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DESPERTARES, Daniela & Olivier Föllmi

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DANIELA & OLIVIER FÖLLMI, Despertares. 365 pensamientos de maestros asiáticos, Lunwerg, Barcelona, 2007, 752 páginas.
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Aunque nuestras palabras sean justas,
aunque nuestros pensamientos sean exactos,
eso no se adecua a la verdad.
[Maestro Taisen Deshimaru]







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Si todo el mundo le alaba, no se siente exaltado;
si todo el mundo le condena, no se siente abatido.
En una palabra, el elogio y la reprimenda no pueden modificar su conducta.
Este hombre tiene su virtud intacta.
En cuanto a mí, todavía soy uno de estos hombres
a los que la opinión de los demás influye de la misma manera que el viento agita las olas.
[Chuang Tsé]

EL MATRIMONIO DEL CIELO Y DEL INFIERNO, William Blake

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WILLIAM BLAKE, El matrimonio del Cielo y del Infierno, Renacimiento, Sevilla, 2007, 64 páginas. Traducción de Xavier Villaurrutia.
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Del agua estancada espera veneno.
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Aquel que desea pero no obra engendra peste.
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La Eternidad está enamorada de las obras del tiempo.
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Jamás se convertirá en estrella aquel cuyo rostro no irradie luz.
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La Prudencia es una vieja solterona rica y fea cortejada por la Incapacidad.
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Ningún pájaro se eleva demasiado alto, si vuela con sus propias alas.
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Nunca sabrás lo que es suficiente a condición de que sepas lo que es más que suficiente.
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Las plegarias no aran; las alabanzas no maduran.
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El que agradece lo que recibe da a luz una abundante cosecha.

NÚMEROS PARA CONTAR, Manuel Lino

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MANUEL LINO, Números para contar, Ficticia, Ciudad de México, 2007, 120 páginas.

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CONFUSIÓN

   Si digo que la burra es parda es porque la confundí con un gato. Y si tengo los pelos en la mano es porque me los quite de la lengua. No, no me comí al gato. Bueno, sí. Es que estaba muy oscuro.

ESCRITOS BREVES (DESDE EL BORDE), Armando Páez

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ARMANDO PÁEZ, Escritos breves (desde el borde), Eón, Ciudad de México, 2007, 150 páginas.
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JAZZ

   El negro alrededor de los ojos. El azul en los párpados. El carmín en los labios. El cepillo por el suave cabello que esconde su color ante el brillo producido por la luz. Perfume. El vestido blanco para resaltar el color de su piel. El collar y los aretes plateados que guarda para ocasiones especiales, como ésta. La sonrisa siempre ha estado. El taxi espera. Revisa el bolso. Una última visita al espejo. Eres bella, le dirá. Se sonrojará. Y tú muy apuesto, contestará dándole un beso en la mejilla. Ocuparan una de las mesas cerca del piano. Pedirán pan, queso y una pequeña botella de vino. Compartirán parte de su pasado, de su presente, de su futuro, algo de sí mismos. Se mirarán a los ojos, otra vez. Irá al tocador, él ajustará su corbata. Volverán a mirarse a los ojos. Querrá tocarlo, no lo hará. Tampoco externarán sus más secretos pensamientos. Guardarán las caricias para otra ocasión. Escucharán el piano, a los dos les gusta el piano, se conocieron en un recital. A las 22:30 se despedirá, tiene que estar temprano en casa. Un regalo. Otro beso en la mejilla. A las 7:00 despertará y observará la rosa que colocó en el florero antes de dormir, como hace 47 años. Él la besará en el hombro, como hace 46, dejará la cama y pondrá otro disco, de jazz. 

BREVERÍAS, Beatriz Aloé

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BEATRIZ ALOÉ, Breverías,  Piso 12, Buenos Aires, 2007, 72 páginas.
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LIMPIEZA

   Los vidrios del tercero quedaron impecables y ella, bien muerta, tendida sobre la vereda, las piernas blancas y regordetas entreabiertas y un trapo gris en una de sus manso. El limpia‐vidrios yacía algo más lejos. 
   Desde el balcón de enfrente me quedé pensando que los vidrios de casa estaban sucios y necesitaban una limpieza.

DUELOS Y QUEBRANTOS, Germán Coppini & Jorge San Román

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GERMÁN COPPINI & JORGE SAN ROMÁN, Duelos y quebrantos, Vision Net, Madrid, 2007, 104 páginas.

