rongo, el padre de las batatas y de todas las plantas cultivadas; Haumia, el dios de las raíces y las bayas silvestres; Tawhiri, el que manda sobre los vientos y las tempestades; Tu, el dios de la guerra y a la vez hombre.
   Estos seis dioses permanecieron largos años en la más completa oscuridad, ocultos entre sus padres. Pero un buen día, cansados de vivir así, decidieron asumir su destino y se preguntaron: «¿Qué podríamos hacer para vivir a la luz del día? ¿Matar a nuestros padres para que haya luz en el mundo? ¿Separarlos?»
   Tu, el feroz, propuso:
   —¿Matémosles!
  —¿No! ¿Tenemos que separarlos! Hagamos que el Cielo se extienda sobre nuestras cabezas y la Tierra bajo nuestros pies, muy cerca de nosotros, pues ella es nuestra madre nutricia —respondió Tané, el sabio-. Tras un período de reflexión que duró varios siglos, cinco de los seis dioses lograron ponerse de acuerdo en la idea de separarlos para que la luz del día pudiera iluminar el mundo. Únicamente Tawhiri, que no aprobaba aquella decisión, permanecía callado: no quería que muriesen de pena.
    —¿,Y cómo haremos para separar a nuestros padres, si están tan estrechamente unidos? —se preguntaron.
   Rongo, Tangaroa y Haumia se pusieron de acuerdo y empujaron con todas sus fuerzas para separarlos, pero sin éxito. Tu intentó cortar los lazos que unían al Cielo con la Tierra pero sólo consiguió hacerles sangre, por lo que desistió.
   De la sangre que manó de aquellas heridas nació el ocre rojizo, el color sagrado.
  Tané, por su parte, intentó separarlos empujando con los brazos, pero tampoco consiguió nada. Necesitó un descanso de varios siglos para reponerse del esfuerzo; pero después, apoyando los hombros en la Tierra y los pies en el Cielo, empujó con todas sus fuerzas. Poco a poco los lazos fueron cediendo. Rangi y Papa sufrían, gemían y reprochaban a sus hijos que no les dejasen seguir amándose... Mas la luz comenzó a iluminar al mundo y todos los seres que el Cielo y la Tierra habían procreado en la oscuridad, comenzaron a hacerse visibles... Tané colocó el Sol en lo más alto y en el cielo de la noche puso la Luna y las estrellas. La tarea estaba cumplida.
   Mientras Tané separaba a su padre Rangi de su madre Papa, Tawhiri había estado conteniéndose. Él no quería que los separasen y se puso furioso. Por eso, hostigado por Rangi, también muy contrariado, atacó a sus hermanos. Tawhiri desencadenó la tormenta y los furiosos vendavales, el viento frío, el viento ardiente, la lluvia torrencial y el granizo. El propio Tawhiri arremetió contra Tané, arrasando los bosques y arrancando de cuajo gigantescos árboles que luego acabarían pudriéndose. Después se enfrentó a Tangaroa y provocó una terrible tempestad. Los peces huyeron a esconderse en las profundidades del mar y las serpientes y los lagartos se ocultaron en lo más denso del bosque. Luego le tocó el turno a Rongo y Haumia, los dioses de las batatas y de las raíces de helecho.
   Pero Papa, la madre tierra, deseando proteger a sus hijos, los ocultó en un lugar seguro: en su propio seno. Tawhiri decidió entonces batirse con el terrible Tu, el dios de la guerra. Se lanzó sobre él, pero Tu tenía los pies firmemente asentados en el pecho de la Tierra, su madre, lo que le hacía invencible. Tawhiri, agotado, desanimado y sin la ayuda de Rangi, que había dejado de hostigarle, dio a los vientos la orden de que se calmasen. La paz reinó de nuevo sobre la tierra.
Desde aquel día Rangi, el cielo, permanece separado de Papa, la tierra, pero su amor
por ella sigue siendo inmenso. Rangi lloró tanto que sus lágrimas dieron origen a un gigantesco mar que cubrió una gran parte del país. Para que la inundación cesase, los hijos de Papa y Rangi decidieron colocar a la madre dando la espalda al padre, de manera que los esposos rio tuvieran que verse constantemente Desde entonces Rangi llora algo menos. Por la noche sus lágrimas caen en la espalda de Papa, formando el rocío de la mañana. Papa lanza sus suspiros hacia Rangi y por eso la bruma se extiende sobre la tierra.
 En aquellos tiempos, Tu, el dios de la guerra, era también hombre; pero sólo en
espíritu, puesto que los hombres todavía no existían. Fue Tané el que tuvo el privilegio de crearlos Tomó la tierra enrojecida por la sangre de Rangi y Papa, aquella que manó cuando Tu intentó separarlos, y formó la figura de una mujer. Para darle vida sopló por los agujeros de su nariz. Así fue como Vino al mundo, hecha de tierra, la primera mujer.
   La llamó Hiné. Ésta se casó con Tané y trajo al mundo una niña llamada Aurora que fue la que dio origen al linaje de los hombres.
 