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Paul Naschy destaca en el Pórtico (p. 5) a este libro subtitulado Cuentos escabrosos del Gran Miracoloso el carácter innovador, personalísimo e irreverente de Germán Coppini, Jorge San Román y el ilustrador, Miracoloso.
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HUÉSPEDES Y VECINOS

   «Lo primero que hicieron nuestros soberanos al tornar Granada, fue expulsar de nuestra tierra a todos los enemigos de la cristiandad», relataba Carnicerito.
   «Los judíos siempre han acusado de fanáticos e intolerantes a nuestros señores por el decreto, pero ¿acaso no eran verdaderos conspiradores políticos, primas hermanos de los árabes, al servicio de los turcos?
   Era sumamente peligroso, tener tan cerca de unos vecinos tan inquietos y poderosos como los árabes, que venían desde muy lejos ganando tierras y este peligro aumentaba el odio hacia los judíos, que paraban en nuestras tierras.
   Estos hijos de Satanás, podían convertirse fácilmente en aliados suyos para ayudarles un día a cruzar el estrecho. ¿Qué habría pasado entonces? ¿Es que hay algún país en guerra, que consienta dentro de sus tierras a los aliados del enemigo?
   Los judiotes, estaban organizados en verdaderas sociedades secretas. En sus misas negras, se preparaban crímenes horribles, monstruosos y sacrílegos; como el asesinato de un santo Obispo de Zaragoza y el martirio en La Guardia de un querubín, en el que se había reproducido la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, azotándole y enculándole, coronándolo de espinas y crucificándolo ¡Raza tan vil, no se ha visto jamás, señores!
   Robaban hostias consagradas de las iglesias, para luego utilizarlas en sus rituales demoníacos. Por todo ello, nuestras Católicas Majestades, echaron a estos deicidas de nuestros reinos para asegurar la unidad.
   De no haber sido así, España habría sido un conjunto de razas y pueblos mezclados y desunidos.
   Los echamos, sí señores, y los volveríamos a echar: como se echa de nuestra casa a un huésped que supiéramos que era más amigo del vecino que de nosotros mismos, sabiendo además, que ese vecino tenía la intención de asaltar nuestra casa para robarnos las pertenencias, violar a nuestras mujeres y degollar nuestro ganado.
   Se imponía ser precavido, además, ustedes han sido testigos de dónde han ido a sentar el culo ¡Al norte de Marruecos, tierra de moriscos! Y los que se han quedado en la Península, han recibido el bautismo sin creer en él, ¡con razón los llamábamos marranos!
   Desde entonces, existía una verdadera organización de espionaje al servicio de los futuros invasores y la libertad peligrosísima que se les había concedido, mantenían vivas estas redes.
   Los judíos son ingratos, inquietos y ladrones; queriendo siempre dominar y vivir a costa de los demás, como zánganos en una colmena.
   Desgraciado el pueblo que cometa la imprudencia de darles asilo, pues no tardará en descubrir que en vez de humanos y respetuosos amigos, abrió las puertas a gente de la peor calaña.
   Ningún país del mundo, puede entregarse a la ilusión de suponerse libre de sus influencias, su perfidia, se infiltra a través de todas las necesidades de la vida».

Germán Coppini

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PEQUEÑOS EPISODIOS, David Colina Gómez

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DAVID COLINA GÓMEZ, Pequeños episodios, El Perro y la Rana, Caracas, 2007, 86 páginas.

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NARRADOR ALGUNO

   Llegué muy cerca del mendigo. Un fotógrafo que conozco me había hablado de él: «Duerme en las aceras, pero está pendiente de todo, yo le tomé estas fotos. Al rato me miró y chasqueando los dedos me dijo que me fuera, circulando, circulando, que tengo mucho trabajo». El mendigo no dormía, estaba sentado en una plaza y miraba a la gente pasar. Concentrado tal vez en quién sabe cuáles pensamientos, parecía no verme ni oírme. Lo observé con la esperanza de encontrar un ademán, una palabra, una costumbre, algo que me diera el germen de un relato para un inminente concurso literario. Una buseta se detuvo junto a él y de ella descendió una linda muchacha; mi sujeto observado le dedicó un gesto obsceno. Saqué una libreta del maletín y tomé la nota (a esta edad, uno ya no se arriesga a perder las ideas). «No me vengas a joder que no soy Guachirongo», gritó el hombre y, tomando una piedra, el muy granuja se acercó unos pasos y me la lanzó. El proyectil me partió un diente, dejándole un borde en forma de sierra. Pasando la lengua una y otra vez por aquel borde, me fui triste, pensando aún en qué cuento podría escribir.

PASILLOS DE MI MEMORIA AJENA, Mario Morenza

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MARIO MORENZA, Pasillos de mi memoria ajena, Monte Ávila, Caracas, 2007, 270 páginas.

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(ME)(MORÍ)AS

   Un señor decide escribir sus memorias cuando cumple 31 años. Empieza a escribir los hechos de su vida, como es lógico, en el punto en que tiene nueve meses antes de nacer, en un capítulo que la crítica acusó de excederse en erotismos injustificados. Cuando llega al capítulo de su nacimiento ya ha cumplido 33 años. Cuando llega al capítulo de su primer día de colegio tiene 35. Cuando llega al capítulo que relata cómo se fracturó su meñique jugando al fútbol, lleva a cabo una de las decisiones más importantes de su vida: publicar por primera vez. El primer tomo de sus memorias llega hasta sus 6 años. El segundo tomo llega hasta los 15. En el último capítulo de ese volumen, el autor juega al suspenso o a la estrategia editorial cuando en el párrafo final, «haciendo gala de una audaz narrativa» como acotaron los críticos, describe su correr tras una vecina para salvarla de ser arrollada por un camión de correos. Los siguientes tomos se hacen esperar con ansias. Cuando llega al capítulo del día en que decide escribir sus memorias tiene 50 años. En el año 2820 llega tercero en las votaciones para el Premio Nobel. Diez años después lo gana por su amplia obra auto-ficcional.

EL DEMONIO RAQUÍTICO, Marco Gentile

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MARCO GENTILE, El demonio raquítico, El Perro y la Rana, Caracas, 2007, 64 páginas.

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LA SOMBRA SONRIENTE

   Desde hace varios días mi sombra anda pelándole el diente a todo mundo. Nadie me saluda, me ignoran para prestarle atención a ella, dicen que es locuaz, ingeniosa y carismática. Se pone mi ropa y me ordena silencio. Ya estoy harto de su petulancia: un día de éstos le entierro un rayo de luz en el pecho.

VOCABULARIO FIGURADO 2, El Roto

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EL ROTO, Vocabulario figurado 2, Reservoir Books, Barcelona, 2007, 192 páginas.

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Felipe Hernández Cava en El sentido tras su imagen (pp. 7-10) sostiene que «una bomba es una bomba, de la misma manera que un ladrón es un ladrón»; por ellos el lector que contemple el trabajo de El Roto percibirá «en ese destello que todo es mucho más claro».
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NORMALIDAD

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CONVERSACIONES ENTRE ALQUIMISTAS, Jorge Riechmann

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JORGE RIECHMANN, Conversaciones entre alquimistas, Tusquets, Barcelona, 2007, 126 páginas.


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APARICIONES

Doña Estética, apesta usted a autocomplacencia. Doña Dueña, ama de la enfermedad y enfermera de la melancolía: le huelen los bajos, si me permite esta grosería, o incluso cuando no me lo permita. Sólo cuando se dé cuenta de que sus inquisiciones no pueden apelar directamente a la belleza, sino que han de buscar el diálogo con los lienzos de la misericordia, o incluso —me atreveré a decirlo— tratar de restañar aquello que se pierde por entre los tabancos de la inmolación, sólo entonces, y desde ese otro lugar más difícil donde estar y donde no estar, desde aquella hemorragia, ámbar que se pierde hacia la resina, me avendré a hablar con usted de lo que realmente nos importa a ambos: la belleza.

MACANUDO 2, Liniers

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LINIERS, Macanudo Número 2, Reservoir Books, Barcelona, 2007, 96 páginas.

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CUENTOS POPIULARES DEL RIF, Zoubida Boudhaba Maleem

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ZOUBIDA BOUDHABA MALEEM, Cuentos populares del Rif contados por mujeres cuentacuentos, Miraguano, Madrid, 2007, 236 páginas.