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CUENTOS DEL GLOBO, Ruth Kaufrnan

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RUTH KAUFMAN, Cuentos del globo 1. Sapos y duamantes, Pequeño Editor, Buenos Aires, 2012, 50 páginas.

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Ruth Kaufman es la encargada de la selección y adaptación de estos tres cuentos bellamente ilustrados por Eleonora Arroyo, Diego Bianki, Claudia Legnazzi y Valerio Vitali.
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LOS DOS HERMANOS Y EL COQUENA

   Eran dos hermanos. Uno era pobre y tenía que trabajar de día y de noche. Era pastor. También iba a los cerros a traer leña y a cazar vicuñas y guanacos. El otro era rico y mezquino. No le daba nada al pobre. Nada le daba y su familia pasaba hambre. Un día, el hermano pobre salió a cazar. No llevaba armas de fuego, solo unas boleadoras cortas, hojitas de coca en la chuspa y maíz tostado en la talega. Ese era su avío. Nada más.
   Anduvo en los cerros buscando. Todo el día anduvo, bajando y subiendo, y no encontraba nada. Hasta que, al final del día, cazó un guanaco. Pero estaba tan cansado que se sentó en una piedra y enseguida se quedó dormido, con el guanaco muerto a sus pies. De repente, lo despertó el grito de un arriero. Cuando abrió los ojos, vio llegar a un ser extraño que comandaba una tropa de ñandués. Más atrás, lo seguía una gran tropilla de vicuñas y guanacos.
   El cazador se levantó. El dueño de los animales se acercó y le dijo:
   —¡Buenas tardes!
   —¡Buenas tardes, señor!
   —¿Qué hace usted aquí?
   —Estoy descansando, señor.
   —¿Qué ha estado haciendo todo el día?
   —Boleando guanacos y vicuñas. He cazado uno solito.
   —¿Y para qué, pues?
   —Soy pobre, necesito carne y cueros, tengo que dar de comer a mi mujer y mis hijos.
   —Está bien.
   El hermano pobre ya se había dado cuenta de que estaba hablando con el Coquena. Debajo del sombrero de ala ancha apenas se veía su cara blanca. Iba vestido con poncho de vicuña, de la más fina. Y en los pies, pequeñitos, llevaba ojoticas con clavos de plata. Y corno el Coquena es el dueño de las llamas, los guanacos y las vicuñas, de los cuises, de todos los animales del cerro, le dijo:
   —Para que no tengas que andar más cazando a mis animalitos voy a darte un regalo. Torná. Pero no le contés esto a nadie. A nadie.
   El Coquena le dio dos granitos amarillos: uno era maíz; el otro, una pepita de oro.
   —Cuando llegues a tu casa, la vacías y la limpiás bien. Después dejás un granito en el fondo y el otro adelante. Cerrás la casa y te vas. No la vayas a abrir hasta el día siguiente. ¡Hasta otro día!
   —¡Hasta otro día, señor!
   Coquena se fue arriando su tropa de vicuñas y guanacos. Todos los animales iban con carguitas de plata. A la luz de la luna, brillaban las monedas.
   El hermano pobre bajó del cerró. Llegó a su casa, hizo todo como le había dicho el Coquena. Durmió con su mujer y sus hijos fuera de la casa. Cuando albeó, se acercaron a mirar. Los cuartos estaban llenos hasta arriba: granitos de maíz en uno; pepitas de oro, en el otro.
   Ya eran ricos. Ya nunca más les faltó nada. Compraron herramientas, animales.
   Hicieron corrales, sembraron. Ya no volvieron al cerro a cazar.
   Pero el hermano rico se enteró y fue a visitar al pobre. Hizo como que se alegraba con todo lo que tenía el otro. Pero se moría de envidia. Y tanto le preguntó y le preguntó, que al final su hermano le contó todo.
   Y el rico se apuró. Fue a su casa y se cambió la ropa. Se puso ojotas, un poncho viejo. Y se encaminó para el cerro. No llevaba arma de fuego, porque lo enojan al Coquena. Solo las boleadoras que había llevado su hermano. Después de mucho andar, cazó un guanaco. Se quedó arriba del cerro, con el guanaco muerto cerca. Pero no se durmió, estaba atento a la llegada del Coquena. Al rato, oyó el ruido de la tropa.
   —¿Qué hacés aquí? —le preguntó el Coquena.
   —He venido a cazar.
   —¿Y para qué cazás?
   —Para darle de comer a mi familia, somos pobres.
   —Voy a darte un regalo para que no tengas que andar cazando y matando a mis animalitos. Sentate. El hermano rico se hincó.
   —Sacate el sombrero. El hermano rico se sacó el sombrero.
   —Tomá, una rosa y un clavel —y lo golpeó con la mano en la cabeza, encima de la frente.
   —Ahora ponete el sombrero otra vez y no te lo vayas a sacar hasta llegar a las casas. No cuentes a nadie esto. ¡Hasta otro día! El hermano rico bajó del cerro corriendo. Sentía un peso cada vez más grande en la cabeza. Como pensaba que era oro y plata, no se sacaba el sombrero. Cuando llegó a su casa se tocó la frente. Enseguida se miró al espejo. Le habían salido dos cuernos. Esos eran la rosa y el clavel que le había dado el Coquena. Dos cuernos que nunca más se pudo sacar.