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Daniela Merolla en El arte de contar cuentos en el Rif señala la significación de las producciones orales bereberes que evidencian la «influencia de la tradición árabe».
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YUSSUF

   Este era un hombre que tenía varios hijos y que amaba especialmente al más pequeño, que era Yussef, a quien quería y mimaba mucho. Un buen día, se fueron todos los hermanos a pescar y, a la vuelta, al pequeño le entró tanta sed que les pidió a sus hermanos mayores que le llevaran a beber al pozo más próximo. Uno de los dos hermanos le contestó:
   —Espera un poco, Yussef, que enseguida vas a beber agua.
   Cuando llegaron al pozo, lo ayudaron entre todos a bajar, pero lo dejaron allí, pues le tenían envidia por el trato que le daba el padre y estaban deseando quitárselo de en medio. Así que Yussef empezó a gritar desde el fondo del pozo, aunque ninguno le hizo caso, y todos se fueron de allí. Cuando llegaron a su casa, lo primero que hizo el padre fue preguntar por él:
   —Y vuestro hermano, ¿dónde se ha quedado?
   Uno de los hermanos dijo:
   —No sabemos dónde se ha quedado, cuando nos dimos cuenta ya no estaba con nosotros.
   Pasó el tiempo, y Yussef aprendió a sobrevivir dentro del pozo, alimentándose de las raíces y del verdín que crecía en sus paredes. Y para dormir usaba trozos de cañas de bambú con los que se hizo una cama que flotaba en el agua.
   Mientras tanto, el padre perdía la esperanza de encontrar a Yussef con vida. Aunque ya no creía que le fuera a encontrar, salía todas las mañanas a buscarlo por todas partes canturreando para ver si le escuchaba. Y así y así, al no encontrarle, le entró tanta pena que se quedó ciego. 
   Un día fueron a buscar agua al pozo los criados del rey, y se llevaron una gran sorpresa al encontrar a Yussef medio moribundo dentro del pozo. Lo sacaron rápidamente y se lo llevaron al palacio para cuidarlo. Y le cayó tan bien al rey que decidió darle trabajo y dejarlo vivir con sus criados.
   Un día, como necesitaban trigo en el palacio, fueron a una de las plantaciones a comprarlo y casualmente la cosecha pertenecía al padre de Yussef. Yussef se dio cuenta desde el principio, pero se cuidó de pasar desapercibido delante de los hermanos. No dejaba de buscar al padre con la mirada: mientras hacía su trabajo, de vez en cuando alzaba los ojos y miraba a ver si localizaba al padre. Pero terminaron de cargar el trigo y el padre no había aparecido por ningún lado.
   Sin embargo se las ingenió para volver al día siguiente por su cuenta a buscarlo: se olvidó adrede la balanza del peso y así tuvo una excusa para volver. Y eso es lo que hizo, y cuando volvió al día siguiente, llamó directamente a la puerta de su casa, se tapó con su chilaba, le abrieron y le hicieron pasar sin saber quién era. Buscó desesperado al padre y se lo encontró sentado en una esquina lleno de tristeza, se acercó a él, se sacó su pañuelo del bolsillo y le pidió a su padre que se lo pasara por la cara. Al oler el padre el pañuelo empezó a ver y gritó:
   —Eres Yussef, mi hijo… ¡estás aquí!
   —Sí papá, por fin estoy contigo.
   Le contó todo lo que había pasado y el padre castigó muy duramente a todos los hermanos.
   Y después de andar por aquí y por allí, me puse el calzado y se me rompió. 

Alhucemas, 29 de julio de 2002

ROBAIYAT, Omar Jayyam

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OMAR JAYYAM, Robaiyat, DVD, Barcelona, 2007 (2002), 208 páginas.

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En Omar Jayyam El herededo legítimo de Zaratrusta (pp. 15-74) hallará el lector una magnífica presentación al intelectual persa. «Jayyan no era un poeta propiamente dicho. Sus contemporáneos —escribe Nazanín Amirian—nunca nos lo presentan de esta forma, sino como un científico y un filósofo. Como para muchos sabios persas, la poesía resultaba para él un instrumento con el que organizar y dar a conocer aspectos esenciales de su concepción del mundo». Para su traducción, Amirian elige el alejandrino. 
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Sé feliz, pues tu suerte ya cocieron ayer;
de saber tus anhelos, ya se libraron ayer.
Vive feliz, entonces, sin tu destino saber:
voluntad y mañana decidieron ya ayer.

MENOS DE 100, David Lagmanovich

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DAVID LAGMANOVICH, Menos de 100, Editorial Martín, Mar del Plata, 2007.

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LOS OJOS

   Estoy harta de sus críticas. Lo que más irrita a mis compañeros de excursión es la mirada que me atribuyen: murmuran que observo todo en derredor, que no dejo de percibir ningún movimiento de ellos, que no se me puede sorprender, que mi nerviosismo es extremo y que todo me entra por los ojos, esos ojos que ellos sienten como una amenaza que les impide toda intimidad. No los culpo: yo también, a veces, querría tener otros ojos. Pero todas las moscas somos así. 