Luisa Cruz (adaptación de Ruth Kaufrnan) 

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CUENTOS Y LEYENDAS INMIGRANTES, J.M. Pedrosa

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JOSÉ MANUEL PEDROSA, Cuentos y leyendas inmigrantes, Palabras del Candil, Guadalajara, 2008, 295 páginas.
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En Culturas inmigrantes, literatura oral, antropología (pp. 21-28), José Manuel Pedrosa detalla la naturaleza de este trabajo de recogida de narraciones durante el 2003: 385 textos relatados por alumnos de la Universidad de Alcalá (mayoritariamente procedentes de México, Perú, Nicaragua y Guatemala): cuentos, supersticiones, leyendas...
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EL FANTASMA QUE SE APARECIÓ A SUS FAMILIARES AL MORIR


   Bueno, yo he vivido en Perú. Mi primo murió, mi primo con diecinueve años. Y él vivía en Estados Unidos, y él murió allá. Pero antes de morir, fue una muerte muy violenta, la verdad, no fue una muerte natural, y en mi casa, a las cuatro de la mañana, todos nos despertamos. Todos. Estaba mi papá, mi hermana, mi mamá y yo.
   Y, bueno, mi hermana tiene la propiedad de que sueña a los muertos. Y mi padre, que los ve antes de morir. Y entonces, esa vez, todos, todos, sentimos frío. Y era verano. Todos sentimos frío, y nos despertamos, y mi papá agarró, mi papá duerme con un arma debajo de su cama, de su almohada, porque él es militar, y él agarró su arma y comenzó a trastibillar, porque pensaba que era un ladrón. Y mi papá dijo:
   —He visto a un chico blanco, alto.
   Como mi primo, así, con un gorro. Y yo le dije:
   —Dios, entonces eso ha pasado, nos ha venido a despedir porque tocaba nuestros pies. Y, cuando hay una persona que está muerta, o antes de morir cuando está agonizando, esa persona pasa adonde los seres queridos y se despide. Y, comúnmente, sientes frío en los pies. Y entonces, dije:
   —Alguien se va a morir.
   Y después ya vi que fue mi primo. Y, al día siguiente, las diez de la mañana, mi tío llamó, mi tía llamó, contándole a mi mamá que había muerto mi primo, y que ella no sabía, porque mi primo murió en NuevaYork, y mi tía vivía en Nueva Jersey, y no sabía lo que había pasado. 
   Mi primo siempre usaba gorro. Entonces, mi padre lo soñó, pero él me dice:
   —Yo lo vi, me senté en mi cama y lo vi. Era un chico blanco. Y pensó: «Puede ser un ladrón». Y sacó su arma. Y se paró tanto así que abrió la puerta y todo. Y todos nos despertamos al mismo tiempo. Fue algo... Y yo estaba mal. Todo ese día estaba con algo dentro de mí, y todos, mi hermana, mi mamá...