AFORISMOS, Juan Ramón Jiménez

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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Aforismos, Comares-La Veleta, Granada, 2007, 144 páginas.
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Andrés Trapiello selecciona para esta edición 656 aforismos de entre los (alrededor de 4000) que conforman la Ideolojía juanramoniana.
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Lo entrevisto se ve mejor y dura más que lo visto.
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Donde quiera que la jente se esté riendo, tened la seguridad de que allí hay algo que llorar.
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Creo en la inspiración, pero me fío poco de ella.
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Biombos y espejos. La vida.
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Ser breve, en arte, es, ante todo, suprema moralidad.
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Mucho, sí; pero a condición de que sea tan bueno como lo poco.
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El andamio no debe ser de roble, pero debe suponer el roble.
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Defectos con tal de que sean de calidad. Y cuando lo son, qué bello.
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Para que el arte no sea nunca "pasado", bastará con tenerlo desnudo.
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Todos tenemos la misma edad, la del mundo.
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Nostaljia es la pena de un recuerdo que no llega a precisarse.

SEXOADICTAS O AMANTES, Paula Izquierdo

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PAULA IZQUIERDO, Sexoadictas o amantes, Belacqua, Barcelona, 2007, 202 páginas.

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Catalina la Grande, George Sand, Sarah Bermhardt o Isadora Duncan «fueron tajantes en sus posturas y no se dejaron amilana, independientemente de las épocas y las costumbres al uso que les tocó vivir». Paula Izquierdo indaga en las distintas formas de procurar el placer y consolidar el yo.
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   Anaïs Nin nació en Neuilly, cerca de París, el 21 de febrero de 1903. Su padre era el famoso compositor y pianista cubano-español Joaquín Nin y su madre, Rosa Culmell, era hija de un diplomático danés establecido en La Habana. Cuando Anaïs contaba sólo once años, sufrió el mayor y más determinante desconsuelo que marcaría el resto de sus días: su padre se enamoró de una joven heredera y abandonó a su mujer y a los tres hijos habidos de ese matrimonio. Rosa Culmell decidió entonces poner mar de por medio, y embarcó junto con sus hijos rumbo a Nueva York. A partir de esa fisura sentimental, Anaïs comenzó a escribir, costumbre que no abandonaría jamás. Su objetivo, mientras navegaban por el Atlántico, consistió en escribir una carta a su padre dándole los más minuciosos detalles de su travesía. Corría el año 1914, Anaïs no volvió a encontrase con su progenitor hasta la primavera de 1933. La carta que comenzó entonces, es decir, la necesidad de expresarse por escrito, sería una forma de estar en el mundo. El resultado, además de una serie de novelas y relatos cortos, fue que Anaïs llegó a escribir un diario del que se conservaron quince mil páginas, repletas de erotismo y sinceridad, en el que describe sin ningún tipo de censura sus variadas y múltiples relaciones sexuales, sus sentimientos más íntimos en una búsqueda permanente de conocerse a sí misma a través de su voz interior; una vez más, una mujer retaba a su tiempo sobreviviendo a los prejuicios que imperaban en los primeros años del siglo pasado. 
   En Nueva York, después de estudiar hasta los dieciséis años, ya adolescente, se hizo bailarina de flamenco y modelo. En esa ciudad fue donde conoció al que sería su marido, Hugh Guiler, un banquero norteamericano con el que se casó con sólo veinte años. Parece ser que el matrimonio no se consumó hasta dos años después, ya que Anaïs sentía verdadero temor ante la posibilidad de mantener relaciones sexuales. Ella se había casado sin estar enamorada y él esperó pacientemente a que la joven madurara y pudiera dar rienda suelta a sus sentimientos.
   En 1931, el matrimonio se instaló en Francia, en un pueblecito llamado Louveciennes, cerca de París. Es entonces cuando escribe: «La vida ordinaria no me interesa. Sólo busco momentos altos. Estoy de acuerdo con los surrealistas, en la búsqueda de lo maravilloso». Un año más tarde, conoció al escritor Henry Miller y a su mujer June. Entre los tres se creó una relación apasionada y absolutamente insólita. Se querían los tres, se tenían celos y admiración, a veces se odiaban pero la mayor parte del tiempo fue una relación fructífera y productiva. Este triángulo amoroso se mantuvo durante un año; aunque Anaïs intentaba engañar a su marido, él constituía en cierta medida la cuarta pata de la mesa. Hugh sabía que la única forma de retener a Anaïs para que permaneciera a su lado era dándole la libertad que necesitaba y no preguntar, sólo amarla.
   En 1932, Anaïs conoció al psicoanalista francés Allendy, quien fue el cofundador, junto con Sigmund Freud, de la Sociedad Psicoanalítica de París. Pronto se estableció una relación íntima entre ambos. Ella buscaba conciliar con el psicoanálisis los diferentes matices de su personalidad: lo real y lo simbólico, la pasión y la razón, los acontecimientos y los deseos. Sin embargo, René Allendy, en su intento de curarla, trató de castrar su personalidad, su desenfreno, intentando eliminar todo aquello que definía su ser, por lo que Anaïs después de un periodo de tratamiento y sexo, terminó por evitar a aquel hombre que pretendía que ella fuera una mujer «normal».
   En 1933 se convirtió en amante de su padre. Anaïs escribió en su diario, que tiempo después se publicaría bajo el título de Incesto: «5 de mayo de 1933: Por la noche soñé con que mi padre me acariciaba como un amante, y experimenté un placer inmenso». Tal como ella expresa en estas líneas, siente por sus deseos un gran horror y una gran atracción. Al principio de su relación incestuosa se impide a sí misma llegar al orgasmo. Esta forma de automutilación o de autocastigo la ayudaba a sobrellevar el gran deseo que sentía hacia su progenitor. Privándose del máximo placer cree no ser tan indeseable. Escribe en su diario: «El esperma es un veneno». Su padre le dijo que quería reemplazar a sus otros amantes, y que, en realidad, su único y verdadero rival era el diario que ella escribía de forma incansable.
   Seis meses más tarde de su primer encuentro, padre e hija vuelven a citarse en la casa de Anaïs, en Louveciennes, y de nuevo se acuestan. Poco después, conocerá al psicoanalista Otto Rank, un hombre del que se enamoró y que la ayudó a superar y desechar la relación incestuosa que mantenía con el padre.
   Si algo la obsesionó a lo largo de su existencia fue su sentimiento de desarraigo que, en gran medida, se convirtió en el motor de vivir la vida hasta sus últimas consecuencias. Era una mujer que necesitaba llevar hasta el límite cualquier relación que establecía. Así, a través de su médico y amante fue cómo se hizo una verdadera devota del psicoanálisis, llegando a ejercer como psicóloga durante un periodo breve de su existencia. Rank, al contrario que Allendy, no intentó cambiar su personalidad, sino que la ayudó a asumir sus sentimientos, entendió sus contradicciones y le hizo ver que éstas eran legítimas. Fue Rank quien le propuso que se desplazara a Nueva York para que ejerciera como ayudante. Poco después, Anaïs volvió a Francia, pero tanto la relación con Rank como el estudio y conocimiento del psicoanálisis fueron muy satisfactorios para ella; aprendió sobre todo a aceptarse a sí misma y a entender las fluctuaciones de su estado de ánimo.
   Meses después de regresar a París, en mayo de 1934, se quedó embarazada de Henry Miller (según sus cálculos). A pesar de la insistencia de su marido, Anaïs decide abortar. Este aborto supone un antes y un después en su vida, una forma de exorcizar todos sus fantasmas. Pierde a la niña, pero ella revive.
   Es cierto que Anaïs se convirtió en un icono de la autenticidad en una época saturada de hipocresía. Según Erica Jong, Anaïs es una representante de la libertad sexual y psicológica de la mujer y por eso sus diarios íntimos y sus relatos eróticos no dejaron a nadie indiferente; unos la odiaron y otros la llevaron al altar de la liberación sexual. También obtuvo, merecidamente, el título de mecenas de los artistas. Anaïs era capaz de reconocer el talento de todos aquellos que la rodeaban. De hecho, desde el principio de su relación con Miller hasta que éste despuntó como escritor, ayudó económicamente a su amante y colega. Durante los primeros años de relación llegaron a colaborar. Ambos se ayudaban, se apoyaban y se admiraban como escritores. Cuando económicamente vinieron mal dadas estuvieron dispuestos a escribir bajo pedido relatos eróticos