Silvia Espinal, 29 años,
Perú.

UN CAMINO QUE CUENTA, Beatriz Rodríguez Delgado & Leonor Medel Fernández (editoras)

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BEATRIZ RODRÍGUEZ DELGADO & LEONOR MEDEL FERNÁNDEZ, Un camino que cuenta, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, 2010, 95 páginas.

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Esta publicación subtitulada Cuentos y Leyendas del Camino de Santiago, refleja una tarea colectiva en la que participan los recopiladores de estos ocho cuentos y diez leyendas Carles García Domingo, Laureano García, Roser Ros y Antton Irusta, las antólogas y adaptadores BEATRIZ RODRÍGUEZ DELGADO & LEONOR MEDEL FERNÁNDEZ, el ilustrador Adriá Fruitós y los diversos actores y escritores (de María Galiana o Pere Ponce a Antonio Rodríguez Almodóvar o Eduardo Mendoza) cuya lectura de las narraciones recoge el CD anexo al tomo.
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DE LOS AMORES DE CARLOMAGNO

   Tras la derrota de Roncesvalles, Carlomagno andaba triste y cabizbajo. Sus caballeros estaban preocupados por su estado y por lo que podía pasar con el reino si se extendía la noticia de que el emperador había perdido su fuerza.
   Pero su ánimo cambió totalmente cuando Carlomagno conoció a una mujer mientras paseaba por sus jardines. Esta mujer se llamaba Adelinda y nadie la conocía ni sabía de dónde había salido. El caso es que el emperador volvió a tener alegría y fuerza.
   En la corte se alegraron mucho de esta nueva situación. Pero pronto comenzaron las preocupaciones, ya que Carlomagno no se separaba de su nuevo amor. Siempre estaba junto a Adelinda, la acompañaba a todos lados y comenzó a despreocuparse de las labores del reinado.
   Esto continuó así durante mucho tiempo, hasta que un día Adelinda murió. Y Carlomagno se encerró en una habitación con el cuerpo de su amante, negándose a que la enterraran.
   Tan preocupados estaban los caballeros, que mandaron llamar al obispo. Este entró en la estancia donde estaba el cadáver de Adelinda, con Carlomagno sentado a su lado. El obispo vio espantado que el cuerpo de la mujer se conservaba perfectamente y el emperador no se separaba de su lado ni para comer. Inquieto por esta visión, el obispo pensó que aquello era cosa de brujería. Cuando Carlomagno se quedó dormido, el obispo entró en la habitación y comenzó a mirar el cuerpo de la mujer sin encontrar nada extraño, hasta que le miró las manos y vio que llevaba un anillo con símbolos diabólicos. Enseguida se dio cuenta de que el emperador estaba hechizado.
   Le quitó a la doncella muerta el anillo e, inmediatamente, Carlomagno perdió todo interés por el cuerpo de la mujer. Su interés se centraba ahora en el obispo. Durante el día lo seguía por todas partes, y por la noche, no consentía en separarse de los pies de su cama.
   El obispo, más preocupado que nunca, intentó hacer al anillo todo tipo de exorcismos, pero no sirvió de nada. Y no se le ocurrió otra cosa más que arrojarlo al fondo de un lago.
   Dicen que Carlomagno ya no pudo separarse nunca de ese lago y que junto a sus orillas envejeció y murió.
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