o pornográficos para un coleccionista. Sin embargo, esta fuente de ingresos pronto llegó a su fin. Ninguno de los dos se sentía a gusto en ese papel de «fingidor» sexual. El sexo para ellos tenía un valor inmenso y prodigioso que, indefectiblemente, se desvirtuaba al escribir sobre él de una forma más o menos mecánica. Cuando decidieron poner fin al acuerdo, escribieron una carta al coleccionista: «(...) Le odiamos. La sexualidad pierde su fuerza cuando se hace explícita, automática, exagerada. Cuando se convierte en una obsesión mecánica, llega a ser aburrida. (...) No sabe usted lo que se pierde con su análisis microscópico de la actividad sexual y la exclusión de todo lo demás, sin el combustible que la enciende: lo intelectual, lo imaginativo, lo romántico, lo emotivo (...)».
   Esta carta, fechada en diciembre de 1941, puso punto final a la colaboración de Miller y Nin con su excéntrico lector.
  Hemos hablado de la fijación que Anaïs tenía hacia su padre, un don Juan quisquilloso y manipulador. Su otra obsesión fue la desatención que sufrió como escritora. Anaïs tuvo siempre la sensación de no ser apreciada como la escritora que era. En Norteamérica se la consideraba una extranjera y, cuando por fin se publicaron sus obras en Francia, aparecieron como «Romans américains». En Nueva York, ante la negativa de los editores, decidió publicar sus textos y los de sus amigos ella misma. Sin embargo, cuando en 1944 vio la luz su libro de relatos Bajo la campana de cristal, el crítico literario de mayor prestigio del momento hizo una reseña muy elogiosa, comparándola con Virginia Woolf. En aquella época escribió: «A mí me pueden encontrar en una fiesta y se me puede ver bailar y reír, pero lo que escribo es muy serio. Sólo cuando muera llegaré a ser visible, y entonces algún editor se interesará por mis libros y pujará por ellos. Pero durante mi vida no ha habido ningún escritor ni editor que diera un solo paso para prolongar mi obra». Estas notas son en alguna medida proféticas. Aunque antes de su muerte conoció el éxito, ya que en 1966 se publicó el primer volumen de sus diarios íntimos, no fue hasta después de su fallecimiento cuando la gente se pegaba por leer sus diarios y Anaïs se convirtió en una escritora de culto. Tampoco es del todo cierto que otros escritores no la reconocieran, el mismo Miller, ya en 1941, le escribió a propósito de los norteamericanos: «Serás aceptada bien, magníficamente, cuando aparezca tu obra maestra. Es decir, el diario. Tienes que creer en tu obra, en su valor conjunto. Quiero ayudarte. Creo que tu diario es más importante que toda mi obra completa».
  Anaïs hizo lo que ninguna mujer se había atrevido a hacer, y es escribir tal como ocurrían las cosas, tal como pensaba, sin saltarse un sentimiento, relatando la pasión y la mentira sin ningún pudor. De ella es la frase: «Soy quien soy». El sexo con hombres, con mujeres, con varios, en el mismo día, mintiendo a unos para ver a otros, la enloquecida vida de la sexualidad de esta mujer, todo ello se describe sin recato en sus diarios.
  Cuando se publicó el primer volumen de los siete famosos tomos, Shapiro escribió en la revista Book Week: «Desde hace una generación, en el mundo literario de ambos lados del Atlántico, ha habido rumores sobre un diario extraordinario, Durante mucho tiempo se ha esperado su publicación. Miss Nin vivió durante aquellos años que produjeron un gran espasmo de creación artística. En su cosmopolita vida conoció a escritores, pintores, músicos, bailarines y actores. Ella misma era uno de los talentos centrales de esa época. Los primeros lectores del manuscrito hablaban de él en términos hiperbólicos, como obra que iba a ocupar un lugar entre las grandes revelaciones literarias. Por fin aparece un fragmento importante de este diario y parece que las esperanzas estaban fundadas».
  A partir de este momento, como se dice más arriba, Anaïs se convierte en el centro de atención de la vida cultural, y sus admiradores se multiplican. En 1973 recibió el doctorado Honoris Causa del Philadelphia College of Art y fue elegida para el Instituto Nacional de las Artes y las Letras un año más tarde. Los últimos años de su existencia los dedicó a dar conferencias, a asistir a cenas y a dejarse querer por sus lectores, Murió en Los Ángeles el 21 de febrero de 1977. Su cuerpo fue incinerado y las cenizas esparcidas en la bahía de Santa Mónica. Su lema sigue vibrando en los tímpanos de muchas mujeres: «Cualquier forma de amor que encuentres, vívela».

EL TIEMPO TODO LOCURA, Rafael Gonzalo Verdugo

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RAFAEL GONZALO VERDUGOEl tiempo todo locura, Gonzaver, Madrid, 2007, 128 páginas.
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En las dictaduras lo que funciona es la censura; en las democracias resulta mucho más efectiva la manipulación.
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Sólo la tradición española del humor negro explica la existencia de un Ministerio de Fomento.
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No se puede vivir sin amor, sólo se puede sobrevivir.
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Si el talento pudiera enseñarse no lo sería.
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El sentimiento une, la razón separa.
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Me gustaría morir creyendo que quizá la muerte no es un precio tan alto a cambio de la felicidad de haber vivido.
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El subjetivismo nos permite comprobar que la verdad de cada uno es la mentira de todos.
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Alguien que sólo sirva para una cosa, probablemente tampoco sirva para eso.

EN LA MIRADA ESTÁ LA RESPUESTA, Esteban Reynaud

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ESTEBAN REYNAUD, En la mirada está la respuesta, Centro Toluqueño de Escritores, Toluca, 2007.

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PASOS PARA LA COMUNICACIÓN

1º: El perro aprendió un perfecto español.
2º: Comenzó por pronunciar palabras conocidas sólo por especialistas en la lengua.
3º: Sistematizó sintagmas en sinécdoques que ni los más avezados lingüistas lograron con su semiología descifrar.
4º: Enfadado por la lentitud humana, volvió a ladrar.

SIETE CUENTOS FONTERIZOS, Georges Moustaki

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GEORGES MOUSTAKI, Siete cuentos fronterizos, Belacqua, Barcelona, 2007, 76 páginas.

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Robert Solé en el Prefacio (pp. 7-10) exclama: «Menos mal que los sueños existen y que Georges Moustaki está aquí para contárnoslos.»
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LOS INVASORES
  
   En un pequeño pueblo, corre la voz sobre la llegada inminente de una tropa de invasores.
   Primero es un rumor que alimenta todo tipo de fantasías. Después, una probabilidad que siembra el miedo y el pánico. Finalmente, se convierte en una certeza que obliga a adoptar una actitud al respecto.
   Ante esta temible perspectiva, la población decide unirse y poner en común todo aquello que ataña a los intereses colectivos. Se revela todo lo que siempre se había disimulado, callado.
   Una faceta inesperada de la vida del pueblo sale a la luz. Las lenguas se sueltan, las cuentas se arreglan, el miedo muestra el verdadero rostro de la gente. Todos se acusan, se confiesan, se denuncian...
   Se fustiga a los valientes por su arrogante intransigencia de peligrosos matamoros. Los ricos son conminados a ofrecer su fortuna a los invasores para intentar ablandarlos. Los pobres, que no tienen nada que perder, se resignan a esta unión sagrada con el presentimiento de que harán, una vez más, de chivos expiatorios.
   Las mujeres de los notables deciden, por su parte, reunirse en el salón de Leila.
   «No debemos dejar que los hombres lo decidan todo» es la consigna de este encuentro. Incluso han invitado a mujeres de extracción social modesta para que hagan bulto y para implicarlas en una estrategia alternativa.
  —Nuestros maridos y nuestros hijos sólo hablan de luchar o de someterse. Nosotras venceremos gracias al poder de nuestros encantos. Éstos serán nuestra principal arma, un arma invencible. Además, quizá los invasores son muchachos apuestos —añade Leila con una sonrisa de oreja a oreja.
  De un día para el otro, el contingente femenino se vuelca en una competición de elegancia, a ver quién da con el mejor vestido. El pueblo entero exhala un perfume de almizcle, de azahar, de jazmín. Los velos son arrojados a un rincón y las expresiones se vuelven seductoras, incitantes.
   Los hombres ven con malos ojos esta inesperada emancipación que viene a sumarse a sus preocupaciones.
   Las escenas de limpieza se reproducen por doquier, acrecentando la tensión general.
   El pueblo está en pleno descalabro cuando un niño llega jadeando a la plaza del mercado:
   —¡Los invasores no vienen! Han tomado el camino del norte!
   Todos se miran entre si con desprecio, desconfianza y cólera. El frente unido ante el invasor se desmorona. El rencor se une al alivio. Los ricos retoman su superioridad, satisfechos de no tener que pagar ningún tributo al ocupante. Decepcionado, el clan de botafuegos hace un desfile para exhibir sus armas inutilizadas, inútiles para siempre. Los pobres saben que para ellos aquello no cambiará nada. Las mujeres guardan con desgana sus perfumes, su ropa interior, sus fantasías.
   Solamente una pandilla de chiquillos, responsables de lo que no fue más que una inocentada, se carcajean a escondidas al descubrir los descarríos del mundo de los adultos.